Precario poema sobre la risa.

“Sonreír para joderme a las penas
Para burlarme del mundo que enferma
Para sentirme un poco menos mierda y para ser  cabrón” Konsumo Respeto.

Sonríe hasta que estés sobrio
Hasta que te crujan los dientes
Y se desfonde la garganta
Sonríe hasta que el licor parezca una mentira
Y el mundo adquiera otro color.

Sonríe hasta que estés sobrio
Hasta que olvides los males, las penas,
El mundo con toda su mierda
Sonríe hasta que dejes de sentirte cojo
Y tus pies no fallezcan ante el choque con el asfalto.

Sonríe hasta que estés sobrio
Cuando ya todo el mundo está dormido
Y eres el único loco, malherido
Que desfonda las botellas
Y se ríe de su trabajo, de su mujer, de su vida poco sincera.

Alcemos una voz en alto
Riamos hasta que la saliva se cuele seca
Tras los dientes, hasta que el aliento sea rancio
Y todo el mundo nos mire como unos despojos
Porque estamos tristes
Pero aún nos quedan instantes
De rebeldía, de redención
Sonríe como si no estuvieses en la calle
Que allí sólo hay máquinas, es tierra de nadie.

Communication Breakdown.

De vez en cuando me surge una ira que no logro canalizar muy bien. Es más, siempre me pregunto: ¿puede la ira canalizarse? ¿no será otra mentira de otro publicista,  de esos que busca vender unos zapatos a cambio de felicidad? No lo sé, no me queda claro. Pero era allí cuando entendía algunas cuestiones.

Ring/Ring/El sonido de la rabia a punto de esparcirse.

-¿Sí, hola?- pregunté mientras acomodaba unos libros en un estante.

– Hola…¿Cómo estás?- preguntó Lorena, una amiga con la que últimamente tenía un trato algo más intimo de lo normal. Sexo a cambio de felicidad, ¡Blah!.

– Bien ¿y tú?-.

– Aquí cepillándome los dientes…- dijo mientras el cepillo se revolcaba entre sus dientes, tal vez en una orgía con el mugre- ¿No lo recuerdas?-.

– Ahh… ¿te vas al aeropuerto, no?-.

– Sí, ahora llega Javier y lo vamos a esperar…-

-Ahh… bien.

Javier era el novio de su hermana. No lo conozco, tampoco me importa hacerlo. Debe ser un tipo como cualquier otro: imbécil, aburrido. Alguien casi tan parecido a mí que de seguro me daría rabia sólo verlo. Como Dorian ante el espejo, me daría asco concebirme a mí mismo allí parado. Demasiado pretencioso, demasiado seguro de sí mismo, a pesar de temblar en las noches. Demasiado frágil, simplemente repulsivo.

Sin embargo, había una diferencia, o puede que no. Quien sabe, tal vez sea sólo mi maldita pretensión: valiente arrogancia que me lleva a reconocer que soy como cualquier otro pero un poco mejor, sólo por el hecho de saberlo. Sé que soy como todos, ¿acaso no soy mejor?.

No, no lo eres/Puede que sí/Shh, ¡imbécil!/Hazte una paja y deja de joder/Meditaciones sobre la filosofía primera. ¡A que no te la sabías, Descartes!

-¿Ah, estás ahí?- preguntó luego de escupir al lavamanos. Tal vez una baba negra, tal vez una blanca. Tal vez sólo fue un gargajo.

– Sí, perdón… estaba acomodando una cosa aquí- contesté intentando mostrar algo de atención.

-No puedo creer que de verdad te hayan mandado esa carta del trabajo- me dijo con un puto tono de regaño que casi me imaginé de 12 años encerrado en mi cuarto por no hacer las tareas- Ponte serio con eso, no te falta nada para acabar consultorio…-.

Plaj/Trrrr/Shsss/Los aullidos de la mierda saliendo por la boca.

-¡AHH, VIDA HIJA DE PUTA! ¿OTRA CON LA MISMA MIERDA?-.

– Ya…ushh ¡tranquilo! ¡no es para tanto!-.

– Sí claro, no es para tanto. Nada es para tanto. Pero todo el mundo jode, y uno dice que no quiere hablar de esa mierda y todo el mundo pone el dedo en la puta yaga: ¿Fuiste a consultorio? ¿Fuiste al médico? ¿Te hiciste mil pajas? ¿Te salió la esperma roja?. ¡Pero qué putas les importa!- grité, intentando calmarme. Lo necesitaba. No tenía por qué tratarla así. Sabía que ella se preocupaba, que quería ayudarme a resolver mis problemas, pero hay cosas que sólo pueden resolverse a solas, en diálogo con uno mismo.

Cosas que sólo uno las entiende/o destruye.

