Poema marchito.

monet_impresion400

Había algo en esos ojos
Azules
Algo que siempre brillaba
Y mataba
Todo aquello que parecía
Joderme.

Había ese algo que,
Aún hoy no encuentro
No era el azul
Tampoco creo
Que sea el mero
Recuerdo
Es ese algo que
Parecía brillar
Cuando todo estaba más
Oscuro
Y la luz no se filtraba
Por las persianas.

Es ese algo que
Creo que he perdido
Y que dudo
Que vuelva
Es ese azul
Marchito
Que se retuerce
En la memoria.

Por eso ahora
Bebo de día
Y de noche
A veces,
Sólo a veces
Veo el cielo
Y pienso
En ese azul
Que calmaba
Las ansias
Ese azul
Que no parecía
Extinguirse
Esa mañana.

Por eso
A pesar de no
Encontrarlo
Aún lo busco
Y puede que

Nunca vuelvas
A ser la misma
Ni a verme
Igual que antes.

Pero yo
No quiero
Eso
Y tampoco
Quiero
Forzarte a esto
De tener
Que soportar
A un imbécil que,
En sus tardes
O en sus noches
Mira el cielo
Y piensa que
Sería más
Tranquilo
Si fuese azul.

Ese azul
Que calmaba
La desesperanza
Que no conocía
Pero que me habitaba
Por aquel entonces.

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Deseo póstumo.

cerveza

Acababa de leer
Un poema del viejo
Bukowski
John dillinger y le chasseur maudit.

No sé
Aún mientras
Escribo esto
No sé
No tengo nada
Más
Que esta pijama
Y el sol
Que incinera
La mañana.

Pareciera ser
Que todo
Tuviese un momento
Que las alcantarillas
Fuesen a rebosarse
Y que tarde
O temprano
La gente
Algún día
Dijera
“Mierda,
¿Leíste algo
De Cabrera?”
“Sí”
Contestaría otro
Imbécil de 22
Igual que yo
Con la misma pesadez
Con el estupor
En la garganta
Y la cerveza
Vacía
Que desea
Ser bebida.

“Sí
El tipo era un viejo
Sucio”
Contestaría
Y el otro
Se reiría
Ojalá que digan
“Tuvo cojones”.

Tuvo cojones.

Aunque lo dudo
Lo dudo por cuanto
Soy un
Imbécil
Que escribe esto
Porque afuera
Nada cambia
Y todo
Lo que se quiere
Nunca encuentra
Su camino
En relación
Conmigo.

No busco nada
La debilidad
Otra máxima
No kantiana
Hay tipos duros
Que salen a diario
Y se muelen los pies
Contra el asfalto.

Yo estoy aquí
Encerrado
En este puto cuarto
Viendo el sol
Un árbol
Que se menea
Con el viento
Y una vieja
Que toma un café
En un sofá
Y un tipo
Que pasea su perro
Mira el cielo
Lo miro
No hay nada
Más
Que azul
Y ella
Ya se ha ido.

10:00 AM
La ciudad
Muere
Y aquí
En este cuarto
La mierda se escurre
Del sanitario
Y el olor
Me golpea.

Estoy rancio
Pero aún
Tengo años
Tengo días
Para salir
A joder
A todos aquellos
Que quisiera.

Soy un tipo
Rencoroso
Vengativo
No olvido
Nunca lo hago
No es necesario
Vivir es pelear
Y para pelear
Hay que recordar
Tanto
Hasta que los oídos
sangren
Los ojos
Estallen
Y los dientes
Se quiebren
En su propio
Crujir.

Pero
A pesar de todo
Soy hermano
Y a mis amigos
Les cubro el culo
Y la vida
Lo que pueda
Sonriendo.

Y vuelvo a pensar
En esos tipos
De 22
Igual que yo
Y pienso que
Probablemente
Nunca llegue
A ser bueno
O ser reconocido
Pero al menos
Soy sincero
Y digo
Lo que pienso
Y escribo
Los tormentos
Y las risas
Que por algún
Instante
Transcurrieron
Esta vida.

