La muerte a las espaldas.

klee paul

Una cosa y la otra llevaron a nada. Juan se estremecía nada más de ver lo que nos había pasado: Ahí, en medio de todo, hablando de nada. Ambos balbuceando al sabor de un café que cada vez estaba más espeso. Las palabras eran cortas, distantes…la gente pasaba a nuestros lados. Todo parecía ir demasiado rápido y nosotros estábamos demasiado estáticos. Me encontraba bebiendo un sorbo, cuando él se dispuso a hablar:

-Esa vaina nos va a matar- dijo, mientras miraba hacia todas partes.

-¿Qué cosa?

-Tú ya sabes, no preguntes por preguntar.

Al fondo, la radio sonaba con potencia. Una vieja canción de Motley Crüe tronaba al fondo. Si la memoria no me falla, como casi todo en estos días, sería Home sweet home. Me recordó a mi ciudad natal. Al sur, tan al sur que el sol golpea de frente y la gente anda sin pantalón largo y saco. La gente sonríe, porque con el calor, sonreír es lo que queda. Y ahí estaba yo: En medio de un bar, hablando de nada, viendo a la gente pasar, tomando un café amargo y espeso.

-Nos va a matar…-repitió.

-Nada, hombre- le dije- No hay nada que nos pueda matar. Al menos nada que llegue de improvisto.

-¿Te das cuenta de lo que dices?

-Sí-contesté, buscando con los ojos algún rostro, alguna seña amiga en medio de lo desconocido. Rostros uniformes se mecían de mesa a mesa, rostros con vestidos diferentes que hablaban de lo mismo y miraban de la misma manera.

– No lo sabes. Y nunca lo sabrás.

 

Juan era de esos tipos que poco hablaba. Sus gestos eran el retrato del malestar o del aprecio, de lo cercano y de lo ajeno. Uno sabía que era sincero porque todo le causaba una impresión inmediata; y la impresión se repetía con la misma experiencia vivida. Habíamos sido amigos por veinte años. Veinte años que se dividían en demasiados recuerdos, en demasiadas vivencias, tristezas, alegrías, vergüenzas. Sobre todo vergüenzas. La amistad era burlarse de la vergüenza ajena. Era saber que siempre se tenía un espejo en el cual visualizar las carencias propias. Si ser amigo no era conformarse con lo precario de la propia vida, nada podía serlo. Juan lo sabía. Yo, Miguel Sánchez, también lo sabía.

– Fue culpa de la mujer- decía, señalando con el cigarrillo hacia el suelo- Fue culpa de la mujer, Miguel. Y ahora ya sólo nos tenemos a nosotros.

– Pues si…-contesté- pero no es sólo eso. No es sólo eso, hombre. Desde hacía tiempo todo estaba muy mal. Muy mal, Juan. Tan mal que hoy ya ni podemos hablar de eso.

– ¿Qué queda, hermano?- gimió mientras prendía el siguiente cigarro- ¿Qué queda?

-Pues no mucho. Sólo nos queda luchar.

María había sido nuestra amiga desde hacía unos diez años. Se había ido hacía unos pocos días. Había muerto. Y la gente poco la mencionaba, pero para nosotros seguía tan viva como la tristeza, como la sonrisa de estar disfrutando de la compañía del otro. Juan siempre la había querido. La quería…y nunca se lo había dicho. Ella lo sabía. Esas cosas, no sé cómo, ella siempre las sabía.

– Deberíamos quemarlo todo.

-¿Quemarlo?

-Sí, quemarlo.

-No comprendo qué quieres decir.

-Deberías alejarnos, hermano- contestó Juan- Alejarnos y seguir cada uno con su vida.

– Pero es que ahora es cuando…

-Cuando nada. María lo era todo.

Nos despedimos, y salimos cada uno por su lado. Juan tomó la quinta y avanzó, creo, hasta la sexta, de allí iría hacia su casa. Yo cogí la derecha, y al final no llegué a otro sitio más que un viejo bar de Hard-Rock donde me emborrachaba cuando era joven. Pedí una Poker, y me senté.

-¡Ehh!! ¡Miguel!- gritó una vez aguda que venía del fondo.

– ¡Catalina!

-¡Hombre! ¡Cuánto tiempo!

-Sí…demasiado, diría yo.

-¿Cómo te ha ido? ¿Qué ha sido de tu vida?

-Nada… pues bien, igual que siempre.

