Aceptación.


colegio

I

Pateaba un balón. Lo pateaba contra un muro, y aquel se devolvía. Era una de esas viejas pelotas Mikasa, de rombos negros y blancos. La mía ya no era ni blanca, ni negra. Era de un gris sucio, percudido por el roce con el pavimento. En ciertas zonas, una seña negra o roja se asomaba, como una ráfaga de fuerza impregnada en la esfera. De seguro eran las marcas del zapato.

Estaba solo. Y golpeaba aquel balón en medio de una cancha sin un alma para tirar un pase, o hacer una jugada. No era muy bueno. Nadie juega con los que no son buenos. Por aquel entonces, estaba empezando a comprender que la aceptación dependía de algo externo a mí: La gente. Lo que siempre había ignorado en mi pequeña burbuja de dibujos animados y comida chatarra me reclamaba su entendimiento. Me costó. Mucho. Me costó mucho más de lo que creí.

Por aquel entonces, acababa de ingresar a un colegio de curas del Opus Dei. La disciplina era absoluta, y mis compañeros eran viejos amigos del jardín. Yo había sido el infiltrado, el engendro que había ingresado en la probeta para infectarlo todo. Mi principal había sido llegar en cuarto de primaria a un colegio en el que todos ya eran amigos.

-¡Buenos días!- dijo el profesor, un tipo moreno y bajito, de peinado militar- Saluden a Andrés, su nuevo compañero de salón.

– ¡Hola!- gritaron todos con desgano. Un grito flojo, mañanero, adormecido.

– Hola…- contesté, mirando para el suelo.

– Espero lo traten muy bien…- dijo el profesor- Viene de un colegio más suave, más sencillo…necesita de su ayuda y amistad.

Mientras caminaba, todos aquellos niños de ojos saltones y mirada segura me examinaban de los pies a la cabeza. Algo en mí les causaba una sensación de asco e indecisión. La lástima era el componente principal del cóctel de emociones que se depositaba tras las pupilas de aquella jauría. Me había tocado avanzar hacia una silla ubicada en la última fila del salón, en toda la esquina junto a los casilleros. En el recorrido, ojos desafiantes se mantenían ante mi mirada inquieta. Bajé la cabeza. Sentí náuseas. Algo en aquel sitio no estaba bien. Me senté junto a un pálido niño de brackets rojos y mirada desorbitada. Mientras me acomodaba la maleta, aquel me abordó:

-¿Qué hay, nuevo?- me dijo con una sonrisa maliciosa.

– Bien…mucho gusto, Andrés- contesté.

– Ya nos dijeron. Tú mismo lo dijiste. ¿Acaso eres imbécil?- preguntó, haciendo especial énfasis en la última palabra.

Imbécil. Imbécil. Una de las tantas palabras mágicas que marcarían mi desgano.

– Sí, bueno…disculpa- dije mientras sacaba un cuaderno de la maleta.

– ¿Un cuaderno de los motorratones?- dijo mientras llamaba con señas al resto de niños- ¿Naciste el siglo pasado? ¡Esa mierda la veía mi hermano de veintitrés años!.

– Me gustan…- contesté, intentando mantenerle la mirada al tipo-los vi de pequeño con mi hermano.

PUM/PUM/Bienvenido a la vida.

– ¿Eres un mariquita, no?- exclamó mientras se revisaba los nudillos- ¡Párate, mariquita, párate, aquí no tienes hermanito que te salve el culo!

Los golpes habían sido secos. Duros. Directos a la oreja izquierda. Perdí el equilibrio. Caí. No los vi venir. El tipo había sido rápido. Era casi de mi estatura, pero el doble de rápido. Intenté pararme, pero el golpe me había dejado aturdido. Volví a caer. Sentí el peso de todo el cuerpo atornillarse a mis rodillas. Temblaba. Temblaba mucho, y aquellos niños se reían. Se reían y no paraban. Yo era el nuevo. El imbécil. Un mariquita incapaz de asestar un golpe, de restablecerse y salir a tumbar al otro al suelo y clavarle unos buenos directos al rostro. Aquello era la vida, el primer encuentro. La salida de la burbuja era una jauría de infelices escupiéndome en la cara.

II

Al cabo de un rato, me levanté con algunos problemas. Sentía que mi oreja implosionaría en cualquier momento. El golpe me había rozado parte de la cara, y ya empezaba a sentir la hinchazón por el lado de la mejilla y los labios. Pero eso no me dolía. Al menos no tanto. Más me ardía mi dignidad, y la impotencia. En efecto, era un mariquita. Sí, era un imbécil. No, no debía confiar en nadie. Sí, la gente no era buena. Había que andar con cuidado. ¿En dónde mierda me había metido?