Ojalá
Esos tipos
De 22
Lean un cuento
O un poema
De los míos
Encuentren el puto
Blog
Y miren al cielo
Y pisen las flores
Aquellas que a todos
Nos enseñaron a amar.

Ojalá
Las pisen
Escupan
Al cielo
Y beban
Lo que me faltó
A mi
Por beber.

Ojalá luego
Digan
“Ese era un viejo
Borracho”
Y sonrían
Como yo lo hago
Cuando leo
A Bukowsski.

Tal vez
Puede que ellos
Como yo
Piensen
En el amanecer
Mientras sean
Despertados
Por el sonido
De las ratas
Aplastadas.

Puede que
El malestar
Asuma
La realidad
Y los niños
Caguen
En la calle
Y los adultos
Se cuelguen
Por fin
Bajo el peso
De sus corbatas.

En la casa de J.

candelariaBogotaNoche

Estábamos bebiendo
Con J.
Me decía
Algunas cosas
Sobre la fatalidad.

“Vos ya entendiste”, me decía
Mientras servía
El viejo Fernet
“Nos vamos a morir
Cualquier día
En cualquier momento”.

Yo sabía que sí
Nos íbamos a morir
Y estábamos
Allí
Para beber
Y seguir
Viviendo
Hasta que el sol llegase
Y rompiera
La cordura.

“Sí, por eso hay que beber”
Le dije
Y me tomaba otro trago
De ese licor amargo
“Nos vamos a morir,
Puto”
Contestaba
Aquel
Que había perdido
Sus mierdas más
Preciadas.

Yo lo tenía
Todo
Pero podía
Entenderlo
Algo había allí
Algo
No sé si era la perra
Ramona
O el Fernet
O el aguardiente
O la botella
Que estaba vacía
En una esquina
Pero podía
Comprenderlo.

Estábamos vivos
Con la garganta
Descocida
Y los ojos
Calcinados
Estábamos
Sobre el infierno
Dando pasos
Ensangrentados
Y aún éramos
Dos jóvenes
Y ya sabíamos
Que íbamos
A morir
Y no hay consuelo
Que calme
La rabia
Y la desolación
Que eso causa.

“Mejor sirve otra copa”
Le dije
Y tomé lo que más pude
“Nos vamos a morir,
Puto”
Me repitió
“Nos vamos a morir,
Y por eso es que
Vos sos mi hermano”
Y yo
Siempre
Intranquilo
Le dije
“Vivir es perder”.

“Vivir es perder”
“Vivir es perder”

Vivir es perder
Siempre
Un poco
Hasta morir.

Y ahí fue que cada quien
Se acostó a dormir
Mientras el sol
Incineraba
Aquella sala.

Instante.

angelus novus

“Now I watch the falling rain
All my mind can see
Now is your face”

Pantera.

Tenía una resaca asquerosa. Había bebido unas dos semanas seguidas, y ya la comida no parecía querer entrar. Los trozos chocaban contra las paredes del estómago, y este parecía querer implosionar…vomitaba, y parecía que todo volvía a empezar. Aquel día había tenido que ir a la universidad. El imbécil de Bancarios había decidido que el examen fuese oral, y por ello tocaba vestirse de manera “elegante”. Bien, me hice tres pajas, me puse una camisa de cuello, y un pantalon de drill. Iría en tenis, ¡Si quería zapatos que me chupara los huevos!

Bueno, el examen había transcurrido normalmente. Preguntas estúpidas, respuestas poco sinceras. Descripción del robo por vía legal. A la larga, había aprendido que el sistema jurídico colombiano siempre beneficiaba a los bancos: ¿Que constituiste un préstamo y pusiste tu casa en embargo? ¿Que no puedes pagar? ¡Me importa un orto!. Todo importaba un orto. Todo, menos el banco.

-Mmm…- vociferó aquel gordo de traje- Díaz, ¿Verdad?

-Sí- contesté- Castro Díaz.

-Bien…- dijo mientras revisaba unas preguntas. Su cara era maliciosa. Quería joderme.- Bueno, dígame cómo funciona el mecanismo de regulación bancaria.