– ¡Cálmate!…sólo te estaba preguntando por eso. Disculpa, ¡ya sé que te molesta!… pero no es para tanto, no tienes por qué ponerte así. ¡No te puedo decir nada!- dijo con un tono de ira que me supo a mierda. Lo sentí como esos que algunas malditas profieren cuando tienen sexo, buscando que uno cambie de posición pero sin que ellas muevan un puto dedo. Aunque sabía que no era así, al menos no en este caso.

– Hasta luego… hablamos en otro momento-.

– Pero mira, yo sólo quiero ayudarte… ¿Qué puedo hacer para hacerte sentir bien?-exclamó de forma tan dulce que sólo pude atinar a ser sincero.

– Ni mierda…hablamos luego-.

Tun/Tun/Tun/Communication Breakdown. Lo decía Zeppelin, lo decía el tipo del bar.

La pregunta estuvo martillándome un buen rato. “¿Qué puedo hacer para hacerme sentir bien?” “¿Qué putas puedo hacer para no alejar a los que me dan la mano y ser feliz?” me preguntaba mientras sacaba una lata de cerveza de la nevera. Me quedé en ello, sintiendo varios sorbos caer espesos, fríos. Temblé un poco, estaba vivo.

Estaba vivo. 

Mire por la ventana y habían unos niños pateando un balón. A lo lejos, un árbol se mecía con la tranquilidad que está el estar aferrado a tierra. “Ni mierda”, fue lo último que pensé antes de salir a comprar alguna botella. Antes de verme allí bebiendo las respuestas.

Tan sólo otro día…

Me detuve un momento a pensar en cómo todo había terminado de aquella forma. Me encontraba en la mitad de una calle sin salida, con avenidas e intersecciones, pero sin ningún escape que valiera la pena. Prendí un cigarrillo, sin entender por qué lo hacía. No fumaba, antes bien lo despreciaba. Pero era necesario, imprescindible, casi vital. Lo sentía al depositar en las manos de aquella vieja las monedas. Todo me temblaba y tan sólo deseaba la tranquilidad del sorbo al pitillo.

Me dediqué a absorberlo. Primero lento, luego frenéticamente. Sentía la nicotina incinerarme la garganta y caer espesa bajo mi nariz. No tenía sentido, pero era lo que había. Me senté en una banca a pensar un rato, a ver si la vida se pasaba ante mis ojos, despacio, tortuosamente. “Nunca un recuerdo es dulce si aún no se vive igual en la actualidad” pensé mientras tiraba la colilla al suelo.

Tan sólo quería una cerveza.

Me paré de la silla, caminé unos cuantos pasos. Sentía la garganta reseca y los labios quemados. Pero eso no importaba, tan sólo caminaba y miraba para todas partes: los soldados del gran siglo, oficinistas desempleados, divagaban con gesto estreñido a mi lado. El semáforo indicaba la señal de entrada, de salida, los gritos del jefe, la orden de una sociedad que se movía frenética con o sin ellos. El asfalto parecía ser su brújula, la mirada gacha lo indicaba. Sus pasos eran uniformes: lentos, pesados. El olor a colonia yacía descompuesto por todas partes, demasiado cargado de sudor, demasiado lleno de mierda.

Tan sólo el transcurrir de otro día.

Dejé de pensar en eso, no tenía sentido. “Después de un tiempo todos se vuelven adornos de un paisaje demasiado gris” me dije mientras avanzaba hacía el otro lado de la calle. Volteé a la derecha y me vi en la tienda del barrio. Ya no estaba, ahora había un Éxito. Otro supermercado de cadena que inflaría los precios de la zona y no me dejaría pedir rebaja. Otro sitio más sin personalidad que aullaría las 24 horas con su aviso de neón impersonal, demasiado lejano como para permitir el trato humano. “A la mierda” me repetí mientras me devolvía a la otra esquina.

Compré un par de cervezas y caminé sin un rumbo fijo. Mis pasos se veían agitados por el golpeteo del bastón que tenía en mi brazo derecho, y que me servía de apoyo cada vez que pisaba un hueco o alguna mierda. No pensaba en mucho. Quería algún trago, a pesar de cargar seis cervezas en la bolsa que tenía en mi mano. Necesitaba mucho, demasiado. Más del que mi cuerpo permite.

Necesitaba perderme y no ver a tanto imbécil reír por todo. Necesitaba un descanso ante tanto estúpido que acepta con serenidad su “destino” mediocre, esos resignados de rostro uniforme y sonrisa constante cuya mendicidad se les dibuja hasta en el rostro: empleados de una vida que no supo qué hacer con ellos y decidió esclavizarlos.