Catalina había sido mi vecina durante unos diez años. Habíamos hablado un par de veces, e incluso, alguna vez intercambiamos unos discos de heavy. Nunca nada pasó de allí. Y ahí estábamos ahora. Dos perfectos desconocidos jugando a ser los mejores amigos.  Las cervezas transcurrieron, y los recuerdos se refugiaron en rostros y canciones genéricas, de acordes precisos y monótonos que no quebraban nada. La gente era una masa uniforme que se desplazaba hacia los rincones más inesperados de la cabeza. Rostros sonrientes, maliciosos, hervientes… con el dolor entre los ojos y las miradas extraviadas.

Cerveza.
Cerveza.
Cerveza.

Glup
Glup
Glup.

Me despedí de ella. Estaba ahí, tirada, viendo hacia la nada. Dormida. Ya no quedaba mucho. Compré un sorbo de aguardiente, y caminé. Caminé mientras la luna gritaba bien arriba, y en la cabeza la vida estallaba. Hay que estar lleno de vida para morir con los ojos abiertos. Llenos de vida están los muertos que se han resignado. La vida es lo que les duele. Les duele tanto que nunca se suicidan.

Las luces de las farolas temblaban. Temblaban bajo cuarenta grados de calor. Bajo la vida que se escurre, y sólo queda otro sorbo. Bebía sin más que la memoria automática, el reflejo de la casa, el perro esperándome en la entrada. Bebía con los pasos a la espalda, y la vida por delante. Llegó un punto en el que no pude, y me lancé sobre la acera. Dormí. Dormí y no recordé nada. Un perro se colaba en mi retina, batiendo su cola.

-No han ssii-do buenos días.

-No lo hannn sido.

Y el animal sólo me miraba.

-¿Qué nos queda?- le pregunté.

Y corrió. Corrió como si hubiese visto a la muerte. Bebí otro trago. María me miraba. María, la que escuchaba Iron Maiden y algo de los Guns. María, la misma María de Pablo. La mía. María. Ahí estábamos sentados. Cerré los ojos. A lo lejos, el perro bebía de un charco. Sus ojos brillaban… se incineraban frente al agua.

Y el anís me quemaba la garganta, y las vísceras se retorcían. Respiré.

– Nadie pudde matarnos, perro- Le dije, mientras me mandaba una mano al bolsillo- Nadie puede matar al que le falta un trr-ago.

Estaba frío. El bolsillo estaba frío. Luego no sentí nada.

 

 

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Desilusión.

carne y madera

Creí
Creí cuando no tenía nada
Y me fui aferrando a ello.
Creí sin más en la sonrisa
Que veía con los días.

Creí
Creí al ver sus ojos,
Al verme reflejado en ellos
Creí cuando todo estaba oscuro
Y yo estaba muy sobrio,
Cuando la risa se secaba tras los escupitajos
De una noche enlagunada.

Creí, bajo el vodka y el baccardí
Creí tras el aguardiente
Creí bajo la lluvia
Creí mirando al sol
A veces sonriente,
Otras veces,
Con el dolor, entre los dientes.

Creí cuando no tenía nada más
La vi, sí, la vi,
Ahí, alegre
Pendiente de mí.

La vi deslizarse por mi vida
Aferrarse a mi espalda
Besarme las orejas
Y arrancarme la vida
Con cada roce,
Con cada palabra.

La vi, 
Hoy no está aquí.
Si el amor no es estar borracho
Y sentirse satisfecho,
No sé qué es,
Nunca lo sabré.

Si amar no es vomitar para querer besar
Y escupir las cenizas en los orinales,
En las cornisas, de la vida,
Beberse las tristezas y arrancarse los labios
En los cortes de las esquinas,
En los lugares de cuatro paredes,
Cuatro cornisas,
En las celdas de la vida,

No lo sé.

El hombre, como los vasos,
Como las piedras,
Como los pájaros,
Se quiebra,
Estalla,
Relampaguea
Hiede
Duele.

Creeré que esto no fue cierto,
Seguiré bebiendo,
Bebiendo,
Existiendo,
Hasta que los gatos chillen
Y la vida se me acabe.

Hasta que las cicatrices se marquen,
Y el cuerpo no sienta el desgaste.

Hasta que la luna me vea,
Y no se ría,
Antes me tema.
Creeré que se habrá ido,
Y  me compraré otra botella.

No hay tiempo para mí,
Menos para ella.
Miro hacia el suelo,
Queda poco espacio
Entre la carne y la madera.