– Pues…- dije mientras pensaba alguna estupidez para decir- No sé, no entiendo bien la pregunta, profesor.

– Es bastante clara…- Masculló, tocándose al tiempo el bigote- ¿Cómo funciona el mecanismo de regulación bancaria?.

– Pues…está la ley, que faculta a las superintendencias a realizar un control preventivo sobre las entidades. Asimismo, están las directivas, etc etc.

– Bien. ¿Y es efectivo el control?.

– Sí, siempre es efectivo. Tanto así que la gente está en la calle, imagínese.

– ¿Qué insinúa?.

– Que siempre gana el banco. Y que por eso es que estamos todos jodidos.

– Tiene cero, retírese.

Me largué de ahí, no sin antes recordarle a aquel imbécil toda su ascendencia. Valía mierda si me expulsaban. Ya no quería estar allí, ni en ningún lado. Sólo quería estar solo, bien lejos de tanto hijo de puta abogado servil. Quería cantidades abismales de cerveza y aguardiente. Quería un computador, quería historias para contar… quería ser escritor, y había algo que no estaba cuajando en aquella lógica. De un tiempo para atrás, mi vida se había convertido en la consecución de los frustrados sueños de mis viejos. Debía ser abogado, ojalá penalista. Debía hacer una especialización en ello. Una maestría, doctorado. Debía tener una gran firma. En algún momento, tenía que ser político. Ojalá de alto rango. Debía salvar el país. Debía solucionar todas las causas perdidas sobre las que se erigía Colombia. Había que tener una familia. Mi esposa debía ser rubia, de bonitos senos y estupidez chocante. Tenía que operarle el culo, era imperativo.

Debía ser todo lo que no quería, pero bueno, poco importaba lo que yo pensaba.

O eso pensé. Aunque, por algún extraño motivo, aún no podía morirme. Había algo de mí ardiendo adentro, quemando todo lo que no era propio. Estaba aquella fuerza que me obligaba a discutir, a pelear…a la contra, contra todo. Aún habían palabras que escupir, y yo estaba dispuesto a jalar el gatillo. No quería esa vida. Quería ser escritor. Quería entender por qué mierda era que vivía así. La escritura era catarsis: Las letras saltaban violentas, como balas. Ahí estaba mi vida: desfigurada, ficcionalizada…pero era mi vida. Era mía. Quería entender por qué mierda, siempre que escribía, me calmaba por un leve instante. La lectura era tormenta, era la guerra contra mí mismo, contra la mierda que pasaba a diario. La lectura era la masturbación que quedaba tras el día. La lectura era necesaria…

Al llegar a casa, me acosté a dormir. Sentía unas ganas irresistibles de clavarme una paja, pero el cansancio me pudo y en poco tiempo mis ojos se nublaron. Al cabo de unas dos horas, el vómito me levantó con furia. Corrí hacia el baño, y jalé la cisterna. El vómito fluía en su propio laberinto, en el espiral hacia el infierno. Con sus pares. Todo parecía encontrar su lugar, menos yo. O eso creí en ese momento.

Abrí la maleta. Allí estaba. Relucía el acero. La luz lo hacía parecer amable…destellante. Algo había de hermoso en aquel revólver, pero yo no entendía. Lo miré un buen rato, hasta que sentí escalofríos y lo guardé. Sentí la fuerza de la muerte penetrar con furia. Me asusté. Siempre estaba asustado.

Llamé a una vieja, que siempre que la llamaba, salía corriendo a chuparme el pene:

– ¿Claudia?

– ¿Miguel?

-Sí, ¿Qué hay?

-¡Tiempo sin hablarnos!, ¿Cómo estás?

-Bien, ¿Y tú?

-Todo bien…¿En qué andas?

– Nada, aquí aburridita en la casa.

– Ahh, vea pues…yo te tenía plan.

– ¿Qué me tienes? ¡Ah!

