Del final al comienzo de un relato sin pretexto.


Voy a ser sincero, y voy a hablar de mi mismo. Hoy no hay nombres que enfrasquen el sentimiento, tampoco alter egos que lo enmarquen. Soy un hijo de puta, y he conocido la miseria humana. En los juzgados, en el derecho. En la calle misma, en la justicia injusta que se aplica a diario.

Pero voy a hablar de mi mismo, y eso es lo que vale. No del derecho, así me parta los cojones. Seré abogado, así me pese. “Muchos lo son”, me digo. ” No te preocupes, cabrón”, me repito. A la larga sólo me queda la palabra cretino para definirme a mí mismo. Seré un miserable, un infante abogado.

“Los juzgados me corromperán” me digo, ya no diré cadáver sino occiso. Ya no moto sino velocípedo. Y así mis aspiraciones irán cambiando. Ya no seré el de la camiseta de Iron Maiden. Ya no seré Motley. Ni nada,  no seré nadie, seré otro. Uno más, otro abogado más. Y así todo el mundo estará contento, menos yo. Pero eso no importa, ese tipo de aspiraciones poco importan.

Eres lo que la sociedad te dice,
Otra caja de condones en el supermercado,
No eres el de banano,
Pides ser el de fresa,
Pero sirves para lo mismo: para ser follado.

Y digo que poco importan. Así hoy me duela. De seguro mañana no. Tal vez ya no. Pero hoy eso me atormenta. Lo digo mientras veo un libro de Paul Auster en la mesa, frente  a la pantalla: “pudo, Auster pudo”. Fue marino y comió la mierda que no quería, pero pudo. Yo hoy me esfuerzo por ser abogado, por concebirme como uno. Ser lo que todos quieren que yo sea.

El condón de banano.
Ese que todos chupan de buena gana.

Soy un anexo de toda la mierda que me pasa. Una vez no fue así. Tuve sueños, y una banda. Nunca tocamos mucho,  tan sólo en bares pequeños. Yo cantaba, y eso a mi me importaba. No como el derecho, que es de todos pero no mío. Judas Priest tatuado en el alma y AC/DC devolviendo la calma: todo tenía su puta lógica. Hoy no, ya no. Y todo parece valer mierda.

Soy el retrete en el que todos cagan.
Y hoy la mierda baja callando el alma.
Ya hoy no la trago, hoy me reboto.
Así todo quede oliendo a despojo.
Sí, Sí,  hoy todo lo boto.

Y me pregunto si tendré para comer mañana, si seré Fante o Bukowski, o si acaso Paul Auster que se la tragó entera hasta que tocó la grandeza. Me pregunto si siquiera llegaré a ser tan malo como Caicedo, o como Efraim Medina. Si siquiera dejaré la huella que hoy pretendo dejar.

Eso ya no importa, porque debo lucir una corbata. Ojalá vestir Armani. Andar un Ferrari. Fornicar con rubias hasta que mi pija se canse. Y luego al otro día volver a estar de Armani, y hablar del negocio jurídico y el “profundo” debate entre las diferencias de la ineficacia y la inexistencia. Citaré abogados prestigiosos, maestros de la profesión con prosa peor que la de Caicedo. Y me preguntaré si yo llegué un poco más lejos, si, si, indagaré en eso. Por la tarde, en el día, mientras varias putas roban mi apartamento cuando una se atraganta con mi tranca.

Y ya nada importa, porque Motley ya no existirá.

Eso me digo. Y para muchos será bobada. Delirios y rebeldía barata. Para mi es mi vida, y es mi miedo. Ya con eso les soy sincero.

Hoy hablé con una pelirroja. Es mi jefe, en el consultorio, si, en ese sitio. Me aprecia, se ríe en cuanto me ve. Creo que se burla, pero debo burlarme de mi mismo. Soy ese chiste que todos ven, porque visto con camisa azul y rayas blancas. No soy ese yo que está parado. “Ese es un hijo de puta”, me digo. ” El que todos quieren ver”, me repito.

– Motley- me dice, sonriendo, y yo pensando en como su sonrisa me carcome el alma.

– Hola, ¿ cómo estás?- repito, intentando sonreír mientras la mirada se escapa por su minifalda.

– Bien… ¿ y tu?- me dice, aún sonriendo.

– Pues bien… quisiera preguntarte si podría suspender el informe- Si, el de consultorio, si, de esa mierda que me jode.- Tengo que presentar una exposición que me suple el requisito de grado.

– Si, claro. El jueves ven.-

– Ok, muchas gracias-.

Y sigo sonriendo. Y me rompe las bolas porque ya Motley es abogado. Ya no es el que tenía sueños. No, ya Vince Neil no quiere hablar de eso. Motley es abogado, así le duela. Sus jefes le dicen así. A pesar de intentar ser Díaz. Sí, Díaz viene bien. Es el nombre social, el que todos me dieron. El que me indica de donde y por donde voy. E iré, y terminaré. Es mi modus vivendi. Y no más. Ya hablo en Latín, “puta, soy un abogado”. Ese es el pensar, y eso es lo que aterra.

Y por eso divago entre tanto nexo insulso, por eso hoy no puedo poner nombres. Porque Motley ya parece ficción. O al menos contrario a su verdadero yo. Por eso hoy quise hablar de mi: debía serles sincero…

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6 responses

  1. Todos, al terminar la carrera sentimos eso…Al menos, eso sentí yo cuando trabajaba como Ingeniera…Pero bueno, que aunque no he tenido la vida “fácil” parece que ahora sí tengo lo que me hace sentir bien…

  2. Es lo que querían de nosotros, pero, en mi caso, ya entrado casi el décimo semestre, descubro que yo no quería una vida derecha. Pero por haber estudiado esa horrible carrera, se nos aplica, al graduarnos, si es que nos graduamos, otro de esos latinazgos leguleyos: Nemo Auditur Turpitudinem Allegans.

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