Escritores Sucios


Veo las luces de la ciudad alumbrando. Un noveno piso me enseña que cada vez soy más pequeño. Ínfimo, como cuando se pretende ser más grande. Las luces de la avenida para Buganviles me dicen que yo ya no estoy y que Neiva vive sin mi. Un sentimiento fuerte, más cuando intento sofocarme en el calor de las aceras.

-Te falta fuerza, marica- dijo Juan Diego, intentando tomar una copa de Aguardiente que se  perdía en la tela de su camisa.

– No es eso, no entiendes- le dije intentando calmar el sabor amargo del anís que ya percudía los recuerdos de una noche extraña.

Habíamos hablado de muchas cosas. De Luisa, del trago, de Luisa, de Luisa. Al parecer me amaba. Sólo eso pensaba, sabiendo que no era tan cierto. Las luces de una avenida perdida se perdían en mi retina y yo pensaba en la Budweiser que me quemaba la garganta, luego de sentir el ardor en el pecho. Me incomodaba un poco. pero al parecer era importante.

-Te quiere, mierda- seguía diciendo un Juan Diego extraviado ante una etiqueta nocturna de Reds. No teníamos mucho dinero, pero la cerveza seguía siendo un aliciente ante las estrellas extintas de una madrugada un poco nocturna.

– No es eso, no es tan fácil- le dije mientras tomaba un sorbo de aguardiente- A veces pareciera que en su mundo todo fuera pajas, tranquilidad y alegría. Casi que te envidio, Juan Diego de mierda-.

-Luisa te quiere, hijo de perra- exclamó entre un sorbo aguado por el calor de una noche cristalizada bajo un licor anisado.

– No importa…es mejor que su vida siga-.

Laura me entendía.Laura era la novia de Juan Diego. Entendía todo, hasta que mi pene era de 30 centímetros así no lo fuera. Ella lo sabía, lo apreciaba. Un día le dije que tenía un ariete de unos 15 y me entendió. Eso me hizo apreciarla. Tal vez no lo recordara.

– Juan, deja así…ya todo está claro, el se siente mal- Dijo Laura, 3 centímetros de espesor entre el corazón y la voluminosidad de sus senos. Todo un primor.

– Escúchala, perra- Exclamé al saborear una cerveza que trancaba el aire que yacía tras mi espalda. Puto sofoco. 40 grados de mierda.

– Tu problema es no querer a Luisa-.

– Mi problema es no jalármela lo suficiente- dije mientras tomaba un sorbo del caliente trago.

– Puede ser, pero es Luisa…mierda-.

Yo entendía todo. Era un hijo de puta. Nada raro, todo bastante poco sensacional. La vida se había esparcido en crisoles rosas alrededor de una pantalla negra que me ocultaba. Me sentí como el soldado Ryan (creyendo que era Bryan)  perdido en una selva de la angosta Normandía. Steven Spielberg parecía querer chuparme la verga a la velocidad de 200/fotogramas por hora. Las imágenes se sobreponían sobre la angosta avenida que recorría Buganviles mientras Juan Diego hablaba.

Yo tan sólo tenía un pene. Mierda.

Un pene, y nada para opinar.

– Te jodió Laura- Contestó mientras se acomodaba las gafas.

– Claro…es sólo eso. Me jodió Laura y el mundo- Contesté.

– No es tan fácil-.

– Nada es fácil mientras se tenga la rabia brotando en lágrimas por el rostro-.

– Calma-.

– Ni mierda-.

Con cada trago nos sentíamos más perdidos. El aguardiente se disolvía en pequeños sorbos que nos recordaban que estábamos en Neiva y que éramos pequeños. El cielo giraría mientras nuestros anhelos se perderían en la maraña de polvo que serían los días venideros. Yo sólo pensaba en María José, una mujer de una voz brutal que cada vez que me hablaba me hacía odiar los 377 kilómetros entre Neiva y Bogotá. Tan sólo quería arrojarme en nuestros pensamientos y soñar que habría un mañana; un beso más para desarrollar en tres mil citas. Mientras aquel mierda me hablaba de Luisa y yo me perdía entre mi estupidez.

No entendía nada. Lo sé, quería a María José, pero me hablaban de Luisa. Falta de información.

 

Decidimos separarnos.

-Ya has tomado mucho, perra- exclamó Juan Diego mientras su novia lo cargaba hacía un taxi. La cosa había empeorado con cada sorbo de anís caliente y cebada petulante que habíamos ingerido.

-Claro…-.

– Coge ese taxi- me dijo mientras un ligero ardor a vómito se asomaba en su tráquea.

– Puede ser- le dije mientras abría la puerta- Somos amigos, hijo de puta-.

– Obvio- contestó.

 

Y entonces llegué a mi casa. La llave se me atascaba en una puerta que se perdía en las curvas de una noche alicorada. Seguí pensando en María José y en tener que irme de mi ciudad natal. Leí algo de Bukowski y percibí que era casi tan mierda como Andrés Mauricio. “No soy tan bueno” pensé, mientras mi mente se deslizaba en los tantos escritores que conocí en el grupo de Escritores Sucios. Carlos Odklas, Ricard, Pepe, Alía, Velpister, Trevor, Vicente, Ricardo M, Jorge, etc. Pensé en aquello de “Me encanta darme pajas” que alguna vez leí en el grupo y que tenía lógica. No era nada heroico.

– Esto va por los sucios- escribí mientras el hipo se convertía en un vómito en un recinto ya plagado de insultos.

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