Yo no quería ser esclavo, no lo necesitaba. No tengo mucho, tampoco. Vivo en un apartamento pequeño en un bonito lugar. Pero el miedo sigue latente, el miedo es una constante que se me aparece en la cabeza cada vez que la recuesto contra la almohada buscando el auxilio de la inconsciencia.

El miedo es eso que te surge en medio de una paja y hace que no puedas tener una erección. Antes bien, se ve cómo las mismas aspiraciones y gallardía de antes descienden hasta empequeñecerse, hasta sentir el dolor en las gónadas.

Me habían llamado/Me estaban buscando/En cualquier momento lo harían/Sería expulsado/5 años a la caneca/Pensamientos de un imbécil que busca consuelo en su misma incapacidad.

No había ido al trabajo. No quería atender los casos. No me importaba ya la gente, tenía mi cabeza hecha pedazos y quería empezar a recoger los despojos. “¿Acaso no pueden entenderlo?” pensé mientras me tomaba la sexta cerveza y cogía el bastón. La calle me esperaba. La calle era el sitio donde desahogarse y soltar un eructo bien sonoro, un quejido que saliera de lo más hondo.

No, en realidad tan sólo compraría más cerveza. Tal vez una botella de aguardiente. La necesitaba, era necesaria. Las pupilas se me dilataban con cada luz que estropeada llegaba cansada a mis ojos. Sentía que los colores empezaban a disolverse, a pesar de que no llevaba mayor cosa. “Ya empecé a joderme” me repetí a mí mismo mientras llegaba a la tienda. La paranoia estaba llegando a umbrales de desesperación que no conocía y que nunca llegué a pensar que llegaría. Ya no usaba celular, su timbre me hacía temblar y decidí dejarlo descargado en una esquina de mi cuarto. Los correos se habían convertido en memorandos de algunos imbéciles que se desquitaban con el más inepto de la oficina.  Me necesitaban y yo no quería ir. Me necesitaban, pero yo ya no estaba allí.

Llevaba bebiendo varias semanas, casi todos los días. Creo que ya me había llegado la factura por tanto desmadre. Necesitaba calmarme.

Necesitaba calmarme.

Compré un ron barato que me bebí de dos sorbos. En el camino. Como otro Vagabundo del Dharma: “Gary, Ginsberg, Kerouac, ¡sálvenme, mierda!” recitaba en mi cabeza. Golpeando el pensamiento contra todos los muros de la conciencia, demasiado salvaje para estabilizarse. Pedía ayuda a la gente equivocada, pedía ayuda a los únicos que sentía que podían comprenderme.

Entré en el apartamento. La puerta rechinó, como nunca lo hacía. Ya sentía el calor en el cuerpo, a pesar de los 20 grados que debían estar haciendo. El calor de todos los días, el calor de la cobardía y la resignación. Decidí abrir una cerveza, por suerte había traído un backup.

“Nunca se sabe” dije mientras el crujir de la lata me hacía recordar que seguía vivo. Una fina línea de sangre se escurría por mi mano. Me tomé otra cerveza y abrí el correo. El dolor era profundo pero demasiado liviano.

Habían cosas más jodidas de qué pensar. El cuerpo es una carga, la mente malestar.

“Señor Andrés Mauricio Cabrera:

Reciba un cordial saludo. Le recordamos que, ante su no comparecencia a las oficinas del consultorio jurídico de la Universidad, hemos decidido hacer un último llamado antes de tomar las medidas que corresponden al caso. Como usted bien sabe, la sanción ante su frecuente displicencia en las labores es un proceso disciplinario que podría incluso llevarle a la expulsión.

Esperamos no tengamos que recurrir a estas medidas,

Atentamente,

Me chupa el culo
Monitor del área de derecho y otras mentiras.”

Había llegado. El momento llegaba en forma de pantalla titilante y colores disfusos. Me había jodido. Destapé otra lata. La noche ya era corta pero mis problemas ya eran largos.

“A la mierda el trabajo, ¡hijo de puta disciplinario!” grité mientras salía a comprar más cerveza. Grité mientras me reía del mundo con todas mis fuerzas.

Al viejo Hank.

Hank, hermano
Si te viera te invitaría a follar
Te pagaría una puta, madame entre su gente
Con el mundo entre los ojos
Cabellos bañados de cemento
Curvas elegantes, refinadas por el alcohol
Un buen culo, piernas fuertes
Rostro incinerado
Sonrisa de humano.

Me gastaría el dinero que no tengo
En comprar una botella
Fuera de vino, vodka, aguardiente o sólo cerveza
Dejaría los sorbos para poder escuchar
A aquel que de las calles supo recitar
Que hizo de la vida un poema
De la mierda un orgasmo
De la bebida una necesidad.

A aquel que se dio cuenta que el mundo
no es un sitio para respirar.

