Aún queda algo.


eunuco

De derecha a izquierda: Milton Valencia (Compañero de desgracia), Santiago Ramírez y Yo (Andrés Mauricio Cabrera).

Estaba ahí, en lo que era un día como cualquier otro. Siete de la mañana, sonido de la alarma, cagada rancia y semidormido. Baño sin refregarme lo suficiente. En especial los huevos. Café para despertarme, y espera por el bus. A las ocho en punto en la oficina.

– Cabrera- dijo la jefe del consultorio- ¿Ya presentó la demanda en el juzgado?

-¿Cuál, doctora?

-La del divorcio…-dijo mientras escarbaba unos papeles- El que era por mutuo acuerdo.

– ¿El de la señora Castro?

-Sí- respondió rápidamente- ese, o cualquiera. El del mutuo acuerdo.

Nunca se acordaba de los nombres. La gente eran pequeñas cifras que se escurrían en las estadísticas que se publicaban a final de año. Aquel era el consultorio que más consultas recibía entre todo el resto de universidades de la ciudad. Consultas mal llevadas, pero a la larga, el que más tenía. Parte de ir “Adelante en el tiempo” era acaparar. Acaparar, acaparar. Nunca dar nada. Mostrarse por encima del resto. A pesar del resto.

-Ehh..sí, es el de la señora Castro.

-Usted sabe que eso no me importa-contestó mientras lamía la punta de un lapicero- Lo que importa es llevar el caso.

– Está bien.

-Pero no me ha contestado…- replicó mientras veía mi expediente- ¿Ya llevó la demanda al juzgado?

-Pensaba ir ahora mismo.

-Tarde como siempre.

-Nunca es tarde para un juzgado colombiano.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Ahora vuelvo.

Nunca era tarde. La justicia en Colombia estaba tan desarraigada que ni Nemqueteba (Dios Muisca de la justicia) ni Temis (Editorial de libros jurídicos) se sentían conformes en sus espacios. Todo era un asco. Ir a un juzgado era una experiencia de alto riesgo: No se sabía en qué momento un “colega” me robaría la billetera. O me dejaría sin casa. O jodería otra familia. Aquello era el patíbulo, y yo fungía de mensajero del más ramplón inquisidor.

Me dirigí allí con paso firme. No quería ver a ninguna parte. La garganta me quemaba, y el sudor se empezaba a escurrir por mi traje. La corbata era la cuerda que mantenía sujeto a todo ello: Aprisionado, desgastado. Sentía cómo la sangre hervía mientras cada pie se ponía en dirección a aquel sitio. Cada centímetro era una dosis pequeña de asco, de muerte lenta. Esto de ser un eunuco, vil practicante sin tarjeta profesional, era aún más nefasto que ser abogado. Al menos ellos tenían el privilegio de conocer las empanadas más grasosas de la ciudad.

-Disculpe- le dije a un tipo que estaba ahí sobre la calle- ¿Este es el Nemqueteba?- pregunté, señalando un edificio con cierto aspecto solemne.

-Jajaja, no, mire- contestó- es ese de ahí.

-¿Esa mierda?

-Esa misma, joven.

Era una porquería. Sabía que la justicia en Colombia era un invento, pero aquello era aún más risible: Un viejo edificio sostenido por mocos. Sus cimientos eran tan débiles como la “paz” o la “vida”, o demás derechos de mierda que se “respetan” en la “Constitución”. Y sí, como buen estudiante de derecho, en algún momento creí que los abogados eran gente decente, respetable. Me los imaginé en elegantes oficinas, con suntuosos trajes e ideales aún más grandes. Me los imaginé como en La Ley y El Orden, luchando contra los políticos corruptos. Me los imaginé intentando cambiar el estado de cosas nefasto que vivíamos. Pensé que aquellos vivían para buscar el bienestar de la comunidad. Eso pensé a los diecisiete años. A los veintidós, el paisaje era brutalmente contrario. Me encontraba en un ascensor que olía a mierda con pachulí, y la gente hablaba de la “carpintería” y “técnica” que se requería para llegar lejos en la profesión.

-¿Para cuál piso, joven?- me preguntó un viejo de corbata y bigote a lo Hitler.

– Diecisiete, por favor.

-Ah…va para donde el doctor González.

-Creo que sí.

-¿ No lo conoce?

-No…- contesté, mirando a una mujer acomodarse el escote para que se viese más abultado- De hecho, es la primera vez que vengo.

-Vea…pues lo más fácil es que le lleve una “cervecita”- contestó, con cierto tono servil y delincuencial que sólo un abogado podía conocer. Era como un sello en sus culos. La marca que debía mostrarse con más orgullo ante sus “colegas”.

– Jajaja, gracias, pero no.

-Créame…la va a necesitar.

