Al fondo de la cisterna.


cagadeo

Entonces uno se despierta, y sigue cansado. Sigue tan cansado que los párpados duelen y de los ojos brotan lágrimas. El cuerpo se entumece, se entumece tanto que al moverse duele cada fibra…cada hueso. Entonces uno termina por levantarse, y todo el mundo ya está viviendo. Yo sigo viviendo. Igual que todo, igual que ellos.

Me metí a bañar. En el fondo de la cisterna, había un tierno mojón de la noche anterior. Casi peludo, casi humano. Casi hablante. Estaba vivo, el pequeño. Sus gritos eran sutiles vapores que inundaban el cuarto. Estaba tan vivo que el olor había percudido mi nariz en forma de sangre. Sangraba. Pequeñas gotas se escurrían por el lavamanos. No sé si fue por la mierda, o por el trago de la noche anterior, o por todo eso, o porque no me quería levantar, o porque soy un imbécil y sigo pensando en… no sé. Pero sangraba, sólo un poco, eso sí, pero sangraba.  Bajé la tasa, y recordé que yo había sido el último en cagar la noche anterior. Un pequeño flashback. Tan pequeño que no había bastado para salvar a aquel oscuro y oloroso descendiente.

-¡Hijo, vamos tarde!- gritó mi mamá.

-Voy, voy…

-¡Ajj, siempre hay que rogarte para todo!

-Ya, ¡Ya va!

Y ahí estaba. Una buena mujer. Tan torpe como buena. Adorable, y yo la adoro. La ducha estaba caliente. Empecé metiendo la cabeza, pero pronto sentí el licor llegándome a la cien y estallando nuevamente. Quería caerme un rato, dormir ahí…pero no podía. Tenía que salir. Era necesario para todos, menos para mi. Y todos son mayoría.

Me dediqué a pensar, mientras el agua me caía por la espalda y el culo, si poco a poco iba perdiendo algo. Tenía esa sospecha desde hace algún tiempo. Todo a medias. Vida a medias. Amigos a medias…Y yo seguía corriendo, y caminando, y golpeando, y siempre me echaba para atrás, y recibía un jab, una derecha, la quijada al otro lado, los amigos a un lado, todos riéndose, yo riéndome. Y así era la comedia de mi vida.

¡AHHHHH!/¡PUTA!/Iccch/La muerte está rondando.

Me había quemado. No sé en qué momento, pero me había movido, y el agua se había calentado, y el pene, el descanso, lo que sea, se había movido y había entrado en aquel torbellino de agua incinerada bajo el gas. Sentí la quemadura. Ardía. Ardía tanto que sentí que no podría volver a tener sexo. Sólo un momento…por sólo un momento. Salí de la ducha. A la mierda el jabón, el pelo, las axilas, el culo…A la mierda todo. Yo sólo quería mantener lo poco que me hacía estar tranquilo.

-¡Daniel, rápido!

-¡Ya voy, jueputa, ya voy!

-¿Pero en qué andas? Llevas como media hora ahí metido.

– ¡Nada, nada juep- nada!

-¡Rápido que usted sabe cómo es su papá!

-¡Jueputa, María, ahora no, ahora no!

-¡No me hable así, culicagado!

Y golpeó la puerta. La golpeaba, y yo sólo podía mirarme las gónadas. Dos huevos revueltos. Ya no había cáscara. Estaban ahí, agonizantes…rojos. Demasiado rojos. Los tocaba, y dolía. Me escupí encima de ellos. Corrí la saliva poco a poco por encima, los acariciaba y no sentía nada. Intenté masturbarme un par de veces. Y nada. No se levantaban. Decidí echarme un poco de agua encima y dejar así.

Salí. Afuera todo el mundo gritaba. Teníamos que salir rápido. Un velorio, y un almuerzo. No sabía qué era peor. De seguro el almuerzo porque al menos los muertos no hablan. Y los vivos tienen demasiadas estupideces para decir. Y uno no termina por saber qué es lo bueno y qué es lo malo.

Salimos de la casa. Nos montamos en el viejo Chevrolet. Un Chevy del 80. Rojo. Tan rojo que quemaba cuando se veía de frente al sol. Y yo pensé en eso mientras me subía y miraba la pintura percudida y mis huevos estaban rojos y me iba a morir y no quería dejar las pajas y el sexo porque aún me quedaba mucho. Poco y mucho de todo.

