Sobre mi amigo Hulk.


En mi oficina hay un tipo extraño. Margarita, la que reparte el café, le teme. Las otras mujeres dicen que tan sólo es de esas personas que llegan a sus casas a beber desenfrenadamente. Juan, el recepcionista, piensa que un día de estos llegará con un rifle de asalto y nos joderá a todos. “Yo que te digo, ese es peligroso” me dice siempre que tocamos el tema.

Para mi es tan sólo alguien extraño. Uno de esos que probablemente no tendrá contacto alguno con el mundo más allá de su trabajo. Me cuesta imaginarlo con familia, hijos…peor aún con esposa. Con todo y eso, creo que le simpatizo. Lo digo por lo que pasó la vez que casi me despiden:

-Ehh… hermano, yo sé que tu no fuiste el que se robó eso- me dijo mientras empacaba mis cosas. Por esas fechas se me acusaba de haber robado unos dineros de la caja menor de la oficina y ya veía mi salida como inminente.

– Gracias colega, ojalá todos pensaran aquí como tu-.

– Yo lo sé…es más, yo vi a Darío el de las fotocopias esculcando luego de la hora de salida. Fue creo que el martes pasado. Lo vi en ese cubículo y cuando lo saludé casi me pega un puño del susto- contestó mientras se rascaba con un lápiz la nariz. Ese era su problema: no se dejaba la nariz quieta. Vivía como sumergido en un frenesí constante, como si algo lo mantuviese totalmente reprimido y tuviera que frenarlo como fuese. A todos les daba miedo, a mi poco me importaba.

– ¡Bien!, sería tan sólo decirle eso al jefe…¿podrías?- pregunté sin ocultar la emoción. De verdad que necesitaba el trabajo, era necesario. Desde hacía varios días que las cosas no iban bien y los problemas económicos no serían un aliciente para la ya insoportable situación que tenía en casa.

– ¡Claro hermano! ¡Todo por los amigos!- replicó mientras una gran sonrisa se dibujaba en su rostro. Un ataque de felicidad intempestivo.

Salvé el trabajo gracias a el. Por eso le tenía un gran aprecio. Me parecía un tipo raro y ya. Uno de esos que de seguro le gustará ir al cine solo. O de esos que son miembros de un club de ajedrez o que gustan de empeñar su tiempo en arduas campañas como paladines en juegos de rol online.

Algunos le llamaban Hulk por su  apariencia física y los súbitos ataques que le daban. Su trabajo como cargador de cajas lo hacía ser el más corpulento en un medio donde los espaguetis con corbata desfilaban sin mayor presión. A veces algunas mujeres lo miraban con perversión, sobre todo Clarita, la secretaria ejecutiva. Una vieja solterona que lo único que quería era sentir la carne templada sobre su ya magullado cuerpo. Una de esas cuya boca sabe más a nicotina y alquitrán que a labial.

Otros tan sólo le llamaban Raro. O hijo de puta. Dependiendo del nivel de cercanía.

De los ataques no me gusta hablar mucho. Me incomoda un poco, creo que es pura especulación. Yo nunca he visitado la bodega, pero los que han tenido que ir siempre hablan de lo mismo. Cuentan que el olor a mierda no es normal y que algún líquido espeso se propaga por los muros y el suelo. Dicen que al traspasar la puerta Hulk cambia y su mirada se torna fría y llena de ira. Como si allí guardase algo que nadie puede conocer.

Para mi eso es pura estupidez. A Hulk le pasa lo que a cualquier introvertido: es despreciado por hablar poco y no ser muy sociable. Además en los pasillos se hablaban de mil cosas que no eran ciertas. La vida de todos se reconstruía entre chismes y comentarios sueltos. Aunque bueno, nunca nada era demasiado grave como para suscitar problemas entre nosotros. Por eso, cuando Hulk me dijo que fuese a la bodega a tomar un café en el almuerzo no tuve problema.

Apenas mi nariz se posó tras la puerta, un olor a frijol refrito y carne condimentada me penetró hasta sentir náuseas. La garganta se me hacía más angosta mientras que aquel olor pasaba a un segundo plano y la mierda se acomodaba lentamente sobre mi cuerpo. El aroma era tan fuerte que casi tuve que concentrarme para tenerme en pie. De resto era una bodega normal: desordenada y repleta de trastos dañados. Cajas por todas partes. La pared con una pintura desteñida por el tiempo y el moho.

– Colega, ¿ no crees que podrías asear un poco este sitio? ¿tal vez comer afuera?- le pregunté mientras mi mirada se posaba en una vieja caja que en su tiempo había tenido donas y que hoy almacenaba una buena cantidad de revistas porno. “¿Para qué tendría eso allí?” indagué mientras aquel se acomodaba sobre una silla desvencijada y rota.

– ¿ Tu también eres de esos?-.

– No… no es eso, tranquilo. Tan sólo te sugería. Mira que los de la oficina dicen muchas…-.

– ¡Ahh!, con que eras de ellos, ¿eh? ¿hijo de perra?- exclamó mientras pateaba unas cajas desocupadas.- Y pensar que te di mi amistad, que te ayudé, que creí que éramos hermanos… ¡NO TE DA PENA! ¡MIERDA!-.

– Tranquilo hermano, no era nada, tan sólo una recomendación. Yo sé que eres buen tipo, quería ayudarte- contesté mientras intentaba pararme de la silla. Ver aquella mole de músculos e ira me hacía temblar nada más con imaginar mi rostro afectado tras un gancho de aquel brazo.

Las cosas no iban bien… y con cada palabra que yo soltaba intentando buscar la calma, aquel cuerpo se retorcía más, como si fuese un muñeco de cuerda endemoniado. Uno bien grande y con la boca empantanada de saliva.

– ¡HIJO DE PUTA!- gritó al momento en que lo sujeté por los hombros para calmarlo.

De repente un puño se posó sobre mi rostro. Al principio cálido, luego potente. Las gotas de sangre brotaban como la fuente de agua del parque central y mis ojos se perdían entre aquel rojo oscuro que se posaba tras mis pestañas. No veía nada y caminaba con pasos pesados. Como si estuviera muy borracho, buscando la salida. El olor a mierda cada vez era más potente y mientras pisaba a veces tropezaba. Cuando me levantaba, sentía aquel pegote que se adhería a las manos y que poco a poco me ralentizaba. Era espeso, caliente… aunque húmedo. Gateaba mientras mis costillas eran rápidamente pateadas por un Bruce Banner más imbécil y pobre.

La ira se escurría por cada músculo y mis huesos parecían ser pequeños trozos de cristal que se esparcían por todo mi cuerpo.

– Eh…tra-¡CUAJ!-nquilo- dije mientras mis párpados se iban haciendo más pesados.

– No importa, somos amigos. Te garantizo que no te dolerá. Es que no quería conocerte en esta situación…-

– Cálm-ate.-.

– Estoy muy tranquilo. Luego de golpear siempre estoy tranquilo-.

Y lo envolvió en una bolsa que luego arrojó por el chut de la basura. Tomó una cerveza, y siguió cargando las cajas al camión. Al rato, sintió unas ganas irresistibles de rascarse la nariz.

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