Al bajarme, sentí un leve olor a mierda. Pero no era una mierda normal. Olía a MIERDA. Una especie de diarrea condensada tras el olor a alcohol y aceite para bebés. Aquello parecía más un campo de concentración para niños pequeños que una guardería. Tras unos vidrios, podían verse a diversos niños esperar a sus madres. Todos tenían esa cara que sólo se tiene en un juzgado: Cansancio, y más cansancio. Algo había mal en todo aquello. Los juguetes eran de colores, y pequeños televisores rompían el sonido de los pasos y las filas que se armaban para revisar la carpeta de notificaciones. Casi todos lloraban, buscando sin suerte a sus madres entre aquel tumulto de lascivos encorbatados y prostituidas secretarias. Los expedientes pasaban rodando en pequeños carritos de rodachines que golpeaban a la gente. Todos gritaban. Eso era el caos. Hobbes tuvo razón. El estado de naturaleza era el caos organizado. El estado de naturaleza era una jauría de abogados en un juzgado.

-¡Mamá! ¡Mamita!- gritaba un niño tras aquella jaula de cristal.

-¡Con permiso, con permiso, este es mi puesto!-gemía una abogada de abultadas tetas.

-¡Respete, malparido!- chillaba el que seguramente era el mejor abogado del piso.

Eso era la muerte. Todos contra todos. Todos con una gran cantidad de papeles untados de mierda en el maletín. Todos tenían maletín de cuero. El cuero caliente huele. Y huele al sudor acumulado. El sol penetraba por la ventana. Y la luz se refractaba contra los rostros de cada uno de los que allí hacían cola. Una mujer ponía sus tetas sobre mi espalda…calientes, calientes. Quería chuparlas. Quería romper ese escote. El imbécil de adelante restregaba su pene contra una gorda de falda. Todos contra todos. Un tipo gritaba las horas que llevaba allí parado. Yo no llevaba más de cinco minutos y ya estaba más adelante que el. Astucia. O más bien, insolencia. Insolencia y falta de cordura. Estar allí era de enfermos. El secretario del juzgado repartía los expedientes con la velocidad de un mandril entrenado a base de quemones de cigarrillo.  La vieja me seguía restregando las tetas, pero de seguro no quería tirar conmigo. Un hijo de puta hablaba de los mil procesos que llevaba. Todo era un asco. Mentira. Todo esto era la justa medida de lo que toda esta caterva de hijos de puta merecían. Esto era Colombia. Y nada más. Los niños gritaban. ¡Mamá! ¿Qué mierda hice para merecer esto? Y nadie se inmutaba. Llegó mi turno. El calor era insoportable. El aire se había hecho denso, cortante. Sentía mi nariz desprendida, desahuciada. El olor a colonia confulaba con el de la mierda de los niños para recrear el infierno.

“Dante no era colombiano. Dante era un hijo de puta italiano. Se la meneaba por Beatríz. Nunca conoció un juzgado. Dante no era colombiano…” repetía en mi cabeza con violencia. Sentí los ojos desviados. Las pupilas se habían derretido en el infierno. Unas tetas sobre mi espalda. El de enfrente meneándola contra un culo gordo.

-¿Qué necesita?

-Na..blr-contesté, viendo como se derretía- proceso 8475.

-Ya va- dijo el hijo de puta, sin inmutarse.

-¿Castro y Sánchez?

-Sí, mi-rrda. Ese.

-¿Qué le pasa?

– Nada.

Revisé lo más rápido que pude. No había nada. Una demanda que debía ser quemada. Un pedazo de papel que se le cagaría la vida a una pareja. El derecho en sí mismo. El mecanismo de regulación de la estupidez humana. Por y para la estupidez humana. Un discurso hecho dominación. Abolición. No había dignidad en eso. Se separarían, y todo sería una farsa. Aún se querían, yo lo sabía. Todo era por el dinero. Por esa mierda que se cambia en un supermercado. El papel higiénico de los bancos. Esto era justicia: Justa medida, inequidad.

BLRIUTYT/BURBHG/Los sonidos de la justicia.

-¿Qué putas le pasa?

– ¡Ajj, malparido! ¡Era mi traje Arturo Calle!

-¡No podré volver a la oficina!

Todos gritaban. Eso era el caos. El vómito era el desecho de mi alma. Estaba muerto. Pero al menos me les había cagado el día. Todo allí estaba mal. Todo merecía ser quemado. Eso, el consultorio, sus eunucos, los abogados. Pensar que los derechos duran hasta que el papel se extingue. Aquel edificio, lleno de grafitis y de papeles viejos, era el nido de la más alta “alcurnia” de hijos de puta que el país tenía. Casi todos nuestros presidentes habían sido abogados. Todo tenía sentido. La incoherencia tiene sentido, si se le ve a los ojos. Vomité, vomité hasta que mis intestinos implosionaron.

Al salir, vi mis zapatos manchados de vómito. Aún quedaba mucho de “Motley”: Aún debía vomitar más. Giré a la derecha, y en la esquina, recordé que no había conocido al juez. “Nunca le llevaré la cerveza, de eso estoy seguro”, pensé, mientras me quitaba la corbata.

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