-Vamos al velorio de Cátulo. Es familiar de todos aquí. Le dio un infarto.- dijo el viejo. Mi papá.

-No tengo ni idea de quién es- contesté.

-Da igual, es familia.

-No lo conozco…-dije mientras encontraba las palabras exactas- es más, me parece irrespetuoso ir allá a saludar gente que no conozco, que no me importa, y ser tan canalla de decir que me compadezco por su dolor.

– Usted no entiende nada, mijo. No entiende nada, y mientras siga así, va a comer mierda toda su vida.

– No es eso. Me parece irrespetuoso. Es pura lambonería ahí. A los velorios va la gente que conoció a la persona y la quiso en vida, o si fue cercano a los familiares. El resto sobra y estorba.

-¡Usted lo que es un hijueputa que no entiende nada! ¡Malparido, poco solidario! ¡María, este hijueputa sólo vive para el y por el!

-¡Ni me imagino cuando nos muramos!- respondió mi madre con ese tono falso de lástima que podía romperme las pelotas.

-¡Nos va a tirar a un geriátrico y se va a beber la plata, el malparido!- replicó el viejo.

– Lloren, entonces. -conteste.

Y de seguro yo no haría nada de eso. Ellos lo sabían. Yo lo sabía. Pero era un tipo aborrecible y detestable tan sólo por tener un criterio diferente. Y así había sido toda mi vida. O se estaba con ellos, o contra ellos. Más bien, o se estaba a favor del viejo, o en su contra. Para él, el mundo se dividía en dos clases de personas: Los triunfadores y duros, como el, y el resto. Y si uno piensa eso, la fina línea entre el diálogo y el insulto se desvanece al cruzar más de dos palabras.

– ¡María, a este malparido lo que falta es comer mierda en la vida! Para que vea que uno tiene razón en todo.

– Pero hombre, ¡Si sólo dije que me parecía irrespetuoso ir a un velorio sin sentir nada por los que están ahí!

– Ay si, respeto. Respeto de ni mierda. Usted es un irrespetuoso y la vida se encargará de cobrárselo todo en un futuro.

Ellos bajaron del carro, yo me quedé ahí afuera de la funeraria. Me ardían los huevos. De la rabia, y de la quemadura. Odiaba tener que pasar las vacaciones de esta manera. Casi todo el tiempo. Y eso que esta vez habían sido pocos los encontrones entre ambos. Y yo siempre salía peor librado. Y con todo, no quería estar en Bogotá y prefería ver al muerto y darle un beso y recibir los puños y las patadas de todos los familiares por ser un vil hijo de puta irrespetuoso. Tenía ganas de estar en ese ataúd. Tenía ganas de salir corriendo. De tirar los zapatos en algún punto, y correr hasta que las yagas de los pies estallasen y no quedase más que detenerse y ver en dónde se estaba. Ojalá fuese bien lejos. Neiva ya no es lo que fue. Antes estaba uno tranquilo…ahora, sencillamente, todo parecía ser menos fastidioso que lo que podía ocurrir en Bogotá. Y la gente era aún más estúpida que en Bogotá, y las generaciones se extinguían bajo los 40 grados que se asomaban a diario.

Y mis amigos ya no lo eran, y las mujeres cada día estaban más buenas, más culonas, más tetonas, terriblemente lascivas desde los 15…y uno no tenía ni el dinero, ni la fama, ni el carro, ni la parla, ni nada, para llevarlas a la cama. Uno sabía desde que las veía. Y yo no es que fuese un tipo feo. Era un imbécil como cualquier otro. Incluso, muchas veces era mejor que los cretinos con los que ellas andaban. Y entonces los veía con esas camisas, con esos tragos, con su carro, con muchas estupideces para hablar que yo no sería siquiera capaz de preguntar…y se veían contentos, sanos, tranquilos, felices. Y yo sabía que no era feliz y que ellos sí. Y a veces, en medio de una solapada arrogancia, pensaba “¿por qué putas ellos son felices y yo no?” Y entonces me veía, y contestaba, para adentro, bien para adentro, hasta que el corazón se agitase y la calma se perdiese en el mismo instante: “No soy tan diferente. O yo que sé.” Y entonces alcé la cara, y me di cuenta que el problema no era tener eso que ellos tenían. El problema era que yo no quería tenerlo, y que todos querían (y pretendían obligarme) a quererlo. No quería ser como ellos. No quería sus cosas, ni su ropa. No quería tener un carro. No quería tener que someterme a la estupidez trascendental de un diálogo sobre ropa de marca y viajes a extranjero. No quería ser como ellos. Pero quería ser feliz, y ellos lo eran. Sin muchas complicaciones. Lo eran. Y no era el carro, ni la plata, ni la ropa, ni su estupidez, el origen directo de su felicidad. O tal vez si.