– Ven a mi casa, ¿Qué dices? Nos tomamos algo…preparamos algo, y ahí vemos que sale…

– Mmm…Migue, ahora ando saliendo con un tipo- dijo, haciendo pequeñas pausas entre palabras- No sé… no me parece bien.

– El no se va a enterar.

– Mmm… bueno, dale. Me baño y salgo para allá.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la reivindicación.

Decidí afeitarme. Llevaba un buen tiempo sin hacerlo, y ya la barba parecía salirse de su cauce. Me regué con colonia los huevos (uno nunca sabe), y fui a la tienda a comprar una caja de condones.

Ring/Ring/Ring/Las voces escurriéndose por el sifón.

– ¿Hola?- dije.

– ¿Migue? Hola.

– ¿Qué pasó?

– No podré ir…no me siento bien con esto. Sabes, todo parece ir bien…no la quiero cagar. Por una vez, no la quiero cagar.

– Tranquila, está bien. No tienes por qué darme explicaciones.

– No, no es eso…pero quiero que me entiendas. Todo está fluyendo, el me quiere, yo creo que también estoy empezando a sentir lo mismo. Sabes que me gustas, pero parecieras aprovecharte de eso. Sólo me llamas para eso, lo sabes.

– ¿Para qué?

-Para tirar, ¡Mierda, ni que eso fuera novedad!

– Ya, tranquila. Adiós, que te vaya bien con todo.

-Mi-mi…

Tun/Tun/ De vuelta a la realidad.

Me devolví a casa. Ya no tenía nada qué hacer en aquella droguería.  Prendí la grabadora, sonaba Pantera. Cemetery Gates, para ser exactos. Llevaba escuchando esa canción un buen tiempo. Semanas, meses, no sabía. Pero la escuchaba todo el tiempo. Había algo en ella que me hacía estremecer, que me decía aquello que debía destruir. Pensé, como otras tantas noches, por qué mierda me encontraba así. No sabía muy bien qué era lo que me pasaba, o más bien, sí sabía, estaba hecho mierda y quería acabar con todo. Lo que no sabía eran los motivos. Nunca me había faltado nada. Era un vil mantenido: el esbirro de los sueños de mis viejos. Tenía que llevarlos a cabo. Pero a cambio tenía comida, techo, dinero. Si dijera que me faltaba algo, sería un mentiroso. Lo tenía todo. Al menos materialmente.

El problema estaba en mí: Algo faltaba. Lo primero era ella. Me jodía verla feliz, me jodía verme cada vez peor…y verla a ella, siempre, mejor. Odiaba mi carrera, sentía que estudiaba para convertirme en todo lo que más había despreciado: un lacayo de un sistema que mantenía la inequidad bajo el manto del “progreso”. Todo iba mal, y mi profesión era mantener el estado de cosas. Reformular el discurso: Cambiar los asesinos por hadas, la mierda por caviar, los sueños por Estado. Por polícias. La libertad por una “cajita feliz” de McDonalds. Era el hijo de puta más amado en medio del caos: Era un abogado.

Fue allí cuando decidí abrir la maleta nuevamente. La hija de puta brillaba más bonito que antes. La luz de la ventana se colaba directo hacia el acero, formando un arco iris que se difuminaba al más leve movimiento….Estaba solo. Nadie podía detenerme. De fondo, el solo de Dimebag rugía.

Believe the word
I will unlock my door
And pass the cemetery gates

Me lo puse en la cien. Estaba frío. Quería llorar. Cerré los ojos. Miré, miré hacia afuera: Un niño jugaba con una pelota. La pateaba contra una pared. No tenía a nadie con quien jugar. Lloré. Vi a mi perro batir la cola. Vi a mi madre llorar. A mi viejo cargar el féretro. Vi a todos mis amigos llorar borrachos. Vi a Vargas lamentarse. Vi a Milton putearme con dolor. Vi a una zorra a la que me había tirado un par de veces. Vi mis escritos, perdidos en un blog de mierda que nadie leía. Vi una tumba con flores. Odiaba las flores. Vi a un viejo orinar en un parque. Vi el supermercado, vi al Peludo acompañándome a comprar trago. Vi a Laura sonreírme. Vi sus ojos, los vi…cambiaban de tono. Vi a Jenna Jameson saltar sobre un negro. Vi aquel viejo libro de Aldous Huxley que había perdido. Me perdí en la botella de aguardiente que había estallado contra la barra de un bar. Escuché Poison mientras me la jalaba alguna vez. Me pegué una cagada leyendo a Bukowski. Le había dicho a Julián que teníamos que vivir en algún momento juntos. Había que escribir. Teníamos mucha mierda que contar, y aún no era momento para morir….