Poema dedicado al viejo Hank. Bukowski sí supo llegar más allá. Pensando en que yo nunca le lograría simpatizar.

Tuve un sueño…lo de siempre.

Tuve un sueño en el que nada tenía sentido. Bueno, para eso son los sueños. O para eso el licor, o las mujeres, o las facturas. Nada tiene sentido, pero es necesario. Todo fue súbito, intento recordarlo pero sólo me vienen imágenes fugaces. Como si hubiese estado demasiado borracho. Como si fuese demasiado bochornoso para ser recordado.

Recuerdo un cuarto bañado en sangre. Las paredes tenían ese moho pesado que se incrusta como una capa sobre el blanco que algún día tuvieron los muros, y que se camufla junto al rojo oscuro de la sangre podrida.

Escenas que sólo se ven en un matadero o en una vagina con periodo. O en mi sueño, mierda.

Estaba allí y no entendía nada. Sentía unos gritos a lo lejos, como si alguien más estuviese muriendo en aquel sitio. Pensé en una calle y era casi lo mismo. La gente gritaba y se perdía en sus lamentos, otros sólo corrían de lado a lado sin pensar en nada. Demasiado asco, demasiadas preocupaciones.

Me encontraba con un tipo de bata blanca y un tapabocas de metal, que por algún extraño motivo, era el que más me inspiraba confianza del lugar. Todos eran iguales. Sólo se veían sus rostros blancos ( demasiado pálidos) y sus cabellos canosos. Rezagos de un negro que alguna vez se tuvo, tal vez. Debajo de la bata se asomaban un par de gastados tenis Nike. Esa referencia de Michael Jordan que ni con la estrella de los Bulls vigentes pudieron ser vendidos.

Todos los tenían. Muchas camillas. Mucha gente. Demasiada sangre.

No encontré, ojos así, como los que tienes tú/ Baby, Baby, Baby Oh!/ Seré tu amante bandido, ¡bandido!/Aullidos del infierno.

Todos cantaban. Absolutamente todos, excepto el tipo de la bata blanca y el tapabocas de metal. Aquel sólo me veía, indagando en mi rostro con cierta curiosidad. No había pensado en ello, pero yo era el único que no estaba en una camilla. Tampoco tenía zapatos Nike y mi bata era de un rojo oscuro que se asemejaba a la sangre.

– ¿Qué es esto?- pregunté.

– Nada. Lo de siempre.-Contestó el tipo de la bata blanca.

Lo de siempre. Y bueno, tenía sentido. Ahora que lo pienso puede que lo tenga. El gran supermercado social se descomponía ante mis ojos y yo no me daba cuenta. Todos cantaban mierda que no es buena pero que en algún lado sonó muchas veces y que ahora todos asumen como verdad revelada.  Daba asco.

Intenté hablar con uno de aquellos imbéciles, pero al intentar hacerlo me desperté en otra sala. Al parecer estaba durmiendo, o dormitando, o quien sabe qué putas hacía ahí. Puede que una paja con los ojos cerrados. Yo que sé.

– ¿Qué pasó?- le pregunté al tipo de la bata blanca, que ya no estaba.

– Nada. Lo de siempre.- Contestó una enfermera que de la cadera hacía arriba estaba bestial. Digna de un sueño, la muy puta. Lástima que sus pies eran una especie de tentáculos que botaban una baba extraña.

Nada es perfecto. Todo es lo de siempre. ¡Ah, usaba Nike!

Intenté levantarme pero no podía. Los ojos se me cerraron luego de la aguja. Supe que era una aguja porque sentía un pinchazo en el cuello. No podía hablar.

Luego sólo vi una imagen, que se repitió hasta que me desperté e intenté calmarme con algo de cerveza. Había un imbécil que repetía algo frenéticamente, sin inmutarse por la sangre que le salía de la boca.

Preámbulo de la constitución: Colombia es un Estado social de derecho en forma de República unitaria…/ El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte/ Paris Hilton tuvo una erección luego de comprar un perro. Dicen que el can la tenía tan seducida que al final desistió de usarlo para su nuevo traje/ Nadie será sometido a torturas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes. -Gritaba un imbécil que sangraba, en algún lugar de una habitación. Su rostro era igual que el de los anteriores: pálido y de cabellos canosos.

Luego tan sólo escuché: “Ahh..es el nuevo, quítenle el nombre. No lo necesita. Tan sólo que repita…lo de siempre”. Creo que era el hijo de puta del tapabocas metálico. Ya no era necesario.

Me desperté, y busqué una cerveza en la nevera. Estaba, por algún extraño motivo, demasiado asustado. Casi temblando. Demasiado vivo. Al final sólo sería lo de siempre.

Lo real fue recuerdo. Otra botella de Jack.

