Atrapa moscas…


mosca-muerta (1)

El karma va por dentro. Por fuera soy normal. Todo muy normal. Me clavo una paja antes de dormir, leo alguna mierda en el bus, escucho música mientras cocino. Todo muy normal. Pero la mierda a veces sale a flote. En pequeñas manías, en pequeños síntomas que nunca denotan la calidad precisa de la enfermedad. Yo no la conozco, pero lo que sé es que de vez en cuando la poseo. Pero eso no me hace anormal, es más, creo que todos lo hemos vivido alguna vez.

Recuerdo un día cualquiera del 2008. Llevaba tres años viviendo en aquella ciudad, y de vez en cuando el tenue calor del recuerdo me invadía: perdido en una calle, azotando mi bicicleta contra el piso de asfalto, soltando pedalazos con furia. Era más joven, no me conocía. No me había muerto, al menos eso creo, o bueno, no ese día.

-Disculpe…-Dijo una señora de vestido rosado y pronunciado escote- ¿Podría bajarle a la música? Es que tiene a todo el edificio desesperado-.

– Sí… bueno, pero nunca ando aquí, y alguna vez quisiera sentirme en casa-Contesté, intentando calmar mis piernas que se mecían a lado y lado, como dos fideos danzando sobre el aire.

La señora lo notó. Me veía, con ese leve asco con que algunas personas perciben lo extraño. Sus ojos deambulaban por todo mi cuerpo, buscando una breve sintonía, algún deje de cordura.

-¿Está borracho?- atinó a preguntar, afilando su lengua sobre sus rojos y carnosos labios, cual cuchillo sobre la roca.

– No…- dije mientras ponía una mano sobre la mesa del teléfono junto a la puerta- No sé… bueno, llevo mis días aquí encerrado. Pero sí, he tomado uno que otro trago.

-¡Uff! ¡Pues no serán pocos!- mencionó con una leve mueca de disgusto, sobre aquella boca roja y carnosa, que parecía querer desparramarse sobre mi cuerpo- El apartamento está atestado de licor. Mire nada más el suelo…

Miré. Miré con la cabeza cargada de dudas. Con un collage entre los ojos que no parecía tener sindéresis:

Rojo/Basura/Chorro/Negro/Rojo/Rojo/Negro/Rojo

Me sujeté la cabeza. Cerré los ojos. Me froté los párpados con fuerza, apretándolos y aflojándolos, intentando encontrar algún sentido a aquello. La señora hablaba, cada vez más fuerte, más chirriante, más rápido, con más saliva volándome a la cara, con más cercanía, con más rabia/rápido/rápido/rápido/RÁPIDO/RÁPIDO/¡RÁPIDO!/¡RÁPIDO!/¡¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!¡RÁPIDO!/AJJJJJJJ

AHHHHHHHHHHHHHHHHHHJJJ/BRUURR/EL sonido de la rabia rompiendo un espejo.

-PP-ero ¿Qué le pasa?- me preguntó, ya sin tanta arrogancia, con la cabeza en todas las direcciones. Sus pupilas zumbaban por aquel estrecho pasillo de un segundo piso cualquiera, cual moscas merodeando en casa ajena. La tenía. Mi grito había sido el estallido del miedo contra la raqueta de electricidad.

– Ahora sí…- dije, bajando la mano derecha…suavemente, suave, suave…casi en detención.-

– ¿Ahora sí… qué?- preguntó, con cierto deje en la voz. Con esa ternura, esa inocencia que vuelve en los momentos de mayor indefensión.

– ¡AHORA SÍ NO GRITAS, EH, PERRA DE MIERDA!- Contesté, tocándome los huevos con furia. Mi saliva golpeó su rostro como un jab en busca de una quijada en el décimo round. Cerró los ojos, miró al suelo. Le empecé a pegar con mi mano izquierda. Golpeaba sus manos, cada vez con más fuerza. Sus brazos se agitaban en el cielo, su boca roja se zarandeaba en busca de algún atisbo de tranquilidad. Su labial se corría…se perdía contra el rosa de su vestido. Se fundía en el. Su sudor caía…se deslizaba ligeramente, como una bailarina de ballet en un callejón oscuro.

– ¡EH, MALPARIDA! ¡GRITA, PERRA!-.

Seguí insistiendo. Deslicé la izquierda sobre sus tetas. Eran cálidas, es más, mejor hervientes. Llenas de años, con algunas pequeñas estrías que se asomaban en el roce con sus axilas. Me veía…ya no tenía miedo. Arrastré su mano, al principio esquiva, luego más sensata…sí, sensata.

