Tan sólo otro día…


Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.

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