Tan sólo un árbol amarillo…

klee

El árbol se mecía
Como las dudas y las penas
Se movía, casi muerto
Al borde del lamento
Y yo, allí
Sólo lo miraba.

Se retorcía en su propio eje
Las raíces pesaban
Como los años en la vida
Y del niño que jugaba
Y era feliz
Llegó al adolescente
Que perdía, y lamentaba
El pretender seguir
Estar siempre,
Allí.

Perder.

Sabía que algún día
Ese árbol se caería
El viejo amigo
Se molería
Contra la tierra
Y no resistiría.

Lo sabía
Lo había visto
En mi abuela y otros viejos
Que morían con la lengua afuera
Y con la sensación de felicidad
Enfrascada en una mueca.

Lo sabía
Como los niños que cargan
Su pena en  un arma
Y las mujeres que huyen
Con la ilusión en sus brazos
Lo sabía;
El árbol tenía ese mismo gesto
Ese mismo rostro
El mismo abatimiento
Llevaba mucho vivo,
Tanto que merecía
Estar muerto.

Y lo veía, a los quince años
Con los mismos ojos
Que a los veintidós lo recuerdo
Demasiado muerto
Para seguir vivo
Demasiado humano
Para no ser de cemento.

Y algún día
La brisa lo tumbó.
Yo quedé de pie
Recogiendo sus despojos
Las flores amarillas, blancas
El verde desparramado
La sangre que llama…

Había algo que quería
Irse con él.
Ese mismo algo que muere
Día a día
Sin que yo sepa
Muy bien
Por qué.

Desierto.

la tatacoa

Habíamos comprado unas quince medias de aguardiente y una tres canastas de cerveza. Laura llevaba una media de Smirnoff, y Juan se había robado una botella de Whiskey de su abuelo. Todo pintaba bien. Yo traía conmigo unos cuantos cunchos de aguardiente, que sabía, no harían ninguna falta. Habíamos quedado de vernos en el terminal de buses a las 2. Los únicos puntuales habíamos sido Felipe, un amigo de la universidad, y yo. Tras media hora de indagar por el pasaje más barato hacia el desierto; Juan, Laura, Paola y Luisa llegaron.

-Qué pena… nos demoramos bastante en salir de mi casa- dijo Juan.

– No importa-le dije, mientras mis ojos se deslizaban tras las bolsas de mercado-¿Trajeron todo?

– Sí…ahí viene todo.

-¿Seguro?- pregunté.

-Jajaja, ¡Claro que sí! Nunca sería tan imbécil de dejar el trago.

-Jajaja, eso me gusta- contesté.

Decidimos montarnos en una vieja van intermunicipal. Tras veinte minutos de “negociación”, el dueño, un viejo gordo de unos 65 años, había decidido llevarnos por cinco mil pesos. En el camino, le pregunté si era posible que nos recogiese al otro día.

-¿A qué hora?- preguntó.

– A las diez de la mañana, creo yo- contesté, mirando al resto en busca de aprobación.

-Está bien…- contestó, mientras se acomodaba los calzoncillos con la mano derecha- esa es la hora perfecta para irse de La Tatacoa…

-¿Por qué lo dice?

-Jajaja, un guayabo, bajo ese sol…- contestó mientras miraba por la ventana- Nadie lo aguanta.

-Jeje, tiene razón.

Tras media hora de viaje, llegamos a nuestro destino. El desierto se mecía imponente ante nuestros ojos. Los cardos, la maleza y los cactus sucumbían inertes ante la mirada inquieta de todos nosotros. Aquello era hermoso. La precariedad, en su estado natural, es hermosa. Eso sí, nunca deseable. La tierra erosionada se levantaba inmensa, magnánima. Mientras veíamos aquello, decidimos acampar frente a un pequeño risco, de tal manera que pudiésemos ver a cada momento la inmensidad del desierto. Colocamos las carpas formando un círculo, y decidimos caminar un poco en busca de madera y piedras. De alguna manera debíamos hacer una fogata. El frío en la noche podía joder las hazañas etílicas. Luisa, Paola y Laura se quedaron acomodando las carpas, y las neveras con comida y trago. Nosotros trajimos algunas piedras, y sobretodo, bastantes palos.

