Imagen.

A no ser yo toda gente y toda parte

Estoy aquí,
Encerrado viendo hacia el techo
Todo está blanco
El blanco está negro
Todo está oscuro
Muy oscuro
No hay nada más
Que me permita sonreír.

Sigo con esto
Temprano en la mañana
Camino a vivir
Vuelvo muerto
Y aún,
No puedo desistir.

Todo es una farsa
El silencio es una estafa
La vida es la desgracia,
Y toca caminar
Seguir,
Seguir
Y no parar,
Hasta morir.

La vida es una mentira
Camino y tras los pasos
Esquirlas de pan
Que roen las palomas,
Los pasos que se pierden
Al compás de la memoria,
Nada nunca va a estar,
Ahí,
Nada nunca seguirá,
Ahí,
Cuando lo dejes atrás,
Cuando no haya nadie más,
Nada más,
Nada seguirá,
Excepto tú,
Ahí,

Viviendo y jugando a vivir
Muriendo y perdiendo
Deseando fingir,
Fingir como los otros
Las imágenes son una farsa,
El ojo es una mentira
Nada es como “es”
La realidad miente,
Mis amigos mienten,
La gente miente,
El derecho miente,
La ley miente,
Mis padres mienten
Yo miento
Soy el farsante
Más grande
Del circo de farsantes.

Mentira
Mentiras se esparcen
Al sonar de cada paso,
Se escurren
Tras la ventana
Encerrado en este cuarto
Algo muere,
Ahí,
Algo vive,
Aquí,
Algo sigue
Ahí,
Yo muero
Aquí,
Me masturbo
Aquí,
Y nada más
Una botella que se cuela
En la boca
Aquí
Nada más
Esto es
La mentira
Que llamo
Realidad.

Mañana todo seguirá.

Los pasos se borrarán.
Esto también,
Y aquí
O ahí
Todo va a seguir igual.

Nada es cierto,
La nada es verdad
Nada deja de sangrar.

Aún aquí.

Culminación del dolor: La senda del perdedor.

pic-bukowski1

Un pequeño homenaje a Charles Bukowski en el día de sus cumpleaños.16 de agosto de 2013.

Nos dijeron como vivir
Y se olvidaron de enseñarnos
A maldecir,
Nos dijeron que saldría bien
Que todo al final estaría bien
Y Nos tiraron ahí:
Con la sangre en nuestras manos
Y el llanto de la vida.

Nos enseñaron a perder
Nos criaron para perder
El primer suspiro, la primera partícula de aire
Fue llanto, dolor
De haber dejado el paraíso,
Llegamos a la tierra
A sufrir,
A perder,
A perder hasta algún día
Ser felices.

Vivimos con esa esperanza
Luchar todos los días
Levantarse cada mañana
Gritar en silencio
Romper las paredes
Escupir desde el fondo
De las entrañas;

Y todo sirve para nada.

Perder,
Para ver si algún día
El destino se amedrenta
Mira los ojos
Siente la sangre
Emanando de los poros
Y se calma,

Y me deja ser feliz.

Nunca pasará
Nunca será
Todo al final
No deja más que muertos a los pies
Cadáveres de amigos
Demasiados enemigos
Y el cansancio de luchar.

Pocos nacen para ganar.

Yo perderé,
Hasta que el cuerpo deje de cicatrizar.

Domingo en la tarde.

Oscar Muñoz

Encerrado en el cuarto
Viendo las arañas
Revolcarse en las entrañas
Estrellando la cabeza
Contra las paredes
Asomando la mirada
Hacia la ventana
Donde no queda nada.

Encerrado en este cuarto
Sintiendo la música partir
El día que muere
La noche que se pierde
En las mismas estupideces
De otros días
De otras noches
Nada que pasa
Todo que termina
Y yo sigo aquí.

Una guitarra en la esquina
El pasado que se agita
La vida que sigue
Los libros en la mesa
Cosas que se han perdido
En los últimos latidos
De aquel que lucha
Por estar vivo.

