Un matrimonio feliz…


Cuadro de Velpister Peter Jensen

Dibujo de Velpister Peter Jensen.

Miguel nunca se asombraba. No tenía por qué. Aquello era la radiografía de sus días, el espejo que siempre lo dejaba pendiente. O más bien, en su propia e inclinada pendiente. María lo veía. Le pasaba un café. Inclinaba la bandeja sobre la mesa, lentamente, dejando que sus senos se escurriesen un poco más allá de la ingratitud del brassier.

-Amor… cuidado te caes- dijo Miguel, mientras sus ojos divagaban tras el balón. Se preguntaba si Milan sería mejor que Piqué, o si un hijo de Puyol podría ser igual de feo a su padre, eso sí, contando con la buena genética de su madre.

-Tranquilo, sólo quería traerte un café- contestó mientras se abultaba los senos contra el escote. En el suelo, una cucaracha se paseaba en dirección al sifón del baño  de huéspedes. “Tendré que arreglarlo”, pensó María. Siempre para sus adentros. Como si pensar fuese tan sólo un desliz de personalidad.

-Ya…gracias, bebe- exclamó Miguel, mientras su mano se estiraba en dirección al mullido culo de su esposa.

-¡Ay!, ¡Amor!-.

-Casillas no coge una, y el puto Barcelona está que nos lo clava-.

-¿Clavar?-.

– Sí, mierda… meter gol. No entiendes un carajo. Deberías ver fútbol, para ver si te culturizas-.

Piqué se la pasaba a Messi. Messi corría. Siempre corría. “Como un perro tras la pelota” pensaba María. Nunca lo decía. “¡COMO UN CRACK, MIERDA, COMO UN CRACK!” gritaba Miguel. “¿POR QUÉ MIERDA ES DEL BARCELONA? ¿POR QUÉ?” rugía Miguel. No lo entendía. La televisión enfocaba a Pep. “Puto Pep, ese sí que era un 5”. Pero el tenía a Mourinho, que no era más que un “portugués de mierda”. Lo odiaba.

-¡MARÍA, CARAJO! ¡QUIERO UNA PUTA CERVEZA!- dijo Miguel, viendo como un par de gotas de saliva se escurrían por el control del televisor.

-¡Ya voy, mi vida!- contestó María, bajándose un poco el escote y ajustándose la falda más a la cadera.

– El hijo de puta de Messi nos va a joder, ¡mi-mi-mierda! ¡MARÍA LA CERVEZA, ORCA MALPARIDA!-.

– ¿Qué me dijiste?- preguntó María.

– Mujer, mujer…sólo quiero una cerveza. Eso es todo. El resto me lo guardo. Si no te gusta, bien puedes largarte-.

– ¿Por qué nunca puedes decirme nada bonito, Migue?-.

– Si tuvieras un culo bonito, te lo recordaría todos los días- replicó Miguel, mientras se rascaba los testículos.

– Ya no eres el de…-.

– ¿El de qué?- interrumpió Miguel.

– El de…bueno- contestó María, mirando hacia el baño de huéspedes. El sifón parecía estar bien. Tal vez sólo era cuestión de llamar al fumigador. “No se puede vivir con cucarachas. Siempre terminan aplastadas” pensó- el de antes.-.

-Tú tampoco. Mira, te lo voy a poner así. Fácil. ¡SENCILLO!. Para que no me jodas. Yo trabajo. Tú no. Yo gano. Tú no. Yo quiero ver un PUTO PARTIDO CON CERVEZA, ¡Y MI MUJER NO SIRVE NI PARA ESO! ¡MIERDA, NO ERES SHAKIRA! ¡NO ERES NADA! ¡OTRA GORDA HIJA DE PUTA MANTENIDA Y DERRENGADA!-

Plaj/ajj/¡Ay!/¡PERRA DE MIERDA!/Tan sólo una caricia.Tan sólo un matrimonio.

-¡Miguel! ¡P-p-pero qué mierda!- gritó María, sintiendo su mejilla arder. El golpe había sido seco, preciso, muy de Miguel. Igual que sus piropos. Igual que los primeros besos.

-¡Eso sí te gusta! ¿No? ¡TE GUSTA, SÍ, ARRÁSTRATE, COMO UNA PUTA CUCARACHA!- contestó Miguel. Alzando de nuevo el brazo. María se retorcía. Sus ojos eran un par de canicas que se estallaban contra las ventanas del apartamento. Su boca era tan sólo un manchón rojo, una esquirla, un recuerdo perdido bajo las sábanas prematrimoniales.- ¡ANDA, VEN… ARRÁSTRATE, MUEVE EL CULO!-.