Hay gente que nace para eso. Para ser feliz, y ser exitosa, y chupar pijas y sonreír de manera automática y no entender nada. Y trabajar. Trabajar hasta que los huesos se escurran y tengan una casa y una finca donde descansar. Y yo no quería nada de eso. Lo odiaba. Creo que moriré joven, para no tener qué retractarme de decir todo esto ahora.

Cuando me desperté, estaba justo en la mesa de comedor. Del gran club de Neiva. Ahí estaba yo. Poca gente alrededor, por suerte. Muy poca. Todos hablaban muy fuerte y se saludaban de mesa a mesa con grandes sonrisas. Luego se sometían en oscuros silencios que se rompían con algunos susurros. Hablaban de todo el resto, y competían por verse mejores. No toleraban ver un mal traje, o una barriga más grande. Pero las cirugías poco se comentaban. Todos parecían tener una. Pero, eso si, si el bisturí había dejado sus cicatrices más de la cuenta, todos hablaban de eso. Dos viejas que estaban al lado comentaban algo al respecto:

-Mira, ahí va Mercedes, mírale esa cara, ¡Pero qué horrrrror!

-Si… ¡Horrible! ¡Y tan bonita que era cuando joven!

-Eso les pasa por ponerse botox por todas partes.

– Pero claro. Yo tengo un poquito pero es por salud.

-Claro mija. Por salud si toca ponerse lo que sea.

-Sí, por eso también me hice el bypass.

-Eso está bien. Yo me operé el tabique para prevenir. Por si acaso.

Y todos hablaban de lo bien que vivían, y los platos llegaban, y yo miraba a los meseros: Agotados, desgastados, perdidos, desamparados, y en algún momento, tal vez, sus vidas tuvieron un sentido y ahora andaban ahí lamiéndole el culo a toda una partida de malparidos cuyo único mérito era tener la plata y la estupidez suficiente para  querer entrar a aquel hueco. Ellos me veían, y sentía el odio. Me olían como uno de ellos. Y eso me hacía pensar que, efectivamente, puede que yo estuviese más de ese lado. Pero eso no podía ser así. “Contra ellos, contra ellos” pensé. Y entonces un mesero me preguntó:

-¿Tiene problemas con la sopa muy caliente?

-No, fresco. ¿Es que aquí alguien lo tiene?- contesté.

– Sí, no falta…-y sonrió.

-Esos sólo merecen que les escupan la comida.

Y se fue. Y eso me hizo sentir algo mejor, porque el tipo ya me hablaba de otra manera y no se escuchaba como un autómata diseñado para dejar comida que no es suya en la quijada de animales que desprecia. Seguía estando contra ellos, y eso me agradó. En el mar de la vida todos nos quitábamos el plato de la boca y despreciábamos a los peces pequeños que aún tenían la boca abierta dispuesta a tragar y combatir. Pero nos alegrábamos con las rémoras que viajaban solas comiéndoselo todo. Ya no nacen tiburones. Los tiburones están muertos. Ellos comían hombres, y los hombres sobrevivieron. Se extinguieron los más fuertes sólo porque los débiles se agruparon y atacaron sin previo aviso. Y si hay tiburones, yo conozco un par, y esos tienen miedo. O se cansaron, y se largaron. Y hoy me toca correr como los leones y matar en la tierra. El mar es para los débiles. Y aquí sigo y aquí estaré.