Siempre es el domingo
Siempre es al otro día
Todo sale mal
El cuerpo se acostumbra
La mente se acumula
De basura, resentimiento
Y poco a poco
La razón se debilita.

Busco una botella,
No sé qué hago aquí
No sé por qué sigo aquí
No sé ni qué quiero de aquí.

No sé qué será de mañana
No sé nada más
Que esta oscuridad
Que quema y abraza,
Estrangula la resaca.

¿Para qué vivir?
¿Por qué sigo aquí?
Sólo sé que un día
Me voy a morir.

Y del polvo a la vida
Habrá un llanto,
Y sólo eso será.

Sólo eso será
Cuando la noche esté sola,
Sola en su refugio estrellado,
Y la gente esté durmiendo
Y yo esté muy borracho
Como para pensar
En llegar despierto
Al amanecer.

En llegar siquiera
A sonreírle a la vida
Por última vez.

La guerra se está ganando.

Ejército

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- Gritaba un soldado de unos veinticinco años. Tal vez mayor, tal vez menor. Podría tener mi edad.

-Buenas, vengo a…

-Fila derecha, ¡Fila derecha!- seguía gritando.

-Disculpe…- dije.

-No estorbe, siga la fila, fila derecha….

Me paré detrás de un señor con traje y corbata. Se le notaba agotado. El día era demasiado largo aún, y ya estaba cansado. Esto era la vida. Una fila a la derecha, unos papeles en la maleta, un paquete de galletas en el bolsillo, y nada más. Te quedas o te vas. Intenté hablar con otro soldado. Este parecía más joven. Era de la marina, lo supe por su escarapela. “Caballero”, decía la lengüeta que colgaba en su pecho.

-Disculpe, vengo a revisar un proceso disciplinario. Soy estudiante de la Universidad del…

-¿De dónde es estudiante?

-Del Rosario, Universidad del Rosario.

-¿A qué sección viene?

-Ministerio de Defensa.

-Haga la fila izquierda. Entregue todos los aparatos electrónicos que tenga antes de ingresar.

-Gracias- contesté.

Los de la Naval parecían más amables. Miraban a los ojos y prestaban atención. A diferencia de los miembros del Ejército Nacional, parecían más distendidos. Un poco más humanos. Su tiempo en el mar, usando gafas Ray Ban y pescando camarones de seguro los había suavizado. La vida les parecía sencilla. Una placa, condecoración, nada de trabajo. Poca guerrilla. Sobornos. Sobornos y más sobornos de todas las lanchas que escapaban a Centro América a dejar droga y seguir su rumbo a Estados Unidos. Estos tipos de seguro la pasaban bien. Se les notaba.

Avancé en la fila durante un buen rato. Tal vez dos horas. El sol caía espeso sobre la cara, y ya empezaba a sentirse el calor de la tarde sobre la chaqueta de cuero. Todos miraban hacia el suelo. Nadie quería subir la mirada. Esto era el ejército. Ser civil era ser un estorbo. El estorbo que les recriminaba a diario todos sus asesinatos. Personas dispuestas a ser disfrazadas y tiradas directo dentro de una fosa. Luego se diría que son guerrilleros. Guerrilleros peligrosos que han matado demasiados soldados. “La guerra se está ganando”, reza en todos los periódicos. Y los muertos se acumulan y la esperanza se pierde. No vamos para ningún lado. Colombia no va para ningún lado.

-Buenas, mire, vengo a la sección jurídica del…

-Entregue todo lo electrónico que tenga: Celular, USB, Ipod, computador, etc.

– ¿El celular también?- pregunté.

-¿Qué le dije? ¡También!

-Pero, venga, estoy esperando una llamada importante.

– ¡CELULARES TAMBIÉN!

– Mire, téngalo.

Le di el celular y me di la espalda. Ya habían pasado tres horas y ni siquiera había podido ingresar. ¿Qué era lo que tenía de especial este sitio? Los soldados marchaban de lado a lado. Todos alzaban la cabeza y miraban con zozobra a los que no fuesen uniformados. Se burlaban. Casi que se podía oír sus risas. No les importaba nada. Ya se les había olvidado la guerra. Todos eran gordos llenos de condecoraciones esperando a jubilarse. Gordos que vivían gracias a la sangre que se esparcía en los campos. Cerdos que poco les importaba el futuro, el presente; ni hablar del pasado. En un país donde morir es el refugio ante el dolor, los vivos siguen muertos y los muertos caminan a diario a sus trabajos. A nadie le importa lo que pasa. El futuro está en sobrevivir.