Pum/Pum/Pum/Despertar.

El gato se había golpeado contra el vidrio de la ventana. Nunca lo hacía. Me miraba. Sus ojos eran azules, podía verme allí, alzando aquella puta arma. Sentí asco. Lo lancé, lo tiré con todas mis fuerzas. Había caído en la esquina del cuarto. Por suerte, no se había disparado. Tenía un revólver, y no había sabido usarlo. El gato se había acercado. Me miraba… parecía querer decirme algo. Lo abracé, y lloré un buen rato. Fue allí cuando entendí que aún habían vidrios que debía romper. Que aún me quedaban palabras para escupir, que estaba joven…. tenía que vivir. Tenía que vivir. Debía salir de todo eso. Los barrotes eran de cristal, y yo tenía el cuerpo de metal.

Me hice tres pajas, y por un corto instante, fui feliz.

Aceptación.

colegio

I

Pateaba un balón. Lo pateaba contra un muro, y aquel se devolvía. Era una de esas viejas pelotas Mikasa, de rombos negros y blancos. La mía ya no era ni blanca, ni negra. Era de un gris sucio, percudido por el roce con el pavimento. En ciertas zonas, una seña negra o roja se asomaba, como una ráfaga de fuerza impregnada en la esfera. De seguro eran las marcas del zapato.

Estaba solo. Y golpeaba aquel balón en medio de una cancha sin un alma para tirar un pase, o hacer una jugada. No era muy bueno. Nadie juega con los que no son buenos. Por aquel entonces, estaba empezando a comprender que la aceptación dependía de algo externo a mí: La gente. Lo que siempre había ignorado en mi pequeña burbuja de dibujos animados y comida chatarra me reclamaba su entendimiento. Me costó. Mucho. Me costó mucho más de lo que creí.

Por aquel entonces, acababa de ingresar a un colegio de curas del Opus Dei. La disciplina era absoluta, y mis compañeros eran viejos amigos del jardín. Yo había sido el infiltrado, el engendro que había ingresado en la probeta para infectarlo todo. Mi principal había sido llegar en cuarto de primaria a un colegio en el que todos ya eran amigos.

-¡Buenos días!- dijo el profesor, un tipo moreno y bajito, de peinado militar- Saluden a Andrés, su nuevo compañero de salón.

– ¡Hola!- gritaron todos con desgano. Un grito flojo, mañanero, adormecido.

– Hola…- contesté, mirando para el suelo.

– Espero lo traten muy bien…- dijo el profesor- Viene de un colegio más suave, más sencillo…necesita de su ayuda y amistad.

Mientras caminaba, todos aquellos niños de ojos saltones y mirada segura me examinaban de los pies a la cabeza. Algo en mí les causaba una sensación de asco e indecisión. La lástima era el componente principal del cóctel de emociones que se depositaba tras las pupilas de aquella jauría. Me había tocado avanzar hacia una silla ubicada en la última fila del salón, en toda la esquina junto a los casilleros. En el recorrido, ojos desafiantes se mantenían ante mi mirada inquieta. Bajé la cabeza. Sentí náuseas. Algo en aquel sitio no estaba bien. Me senté junto a un pálido niño de brackets rojos y mirada desorbitada. Mientras me acomodaba la maleta, aquel me abordó:

-¿Qué hay, nuevo?- me dijo con una sonrisa maliciosa.

– Bien…mucho gusto, Andrés- contesté.

– Ya nos dijeron. Tú mismo lo dijiste. ¿Acaso eres imbécil?- preguntó, haciendo especial énfasis en la última palabra.