A las 6 de la tarde, los chamizos y demás palos se quemaban con furia. El fuego incineraba nuestros pensamientos, nuestra risa. Reíamos, reíamos como si aquello fuese parte de la vida. Juan tomaba algunas fotos: “Parceros, para el recuerdo”, decía. Nos agrupábamos  alrededor del círculo, y comíamos algunos masmelos levemente quemados. El licor iba y venía, y de las gargantas ya empezaban a desprenderse aquellas muestras de ensoñación, de locura. Decidí sacar la guitarra. Toqué, toqué hasta que mis dedos sangraron y Paola decidió reconectar la grabadora. De fondo, Peter Garret entonaba viejos himnos de los 80’s. Fue allí cuando, en medio de la algarabía, me levanté y grité:

-¡Estoy vivo! ¡Mierda! ¡ESTAMOS VIVOS!

-Jajaja, To-doss lo estamos- contestó Juan.

– ¿Y Felipe?-pregunté.

-Está tirando en una carpa…

-Mierda…¡Hijo de puta!

-Jajaja, parcero…usted ya sabe, lo quiero mucho- dijo el mismo Juan, intentando ocultar la borrachera.

-Yo tam-bién…

Caminé. Me fui lo más cerca del risco que pude. Me saqué el pene, y oriné. Oriné viendo cómo el chorro caía. Caía como los pesares, y la rabia que siempre tenía. Se deslizaba indiferente, bastante lejano…como si nunca hubiese sido mío. Me despreciaba, igual que yo a la vida. Me odiaba tanto que salía sin ninguna clase de despedida. Y eso que habíamos compartido buenos ratos…

-¿Andrés? ¿Qué haces ahí?- me preguntó Luisa, tocándome el hombro.

-Nada…nada. Estaba viendo el paisaje…- le dije, moviendo el brazo en un gesto de querer abarcarlo todo- y pensando…bebiendo.

– Pero no te vayas solo…¿No ves que estás borracho?

– Jajaja, borracho nunca- contesté, alzando una pierna e intentando hacer el “4”. Me caí.

– ¡Quédate quieto! ¡Te lastimaste!- replicó, limpiándome la arena que me había quedado en el rostro.

-¿Sabes algo?- le dije, mientras me bajaba un buen trago- Todo termina por quebrarse.

-¿Qué dices?

– Que todo se quiebra. Todo termina por destruirse.

-¿P-pero qué dices? ¿No ves que estás borracho?

– Todo se termina…y sé que en algún momento, nadie nos va a extrañar.

Tiré la botella. La lancé tan lejos como el alma pudo. Sentí los músculos estirarse en forma de parábola. Sentí dolor…sentí que la vida había vuelto. La botella se despedazaba contra las piedras de aquel risco. “En algún momento, todo se quiebra…”, pensé, mientras sacaba otra botella.

Amando la soledad

Grosz

Amando la soledad
Encerrado en este cuarto
Perdido entre unos trastos
Que hablan de mí.

Sumergido en todo esto
Con los ojos cansados
De cambiar canales
Y pasar por mi vida
Sin vislumbrar
Señales
Que sirvan de guía.

Amando la soledad
Mientras las escopetas eructan
Y los niños desarman fusiles
Mientras los soldados se multiplican
Y las guerras van y vienen
Mientras las vidas se pierden
Y los impuestos se incrementan
Como si no hubiese sitio
Suficiente
Para tanta gente.

Amando la soledad
Aferrado a ella
Borrando el pasado
Incinerando el presente
No hay futuro,
Sin ella
Y el pasado es tormento
Y el amor son tres pasos
Hacia la botella
Consumido, ya bebido
Sangra el anís
En la garganta
Y me pregunto
¿Dónde se ha ido?

¿Dónde se ha ido?

Y no hay nadie que conteste.

Solo
Solo
Raído
Perdido
Entre la gente
Solo
Mientras los árboles tiran frutos marchitos
Y los perros me muerden por la espalda
Mientras busco una sonrisa en un vaso de agua
Pero esta yace
En una botella de aguardiente
Mientras los sueños se esfuman
En un cigarrillo que se extingue
Sin llegar a nada.

Amando la soledad
Detestando el instante
Volviendo a detestarte
Amando el poder odiarme
Sonriéndole a la muerte
Bebiéndome los escaparates
Perdiendo ante la vida
Jugando a existir.

Amando la soledad
Me inclino hacia la cama
Cierro los ojos
“Ojalá nunca
Llegue mañana”

Apago la luz.