– ¿Para qué mierda viniste si no haremos nada?- le pregunté mientras se acomodaba el brassier y las bragas.- Sabes que me emputa quedar iniciado…-.

– ¡Ah, fue tu culpa!, medio te toco y ya estás desabotonándote el jean… es como cuestión de calmarse- contestó aquella de ojos claros y piel nívea. Sus ojos se turnaban entre el azul y el verde con cada cambio de ánimo intempestivo que surgía del momento.

– ¡JUEPUTA, SI LO TOCAS ASÍ SEA MÁNDATELO A LA BOCA!- Gritó un imbécil que intentaba controlar una erección entre su furia.

– Ya…está bien. Siempre es lo mismo, sólo quieres sexo y ya- Decía tras dar varias caladas al cigarrillo. La habitación se hacía más pequeña tras el humo que parecía consumirlo todo. Sus ojos estaban extraviados, ausentes, lejanos.

Todo se había ido a la mierda, y el lo sabía.

Desde hacía varios días que nadie entendía muy bien lo que ocurría. La relación se suscribía a la costumbre y no parecía que ninguno de los dos estuviese inconforme con ello. De hecho, hasta hace unas dos semanas ambos parecían estar bastante contentos, tanto que sus cuerpos destilaban sexo y faltaba el tiempo para suplir los momentos. Ni Luisa ni Javier lo entendían muy bien. Pero era lo que había.

Aquel día habían decidido pasar una tarde juntos y conversar algunas cuestiones que parecían estar jodiendo la relación. Monotonía, distancia, lazos estropeados por el devenir del tiempo, etc. Tan sólo se habían dicho excusas estúpidas que ninguno iba a aceptar por su misma falta de coherencia. No era esa mierda y ambos lo sabían.

– Amor… ¿tú sabes que te amo, no?- preguntó Luisa.

– A veces pareciera que no- Contestó Javier mientras se abotonaba la bragueta.

– Es que no entiendes… todo estaba muy bien, pero de un momento a otro ya no me siento yo misma, pareciera que Luisa Correa se hubiese ido muy lejos y que ahora sólo quedase una extraña- Dijo tras un sorbo a la cerveza. Sus manos temblaban un poco, algo inquietas.

Paj/Shhh/El sonido de las latas al caer. 

– ¡MIERDA, LA CERVEZA!-.

– Disculpa… no ando pendiente. ¿Si ves?, es lo que te decía-.

– ¿Ahh?-.

– ¡POR ESO TE DIGO, NECESITO UN HOMBRE QUE ME ESCUCHE, QUE ME ENTIENDA Y ME VALORE!- Exclamó tras unos ojos verdes que poco a poco se llenaban de un tinte rojizo.

– Jajajajaja, ¡la mierda de siempre!. Tu no necesitas ni mierda, ¡ni siquiera hablas, carajo!. Supuestamente tenías algo que decirme, pero ni eso… al llegar me cogiste como si nada hubiera ocurrido y luego me frenaste cuando te bajé la mano a las bragas. ¡NO ENTIENDO UNA MIERDA!- Gritó mientras tiraba un vaso contra el suelo.

– ¡Si ves! ¡Ya estás gritando otra vez!- Dijo Luisa mientras una lágrima se dibujaba en su rostro.

Javier lo sabía. Todo era mierda/farsa/estupidez/hipocresía. Todo era tan sólo un show que la muy puta había previsto en el camino a su casa. Se notaba, ni siquiera le había tomado mucho tiempo. Todo era forzado, previsible. Bastante empalagoso.

Y entonces decidió perderse un instante en sus pensamientos. La cerveza bajaba espesa por su garganta mientras los recuerdos se dibujaban nuevamente en su memoria, como si fuese una realidad que aún hoy se seguía viviendo.

Diciembre 22 del 2007.

La bella y la bestia se sujetan de la mano mientras caminan por una pista de baile en la que ya no queda nadie. Al parecer todos se habían ido. El imbécil tomaba una botella de vino mientras la puta le recordaba que su traje era blanco y que cualquier mancha sobre el sería fatal. No importaba, eso era tan sólo un anexo de un gran instante. Lo importante era estar allí, sujetar su mano, verla a los ojos y disfrutar de la compañía mientras el licor hacía su efecto.

– ¿Me quieres?…-

-¿Ah? ¿Ah?-.

Septiembre 18 del 2012.

– Ya no me quieres, ¿no?- Preguntó Luisa mientras se acomodaba los pantalones. Estaba de pie y la historia ya necesitaba su desenlace.

– ¿No quieres bailar?- Indagó Javier tras un largo trago de cerveza. De la comisura de sus labios se escapaba una pequeña baba que ya empezaba a coger espesura.

– Ya estás borracho otra vez…-

1, 2, 3 pasos. 3 campanas. 2 Instantes.

