Fiebre y temblor.


El-banco-solo-de- parque

Llovía. Los truenos eran ráfagas de luz que se escurrían por la persiana y asustaban a los perros. Las alarmas de los autos se disparaban, y el frenesí se aumentaba con el agite de las sombrillas cayendo sobre el pavimento. De vez en cuando, el semáforo se ponía en rojo, y tras volver a dar paso, las bocinas eran estruendos que competían contra el agite de las gotas contra las ventanas. Algunos gritaban, yo no entendía, era una simple lluvia.

Pero bueno, eso lo dice el que está adentro. Refugiado, escondido bajo las sábanas  con una cerveza en la mano.El gato saltaba por la habitación. Intentaba encontrar su lugar en aquellos precarios 88 metros cuadrados. No lo había, me miraba. “Maricón, quítate de la cama” parecía ordenarme con aquellos rabiosos ojos azules. Pero no me importaba. Deslicé una nalga hasta que se salió de las sábanas, y escupí un hermoso suspiro que el felino rehuyó con rapidez. El cuarto había adquirido ese aroma a fríjoles y carne trajinados, adobados con cerveza.

-¡Buufff! Huele a mierda- dije mientras me levantaba.

Desde hacía algunos días, constantes temblores azotaban el cuerpo. Como si los llamase, aquellos incordiaban el más mínimo movimiento físico. A veces eran tenues, controlables, como cuando alzaba una lata de cerveza o me mandaba el café a la boca en la mañana. Otras veces, las extremidades se sacudían con tal fuerza que lo único que bastaba por hacer era sentarse en la banca más cercana. Cerraba los ojos. Aguardaba. El temblor se trasladaba a las manos, que se buscaban pero que no lograban fundirse. Cuando acaba, un pequeño trueno se repartía por el cuerpo, haciéndome retorcer, y algunas veces, gemir.

-Hey, Hunter, la comida- dije mientras vaciaba un poco de Whiskas en el plato. El felino me miraba con extrañeza: temblaba. Me sacudía y la purina se desparramaba por toda la cocina.

-Amigo… pero come, no me mires así- dije mientras recogía las pepitas con una servilleta.

El animal estaba inquieto. Parecía asquearle la comida; o mejor, parecía asquearle mi presencia.  Aquel saco de carne empezaba a ser molesto, a estar demasiado descompuesto. Pero no importaba. Era necesario. Lo suficiente como para bajar el Whiskas de la alacena y servirlo en el plato junto al agua.

Lo sobé. No cerraba los ojos. Ya había terminado de comer, y lo sobé, y no cerraba los ojos. El animal me odiaba. Hunter, mi buen amigo de cinco años, me odiaba. Me miraba, sus pupilas se dilataban al presenciar mi tez blanca, mis labios sanguinolentos y estrujados.

Lo dejé quieto y salí.

En la calle, la gente se estrellaba una con otra para entrar a un famoso restaurante. La cola parecía interminable, y la paciencia también. Todos gritaban cosas del estilo de “¡MIERDA! ¿Y es que mi plata no vale?” “¿Cuándo carajos nos dejan entrar?” “¡NO VUELVO A ESTE SITIO!”; y cosas del estilo. Al otro lado, unos niños jugaban fútbol con una pelota de cuero cuyos buenos años habían pasado hace un buen tiempo. Lo noté por sus canillas rojas, maltratadas por el golpe al balón. Todos gritaban, eso sí, cosas más alegres: “A los dijes” “Hazme famoso” “Triangulando”, etc. Me senté en aquel parque. Busqué un cigarrillo en la chaqueta, y tras varios toqueteos en los bolsillos, descubrí uno partido en el izquierdo. Fumé, mientras veía a los niños correr y la vida parecía haberse perdido en algún momento de los días. Mis pensamientos eran estrellas fugaces que pasaban y no dejaban más que el rezago de un imbécil enfermo. Temblé, estaba sudando.

-Hola- dijo.

-¿Qué hay?- contesté, algo incrédulo.

– Todo muy bien- dijo mientras se recorría el cabello con la mano- ¿Es usted del barrio?-.

– Sí, vivo a unas dos cuadras de aquí-.