Imbécil. Imbécil. Una de las tantas palabras mágicas que marcarían mi desgano.

– Sí, bueno…disculpa- dije mientras sacaba un cuaderno de la maleta.

– ¿Un cuaderno de los motorratones?- dijo mientras llamaba con señas al resto de niños- ¿Naciste el siglo pasado? ¡Esa mierda la veía mi hermano de veintitrés años!.

– Me gustan…- contesté, intentando mantenerle la mirada al tipo-los vi de pequeño con mi hermano.

PUM/PUM/Bienvenido a la vida.

– ¿Eres un mariquita, no?- exclamó mientras se revisaba los nudillos- ¡Párate, mariquita, párate, aquí no tienes hermanito que te salve el culo!

Los golpes habían sido secos. Duros. Directos a la oreja izquierda. Perdí el equilibrio. Caí. No los vi venir. El tipo había sido rápido. Era casi de mi estatura, pero el doble de rápido. Intenté pararme, pero el golpe me había dejado aturdido. Volví a caer. Sentí el peso de todo el cuerpo atornillarse a mis rodillas. Temblaba. Temblaba mucho, y aquellos niños se reían. Se reían y no paraban. Yo era el nuevo. El imbécil. Un mariquita incapaz de asestar un golpe, de restablecerse y salir a tumbar al otro al suelo y clavarle unos buenos directos al rostro. Aquello era la vida, el primer encuentro. La salida de la burbuja era una jauría de infelices escupiéndome en la cara.

II

Al cabo de un rato, me levanté con algunos problemas. Sentía que mi oreja implosionaría en cualquier momento. El golpe me había rozado parte de la cara, y ya empezaba a sentir la hinchazón por el lado de la mejilla y los labios. Pero eso no me dolía. Al menos no tanto. Más me ardía mi dignidad, y la impotencia. En efecto, era un mariquita. Sí, era un imbécil. No, no debía confiar en nadie. Sí, la gente no era buena. Había que andar con cuidado. ¿En dónde mierda me había metido?

¿Dónde carajos estaba?

La pregunta era fácil, su respuesta aún más. Mientras me limpiaba un poco de sangre que me brotaba de la oreja, un tipo de ojos verdes y cabello rubio me habló. Era mucho más alto que yo, y por algún motivo sonreía. Sonreía, como si fuésemos amigos.

– Tranquilo… así es al comienzo- me dijo mientras me estiraba una mano para apoyarme- luego ya te dejarán tranquilo.

– Sí, bueno…no esperé que algo así me pasara el primer día.

– Me llamo Daniel.

– Andrés, aunque creo que es imbécil que te lo repita.

Daniel fue mi primer amigo. Era un buen tipo. De los mejores del curso, pero también un seis excelente en la cancha de fútbol. Yo no era muy bueno, por aquel entonces jugaba de delantero y no podía hacerle un gol siquiera al arco iris  Pero Daniel me aguantaba. Me tiraba algunos pases en los descansos, antes de que los demás niños lo invitasen a jugar un partidito de microfútbol. Aquel era el adiós  y yo volvía a aquella vieja cafetería en la colina. Los veía jugar. Reían. Reían tan alto que sentía que los huesos se me quebraban por dentro. Estaban cerca, pero muy lejos. Eran parte de algo en lo que yo era un extraño, un infiltrado que buscaba entrar a golpes a un ring sin contrincante. El espectáculo estaba dado, y ya los espectadores conocían la obra. La comentaban fuerte, se reían. El comediante gritaba. Nadie escuchaba. El comediante era el imbécil que los miraba jugar desde la cafetería de la colina.

En algunas ocasiones, intenté acercarme, eso sí, siempre detrás de Daniel. José, el dueño de la pelota, saludaba a Daniel con un rápido movimiento de mano, y le decía que eligiese los equipos. Más de una vez, Daniel preguntó si yo podía jugar:

– Muchachos, nos falta uno para completar los dos equipos.

– Sí…pero no parece haber nadie- contestó José, viéndome mientras hacia algunas jugadas con la pelota.