-¡Hijo de puta!- contestó María mientras veía a su marido. Miguel, el buen muchacho. El amigo de todos. El más querido del barrio. Aquel que dejaba el trabajo para llamarla, para enviarle un ramo de flores. El mismo que…

PUM/PUM/¡Ouj!/¡A MI NO ME INSULTAS, PERRA!/Los suspiros del primer bebé. 

Diciembre 24 de 1986.

– ¡Amor, ya casi está la comida!- dijo María tras tomar una copa de vino.

– Qué bien, ¡No puedo creer que sea nuestra primera navidad juntos!- contestó Miguel, acercándose lentamente a su mujer.

María. Su mujer. Aquella del cabello café. Ojos azules. Un culo hermoso. Y ni hablar de sus tetas. María, la mujer que siempre había merecido. La única capaz de ser su esposa. Su cintura era suave, delgada…eléctrica. Al tocarla, sus manos se escurrían y su boca volvía a la persecución: su boca le era esquiva. Sus labios se mecían entre los suyos, pero las lenguas no se tocaban. María, qué putita. Luego te rompo el culo. Iremos al estadio. No, no quiero muebles rosados para la sala. La nevera está bien… ¿Para qué más grande?, no, no quiero ir a donde tu mamá. La noche es para los dos…

La vida era para ambos. Pero no sé qué pasó.

Noviembre 10 del 2005.

-¡Me largo, no me aguanto más esto!-.

– Lárgate zorra…lárgate. Ve con tu mamá. Llórale al viejo hijo de puta que te parió- dijo mientras le pisaba la cara.

María odiaba esas botas. Las putas Brahma. Siempre tan fuertes. Brillar la punta de metal costaba su buen tiempo. Su tiempo no valía. Las botas costaban doscientos mil pesos, y eso que en descuento. “Una ganga, María…una ganga, cuídalas más que tu vida” contestaba Miguel cada vez que ella le decía que las lustrara él mismo. Eran pesadas. El metal pesaba, y eso que sólo estaba incrustado en la punta. Era frío. Sus manos lo sentían, siempre tras el trapo. No había querido conocerlas…al menos no, tan de cerca.

Praj/Tak/Tak/ Los sueños de un matrimonio.

No habían tenido hijos. No sabían por qué. Según Miguel, los médicos de la ciudad eran hinchas de Millonarios. Y si lo eran, sólo podían ser unos farsantes. “Unos mierdas, María…unos mierdas” contestaba cada vez que ella le sugería acudir a alguno. María no entendía muy bien qué era lo que pasaba. Se sentía joven, bella…sana. El sexo no dejaba de estremecerla. El empuje la condenaba a arquearse…sacudirse incrustada, saltando bajo la pendiente del pecho de su marido. Sus besos eran cálidos, potentes… lo sabía. El amor se escurría en hematomas, en pequeños cráteres que se abrían tras el paso del volcán. Saltaba… saltaba. Miguel se sacudía. La abrazaba fuerte, se escurría. Cerraba los ojos.

Ya fue, mi vida. Ya fue…

-¡TÚ SABES QUE NO PUEDES VIVIR SIN MÍ!-.

-¡Me largo! ¡Ya no seré más tu esclava, Miguel!-.

Tu/tu/PUM/El sonido del despertar. 

La puerta se cerró. Diecinueve años se habían ido al traste. Piqué se la tocaba a Xavi. Iniesta se iba por la banda. Pase a Messi. Pared con Iniesta. Villa en el área. Pedro acompaña.

-¡Y ya fue, señores!, Messi…centro, Villa, ¡GOOOOL! ¡GOOOOLAZO DEL BARCELONA! ¡VILLA A LOS OCHENTA Y SIETE! ¡Y EL REAL QUE NO RESPONDE!- Rugía el televisor.

María no contestó. El Real tampoco. La llamó. Cinco veces. Una por minuto. Añadieron dos. El partido se acabó. Su cerveza también. Fue al congelador. “Mierda…no hay cerveza” pensó. Se levantó, fue a la nevera. Vio el sticker de las compras sobre el mesón de la cocina. Lo leyó:

Para el supermercado:

  • Dos paquetes de cerveza: Águila o Costeña.
  • Tres pacas de Marlboro rojo.
  • Tocineta y huevos.
  • Tres botellas de aguardiente. Ojalá Néctar.
  • Dos botellas de vino tinto.

Era la letra de María. Era roja. La tinta era negra. No tenía nada… se había ido. No tenía nada… y ya habían cerrado el supermercado. No había respondido. El Real había perdido. Fue al baño, y prendió el último cigarrillo. Al final, los sorbos eran cada vez más rápidos. Al comienzo lentos, en la mitad constantes, luego fuertes, apretujados, rápidos…atosigados. Lo escupió. Y María se había ido. “¿Y ahora qué?”, pensó, mientras apagaba el televisor.

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