En un pueblo cualquiera…


PAISAJE DE NEIVA

“En un país donde mandan los cerdos, todos los cerdos suben rápido… y los demás vamos jodidos, si no somos capaces de coordinar nuestras acciones: no necesariamente para Ganar, sino más que nada para no Perder del todo. Nos lo debemos a nosotros mismos, y a esa tullida imagen que tenemos de nosotros como algo mejor que una nación de ovejas aterradas… pero, sobre todo, se lo debemos a nuestros hijos, que tendrán que vivir con nuestra derrota y todas sus consecuencias a largo plazo”
 
Hunter S. Thompson.

En un pueblo cualquiera, azotado por el bramido de cuarenta y cinco grados centígrados sobre los rostros de sus habitantes, Infierno González caminaba. En su recorrido, guturales aullidos brotaban de su boca, conjugados con un olor a queso rancio y fríjoles descompuestos.

–          ¡Pueblo que Niebla! ¡Llegó su salvadora!- gritaba, extraviada, con los ojos en franca posesión lunática.

Nadie salía. El sol era tal que la gente prefería revolcarse en sus cuartos, bajo el aullido de los aires acondicionados. Sólo unas pocas señoras incautas, que en ese momento regaban las plantas de sus antejardines, se fijaron en el espectáculo. Ellas y don José, oriundo de la ciudad y tendero de confianza de toda la población.

-¡Pueblo que Niebla! ¡He venido a acabar este infortunio!- sollozaba, mientras algunas lágrimas de sangre (que luego se descubriría que eran de salsa de tomate diluida) brotaban de su rostro-  ¡Es momento de que veamos nuevamente la luz del sol!-.

– ¿A qué se refiere, Infiernito?- preguntó Doña Mantenida, mientras acariciaba su girasol favorito.

– ¡Doña Mantenida! ¡La niebla nos está matando! ¡La niebla y la lluvia!- gimió aquella, mientras un leve sudor se empezaba a asomar por sus axilas.

– Pero Infiernito, hija, si aquí nunca llueve…-contestó dicha señora, mientras conectaba su manguera al grifo- mire mijita, ya ni siquiera sale agua de la llave-.

– ¡Entonces, aparte de quitar la niebla y la lluvia, removeré el sol…y daré agua a toda la población, de este pueblo que niebla, y que todo hasta aquí me dio!- contestó aquella, sonriendo y mirando en todas las direcciones. Las señoras, amas de casa en su mayoría, celebraron con gritos de júbilo las propuestas de su vecina.

Y así siguió. Fue pasando por todas las calles de la ciudad, y a cada quién, como buena mesías, le prometía la salvación. A don Julio y demás cultivadores de arroz, les propuso eliminar las plagas que asolaban sus cultivos y triplicar las ganancias recibidas. A Don Julián Tavera, ingeniero de discutida reputación, le propuso adjudicarle todos los contratos que surgieran en su gobierno, a cambio de una pequeña contraprestación que se usaría, decía aquella tras varias risas y unos buenos pedos bucales, “en el mantenimiento de mi boca. Ya sabe, los políticos hablamos mierda, pero tampoco podemos destilarla”. Y así con todos. A los niños daba dulces, al resto de políticos de la ciudad algunas dádivas, que variaban dependiendo del caso. Eso sí, nadie perdía…

Nadie, excepto la ciudad, perdía.

Y así quedó electa. Tras un festín de lechona, aguardiente, ladrillos, prostitutas, Infierno González sería congraciada por la ciudad como gobernante in detrimento vitalicio. Como buena abogada que era, en su discurso fue enfática:

“Hasta que no logre arreglar mi problema bucal, no hablaré…estaré callada, meditando los millones de dólares que rob/usaré en el progreso de la ciudad. Pueblo que Niebla, erradicaré, no sólo la lluvia, también el río, las praderas, los cultivos de arroz, las obras públicas, el sol, la dicha, los niños, la educación. Si me proponen traer un mar, tampoco lo dejaré. En este pueblo nadie merece nada, excepto verme a mí…cagando plata”.

Todos aplaudían. El aguardiente hacía efecto, y de los rostros de los habitantes  del pueblo surgía una sonrisa perdida que, en conjunto con unos ojos brillantes y desviados, conjuraba el advenimiento del nuevo mesías. Los pocos sobrios, un poco confusos por las palabras de la indignataria, intentaban hacer sentir su descontento, más las prostitutas los callaban con profundos besos que terminaban en lengüetazos directo a los cuellos. Pronto, se les veía confusos, aturdidos, con el labial escurrido por toda la cara y con pequeñas cortaduras en la garganta, de donde un manantial de sangre brotaba. Infierno al ver aquella digna oportunidad económica, postró a dos de sus lacayos (reconocidos periodistas del lugar) a que colocasen baldes bajo las gargantas, a fin de luego vender la sangre.

“Todo vale, mis amigos. Todo vale…y en donde hay un político, hay un negocio” contestaba a sus esbirros.

Y las madres gritaban, y el pueblo rebosante de aguardiente se conjuró en una bella orgía que desató la magia más “opita” de todas: Don Juan con doña Carmelina, luego don Aristóbulo con la mencionada, Carmelina con Adriana, Adriana nuevamente con Juan, Sonia con Evaristo, Evaristo con su hija…y así, en tan magno lazo, el Pueblo que Niebla estrechó sus nexos bajo la hermosa cinta roja de los destellos carnales.

Pero nadie tocaba a Infierno. Los más borrachos (y valientes) lo intentaban, pero su aliento era tal que un dragón de Komodo era un principiante en términos de descomposición bucal.  Aquella, en su desespero, intentó pagarle a las prostitutas para que la besasen, pero aquellas, confundidas por la anterior orden de desangrar a los sobrios, se vieron escasas, y valga aclarar, poco entusiastas con la idea. Infierno, desesperada, introdujo sus viscosos dedos bajo la falda, y gritó:

-Pueblo que Niebla, les he dado todo, les he dado nada. Aquí me tienen, y con estos dos dedos, cierro la velada…ya mañana haré de este cielo un lugar para Infierno-.

Y se fue, rodeada de diez mil escoltas cargados con armas de asalto. Pero, fue allí donde alguien gritó más que todos:

–          ¡Doña Infierno, sepa que aunque Pueblo que Niebla esté sumergido en todo esto, yo aún estoy armado, y dispuesto a defenderme!- gritó Don José, el tendero, con un viejo Colt que había sido de su abuelo.

–          ¡Pero tranquilo, Josesito! ¡Si yo lo que tengo son diez mil motivos para que usted esté conmigo!- dijo Infierno, depositando diez mil billetes de dudosa originalidad en el bolsillo del tendero.

–          ¡A mí no me compra, yo soy un ciudadano de bien!- gritaba el hombre, mientras los escoltas lo amordazaban y le introducían los billetes por su recto.

–          ¡Ya mañana trataremos de “enderezar” un poco mejor las cosas, Josesito!- escupió la gobernante, mientras se alejaba a su mansión en Ciudad Patraña, vecino condado donde los políticos vivían.

Y de repente nevó, y el pueblo calló. A las seis de la mañana el sol salió, y tras varios ladrillos, poco a poco todos vieron que un nuevo gobierno llegó: Infierno era tan sólo otro nombre para denominar a lo que en mi tiempo, se le decía corrupción.

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