Me levanté de la mesa y caminé hacia un baño cercano. Los huevos me ardían muchísimo más que antes. Salí y hablé con el mesero que me había atendido. Le pedí una bolsa con hielo. Me preguntó para qué la quería. “Tengo una herida…está inflamada” contesté. “No me dejan regalar hielo si no es con bebida, pero tranquilo, ya le traigo un poquito” replicó. Al volver, tenía un vaso lleno de hielo y una servilleta con una especie de linimento ahí. “Es pomada para heridas, échese un poquito por si algo”. “Muchas gracias” contesté. Me fui corriendo al baño y me dejé un rato el hielo. Lo ponía por un pequeño instante, y gemía del dolor, y me levantaba los cubos y veía eso cada vez más rojo. Al rato decidí aplicarme el remedio que me había dado aquel tipo. Sentí cierto alivio al ponérmelo. Como que sí servía.

Al salir, vi a un tipo buscarle problema al mesero que me había ayudado. Lo tenía sujeto del cuello de la camisa, y en cualquier momento le atizaría un golpe en toda la cara. Miré al mesero. Era mucho más grande, más fuerte. El otro tipo era un viejo gordo sin un diente. El orgullo de un hombre se le refleja en los ojos. Y aquel mesero tenía la cabeza gacha, los ojos desorbitados, los labios estrujados…y algo se estaba muriendo ahí, en ese gesto, en esa cara. Y puede que eso mismo se hubiese muerto antes, pero la esperanza hace que de los golpes la gente se resucite con la debida fuerza, y aquel tipo ya había pasado por eso y no quería perder su trabajo. De seguro tenía familia, o puede que no hubiese tenido la posibilidad de nada más…

-¿Qué pasa?- le pregunté a un viejo que vi justo a la salida del baño.

-Nada, que el malparido mesero le regó la sopa encima a la falda de la esposa del tipo ese.

-¿Sólo por eso le va a dar?

-¿Le parece poco? Es una falda blanca y si se para se le ve todo. Luego ¿Qué será capaz de decir la gente?

-A la mierda la gente- contesté mientras lo empujaba con fuerza.

Me escurrí como pude. Corrí hacia allí. De repente, me vi en medio de un gran círculo. El mesero me miraba. Se notaba que no sabía bien qué hacía yo ahí. El otro tipo me veía. Me miraba con complicidad, como si fuésemos amigos y yo lo entendiese. Me acerqué. Me sonreía aquel viejo. Su sonrisa estaba manchada por una mueca estúpida de regocijo. Miraba a todas partes. Todos lo veían, y el era el centro de atención. Lo había logrado. Eran sus quince minutos de fama. A costa de otro. A costa de un otro que la única culpa que tenía era la de ganarse la vida sudando en los días festivos, donde todos debían descansar y pasarla bien. Una gran mayoría lo animaba a romperle la cara al mesero. La otra porción, o era indiferente, o sencillamente no quería involucrarse demasiado por alguien que no valía la pena.

-¡Mesero hijueputa!-gritaba un viejo de camisa roja.

-¡Imbécil, se la tiene ganada!- decía otro.

– ¡A mi me hacen eso y lo hago echar!- escupía una señora.

PUM/PUM/Redención.

El puño había salido disparado con fuerza. Como en las épocas en que entrenaba boxeo. Un gancho directo al estomago. Sentí las vísceras batiéndose intempestivamente. El cuerpo se retorcía en quejidos y pequeños rastros de baba sobre el suelo. Ahí estaba esa cucaracha.

TRAJ/PUM/ De vuelta.

Me había llegado con fuerza. Directo al rostro. Caí, y me levanté como pude. Lancé un par de puños al aire, sin ver muy bien. Golpeé, sin fuerza, pero en la cara y eso algo hace. Corrí como pude. Salí de ahí. Luego, no sé cómo, terminé al lado de los viejos. Nos montamos al auto. Nadie hablaba. En la emisora, una mujer llamaba a quejarse de la falta de trabajo. Nadie le daba trabajo. O si en algún momento llegaba, era para trabajos de medio pelo como cocinera o mesera.

-¿Para qué se metió?- preguntó el viejo.

-Le iban a romper la cara a un pobre huevón que no había hecho nada- contesté.

-Le tiró el vaso a la falda de la vieja.

-No fue con intención.