¿Dónde carajos estaba?

La pregunta era fácil, su respuesta aún más. Mientras me limpiaba un poco de sangre que me brotaba de la oreja, un tipo de ojos verdes y cabello rubio me habló. Era mucho más alto que yo, y por algún motivo sonreía. Sonreía, como si fuésemos amigos.

– Tranquilo… así es al comienzo- me dijo mientras me estiraba una mano para apoyarme- luego ya te dejarán tranquilo.

– Sí, bueno…no esperé que algo así me pasara el primer día.

– Me llamo Daniel.

– Andrés, aunque creo que es imbécil que te lo repita.

Daniel fue mi primer amigo. Era un buen tipo. De los mejores del curso, pero también un seis excelente en la cancha de fútbol. Yo no era muy bueno, por aquel entonces jugaba de delantero y no podía hacerle un gol siquiera al arco iris  Pero Daniel me aguantaba. Me tiraba algunos pases en los descansos, antes de que los demás niños lo invitasen a jugar un partidito de microfútbol. Aquel era el adiós  y yo volvía a aquella vieja cafetería en la colina. Los veía jugar. Reían. Reían tan alto que sentía que los huesos se me quebraban por dentro. Estaban cerca, pero muy lejos. Eran parte de algo en lo que yo era un extraño, un infiltrado que buscaba entrar a golpes a un ring sin contrincante. El espectáculo estaba dado, y ya los espectadores conocían la obra. La comentaban fuerte, se reían. El comediante gritaba. Nadie escuchaba. El comediante era el imbécil que los miraba jugar desde la cafetería de la colina.

En algunas ocasiones, intenté acercarme, eso sí, siempre detrás de Daniel. José, el dueño de la pelota, saludaba a Daniel con un rápido movimiento de mano, y le decía que eligiese los equipos. Más de una vez, Daniel preguntó si yo podía jugar:

– Muchachos, nos falta uno para completar los dos equipos.

– Sí…pero no parece haber nadie- contestó José, viéndome mientras hacia algunas jugadas con la pelota.

– Invitemos a Andrés- aseguraba Daniel, viendo los rostros incrédulos de todos- al menos así estamos todos completos.

– ¿Andrés? ¿De verdad crees que voy a dejar que ese maricón le pegue a mi balón?- contestó José.

– Vamos… el tipo es buena gente, no se mete con ustedes.

– No, ninguno de nosotros juega con maricas. ¿Cierto, muchachos?.

-¡Sí!- contestaron algunos en coro.

– Dejen al nuevo solo…que juegue con el pasto de la cafetería- dijo un tipo de gafas y acné percudido por toda la cara.

Dejen al nuevo solo
Déjenlo
La mierda
Se deja 
Sola
Nadie la toca.

Sólo el que la tiene
En el culo
Atiborrada.

Ese día hacía un sol genial. Me había alistado para jugar, y por ello me había puesto los tenis Nike. Pero el sol se esconde cuando en lo oscuro se vive. Puto Opus Dei. Putos compañeros de mierda. No culpaba a Daniel, era un amigo. Pero jugar con el mismo imbécil todo el rato, a menos que seas marica, es desesperante. Fue en ese instante donde vi la biblioteca. En realidad, aquello era tan sólo un pequeño cuarto con algunos libros.

-¿Qué buscas?- me preguntó un viejo que esculcaba una repisa.

-Nada…no tengo qué hacer- contesté.

– ¿Te gusta leer?.

-No, o bueno, no sé.

– Mira…este te puede gustar.

En ese instante, el viejo subió a un butaco pequeño, desde donde me alcanzó una historieta de Ásterix y Óbelix. Me entretuve con los dibujos, y aunque era mucho mejor patear el balón, aquel instante hizo que el tiempo se desvaneciera sin necesidad de un minutero. La aguja se había extraviado en algún sucio rincón de aquel sitio. Sólo estaba Ásterix. Óbelix. Sólo habían un par de amigos, y bueno, estos no se irían al primer llamado a la cancha de microfútbol.

La soledad consiste en el hecho de observar y ver manchas. Percibir a la gente desde su misma animalidad: Pesados, descompuestos, extraviados. Soledad es estar en un sitio donde sólo se causa asco. Soledad es mirar para el techo para no escuchar, para perderse de los gritos y de las demás señas que el mundo agita ante los ojos. Estar solo es aprender a depender de sí mismo. Eso es lo que era.

