Transerecto…


Fabián siente su cuerpo aturdido. Sus ojos se diluyen en un viaje a 90 km/h por una autopista que no parece tener fin. Las sillas azules se camuflan con las rojas, y el puntilleo propio de su mirar pareciese ser un cuadro impresionista. La realidad se ha disuelto en pequeños puntos coloridos que forman un gran Monet que no termina de ser comprendido.

Eres el crítico de arte. Un pobre hijo de puta.
La sociedad bañada en vodka.
Pequeños trazos diluidos en el cemento.
Ni un Pollock al descubierto.

El ardor de su garganta le recordaba los sucesos del día: trabajo, almuerzo, trabajo, trago. Todo normal, al menos nada abismal. Sin embargo, un instante quedó grabado en su cabeza, repitiéndose incesantemente ante sus ojos .

-Eh, Fabián, necesito esos informes para mañana-decía Javier, su jefe, un gordo de bigote que se regodeaba por mover el culo al golpear una pelota de golf en el Country Club. Un traje más rodeado de colonia, nada especial.

– Claro señor, ya los tengo todos preparados. Los de Johnie Walker se sorprenderán, esta publicidad revolucionará el mercado- contestó Fabián, intentando sonreír mientras una pila de papeles se desparramaban sobre el suelo. Una taza de café caía golpeada por un codo salvaje, un movimiento digno de ser “Foul” en un ring de boxeo.

– Claro, claro Fabián. Eso espero, pero no te emociones mucho. Ya sabes que el trabajo hay que valorarlo, no escupirle encima- mencionaba mientras sus ojos reposaban burlónamente sobre la pila mojada. – Ya sabes, ¡tigre!-.

– ¡ Como ordene, señor Javier. El orden como movimiento constante!- dijo Fabián, sonriendo de tal manera que sus encías parecían querer estallar como los viejos comerciales de Fanta.

Eras un lema más.
Otro consolador recién usado,
¡Orden como movimiento constante!,
Una pija yace inserta en tu boca.

Y ahora andaba borracho, recordando aquel instante como si hubiese sido el principio del final de una película serie b nunca antes vista. “Te comerá la vagina dentada, mariquita”, pensó mientras sus ojos parpadeaban al compás de un retorcijón estomacal que terminaría en una evacuación súbita: por el culo o por la boca. Aquel dilema lo sumergía en una discusión estética intensa, ¿ acaso prevalecería lo corpóreo sobre lo metafísico?, ¿ acaso un vómito transgredía la sonoridad de un pedo estruendoso?, ¿ serían los quejidos del ano más profundos y sublimes que los del tórax?.

Su cerebro hilvanaba estas cuestiones con la profundidad de una imagen hd, indiferente ante la transposición de pixeles rebeldes que intentarían fornicar unos con otros. Todo era selva, y no había trinchera que lo cubriera de las balas.

Otro viaje en Transmilenio,
Un día más para lamentarse.

De repente, se fijó en una mujer que lo veía con gesto desdeñoso. Quería asesinarlo, o siquiera al menos tocar su pene. Lo odiaba, como Batman odia a Robin. Quería tocarlo, sentirlo, probar el poder de un oficinista joven, desbordante…eyaculante.

Fabián lo notaba. Aquella aura sexual parecía extenderse hasta desabrochar su pantalón. Una lengua imaginaria se colocaba entre el cuello de su camisa y su garganta. La saliva le bajaba espesa y su pija no parecía inquietarse. Se preguntó si sus gustos habían cambiado, si acaso tanto andar con Mario en la oficina era tan sólo un reflejo de sus más oscuros placeres. Veía su pantalón con angustia,  “los tiempos han cambiado, colega”, pensaba al ver su pene fláccido tras el drill.

