El parque.


Eramos yo y un cigarrillo que se diluía en una boca que parecía no desearlo. Aquel parque se había convertido en  el centro de operaciones de una organización que no pedía dinero sino tan sólo un escape. Eramos drogadictos, putas, indigentes, vagos y artistas confabulados en una cuadra que nos hacía olvidarnos de las calles plagadas de neón y avisos de cosméticos.

– Eh… otro cigarrillo, por favor- dije, intentando ocultar una chupón que tenía en el cuello.

– ¿ De los mismos?- preguntó aquel viejo que parecía haberse perdido de cuadra. Su mirada extraviada parecía constatarlo.

– Si, por favor-.

Caminé alrededor del parque, aspirando a intervalos entrecortados aquel cilindro de tabaco y otras mierdas que terminan de joderte. Pero no me sorprende, antes me relaja. A veces creo que la sociedad es tan sólo un cofre lleno de jeringas de varios tipos donde tu escoges aquel placebo que te aliviará el dolor de los días venideros. Al rato decidí sentarme. Las piernas me dolían, sentía como si mis venas fuesen a implosionar y tenía un dolor de garganta asqueroso.

Por un momento me vi perdido en los días en que el traje y la corbata habían sido una constante, donde el progreso se traducía en una cuenta bancaria rebosante y la estabilidad en unos recibos con un sello que decía “pagado”. Sí, era un buen ciudadano. Sí, otro hijo de puta y ya.

El mercenario del siglo XXI,
Que cambió el fusil por la corbata,
La eyaculación del sistema,
Otro cero en una cuenta.

– Hola…¿ quieres una chupada?- exclamó una pelirroja entre los 20 y 70 años. Es que la calle siempre deja sus estrías en la piel del jodido.

– ¿ A cuánto y por qué sólo chupada?- pregunte intentando plasmar mi indiferencia en aquellas palabras. Pero no era fácil, para nada. El verano friega a todos.

– Diez pesos o un buen matorro de hierba- dijo mientras prendía un porro. También parecía aparentar irrelevancia, pero sabía que no tenía un duro y quería pegarse una buena trabada.

– Cinco y antes de follar nos pegamos un armado decente- mencioné, concentrándome en los últimos aullidos del cigarrillo que tenía en la boca.

– Está bien- dijo, mientras se acomodaba la falda y me hacía una seña- Para allá, mi apartamento queda cerca-.

Bajamos dos calles y nos metimos por un callejón donde un hijo de puta intentó sacarme la billetera del bolsillo sin que me diese cuenta. Por suerte, la pelirroja se percató y le gritó. Al parecer eran amigos, lo digo porque los gestos de su rostro denotaban farsa.

Eres un payaso,
Maquillaje escurrido en tu rostro,
Sonrisas diluidas en alcohol,
Otro desempleado más.

Entramos. Un cuarto como cualquier otro. Un olor a vagina rancia se desparramaba por la habitación. Decidí prender un porro. Nos lo jodimos hasta el fondo, quemándonos los dedos mientras los besos corrían por aquellos labios cortados y sangrantes. El olor a nicotina fue el aderezo de nuestras bocas, y los gemidos ásperos de la pelirroja ambientaban aquella guitarra desafinada de un Mustaine algo fregado por las drogas.

El golpeteo de nuestros cuerpos era el redoblante de una lejana Hangar 18, y tan sólo queríamos ser la guitarra de Marty Friedman en los putos solos.

Impossible to break these walls
For you see the steel is much too strong

El sudor nos recorría y de repente vi como aquellos dedos pequeños se zambullían más allá de la bragueta, luchando contra unos calzoncillos que parecían ser la cárcel de una canción de los Ramones. Ambos sabíamos que no habría demasiada resistencia y que a la larga romperíamos las leyes de una situación que se nos había salido de las manos. Eso si, nunca de mi miembro.

– Pon Breaking the law, ¡carajo!- grité entre gemidos, intentando mantener el tono sexy a lo Brad Pitt.

– ¿Qué? ¿ no te gusta Megadeth?- Respondió aquella, intentando acomodar mi pene en su vagina.

– Si, pero que quiero romper…-

– Romper, ¿ qué mierda?, siente la guitarra, déjate llevar, que ya estás tieso- dijo masturbándome cada vez con más fuerza.

– Que si, pero no es eso. Mierda, ¡quiero ROMPERTE el culo!- grité sintiendo como la fuerza se concentraba en mi ariete.

– ¡ Hazlo, hazlo hijo de perra!- exclamó mientras ensartaba mi ariete en su vagina.

– Pon Breaking the law, Judas Priest, lo necesito, mierda.-.

– Es la siguiente, pero mételo despacio…¡ay!, mierda, ¡despacio!-.

Nuestros cuerpos eran los dos extremos de un acordeón que se desafinaba con la contracción del fuelle. El solo de guitarra de Mustaine en Cemetery Gates. Habíamos dejado el Hangar para someternos a la Isla del Demonio. Ambos sabíamos que era preferible una paja en ese instante.

– Pero cálmate…despacio, ¡ay!, ¡cálmate malparido!- gimió la pelirroja mientras masturbaba las inmediaciones de su sexo.

– Sí…pero es que no estás lubricada, me raspa..¡Ajj!-.

Intentamos acomodarnos. Las poses eran tan sólo un argumento más para retrasar lo inevitable. El último aullido de esperanza de una cama que necesitaba dos orgasmos.

El diario de Ana,
El orgasmo de Frank,
Otro libro más,
Un pretexto para no querer follar.

– Sácalo y lárgate,  ¡marica!- palabras que se pierden en la ira de un ego herido.

– ¡Ahhh…ahí te va perra!-.

Era el momento. Ya nada podría detenerme. Eramos una perra y yo escuchando Judas Priest mientras la esperma buscaba escapar de mi falo como la metralleta S del Contra de Super Nintento. Allí estaba Bill intentando destruir aquel alien viscoso que exhalaba vahos de aire infectado. Sujeté su rostro, nada podía detener la descarga.

Ahh/Plaj/ Ohh/Ohh/Siiiii…/ El sonido del Niágara al caer sobre las piedras.

There i was completely wasting, out of work and down
all inside it’s so frustrating as i drift from town to town

– No… ¡NO!, ¡ MIERDA, EL MAQUILLAJE!- gritó Salma Hayek en el Spá.

– Por puta, JAJAJAJAJAJA- Dijo Bill al ver los créditos del final.

– ¡HIJO DE PUTA, HIJO DE PUTA LÁRGATE!- gimió en sollozos una pelirroja de 20 años que  crecían exponencialmente con el maquillaje disuelto en la esperma.

Me largué, no sin antes orinarme en su puerta. Sabía que no volveríamos a vernos, que aquel parque ya no era un lugar para ambos. No fue nuestra culpa, tal vez nos faltó tiempo. “Todo fue rápido” me repetí a mi mismo, descendiendo por aquellas calles. La garganta me dolía y el sabor a nicotina que desprendían mis labios me había devuelto a la cotidiana calma. ” Necesito un cigarrillo”, pensé al sentarme en una banca de aquel parque.

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