Entré después de mostrar mi identificación. “¿Qué era lo que me hacía tan peligroso?” me preguntaba a cada paso que daba. Ellos tenían las armas: Fusiles largos, cargados, entrenados para matar. Ellos eran los peligrosos. Y ellos son los que piden identificaciones. Las piden porque son la autoridad. Y a la autoridad hay que respetarla. Sino se respeta, se va preso y eso no es bueno. O se amanece muerto en Ocaña, disfrazado de guerrillero. La muerte no sería más que una medalla más en el prontuario de cualquier asesino “legal”. Y al otro día la prensa diría que soy uno de los hombres más peligrosos del país: Alto mando de las FARC, Lider del ELN. Y todos verán las noticias y serán felices.

La guerra se está ganando.

Odiaba no tener el teléfono. Mierda, sí que era útil en aquel sitio. Mis piernas se debilitaban con cada paso que daba más adentro de aquella oficina. Los militares pasaban a mi lado, cargando sus fusiles a paso rápido. Los Altos Mandos desenfundaban sus pistolas, se las mostraban entre ellos y sonreían. Todos estaban armados. Todos menos los civiles. Quise un Galil. Lo desee hasta que mis pasos se estrellaron con el temor. Estaba en Colombia. Estaba en un país donde el ejército tiene más poder que la gente. Y donde la gente le tiene miedo al ejército. Ellos tienen las armas. Nosotros el miedo. Y el miedo en Colombia es el motor de la vida. Se sale de casa con el, se vive con el, se muere con el. Se vive hasta el punto de olvidarlo todo y resignarse. Leer la prensa, agachar la cabeza, ir al trabajo. Empezar de nuevo. Empezar y morir de ceros. Y al otro día todo seguirá igual y nadie ni nada nunca va a cambiar.

Aquí se vive. Se muere, por igual.

-Disculpe, estoy buscando la oficina jurídica -le pregunté a otro soldado. Este parecía tener unos treinta años.

– ¿Oficina Jurídica?

-Sí, para allá voy.

– Piso tercero- contestó, y siguió caminando y saludando marcialmente a sus superiores.

Todo era bastante suntuoso. Sus ropas, sus oficinas. Todo reflejaba dinero. Y ellos lo sabían. Se enorgullecían de ello. En Colombia, los civiles se morían en la calle y a nadie le importaba. Siempre había más dinero para el Ejército. Siempre se podía subirle un poco más a los impuestos. Más vale tener a las ovejas gordas y contentas. A pesar de su gente. Por encima de su gente.

Al llegar a la oficina, una mujer de cabello teñido me habló. Era rubia. Tenía un tatuaje arriba de sus tetas. Parecía ser la zorra de algún militar. Todos la miraban con respeto. Casi con miedo. Estaba bastante bien. Muy bien para estar ahí. De seguro era la zorra de un militar…

-Buenas, mire, vengo buscando este caso- le dije, señalándole una hoja de papel donde tenía anotado el número del radicado.

– Ummm…Umm….Uff. Sí, ese lo llevo yo.

– Vengo a posesionarme, y a pedir las copias del proceso.

– Ok, firme aquí.

Esperé unas dos horas. Algunos militares pasaban cada tanto. Me veían con asco. El asco que se siente por la presa infecta. La presa que se pudre sin haberse comido. Me detestaban. Era un delincuente. Iba a la universidad. Ellos no, ellos eran mejores. Eran militares. Habían nacido para matar. Y nadie así puede pensar. ÓRDENES. ÓRDEN. Órdenes se escupían de todos los rincones: “Martínez, la solicitud”; “Comesaña, hable con mi general”; “Hernández, muévase, mire”…Y yo ahí. En medio de todo. TETAS. TETAS. Pensaba en las tetas de la rubia. Me las imaginé brincando, saltando. La veía sumisa. Demasiado sumisa. Como un militar ante un superior. Un Galil se asomaba ante mis ojos. Otro Galil. “Me van a matar”, pensé. Me van a matar. Me van a matar. Otro Galil. Me van a matar. ¿Dónde está mi Galil?, me van a matar. Me van a matar. Me van a matar.