-¡Cógelo, tranquila!…¡Eso, mierda!-.

No hablaba. Sus ojos eran un par de esquirlas que se mecían con el agite del momento. Lo tocó/lo meneó en su boca/atravesé su garganta/hacía gárgaras/ algo no iba bien, todo estaba bien/algo no iba bien, todo estaba bien/algo no iba bien, todo estaba bien/ ¡algo no iba bien, todo estaba bien!/¡QUÉ MIERDA, VA BIEN!/¡QUÉ MIERDA, VA BIEN!/¡QUÉ MIERDA, VA BIEN!/¡QUÉ MIERDA, VA BIEN!/¡QUÉ MIERDA, VA BIEN!/TRACK TRACK/TRACK/TRACK/PAM/PAM/PAM/¡OH!/¡OH!/¡OH!/¡OH!/¡OH!/¡OH!/¡OH!/¡OH!/¡AJJJ!/

TRRRRRRRRRRRAJJ/Despierta, Blanca-nieves/¿Pero qué putas?/Devuelta a la realidad.

-¿Qué pasó?- pregunté a la señora de al lado. Tenía unos treinta y dos años. Vestía un lindo vestido rosado, muy escotado, que respingaba su busto y lo dejaba a la merced de mis hambrientos y juveniles ojos.

– Nos estrellamos…-contestó, viendo hacia delante, como si buscase una explicación.-No sé bien…el bus se movió, yo iba medio dormida, no me fijé bien.

-Mierda…-.

Al fondo, el conductor intentaba calmar a la gente. Mencionaba algo referente al embrague, un problema con el freno. Al parecer estábamos vivos de milagro. Al parecer el transporte público es un asco y si te duermes, mueres. Agitaba sus brazos, los movía con furia, intentando darse a entender ante una turba de oficinistas sudorosos y estudiantes dormidos. Eran las siete de la noche, y Bogotá no duerme…fallece, pero no duerme. El agua caía sobre las ventanas, golpeando con fuerza, intentando hallar su lugar entre la multitud. La gente lo impedía, cerraba con furia. Casi con asco.

-¡Uff! Esto como que va para largo- exclamé.

– Sí…bueno, menos mal estamos vivos- contestó la mujer del vestido rosado. Sus senos ya empezaban a escurrirse, a volverse agua. Leves brotes se asomaban, su brassier se tornaba molesto. Lo intuí por los intentos fallidos por hacer de sus manos el abanico preciso para aquel monte.

-Bueno, sí…como sea-.

Aquello fue como una felación. Un puto Cuni Linguis. Una invitación al show del blanco y tierno culo de Juan Gónzalez, sobreviviente de uno de los tantos accidentes de tránsito que se eyaculan sobre las calles. Como si la ciudad tuviese vida, las calles reclamaban su lugar en el gran pastel del Jet-set, erigiéndose como divas de los más incipientes estragos en torno a la movilidad. Ya me las imaginaba yo:

-¡Cuarenta y cinco! ¡Cuarenta y cinco!-.

– ¿Qué fue, Séptima?-.

-¡Hoy un par de borrachos se mataron en un carro!-.

-¿Ahh si?-.

-Sí, iban como a 150 km/h… ¡Los vieras saltar!-.

– ¿Se te vinieron en la cara?-.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Hirviendo sobre mi cara!-.

– ¡Ahhh Séptima! ¡Afortunada tú, que aún recibes sangre en la boca!-.

Mi cabeza era un juego de ajedrez en el que los peones empezaban a masturbarse sobre la reina, pretendiendo el rey hallar consuelo en su último fiel lacayo: la cordura. Como si importara, la sangre se estallaba contra mi cráneo  y de los pensamientos difusos sobre el sexo callejero, volví a la señora del vestido rosado, que no paraba de decir estupideces.

-¡Es que con este clima no se puede andar tan rápido!- Gritaba, sumida en la más profunda indignación.

-Sí…bueno. igual es complicado mover toda una ciudad como Bogotá en estos buses- Contesté, viendo como cada vez más gente se amontonaba en torno al conductor.

-¡Berraco sistema masivo! ¡Aquí nos quieren es matar!- Rezongaba mi acompañante, tornando su rostro en todas las direcciones. La gente respondía “¡Si! ¡Carajo! ¡Esto es un asco!” y cosas del estilo. De repente, un nuevo bus llegó y una rubia de chaleco amarillo dijo por un megáfono: “Atención, atención. Ya llegó el nuevo transporte. Se habilitarán las cuatro salidas del automotor, para que todos puedan ingresar de forma tranquila”.