– Muy bien… yo también, vivo en una casa aquí a la vuelta-.

Nos detuvimos en los niños un buen rato. Un rubio cabalgaba con la pelota en dirección al arco contrario. Tras de sí, tenía a un defensa regordete y a otro gafufo, que corrían agitando sus vísceras en bufidos entrecortados. Ahora, sólo lo separaba del triunfo un muchacho espigado con buen semblante de portero. Disparó. Fuera.

Fuera. Como todo en la vida, fuera. Nunca dentro. La pelota se había ido/¿Dónde me fui?.

– Me llamo Juliana, ¿y usted?-.

– Daniel, pero puede decirme Motley-.

-¿Como la banda, eh?-.

-Sí, bueno…los apodos son de las pocas cosas que quedan de la universidad- contesté, mirando hacia la cancha. Ya no habían niños.

-¿No le gustaría ir a tomar algo al bar de la esquina?- preguntó, interrogando con cautela mis ojos- bueno, ponen rock y música que de seguro le gustará…

-Sí, vamos-.

No había entendido por qué había aceptado. Nunca me gustó tratar con desconocidos. En sí, con ninguna persona. La gente, por lo general, sólo quiere joderte. Normalmente te roban, o te quitan un riñón, o la sífilis, o el sida, o Hunter muerto, o los temblores.

TRAAAJAJJAJAJAJA/TRAJJAJJAJAJA/QUUIIKKKKK/QUUIIIIIK/ El agite de las vísceras contra el ventilador.

-¿Estás enfermo?- preguntó Juliana al llegar a la mesa. Traía dos cervezas frías.

– Sí, desde hace unos buenos días cargo con unos temblores asquerosos…- contesté, percatándome de que tenía una bonita sonrisa- y con fiebre, mareo, bueno, todo eso-.

-Deberías ir al médico- dijo,inclinándose un poco sobre el asiento.

-Sí… ya fui, al parecer es un simple virus. Pero la mierda tiene sus buenos días, y pareciera que me fuera a matar-.

-Jajajaja, ¡Qué exagerado!-.

– Jaja, no es broma…-.

Hablamos de todo un poco. De su vida, era estudiante de literatura, le gustaba Borges (viejo de mierda), pero también gozaba con Raymond Carver. Vivía sola, por aquello de que sus padres eran nativos de Cali, donde mantenían a su vez todos sus negocios. Le gustaba el alternativo, aunque aborrecía lo mierda que se había vuelto Metallica luego del Black album. “La voz de James ya no es la misma”, me dijo cuando le pregunté cuál era el miembro que más se había ido al traste en la banda. Concordamos, y bueno, así con muchas cosas. Por mi lado, le comenté que prefería Megadeth toda una vida a Metallica, que Phil Anselmo me daba miedo y que era el cantante más bestial que había escuchado, y que sí, como mi apodo indicaba, también me gustaba el glam metal. Me gustaba John Fante y Sallinger, entre muchos otros. Y sí, quería ser un escritor, o ya lo era, y no lo sabía. Perdía mi tiempo contra la pantalla del computador. Tenía un blog.

-¿Esa no es música de maricas?- me preguntó al indagar por el origen de Motley.

– Jajaja, bueno, no faltará el que la escuche sólo por eso-.

– Tú no tienes cara de eso…- dijo, sonriéndome lentamente. Sus ojos eran negros, demasiado negros. Su piel muy blanca.  Tenía unas pocas pecas en los pómulos.

Las cervezas corrieron, igual que las risas. Éramos un par de imbéciles desilusionados de la vida. Dos ratas más nadando en una alcantarilla que no parecía acabarse nunca, que no quería desembocar en el vertedero. Esperábamos el vertedero. Esperábamos el revolcón con la mierda, para ver si lo sucio nos hacía espabilar y coger un nuevo rumbo. ¿Había un nuevo rumbo?, no lo sabíamos. La cerveza nos lo había contado en un par de borracheras bestiales que se habían quedado en el olvido. Ambos teníamos veintidós años que habían desfigurado lentamente nuestros rostros. Ella aún se conservaba bella, me costaba verla a los ojos. Yo, por mi parte, tenía un tic en ambas piernas, que antes de los temblores, me hacía agitarlas rápidamente. Caminaba gibado, incordiado, con una sonrisa que era más falsa que un billete con la cara de Luigi.

