Superhéroe del siglo XXI


boccioni

Bogotá se cae a pedazos. Bogotá está llorando, la ventana da cuenta de eso. El cielo se desmorona mientras pienso qué voy a hacer. Truena, la mierda de siempre: los recuerdos bañados en lluvia se deslizan por la ventana mientras el granizo intenta romperla. “Lo que te hace feliz luego termina por matarte” pienso mientras me revuelco un rato más en la cama.

Ring/Ring/¡Mierda! ¿quién putas es?/ Los sonidos de un imbécil en busca del silencio.

-Hola- pregunté mientras me acomodaba el pene. Siempre se puede morir de un corte directo a la lengua. Ni hablar de las putas cremalleras.

– ¿Sí, hola? ¿Hablo con el señor Miguel Sanabria?- contestó un autómata tras algún escritorio lleno de teléfonos. Putos callcenters.

– No, el murió…creo que se atragantó con una pizza, o algo así-.

– ¿En serio? ¡Uff! ¡Disculpe, mi más sentido pésame!- dijo sin ningún atisbo de dolor en la voz. Pura y franca hipocrecía. No lo culpo, no se puede querer al desconocido. Igual, a veces es más fácil odiar al conocido, como que con el tiempo se alcanza a ver más mierda de la que uno está dispuesto a soportar: resabios, mañas, costumbres chocantes y todo lo que implica tener consciencia del lugar en que se está parado en el mundo.

– No…tranquilo. Soy su hermano, estamos devastados…- dije intentando calmar la risa.

– Bueno…¡espero tenga una feliz tarde!-.

– Sí, creo que me pediré una pizza…¡hasta luego!-.

– Pe/pero, ¿no era que su hermano había muerto atragantado con una?- preguntó, captando la broma. Su voz destilaba ira: oración tras oración parecía comprender mejor su posición de imbécil en el planeta. Tan sólo otro gordo tras un escritorio de alguna vieja oficina del centro de Bogotá.

– Siempre se puede morir de un infarto post-paja- contesté, no sin antes soltar una leve risa.

– ¡HIJO DE…!-.

Tun/Tun/Traackk/El sonido de las mierdas al caer.

Me reí un rato. Pobre imbécil, jodido tras una silla, buscando vender algún seguro, algún plan de telefonía celular. Otro más que trabaja para que algún otro mucho más lejos viva como un rey sin mover un puto dedo. No éramos diferentes, lo único era que el había sido hoy el entrevistador, yo el entrevistado. En la vida sólo se cambia de papeles, de roles. En la vida se juega con una misma máscara que va cambiando con las perspectivas que se tienen enfrente. De resto somos la misma basura. Cagamos, tomamos, inhalamos:

Nos masturbamos. Así la verga se nos caiga a pedazos.

Decidí hacerme una buena paja. Hacía frío, el día estaba jodídamente lluvioso como para pegar un salto a la calle. Quería algo de aguardiente, pero las provisiones se habían agotado hace unos buenos días. Me quedaba media botella de vino, un tinto argentino que no estaba nada mal. Lo bebí de dos sorbos, antes de disponerme a los placeres del sube-baja. Si algo bueno tiene la “auto-contemplación” es que no importa dónde ni cuándo, siempre se puede disponer a sentirse bien con uno mismo.

Mi pene era una bandera mal izada. Mi pene era el reflejo de un soldado de mil batallas sin ninguna medalla. Mi pene era una casa embargada y a punto de rematar. Mi pene era ¡Ah! ¡MIERDA!

Plaj/Tin/Tin/Arriba-abajo/Arriba-abajo/ El soldado cae en una batalla de aeróbicos televisivos.

Cerré los ojos. El mundo era un lugar mejor. El mundo siempre era más tranquilo luego de una paja. La gente no lo entendía, a veces parecía que aquello les molestase. Pero la calma que venía tras el agite de las vísceras y el retorcer de los ligamentos, desparrámandose en cálido chorro sobre el pecho, lo valía. Lo valía todo. Eso sí, mejor era cogerse una mujer, pero no siempre se encuentra alguna dispuesta a perder el tiempo bajo un ariete disuelto en cortos pero sustanciales encuentros.

Me limpié con una camisa que luego lancé a un rincón del cuarto. Cerré los ojos un buen rato… esperando a que algo pasara. La lluvia había mermado, pero aún se sentía el leve golpeteo sobre la ventana. Me perdí un rato, dándole pequeñas caladas a un cigarrillo que se había encontrado con mi boca. Estaba cansado, dormí un rato.