– Invitemos a Andrés- aseguraba Daniel, viendo los rostros incrédulos de todos- al menos así estamos todos completos.

– ¿Andrés? ¿De verdad crees que voy a dejar que ese maricón le pegue a mi balón?- contestó José.

– Vamos… el tipo es buena gente, no se mete con ustedes.

– No, ninguno de nosotros juega con maricas. ¿Cierto, muchachos?.

-¡Sí!- contestaron algunos en coro.

– Dejen al nuevo solo…que juegue con el pasto de la cafetería- dijo un tipo de gafas y acné percudido por toda la cara.

Dejen al nuevo solo
Déjenlo
La mierda
Se deja 
Sola
Nadie la toca.

Sólo el que la tiene
En el culo
Atiborrada.

Ese día hacía un sol genial. Me había alistado para jugar, y por ello me había puesto los tenis Nike. Pero el sol se esconde cuando en lo oscuro se vive. Puto Opus Dei. Putos compañeros de mierda. No culpaba a Daniel, era un amigo. Pero jugar con el mismo imbécil todo el rato, a menos que seas marica, es desesperante. Fue en ese instante donde vi la biblioteca. En realidad, aquello era tan sólo un pequeño cuarto con algunos libros.

-¿Qué buscas?- me preguntó un viejo que esculcaba una repisa.

-Nada…no tengo qué hacer- contesté.

– ¿Te gusta leer?.

-No, o bueno, no sé.

– Mira…este te puede gustar.

En ese instante, el viejo subió a un butaco pequeño, desde donde me alcanzó una historieta de Ásterix y Óbelix. Me entretuve con los dibujos, y aunque era mucho mejor patear el balón, aquel instante hizo que el tiempo se desvaneciera sin necesidad de un minutero. La aguja se había extraviado en algún sucio rincón de aquel sitio. Sólo estaba Ásterix. Óbelix. Sólo habían un par de amigos, y bueno, estos no se irían al primer llamado a la cancha de microfútbol.

La soledad consiste en el hecho de observar y ver manchas. Percibir a la gente desde su misma animalidad: Pesados, descompuestos, extraviados. Soledad es estar en un sitio donde sólo se causa asco. Soledad es mirar para el techo para no escuchar, para perderse de los gritos y de las demás señas que el mundo agita ante los ojos. Estar solo es aprender a depender de sí mismo. Eso es lo que era.

Me levanté, y miré el reloj: 10:00 Am. Ya era hora de volver a clase.

III

La siguiente clase era la de Educación Física. El profesor era un viejo gordo, con aspecto cervecero y todo menos atlético. La gente se quitaba la sudadera y se quedaba en pantaloneta. Todos reían, comentaban algo acerca de una falta que había sido penal en el partido del descanso. Nadie sabía que yo estaba allí, o si lo sabían, les importaba un culo.

-¡Jóvenes, hagan chichí, popó, y nos vemos en la cancha!- gritó aquel viejo.

– ¡Síiiii!- gritaron todos.

Me alisté, y salí detrás del resto. Estaba asustado. O no, tal vez no era eso. Sentía un hormigueo extraño en el estómago. Sentía que era fuerte, que tal vez algo pasaría. No sabía qué, pero aquello me motivaba. También me asustaba. Sabía que sería un intento: 50-50. Si no era ahora, nunca sería aceptado. Los golpes serían diarios. Sería un marica. Nunca me respetarían. Ignorado, ignorado.

Ignorado.

– Daniel, Bernardo- dijo el viejo regordete- escojan equipos.

– ¿Quién elige primero?- preguntó Bernardo.

– Usted, dele- contestó Daniel.

– Listo…- dijo mientras su mirada recorría la cara de todos- Escojo a Iván.

– Miguel.

– José.

– David.

Y el décimo sería: Andrés. El último. Bernardo me había escogido.

-Nuevo…serás arquero, métele huevos- me dijo, viéndome a los ojos con una sonrisa.

– Nunca he tapado. Soy delantero.