– Adios, Javier…Espero seas feliz-.

– ¡Pero si aún nos queda el amanecer! ¡Mierda!…-.

La puerta se cerró. Nuevamente estaba allí, solo, perdido entre los recuerdos. Ya no había con quien bailar. Tomó otro sorbo de cerveza y decidió esperar.

“Tal vez en algún momento nos volvamos a encontrar” pensó mientras se servía un trago de whiskey. Lo odiaba, pero no le quedaba nada más. La odiaba, pero la necesitaba para continuar. Al final sólo tenía aquella botella de Jack.

Momentos.

Me pregunté varias veces si algún día llegaría
El momento en que la sonrisa se pudriría
En un gran trazo pintado por un anónimo.

Me interrogaron los momentos en que creí estar contento
Los días en que más rabia me daba
Los días en que la desdicha se dibujaba en mi cara
Para al final sólo sentir el puto descontento.

Y me bajaba varios tragos
Algunos dulces, otros amargos
Para sentir el ardor en la garganta
La sensación del vómito
Rebeldía barata de cualquier alcohólico
Que de sus vísceras explota
Para teñirlo todo
De su olor nauseabundo
Aullidos que salen de lo más profundo
Otro humano que se destruye en su pugna con el mundo.

Por eso un día pretendí vivir sin ello
Sonreír para no parecer otro esperpento
Mantenerme allí para no sentir el frío del mundo
Que en su lejanía se vuelve murmullo
Y en su cercanía tan sólo genera malestar
Recuerdos de los días en que se tuvo felicidad.

Pero esas cosas ya no importan
No valen la pena
Yo sigo aquí, en el mismo cuerpo
Despreciándolo todo
En medio de mi puto resentimiento
Porque soy un hijo de perra
Que sólo se entiende en su descontento.

Ojalá algún día
Alguna tarde
Ojalá nunca de noche
Me de cuenta
Que nací para estar muerto.

Otro entusiasmado con el féretro.

Del amor y otras cuestiones.

Amar no es un simple querer
Amar es pegarse contra las paredes y sonreír
Chupar la sangre de las heridas y pretender vivir
Amar es tan sólo un jodido poema
Que escribió un borracho
Una noche que no tenía ni puta idea qué hacer.

Amar es el complejo de un niño que no tuvo infancia
Pretender seguir dormido cuando el mundo
Confabula para levantar
La ira, la rabia
Amar es tan sólo un trago amargo que se termina
Orinando, a veces vomitando.

Amar es odiar lo que uno es para encontrar cobijo en el otro
Es un espejo en el que se diluye nuestra silueta y se reemplaza
Por otro cuerpo que al final sólo traerá desgracias
Amar es mentirse, es sonreír ante la nada
Subir la cabeza para no parecer otra piltrafa.

Por eso en los libros mentían,
En las películas, en todas las esferas,
El amor es una idea de un publicista
Que tuvo una mala paja y trabajó para vender más viagra
Tan sólo otro boceto imperfecto
Que acabó vendiendo farsas
Escupiendo patrañas
Jodiendo la gente
Jugando con sus esperanzas.
El amor es un contrato ideado por abogados
Para romperse y dejar a ambos desahuciados.

Amar es recitar en voz alta lo que cuando niños nos enseñaron a callar.
Amar es aprender a gritar con dulzura tras un barrizal de mierda
Quebrar los platos antes de lavarlos
Es estar loco al ver en el otro
Algo diferente, a nosotros. 

Por eso al final del día
Cuando la soledad está decidida
A ofrecerme otra bebida
Yo me pregunto si algún día llegará
Siendo que al estar cuerdo
El amor es lo único que me hace respirar

Deseos de la humana insanidad.

 

Loree y demás mierda. Vivencias de Motley.

 

Motley habla de las cosas que le pasan todo el tiempo. Se toma una cerveza y piensa que es tal vez es sólo un orgasmo la diferencia entre la realidad y la fantasía. Motley se pierde en los momentos en que tal vez todo fue mejor. Sin embargo, hay uno que se incrusta en su memoria y lo hace perderse en la infinidad del pasado:

– Hola…¿Cómo estás?- preguntaba una voz sumergida en las dudas.

– Bien, ¿y tú?- contestaba un imbécil sin sospecha.

– Nada… quería hablar contigo-.

– ¿Qué pasó?-.

– ¿Seguro que nunca me has puesto los cachos? ¿ Nunca me has mentido sobre alguna mujer?- casi que aseguraba la voz al otro lado del teléfono. De fondo Bon Jovi. De fondo pura mierda. Por mí que me maten, vida hija de perra.

– No…¿por qué preguntas eso?, no te entiendo-.

– Nada…tan sólo curiosidad- Exclamaba una voz suspirante tras la linea del teléfono.