Mercenario no remunerado.

mercenario no remunerdao

Demasiado trabajo
Demasiadas hojas
Sobre la mesa.

No hay mañana,
Sólo presente.

Trabajo,
Y más trabajo,
Nada más.

El reloj se pierde
Y los suspiros se cuecen
En la cafetería,
Todos miran distraídos
Hacia el techo
De vez en cuando bajan la cabeza
Tienen miedo,
No quieren que los vean
Perdiendo el tiempo.

Esta es mi vida,
Nunca lo deseé,
Me han faltado huevos
Muchos huevos
Para no caer en esto.

Aún puedo escapar,
Abro la puerta,
Todos salen detrás.

Aún puedo escapar,
Me queda tiempo
Lo entiendo,
De todo esto,
Saldré,
Escaparé
Con los cuervos mordiendo
La espalda,
Y las heridas abiertas,
Para llenarlas de sal.

Dispararé a la ventana
No habrá reflejo,
Me incendiaré la cabeza
En la peor de las resacas.
Estaré solo
Habré perdido,
Habré seguido
Resucitaré.

Beberé unos tragos
Recordaré la época
En que fui mercenario
No remunerado.

A nadie le ayudé.

Menos mal los perros
Mordemos,
Así sea  a las patadas,
O quizás de un golpe,
De rabia.

Nadie destruye a un hombre
Si no es escupiendo
Sus migajas.

Yo me las como
Hasta que explote el vómito,
Y nada siga igual.

¿Qué harán los demás?

Desterrados

código de barras

Demasiado sucios para ser vistos
Parados en medio de la calle,
Pasan desapercibidos
Ahí están los que ayuda necesitan,
No tienen nada, sólo les queda la esperanza
Hacen cola fuera del edificio,
Me ven entrar…
Yo entro, ellos no. Aún no.
Puede que nunca entren.

Sus ojos, extraviados,
Miran hacia el suelo
No me determinan
Revisan sus zapatos
No hablan,
Están cansados
De ellos, de todos,
Cansados de no ser admitidos
Aburridos de ser rechazados
Demasiado atareados como para hablar
No se miran
No se hablan
Sólo caminan
Un paso tras otro
Uno tras otro…
Sin siquiera tocarse.

No se quieren
Se desprecian
El odio al parecido
Lo odian todo
Y no odian nada,
Están ahí por inercia
Nada les queda
Excepto la esperanza.

Nada les queda,
Excepto ellos mismos
Voluntad hecha ceniza
Un cuerpo derramado en migajas.

Subo por el ascensor
Los miro desde arriba
Sólo sé que sintieron mi olor
El olor débil
El olor de la desigualdad
Loción
No es sudor
Ni su sudor,
No es un cuerpo vivo
Fue un muñeco el que pasaba
Por el mostrador.

Los veo desde arriba
No miran hacia el cielo
No les interesa
Dios no ha muerto,
Para ellos no.

Yo sigo sin entenderlo.

Entran despacio
Agachan la cabeza
La agachan y se quitan los sombreros
Las gorras, los pasamontañas
Se quitan todo,
Casi al descubierto,
Se detienen
No los requisan,
Sienten que está mal
Acostumbrados a la desidia
Transitan,
Sean hombres o mujeres
Su propia fuerza los sostiene.

Son los olvidados
Esos que van allí
Al lugar donde estoy
Donde me piden estar
Donde no quiero estar,
Van allí en busca de lo que todos
Les han quitado atrás,
Buscan el consuelo,
De saber que hicieron algo más
Que lo hicieron todo,
Siguen luchando
Sin final
Sin armas
Sin balas
Con el cuerpo hecho cenizas
Y el alma que se agita entre las vísceras.

Se colocan de nuevo en fila
Uno tras otro
Como hormigas
Como cerdos dispuestos a morir
Agachan las cabezas
Sus nombres se pierden
Se espantan
Tras la boca de la secretaria.
No hablan
Asienten
Al llamado
Como si fuese
Su propia muerte.

Me llaman a mí
“Cabrera Andrés”
“Cabrera Andrés”
Turno 28
28 es un turno
28 es un número
Hecho de carne
Y con más espíritu
Que todos los que ayudan
En este sitio.

“¿Podrá ayudarme?”
Pregunta,
“No lo sé”,
“Intentaré”
Le contesto.

Y nadie nunca sabe
Lo que terminará de pasar.

“¿Podrá ayudarme?”
Nunca me contestará.