– Eres una mierda, nuevo, no eres nadie. Serás arquero, y métele huevos, que ya sabemos que eres un marica.

Me planté. No tenía guantes. La pelota parecía de cuero de vaca: áspera, pesada, cuarteada. Me rajaría las manos. No importaba. Esos hijos de puta no me dejarían tranquilo si no hacía algo para que me respetasen. Cada partido era de cinco minutos: tres equipos. Treinta minutos de fútbol. Si ganábamos, tendríamos la posibilidad de ser los reyes de la cancha, y continuar contra otro de los equipos de Daniel. Podían cambiarme. Tenía que taparlas…tenía qu–

-¡GOOOOL HIJUEPUTA!- gritó José, segundos después de empezar el partido.

-¡Mierda nuevo, pendiente, que si nos hacen otro nos sacan!- gritó Bernardo.

-¡Está bien!- dije, enfocándome en el balón.

Seguía la pelota. La seguía como un perro tras el hueso. Como un vagabundo tras un porro. La seguía sin pestañear, me movía rápidamente, acomodándome, previendo posibles disparos. Algo fluía. Algo parecía ir bien..

-¡Se fue, nuevo, cógela!- dijo David.

Me estiré, mis pies volaron del piso en un leve salto. El sol me rastreaba las pupilas, me calcinaba la cabeza. No vi nada. Intuía que iría hacia aquel lado. Estiré los brazos.

Plaj/Tuc/¡BUEEEEENA!/El sonido de la aceptación.

La había sacado. El balón había ido hacia un lado, esquinado. Mi mano lo había tirado al corner. Sonreí. Sonreí mirando al cielo. Sonreí viendo al sol, veía luz, y un punto oscuro en el centro. Dios era el hueco del culo en medio del firmamento, ¿Cuándo cagaría otro meteorito?.

-¡Bieen nuevo, bien, la hiciste!- me dijo Bernardo, mientras me golpeaba un hombro.

Los otros me miraban. Confusos, extraños al momento. Algunos sonreían, pero les incomodaba verme contento.

-Fue suerte.

– Sí, pura suerte.

-Ya mañana será el mismo maricón de siempre.

Y sí, puede que hubiese sido suerte. Pero desde ese día, me le tiré a todos los balones. A todos los golpes. A todos los escupitajos. Me lancé a la deriva, asesté unos golpes. Siempre terminaba vapuleado. Pero al menos, después de todo, algunos me miraban diferente. Casi todos con  desprecio, asco, odio. Algunos pocos, con respeto. Y aquellos fueron mis amigos. Los que aún hoy mantengo quince años después.

Golpear, ser golpeado, perder…perder, caer, volver, estar de pie.

Bogotá, 8 de marzo de 2013.

¿Qué pasó ayer?

vómito

Desperté
Olía
A mierda
Mucha mierda
Con nachos
Y un poco
De fríjoles
Rancios
¿Qué mierda
Pasó ayer?

Desperté
Los rayos
Retumbaban
En la cara
Y todo
Parecía
Estar bien
Y
¿Quién
Mierda
Me dice
Qué
Pasó
Ayer?

El baño
Parece
El sanatorio
Del estómago
Y
El vómito
El retrato
De la vida
Inexacto
Degradado
Siempre
Despreciado
Como un Bacon
Rasgos
Maltratados.

Y entonces
Mientras
El olor
Me agarra
Vomito
Homenaje
A la desgracia
Y pienso
¿Qué pasó ayer?

Y sonrío
Y creo
Que todo
Estuvo muy bien
Y que
Tal vez
Por un
Momento
Fui feliz.

Y entonces
Vuelvo
A la realidad
Y pienso
Que hay que trapear
Y que
Tal vez
Si terminé así
No fui tan feliz
Y los meados
Se asoman
En la esquina
Y pienso
Que el recuadro
Es
El reflejo
Del enfermo.

Sonrío
Sonrío
Sonrío
Sonrío
Hay tiempo
Para el lamento
Y aún
Estoy vivo.

Bajo otra botella
La vida es el infierno
Y la soledad
Su principal
cimiento.