– Nunca pasó, tranquila-.

– Sabes que te quiero, ¿no?-.

– Claro que lo sé, yo también te quiero… y mucho-.

– Pues… de eso quería hablarte-.

– ¿Ah?-.

– Ya no es lo mismo de antes…ya no te quiero- dice la voz distorsionada a las diez de la mañana. Un puto sábado. Maldita infame. 22 de Diciembre. A la mierda.

– Pero…- exhala un imbécil tras 45 grados de mierda. Traga el aire e intenta disimular la estupidez- ¡Yo te amo! ¡ Te quiero mucho! ¿Segura?-.

– Es mejor que terminemos, Motley- Asegura una voz imperturbable. Casi tan infranqueable como el puto desayuno que tuve esa mañana. Unos huevos con champiñones, como si el gourmet se cocinase bajo el mal gusto.

– ¡YO TE QUIERO!- grité ese día, como un imbécil. Como si la línea no captase mejor el mensaje en voz baja. Como si las palabras no se distorsionasen tras el umbral de la precaria irrealidad del teléfono.

– Es mejor que dejemos así, Motley…- dijo tras una bocanada de aire. La interlocutora tenía una puta voz hermosa, tan suave como los recuerdos que se destrozaban con cada remembranza instantánea en aquel instante.

– ¡Dímelo a la cara, MIERDA, DÍMELO EN LOS OJOS!- grité olvidando la cordura. Dije pensando en una paja. Perdí el tiempo pensando en un mañana.

– Es mejor así, Motley… Es lo mejor.-.

Y así terminó un puto ciclo de mi vida. En ese instante decidí bajarme una puta botella de aguardiente que tenía en la nevera. Recuerdo que tenía la mitad vacía porque el peludo se había mandado un buen sorbo la noche anterior. Me callé y decidí tomarme lo restante. Tras el sorbo, mi mente se perdía en el día de mi grado. Los 17 años habían sido un momento irreemplazable.

No deseaba sexo. No deseaba nada más que Loree. No quería más que sus ojos azules incrustados dos noches antes en mi vida. No pedía más que un instante donde pudiera besarla. Cosas que pasan, mierda que influye, vida que sigue y se jode al instante.

Decidí poner algo de música. Cambiar a Bon Jovi. Poner algo de Metallica, pero Nothing else matters sonó y mi mente se perdió. La guitarra acústica rememoraba los instantes. La guitarra era demasiado suave. Los momentos volvían mientras la mente retrocedía con furia.

Eterno Retorno.

Y allí lo perdí todo. No entendí muy bien. Creo que bajé a la cocina y preparé algo. Tal vez una carne con arroz. Lo supongo porque era de lo poco que había en la alacena. Lo pensaba mientras bajaba una cerveza cinco años después. Cinco putos años después y aún sin demasiada información.

Nunca volvimos a vernos. Loree siguió su vida y yo me perdí en la mía. No podía escuchar demasiada música. Todo era muy suave. Cada acorde era un instante en la fiesta de graduación de un imbécil que no superaba el hecho de ser tirado a un lado. Ella no volvería y yo cambiaría. Cinco putos años después lo notaría.

Varias veces quise buscarla. Las cuatro cuadras que nos separaban en distancia eran un obstáculo de dos minutos en la moto de mi hermano. Sin embargo, aquello era demasiada adrenalina para un prepuberto de 17. Demasiada aún para un pseudoabogado de veintidós  Demasiada mierda para el imbécil de los 17 y 22.

Nunca lo hice, pero en mi cabeza el instante se repitió muchas veces. Desde besos a cachetadas, desde instantes a sólo puñaladas. Divisé una vida con y sin ella. Pero nunca ocurrió. Nunca hice nada. Los días pasaron y yo tan sólo leía. No sé muy bien qué, no recuerdo ni mierda. Yo tan sólo estaba en la biblioteca de mi casa aguardando los días. Pensando en las noches y fornicando con los reproches.

No recuerdo un carajo.

A los días ( no sé cuantos), un amigo organizó una despedida en mi honor en su casa. Tenía que irme a Bogotá a estudiar y el detalle era tan sólo otro momento para recordar e intentar forjar una sonrisa. Acepté, como quien desea olvidar y retratar tan sólo la sonrisa.

Tras varias copas, Johny ( el organizador) me preguntó algo:

– Marica… no es para tanto.  Deje tanta mierda- Mencionó tras tomar un buen sorbo de cerveza.

– Marica…yo a esa vieja la amo- grité mientras el anís me bajaba espeso y directo al estómago.

– Igual está solo…supere eso. Ella no era para usted- dijo mientras observaba la luna. Una menguante tras un largo día caluroso. Recuerdos imborrables.