Al abrirse las puertas, la turba enfureció y en torno a un primitivo grito de guerra, corrieron contra el otro bus, aplastando lo que fuese en el camino. Todos querían llegar a casa. Seguían vivos, y en la ciudad llovía…nadie quería mojarse. Todos preferían morirse antes que estar mojados. Ojalá nunca contagiarse de gripa.

Como siempre, llegar al apartamento era un suplicio. No encontraba las llaves (a pesar de estar siempre en el bolsillo izquierdo del jean) y en la nevera no había más que una botella de aguardiente y un par de cervezas. Quería comer algo…el aguardiente sabía rancio, y ya empezaba a extrañar alimento diferente al arroz.

Me senté en la cama, y como si nada, una mancha negra se perdía en el techo. Extraviada, llamaba un rojo, un rosado. Rojo/Negro/Rosado. El ciclo no se interrumpía. Al verlo, sentí unas ganas irresistibles de clavarme una paja. “¿Pero qué mierda?” pensé, mientras me desabotonaba el jean. La agité con furia. Un orgasmo pluricolor se deslizaba en torno a los rezagos del mejor polvo que había tenido en mi vida. El labial se le corría, el vestido se rompía con ira, la mujer quedaba desnuda…y la secuencia se seguía.

AJJJ/MIERDA/Pensamientos antes de morir en batalla.

Me quedé un buen rato, absorto. Me detuve en una mosca que se zarandeaba por la ventana, hasta que el teléfono sonó…y sonó, y de la negra madera de la mesa se desprendían aquellas ráfagas de inhumano llamado. Contesté.

– ¿Hola?-.

-¿Sí?- respondió una voz femenina.- Mire, le habla Gloria Sanabria, del apartamento 205. Lo llamaba para preguntarle si era usted el que había estado poniendo esa música “metálica” a todo volumen-.

– No…yo acabo de llegar- Repliqué, intentando calmar un leve dolor de cabeza que se avecinaba.

– Mire, joven…ehh-.

– Juan, señora-.

-Mire, Juan. No sé si sepa, pero todo el edificio me ha puesto repetidamente quejas a mí, LA ADMINISTRADORA, de la bulla que hay en su apartamento todo el día-.

-Señora, yo no he estado hoy…-.

– Mire, mire joven. A mí no me vea la cara, todos sabemos que usted es el único que escucha esa música metálica…nada más esas camisetas de calaveras, ¡Del diablo!-.

-Pero si no estuve hoy…-Contesté, presionándome con los dedos los ojos. La sangre parecía querer salírseme del cuerpo, y aquella vieja gritaba más que Phil Anselmo luego de Pantera.- Además, la camisa esa es de Iron Maiden.. no de-.

– ¿No de qué? ¿Del diablo? Esos Biron Mayden son satánicos…¡QUITE LA MÚSICA!-.

-¡Mire, mire, VIEJA HIJUEPUTA, que su marido no le rompa el culo todas las noches y que el redoblante de mis putas canciones le recuerde una pelvis azotándole el orto, no es mi problema…¿ENTIENDE? ¡ENTIENDE, HIJUEPUTA!- Grité, presionándome con más fuerza los ojos.-¡ME ENTIENDE, MALPARIDA! ¡AHORA NO GRITA, EH, PERRA DE MIERDA!-.

Tun/Tun/Tun/El sonido de la franqueza.

Me hice otra paja. El mundo era un lugar mejor. La sábana estaba roja. La luna negra. El televisor rosado. Me bebí una cerveza. Apreté mis pupilas. Ya mañana sería otro día, y de seguro, los recuerdos de hoy se borrarían. Ojalá…no.

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4 responses

    • El problema es que muchas veces no se puede gritar, y bueno, la literatura hace parte de ese deseo de poder manifestarse. Muchos personajes son tiempos psicóticos, rancios, etc, que a la larga, creo que representan una gran parte de sentimientos humanos que la gente reprime y trata como “extraños”, pero en realidad, siempre están allí. Se sienten desde adentro, y me sorprende que esa gente diga eso, de seguro son de los mismos que se sientan en el baño y miran para el techo mientras defecan.

      Nunca pasó nada.

      Un saludo, ¡Muchas gracias por el mensaje!

      Andrés M.

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