Y el pensamiento se hilvanaba ante cada gota de sudor que se escurría por la garganta, por debajo de la chaqueta. Tenía miedo. Demasiado miedo. Esta gente podía torturarme toda una vida. Yo les pagaba para ello. Eso eran mis impuestos. Les pagaba para que se resolvieran una guerra en la que todos perdían, menos ellos. Ellos ganaban, ganaban todos los días. Vivían por ello. Mataban por ello.

Querían matarme.

Corrí. Cogí la carpeta, firmé y corrí. No sé si me despedí. Veía los fusiles bailar a mi lado. Corrí hasta que mi cuerpo se encontró con algo. Uniforme verde en el suelo. Miedo latente. Corrí. Salí. Gritos. Celular en una cesta. Coger. Corrí. Bus.

Me dolían las piernas. Sentía la garganta apretada. Algo estaba demasiado mal en todo esto. Todo estaba tan mal que había gente que entrenaban para matar.

Me bajé del bus enfrente de un supermercado. Unos ancianos compraban lo que parecía ser su almuerzo. Un niño señalaba dentro de una nevera. Quería una paleta. Todos parecían tan tranquilos, tan inofensivos. Todo parecía estar bien ahí. Así la gente se muriera en la selva. Así existiese el Ministerio de Defensa. Tranquilos. Compré una botella de aguardiente y salí de ahí.

Cerré con seguro. Nunca cerraba el apartamento con seguro. Pero hoy tenía que ser así. Podían venir. Tenían con qué venir y desaparecerme y todos estarían muy felices. Nadie se enteraría. La guerra se está ganando.

Me eché en la cama y bebí un trago. Me hice dos pajas. Otro trago. Al rato ya no recordaba nada. Las piernas aún temblaban.

Inside/Outside

Oscar Muñoz

Demasiado cansado para salir
Demasiado agotado para morir
Sigo encerrado en este cuarto
Con los papeles volando en el cielo raso
Y las gotas cayendo contra la ventana.

Afuera todos ríen
Música de fiesta
Un poco de electrónica
Reggaeton y más mierda
Yo, aquí
Viendo el techo
Sintiendo los huesos
Doliendo…bien adentro.

Los pies son dos esquirlas
Dos bombas buscando su explosión
Igual que la cabeza
Si todo explota
Si todo vuela
Puede que sea mejor.

Pero nunca pasa nada.

Sigo aquí,
Adentro
Perdiendo
El tiempo
Jugando a
Vivir.

Y afuera,
Todos beben
Y son felices
Y están tranquilos
A pesar de esas sonrisas
Frías,
Sin brillo
Ni recato
Ni dolor.

No se puede sonreír sin dolor
No se puede amar sin tristeza
Y no se puede vivir sin cerveza
Y dolor,
Mucho dolor
Dolor en gotas gordas
Que se deslicen por la espalda
Y coagulen las heridas.

Esta gente no sabe qué es eso
Está tranquila.

Yo tampoco soy un experto
Peleo contra todo:
Lo que quiero, lo que añoro
Lo que odio y deseo ver muerto.

Peleo contra todo, a riesgo de matarme
Porque algo falta
Detrás de todo,
Cuando las risas se atragantan
Y se mira hacia el suelo
Se pierde bien adentro
Y algo tiembla en el pecho
Y se quiere un trago
Uno largo,
Que lo mate todo
Que lo deje todo
Que aturda y no despierte.

Por eso cuando siento
Esas risas
Extraviadas en esas cuencas vacías
Miro al techo
Y nadie parece
Saber nada.

Es ahí cuando duermo
Sueño con los muertos
Que aún merecen la vida.