– Olvidarla es dejar atrás lo más bonito de mi vida…- dije titubeando, cuidando las palabras.-Y lo más hijo de puta, lo más duro-. exclamé tras varias lágrimas. La cerveza bajaba rancia y el aguardiente era tan sólo un pretexto para seguir allí.

Tras pocos sorbos salí de allí. Los pasos eran largos y en mi cabeza la distancia se acrecentaba tras cada pequeño trazo. Decidí guardar el aliento, pegarle una patada a un puto poste. Doblarme en varios pedazos.

– ¡MIERDA!- aulló un imbécil mientras recordaba el instante en que había adquirido su puta condición.

Neiva, 18 de Enero de 2007.

Tan sólo otro diálogo sin paz.

Bebo una cerveza mientras en el mundo pasan cosas. En las noticias se habla de una posible nueva conversación. Timochenko asegura que de Colombia sólo quedará el nombre, mientras Santos tartamudea incansablemente. Su lengua es un nudo ciego que se aprieta con cada balbuceo.

Todo es demasiado estúpido. Lo sé, estoy seguro. Demasiado estúpido. Muy hecho mierda para ser verdad. La paz es tan sólo otro concepto vano que existe sólo como aspiración. Los hombres nacieron para matarse. Pero eso no importa porque puedo beber una cerveza. Me baja fría y siento el retorcer de los huesos, como si luego viniera una ola de calor que me recordara que estoy vivo. Y en Colombia. Tercer mundo. Mucho asco.

Al levantarme, le pregunto al barman si debo algo.

– Nada, tranquilo… pagó hace un rato. Además luego pagaremos todos….usted me entiende- contesta mientras limpia un vaso de cristal con un pañuelo percudido por el mugre.

– ¿Ah? ¿Qué quiere decir?- pregunto intentando guardar los gases. Sin embargo, la sinfonía de mis eructos me delata.

– Nada… tranquilo-.

Salgo y doy unos tres pasos. En la calle, la gente se pregunta si habrá una zona de despeje. Lo sé porque los gritos sobrepasan el aullido de los carros y el ruido de las pisadas. A mi eso no me importa, pero no deja de joderme.

Caminar/Rápido/Sin freno/ Cabeza al suelo. Pensamientos dispersos.

-Ojalá Santos se acuerde de todas las cagadas de Pastrana- dice un viejo que se rasca el pene  con furia.

–  Ojalá… pero con las FARC no se sabe. Y con Santos sí que menos- contesta un tipo de traje negro y corbatín. Me recuerda al pinguino de Batman. Gordo y estúpido. Demasiado grasoso.

– JAJAJAJAJA-

Se escapa un aullido de alguien que nada le importa.

– Ehh… ¿qué es la risa, maricón?- pregunta el pinguino al pendejo de la cerveza.

– Nada en especial… es sólo que creo que todos y nadie tiene razón- digo mientras escapo.

Es lo mejor. Escapar/Emigrar/Largarse bien lejos. Dejar este sitio y poder volver a respirar.  Pienso todo ello mientras camino. Los pensamientos pasan fugaces y recuerdo un instante en el que todo parecía tener sentido: Caminaba por un parque y pateaba una pelota. No miraba para arriba porque el cielo era incapaz de tocarme. Tan sólo pateaba aquel balón. De repente sentí que algo me tocaba. Al alzar la vista, me di cuenta de que tenía un muro enfrente. Un puto muro. Casi tan grande como los dos mundos que se joden a tiros diariamente en Colombia.

Tras varios pasos decidí subir la mirada. Sentía el pecho en llamas y no encontré más licor en la botella.

– ¡Pase, pase! ¡El mejor show en vivo! ¡Las mejores chicas de Bogotá!- gritaba un tipo con un megáfono en una esquina.

Entré, pero antes crucé miradas con el imbécil de la entrada. Sabía que el tendría la respuesta.”¿Podré escapar?” pensé mientras mis ojos enfocaban aquel negro acuoso de los suyos.

– Un buen polvo lo cura todo- Exclamó mientras cruzaba la puerta y bajaba los escalones hacía aquel lugar.

Era un sitio pequeño que olía a vómito añejo. Decidí sentarme en la barra y pedir otro trago. El cantinero afiló una mirada sobre mi rostro, tal vez dudando de si tenía el suficiente dinero como para poder estar allí.

-¿Cómo ve lo de los diálogos?- preguntó sin verme a los ojos, como si la preocupación no se encarnase en aquella voz quebrada que salía de su boca- Digo por aquello de que ya la guerrilla amenazó con la guerra…-.

– Quien sabe… al final todo se reduce al puto polvo- exclamé mientras deslizaba un billete en el culo de una rubia.

Tras un largo sorbo de cerveza, me paré y decidí aceptar mi destino.