Pero había algo que nos hacía estar juntos. Las sonrisas eran cálidas, sinceras. Poco más que luces en la oscuridad del bar. Las palabras eran sólo dilatadores de emociones, cables que servían para forjar un nexo metafísico incomprendido.

Duramos un buen rato hablando, hasta que, a eso de las tres de la mañana, nos sacaron a todos del bar. Decidí acompañarla a su casa, era tarde, y bueno, podía pasarle algo. Además, quería estar un rato más.

-¿Cómo te gustan las mujeres?- preguntó.

-Normal…con culo y tetas, supongo-.

-Jajaja, ¡Imbécil!, eso no es a lo que me refiero-.

– Jeje, bueno, no sé… siempre he sido torpe para eso. No busco nada en especial-.

– Ni que fueras marica-.

-BFFF, jeje, no. Bueno, me gusta el contraste del negro con el blanco- dije mientras me detenía en sus ojos y su cabello.

– ¿Me estás insinuando algo?-.

– Nada, nada…-.

Al llegar a su casa, ella aguardó. Me vio un rato. Buscaba sus llaves. Sabía que estaban en el bolsillo izquierdo. “Quiere algo más” pensé, pero esas cosas no pasan en la vida real. Abrió. Me miró con ojos que invitaban, pero la inercia me hizo darle un beso cerca de la boca y despedirme. Nos dimos nuestros números de celular. Me di media vuelta:

-¡Tenemos que seguir hablando!- me dijo, mientras cerraba la reja que daba contra la calle.

– ¡Claro, fue un gusto!- contesté.

Al llegar a casa, una fuerte cagada se asomó en mis intestinos. Me senté, y de ellos regurgitaban cavilaciones y demás esperpentos en guturales exclamaciones. Me limpié, y preparé una ducha con agua caliente. Hunter me miraba: ya no me tenía asco. No temblaba, y la garganta se había aclarado. Ya no tenía ese aliento a pastas rancias y a cadáver descompuesto. La boca me olía a cerveza, a vivo, a un tipo que anda con mujeres de cabello negro y piel blanca.

– Hunter, ya sé que me odias, o bueno, al menos te daba asco verme así. Pero bueno, eres mi hermano, ya sabes, y así como me joden tus vómitos de pelos; a ti te molesta mi tembladera. Ya no la tengo, o eso creo- le dije mientras le servía un poco más de agua.

-Hunter, conocí una vieja, y ya sabes, no es fácil. Creo que había química… Me anotó su número. Pero algo me dice- titubeé- que no la volveré a ver en la vida.

Y sí, al otro día la llamé. Al parecer, ella estaba prendida y no había anotado bien su número en mi celular. Unos pocos días después, decidí pasar por su casa: un enorme aviso rojo indicaba que ella se había ido, que el sitio estaba solo y “en arriendo”. O no quería volver a verme, yo que sé. Unos tres días, mas o menos a la misma hora del día del encuentro, fui con Hunter a ese parque. Los mismos niños, los mismos árboles, la misma gente apretujada en el restaurante, los mismos carros, el mismo smog. Pero nunca, nunca Juliana. Nunca la misma mujer.

Nunca más la volvería a ver.

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2 responses

  1. Me gusta mucho cómo está construyendo las imágenes. Creo que le falta darle realismo y fuerza a los diálogos. Péguele más a Heminghway que el cucho sabe de diálogos. Aunque todavía distamos en gustos literarios, pienso que la calidad de lo que escribe ha mejorado mucho.

    • He leído algo del viejo Hemingway, es duro y sus diálogos son bastante buenos. Sin embargo, me parece que los grandes diálogos de Hemingway ganan demasiado en realidad, casi de forma enfermiza, dejando de lado la sátira y el humor, componentes esenciales de la vida. Le echaré otro ojo (que por ahí tengo “Por quien doblan las campanas” y no lo he leído), y de seguro sacaré mis buenas cosas de ahí.

      Gracias viejo.

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