Loree y demás mierda. Vivencias de Motley.


 

Motley habla de las cosas que le pasan todo el tiempo. Se toma una cerveza y piensa que es tal vez es sólo un orgasmo la diferencia entre la realidad y la fantasía. Motley se pierde en los momentos en que tal vez todo fue mejor. Sin embargo, hay uno que se incrusta en su memoria y lo hace perderse en la infinidad del pasado:

– Hola…¿Cómo estás?- preguntaba una voz sumergida en las dudas.

– Bien, ¿y tú?- contestaba un imbécil sin sospecha.

– Nada… quería hablar contigo-.

– ¿Qué pasó?-.

– ¿Seguro que nunca me has puesto los cachos? ¿ Nunca me has mentido sobre alguna mujer?- casi que aseguraba la voz al otro lado del teléfono. De fondo Bon Jovi. De fondo pura mierda. Por mí que me maten, vida hija de perra.

– No…¿por qué preguntas eso?, no te entiendo-.

– Nada…tan sólo curiosidad- Exclamaba una voz suspirante tras la linea del teléfono.

– Nunca pasó, tranquila-.

– Sabes que te quiero, ¿no?-.

– Claro que lo sé, yo también te quiero… y mucho-.

– Pues… de eso quería hablarte-.

– ¿Ah?-.

– Ya no es lo mismo de antes…ya no te quiero- dice la voz distorsionada a las diez de la mañana. Un puto sábado. Maldita infame. 22 de Diciembre. A la mierda.

– Pero…- exhala un imbécil tras 45 grados de mierda. Traga el aire e intenta disimular la estupidez- ¡Yo te amo! ¡ Te quiero mucho! ¿Segura?-.

– Es mejor que terminemos, Motley- Asegura una voz imperturbable. Casi tan infranqueable como el puto desayuno que tuve esa mañana. Unos huevos con champiñones, como si el gourmet se cocinase bajo el mal gusto.

– ¡YO TE QUIERO!- grité ese día, como un imbécil. Como si la línea no captase mejor el mensaje en voz baja. Como si las palabras no se distorsionasen tras el umbral de la precaria irrealidad del teléfono.

– Es mejor que dejemos así, Motley…- dijo tras una bocanada de aire. La interlocutora tenía una puta voz hermosa, tan suave como los recuerdos que se destrozaban con cada remembranza instantánea en aquel instante.

– ¡Dímelo a la cara, MIERDA, DÍMELO EN LOS OJOS!- grité olvidando la cordura. Dije pensando en una paja. Perdí el tiempo pensando en un mañana.

– Es mejor así, Motley… Es lo mejor.-.

Y así terminó un puto ciclo de mi vida. En ese instante decidí bajarme una puta botella de aguardiente que tenía en la nevera. Recuerdo que tenía la mitad vacía porque el peludo se había mandado un buen sorbo la noche anterior. Me callé y decidí tomarme lo restante. Tras el sorbo, mi mente se perdía en el día de mi grado. Los 17 años habían sido un momento irreemplazable.

No deseaba sexo. No deseaba nada más que Loree. No quería más que sus ojos azules incrustados dos noches antes en mi vida. No pedía más que un instante donde pudiera besarla. Cosas que pasan, mierda que influye, vida que sigue y se jode al instante.

Decidí poner algo de música. Cambiar a Bon Jovi. Poner algo de Metallica, pero Nothing else matters sonó y mi mente se perdió. La guitarra acústica rememoraba los instantes. La guitarra era demasiado suave. Los momentos volvían mientras la mente retrocedía con furia.

Eterno Retorno.

Y allí lo perdí todo. No entendí muy bien. Creo que bajé a la cocina y preparé algo. Tal vez una carne con arroz. Lo supongo porque era de lo poco que había en la alacena. Lo pensaba mientras bajaba una cerveza cinco años después. Cinco putos años después y aún sin demasiada información.

Nunca volvimos a vernos. Loree siguió su vida y yo me perdí en la mía. No podía escuchar demasiada música. Todo era muy suave. Cada acorde era un instante en la fiesta de graduación de un imbécil que no superaba el hecho de ser tirado a un lado. Ella no volvería y yo cambiaría. Cinco putos años después lo notaría.

Varias veces quise buscarla. Las cuatro cuadras que nos separaban en distancia eran un obstáculo de dos minutos en la moto de mi hermano. Sin embargo, aquello era demasiada adrenalina para un prepuberto de 17. Demasiada aún para un pseudoabogado de veintidós  Demasiada mierda para el imbécil de los 17 y 22.

Nunca lo hice, pero en mi cabeza el instante se repitió muchas veces. Desde besos a cachetadas, desde instantes a sólo puñaladas. Divisé una vida con y sin ella. Pero nunca ocurrió. Nunca hice nada. Los días pasaron y yo tan sólo leía. No sé muy bien qué, no recuerdo ni mierda. Yo tan sólo estaba en la biblioteca de mi casa aguardando los días. Pensando en las noches y fornicando con los reproches.

No recuerdo un carajo.

A los días ( no sé cuantos), un amigo organizó una despedida en mi honor en su casa. Tenía que irme a Bogotá a estudiar y el detalle era tan sólo otro momento para recordar e intentar forjar una sonrisa. Acepté, como quien desea olvidar y retratar tan sólo la sonrisa.

Tras varias copas, Johny ( el organizador) me preguntó algo:

– Marica… no es para tanto.  Deje tanta mierda- Mencionó tras tomar un buen sorbo de cerveza.

– Marica…yo a esa vieja la amo- grité mientras el anís me bajaba espeso y directo al estómago.

– Igual está solo…supere eso. Ella no era para usted- dijo mientras observaba la luna. Una menguante tras un largo día caluroso. Recuerdos imborrables.

– Olvidarla es dejar atrás lo más bonito de mi vida…- dije titubeando, cuidando las palabras.-Y lo más hijo de puta, lo más duro-. exclamé tras varias lágrimas. La cerveza bajaba rancia y el aguardiente era tan sólo un pretexto para seguir allí.

Tras pocos sorbos salí de allí. Los pasos eran largos y en mi cabeza la distancia se acrecentaba tras cada pequeño trazo. Decidí guardar el aliento, pegarle una patada a un puto poste. Doblarme en varios pedazos.

– ¡MIERDA!- aulló un imbécil mientras recordaba el instante en que había adquirido su puta condición.

Neiva, 18 de Enero de 2007.

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