Me despertó un sueño de mierda. Se la estaba chupando a un negro mientras Ava Devine despuntaba con un dildo mi blanco culo. La cosa no podía ser peor, de fondo sonaba I wanna be sedated de los Ramones, dando paso al aluvión de chorro blanco que se colaba tras mis cejas. Sentí lástima por aquellas que se la habían  tragado, por otras tantas que les había caído directamente a los ojos. El blanco se hacía negro, el negro sabía blanco. Sinestesia. Grité

¡PUTA VIDA! ¡NEGRO HIJO DE PUTA!

Estaba solo. En mi cuarto. Era de noche, prendí la radio. Un bajo se agitaba en un slap furibundo, podía verlo: golpes fuertes, chocantes, rabiosos. Una guitarra se colaba, buscando su lugar, “¡PUTO SOLO! ¡MEGADETH!”. No había nada mejor que Trust.
Me puse otra camisa y salí a la calle. Afuera, un imbécil intentaba coger un bus. Olía a mierda, agitaba su brazo frenéticamente, buscando que alguien lo viese: buscando que alguien se detuviera a contemplarlo. De su axila se desprendía un aroma dulzón, una mezcla de sudor y loción barata que se cocía debajo de aquel traje. Los putos oficinistas, con la mierda de siempre. Los putos y olorosos oficinistas, con su mirada agobiada y su cara estreñida, con sus axilas sudorosas y sus comentarios pseudo-inteligentes, pseudo-intelectuales, post-apocalípticos.

Sentía lástima y asco por ellos. Sentía unas ganas de hacerme una paja y llenar la calle con mi esperma, dejar de lado las basuras y la mierda que se escurría bajo tierra, en numerosas tuberías que acabarían en algún río, en mi carne, en mis verduras, en mi cerveza, ¡EN MI MALDITA CERVEZA!

Corrí hacia la tienda más cercana. Unas dos cuadras, mas o menos. Me detuve, hice la pregunta que nunca falla, la que siempre llena de esperanza los días en que todo se fue a la mierda…los días en que se tiene qué trabajar, maldición bajo la cual los oráculos de la libertad claman la emancipación del hombre, su evolución. La tergiversación más cínica, lo que no cuenta la prensa es que el puto trabajo lo deja a uno desgastado, jodido, con los músculos magullados y la cabeza inundada de inodoros y noticias…

-Señor, ¿a cuánto la botella de aguardiente?- pregunté, intentando retomar el aire.

– A veinte mil…- contestó con cierto aire resentido. Con cierto aire que me recordó que hoy era martes, y que aquel tipo tenía que trabajar al otro día. Me envidiaba, lo sabía.

– Regáleme una, también unas cervezas, por favor-.

-¿Cuántas?-.

– Unas seis…si puede también póngame una botella de vino en la bolsa, por favor- contesté con cierta preocupación. Le debía dinero, el hijo de puta se acordaba. Rió. Era su momento de vengarse.

– Claro, ¡claro!- gritó entre bufidos que se asemejaban a una risa- pero…me debe treinta mil pesos, vecino-.

– Tranquilo, coja hoy el sobrante y mañana traeré el resto- dije, intentando ocultar el resto de billetes que tenía en la billetera.

– Hum…¡JAJAJAJAJA, NI MIERDA, O PAGA TODO O NI MIERDA!- Gritó, lanzando golpes sobre el mostrador. De su boca se escurría una baba verdosa, espesa, casi coagulada. El hijo de puta se había vuelto loco, no lo culpo, para eso es el mundo. Estamos encarcelados bajo el seguro social, el trabajo, los impuestos, las facturas y toda esa mierda que impide clavarse un buen trago o una buena cagada sin complique.

– No tengo, pero como le acabo de decir, mañana le traigo todo-.

– ¡NI MIERDA, BORRACHO CABRÓN!-.

– ¡A LA MIERDA SU PUTO TRAGO!- grité, no sin antes escupir en el suelo.

Al salir, me percaté de que el resto de estancos estaban cerrados. “Estoy jodido” pensé. Sabía que al llegar sólo me esperaba un apartamento oscuro, un gato pedorro, una alacena plagada de cucarachas, y un puto televisor. “¡Carajo! ¡A esta hora sólo dan las putas noticias!” grité para mis adentros. Caminé, las dos cuadras que me habían tirado a aquella puta tienda. Las dos cuadras que me separaban de la insatisfacción del trabajo, de las facturas, de las bombas que caían a diario en este país de mierda. Bogotá nunca será un lugar para descansar. Bogotá no es más que otro cementerio más sobre el cual follar.

Al entrar, saludé al gato y me fui corriendo al baño. Una cagada bien espesa se asomaba, caliente, de las buenas. Prendí un cigarrillo. Corrí la persiana. “Ojalá alguien la huela…ojalá” pensé mientras mi culo eructaba.

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