– Señor, disculpe, está ocupando dos sillas, y bueno…quisiera sentarme- dijo aquella mujer. Su ira parecía incrementarse con cada palabra, como un inodoro a punto de rebosarse. Fabián podía sentirlo, y aquello hizo que siguiera esas indicaciones. Se sentía peor que nunca, y ya su cuerpo era una sinfonía de pedos y eructos guturales.

– Claro, claro…siga tranquila- exclamó.

– De nada, es que ya con tanto intolerante no se sabe… pide uno la silla y lo cogen a insultos.-

– Si…todos son unos putos intolerantes- dijo Fabián, mientras su cabeza se ladeaba de lado a lado, golpeándose contra la silla de enfrente.

– Pero tranquilo… ¿ si está bien?, lo noto mareado. ¡Ajj! ¡ ya ni siquiera respetan el transporte público!- gritó furiosa aquella mujer, buscando dentro de su léxico las palabras exactas para denotar el más profundo desagrado sin sonar como una arrabalera. – Huele a popó por todo lado. También a licor, ¡desvergonzados!-.

– Si… andan cagados, y borrachos… y deudores, y drogados, desahuciados. Desconsolados, y a usted no le importa… ni a mí, ni a nadie. Todos estamos en una caneca… y usted se queja, JAJAJAJA. Pero me simpatiza, si, si. Me simpatiza.- dijo Fabián, intentando enfocar a su acompañante.

– Si…bueno, no todo está tan mal, míreme a mi, mírese usted… no todo está tan mal- Dijo aquella Jenna Jameson sifilítica. Su labial estaba corrido y se había mezclado con el polvo de sus mejillas. Al parecer había llorado, o al menos sudado bastante. Al ver la pestañina caída, Fabián se inclinó por la segunda.

– Si… ¿ qué hará?- dijo el oficinista, recobrándose poco a poco de la borrachera.

– ¿ Hacer?, ¿cuándo o qué?-.

– Ahora, si quiere podemos hablar algo, no sé… tal vez comer, si desea-.

– Claro, ¡conozco un restaurante cercano!- exclamó casi gritando, como si eso fuese lo que estuviese esperando.

– Perfecto…si, está bien.-

Con cada paso, Fabián detallaba a su acompañante y no parecía comprenderlo. “Es horrible”, pensaba, ratificándose con cada paso. Sin embargo, la inercia de la noche parecía haberlo consumido. Sus pies eran las llantas de un Corvette 63 que parecía no poder desprenderse del asfalto. De repente, sintió como el calor recorría su cuerpo nuevamente, sobresaltándose al ver su pene en funcionamiento, concentrando toda la sangre del cuerpo en aquellas gruesas venas. No pudo resistirse, tenía que decirlo:

– ¿Quieres follar?- dijo.

– ¿ Cómo?- contestó de manera mecánica.

– Si, follar…tirar, tener sexo.-

– ¡Ehh, pero si eres como cualquier otro hijo de puta!- gritó de nuevo Jenna Jameson, esta vez en su faceta como cantante de Brutal metal.

– Si, ¿ Qué esperas de Transmilenio*?, ahí todos andamos erectos, ¡pendeja!- dijo Fabián, escarbando con su mano los bolsillos de su pantalón en busca del celular. Sabía que ya no fornicaría esa noche, pero al menos lo había intentado.

“¿ Con que seguimos siendo los mismos hijos de puta, eh?”, dijo para sí ,sintiendo como una sonrisa se dibujaba en su rostro. “Ya luego hablaremos con más calma… no te preocupes. Sólo nos tenemos tu y yo, pequeño. Tu y yo..”, pensó mientras la rubia se desvanecía en la distancia.

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3 responses

  1. Si te lo había dicho, te lo repito…Sino, te lo dejo claro de una vez…Me encanta tu estilo ^^ Me gusta que sea tan real, tan…. Bueno, no sé…¿Descarnado es una palabra apropiada? Bueno, lo que quiero decir es que me gusta que me des unas dosis de realidad y me pongas a pensar si tiene o no un poquito de irrealidad mezclada XD

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