-Pero fue un imbécil. Se la tenía ganada.

-Eso es muy poco para ganarse esa mierda.

– Usted no sabe nada. Ojalá le hubiesen roto la cara por meterse en eso. Hay que aprender a estar en el lugar que a uno le corresponde.

-Mi lugar hace tiempo es diferente al suyo. Al de ustedes.

-¡No pues, el diferente, el rebelde! Madure, madure que la vida lo va coger y lo va a aterrizar y cuando se de cuenta va a estar comiendo mierda solo sin nadie que lo respete.

– Dudo que eso pase. Y si pasa, pues no deseo ni mierda de todos esos malparidos.

Me bajé del carro. Me gritaron algo por la espalda. Un insulto. Mi futuro. Mi papá era bueno haciendo predicciones sobre mi futuro. Una de mis hermanas decía que él tenía la capacidad para acabar con la vida de sus hijos. A aquello lo llamaba “maldiciones del padre”. Yo no creía en eso, pero sí que estaba seguro de que gran parte del miedo que todos sentíamos era por su personalidad dominante y brutal. Cumplía con sus obligaciones, y de vez en cuando daba a entender que estaba feliz con uno ahí. Pero era un tipo de lo más brutal. Creo que todos le temíamos, a pesar de la edad. Ya estaba viejo, pero seguía siendo fuerte. Era un tipo duro. Uno de esos que aguanta las cicatrices sin lamentarse. De esos que se lamen las heridas y les echan sal encima. Y no hay lágrimas.

Ahí había un viejo tiburón. Un león que los golpes lo habían domado. Una persona que tenía un potencial extinto. Que ahora vivía en su monotonía para mantener una familia. Tampoco le disgustaba. Era respetado, admirado. Pero yo no quería eso. Yo quería estar tranquilo, y escribir. Escribir hasta que en algún punto todo cobrase sentido. Y caminar sin más rumbo que mi cabeza y mi consciencia. Y abrir las fauces para que las moscas se me caguen en la boca. Y luego escribirlo. Lentamente, sintiéndolo. Si no duele, no existe. Y si no existe, no merece ser escrito. El cielo era un infinito. La vida también. O eso dependía de los grilletes que uno estaba dispuesto a asumir. Yo ya había visto mi futuro, y tenía miles. Tenía tantos que sin habérmelos puesto ya me pesan. Y entonces uno se levanta cansado, angustiado, y nunca descansa. Y de vez en cuando un buen trago algo cama, o crea llamas. Y todo se quema y de las cenizas uno se burla y arma nuevas fogatas. Mi papá tenía razón. Yo sería un perdedor. No sería cómo él (al menos no en muchísimas cosas), ni como mi madre, ni como nadie en ese puerco sitio. Yo pelearía y me abriría campo con las manos y luego lloraría si me duele más de la cuenta. Y me levantaría y buscaría a los que fuesen y me vengaría. Me vengaría de la vida, de mi vida, de todo lo que duele y enferma. Y entonces sanaría con más dolor que antes y extrañaría los tiempos pasados en que todo estuvo bien y fui un imbécil y fui feliz. Y pensaré en esa gente y ellos me mirarán y hablarán y dirán que fracasé. O me uniría a ellos y fracasaría. Con ellos o sin mi, distante y diametralmente parecido al viejo.

Y yo habré escrito mil y un cosas. Y no seré un puto abogado. Y el cartón de filósofo no me servirá más que para saber que estudié algo que quise, quiero, que sirve o que tal vez no llega a nada. Y me mirarán mal y yo les romperé la cara con versos que sangran y puños que estallan.

Y que cuando todos me miren, sientan el miedo. El miedo que siento al ver al viejo. Pero yo no estaré ahí para causarlo. Que lo sientan si les toca. Yo haré lo que tengo que hacer. Mi futuro ya esta escrito y falta culminarlo. No hay sueños. Hay pelea. Y peleando se llega. A cualquier sitio. A ninguna parte. Y es que a veces, uno se levanta cansado, jodido, magullado. Y se mira los huevos y piensa en clavarse tres pajas para desentenderse de todo. Y a mi ya me duelen. Pero esos renacen. Y luego uno sigue cansado y se las clava.

Luego renace.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s