Me levanté, y miré el reloj: 10:00 Am. Ya era hora de volver a clase.

III

La siguiente clase era la de Educación Física. El profesor era un viejo gordo, con aspecto cervecero y todo menos atlético. La gente se quitaba la sudadera y se quedaba en pantaloneta. Todos reían, comentaban algo acerca de una falta que había sido penal en el partido del descanso. Nadie sabía que yo estaba allí, o si lo sabían, les importaba un culo.

-¡Jóvenes, hagan chichí, popó, y nos vemos en la cancha!- gritó aquel viejo.

– ¡Síiiii!- gritaron todos.

Me alisté, y salí detrás del resto. Estaba asustado. O no, tal vez no era eso. Sentía un hormigueo extraño en el estómago. Sentía que era fuerte, que tal vez algo pasaría. No sabía qué, pero aquello me motivaba. También me asustaba. Sabía que sería un intento: 50-50. Si no era ahora, nunca sería aceptado. Los golpes serían diarios. Sería un marica. Nunca me respetarían. Ignorado, ignorado.

Ignorado.

– Daniel, Bernardo- dijo el viejo regordete- escojan equipos.

– ¿Quién elige primero?- preguntó Bernardo.

– Usted, dele- contestó Daniel.

– Listo…- dijo mientras su mirada recorría la cara de todos- Escojo a Iván.

– Miguel.

– José.

– David.

Y el décimo sería: Andrés. El último. Bernardo me había escogido.

-Nuevo…serás arquero, métele huevos- me dijo, viéndome a los ojos con una sonrisa.

– Nunca he tapado. Soy delantero.

– Eres una mierda, nuevo, no eres nadie. Serás arquero, y métele huevos, que ya sabemos que eres un marica.

Me planté. No tenía guantes. La pelota parecía de cuero de vaca: áspera, pesada, cuarteada. Me rajaría las manos. No importaba. Esos hijos de puta no me dejarían tranquilo si no hacía algo para que me respetasen. Cada partido era de cinco minutos: tres equipos. Treinta minutos de fútbol. Si ganábamos, tendríamos la posibilidad de ser los reyes de la cancha, y continuar contra otro de los equipos de Daniel. Podían cambiarme. Tenía que taparlas…tenía qu–

-¡GOOOOL HIJUEPUTA!- gritó José, segundos después de empezar el partido.

-¡Mierda nuevo, pendiente, que si nos hacen otro nos sacan!- gritó Bernardo.

-¡Está bien!- dije, enfocándome en el balón.

Seguía la pelota. La seguía como un perro tras el hueso. Como un vagabundo tras un porro. La seguía sin pestañear, me movía rápidamente, acomodándome, previendo posibles disparos. Algo fluía. Algo parecía ir bien..

-¡Se fue, nuevo, cógela!- dijo David.

Me estiré, mis pies volaron del piso en un leve salto. El sol me rastreaba las pupilas, me calcinaba la cabeza. No vi nada. Intuía que iría hacia aquel lado. Estiré los brazos.

Plaj/Tuc/¡BUEEEEENA!/El sonido de la aceptación.

La había sacado. El balón había ido hacia un lado, esquinado. Mi mano lo había tirado al corner. Sonreí. Sonreí mirando al cielo. Sonreí viendo al sol, veía luz, y un punto oscuro en el centro. Dios era el hueco del culo en medio del firmamento, ¿Cuándo cagaría otro meteorito?.

-¡Bieen nuevo, bien, la hiciste!- me dijo Bernardo, mientras me golpeaba un hombro.

Los otros me miraban. Confusos, extraños al momento. Algunos sonreían, pero les incomodaba verme contento.

-Fue suerte.

– Sí, pura suerte.

-Ya mañana será el mismo maricón de siempre.

Y sí, puede que hubiese sido suerte. Pero desde ese día, me le tiré a todos los balones. A todos los golpes. A todos los escupitajos. Me lancé a la deriva, asesté unos golpes. Siempre terminaba vapuleado. Pero al menos, después de todo, algunos me miraban diferente. Casi todos con  desprecio, asco, odio. Algunos pocos, con respeto. Y aquellos fueron mis amigos. Los que aún hoy mantengo quince años después.

Golpear, ser golpeado, perder…perder, caer, volver, estar de pie.

Bogotá, 8 de marzo de 2013.

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