La clínica.


Sergio P viste una camisa violeta y una chaqueta café, su jean se encuentra algo descolorido de tanto uso y sus zapatos están teñidos de un café grisáceo que sólo se logra caminando por el polvo citadino. Con todo y eso, trabaja en una gran empresa de ventas por televisión. Uno de los tantos abogados que nutren con su sangre los placeres de un gordo de traje Armani, que se hace llamar jefe.

“La has hecho Sergio, eres el puto amo” se dice a sí mismo. A sus 22 años se siente el rey del mundo, tiene un trabajo con un salario decente que le permite saciar sus más detestables placeres. “Eres un crack, una bestia indomable, un pene de 30 centímetros en cuerpo de hombre”, se repite, mientras dos rubias entregadas al Dios Botox se zambullen en su entrepierna y succionan con potencia el ya desvanecido falo.

-¡ Ah… maldita!, ¡te dije que cuidado con los dientes, carajo!- grita, intentando calmar la furia. Sus ojos languidecen entre el orgasmo profundo y el corte en su glande.

– Despierten a ese marica, que hoy ya los gringos llamaron y quieren el riñón para el hijo- dice un hombre de traje negro y sombrero. Todos le llaman Cash, por su atuendo antes de dar un “concierto”. – Y rápido, que esa gente no se anda con pendejadas-.

-Si señor, ya lo operamos- decía Breyton, acomodándose el pene debajo de su sudadera. Tocar los cuerpos sedados  era una de sus máximas pasiones, y el de Sergio P parecía ponerlo más erecto que de costumbre. Tenía ese vigor del oficinista joven, esa fuerza de aquel que quiere tragarse el mundo trabajando. Para nada, para todo, para su jefe. El gordo del traje Armani.

Deslizaba sus manos con cautela, y la pequeña habitación parecía encogerse aún más. Ya no sentía el cemento sobre sus pies, ni el olor a moho que se desprendía de las paredes. Eran sólo Breyton y Sergio P, era sólo un alma disponiendo de un cuerpo. Sus manos temblaban al compás de la respiración y el sudor caía desperdigado con cada latido  del cuerpo.

– Somos uno, amor- susurraba con delicadeza al oído de Sergio P, que no parecía inmutarse.

– Lo sentirás, y yo también. Te gustará, como a todos. Ninguno nunca me ha discutido, se quedan calladitos. En silencio, con los ojos cerrados. Así, como tu, amor mío- mencionaba Breyton, mientras su lengua se deslizaba por su oreja y su mano deambulaba por la bragueta de los jeans desgastados.

– Eh , ¡carajo Breyton!, deja quieto el cuerpo y sácale lo que te dije. Necesitamos esa plata, últimamente todo va mal en el negocio- Gritaba Cash desde otra esquina de la habitación, mientras su mano izquierda jalaba con rabia un pene erecto que parecía distraído. Una cuchara caliente reposaba sobre una mesa que se encontraba a su lado.

– Tranquilo, ya va Cash. Mientras fóllate esa puta heroína que tienes ahí al lado. Nunca me dejas quieto.-

– Que va, mueve el culo gordo de mierda. Sino no te pago, que ya me tienes de los huevos mariquita-.

Breyton decidió cerrar los ojos y congelar el momento en su memoria. Sergio P había sido tremendo macho, un moreno con una docilidad envidiable. Ya todo sería lo de siempre, cortar y sacar. Empezaría la carnicería, y su amado ya no sería el mismo, Sergio P ya no existiría más allá de su memoria.

– Adios. No me odies, que yo te amo.- Exclamó antes de undir su boca contra la del cuerpo. Ya no quedaba tiempo,  todo debía ser rápido.

Breyton quedó enmudecido, algo había cambiado y el cuerpo lentamente parecía incorporarse nuevamente. “Algo cambió, ya no es el de antes”, se dijo a sí mismo, viendo como poco a poco los ojos del moreno se abrían con temor, como si todo hubiese sido un mal sueño.

-¿ Quién es usted? ¿ Qué hago aquí?- preguntó el cuerpo, que al parecer ya tenía alma.

– Tranquilo cariño, todo saldrá bien y descansarás por siempre…-

– ¿ Cuál cariño?, ¿quién putas es usted y qué hago aquí?- preguntaba entre gritos, viendo como su mirada se perdía en aquel cuarto oscuro, en medio de todo. De la tina, de las tijeras, y de lo que parecía ser todo un arsenal propio de Hannibal Lecter.- ¿ Qué me van a hacer?- preguntaba, mientras Breyton lloraba y sentía como la pureza de aquel cuerpo poco a poco se perdía.

-Ya no eres el mismo, ya no… no lo eres-. Decía Breyton, mientras raspaba sus uñas contra el piso de cemento. El dolor le reconfortaba, la sangre lo calmaba. Todo en su cuerpo estaba en ansias, y enfrente tenía aquel hermoso cuerpo descomponiéndose en gritos y aullidos. “Ya no era sereno”, pensaba. “Ya no es el mismo…ya no me ama”.

– ¡Carajo!, ¡me largo!- gritaba el cuerpo, intentando alargar su alma y volver a ser el abogado exitoso. Sergio P, abogado corporativista. Chupa pijas en potencia. “No hay gordo de traje Armani que me salve”, se repetía a sí mismo, mientras corría hacía una puerta que había al otro extremo del cuarto. Cada paso era más largo, y sentía su cuerpo pesado. Todo parecía lejano, y lo único que oía eran los sollozos de aquel gordo. Se veía caer, se sentía jodido.

– No te irás, ¡ carajo que NO TE VAS, HIJO DE PUTA!- gemía Breyton, corriendo mientras sus pies se resquebrajaban bajo el cemento. – Acabaste con el cuerpo, con el y su pureza, demonio, CABRÓN!-.

Cash no sabía que hacer. Sentía como sus venas bombeaban cansancio y como su cuerpo era otro preso más de la adormidera. No escuchaba nada, tampoco lo veía. Estaba allí, absorto en su mente, en su propio conflicto. Ya de nada valía Breyton, “puto gordo”, pensaba. Era el momento de descansar, de ver como el cuerpo se derrumbaba. La pared se hacía lejana, y su mente descansaba en un vaso que por el cuarto caminaba.

Paj, clijj. PUM, PUM. El sonido de los cuerpos al caer. Una baranda rota, una escalera bañada en rojo.

– Tranquilo, ya te digo que…¡aj!, deja ver, que ya casi que…-

– No, no me toques…que ya mañana tengo una junta, y ¡pluj!, el jefe tiene que verme sano-.

Breyton deslizaba su mano con furia, mientras Sergio P cerraba sus ojos. “Todo estará bien mañana, de seguro esto es un mal sueño”, se repetía a sí mismo. “Mañana será otro día, y estaré de nuevo con ese par de rubias, si, lejos. Contento, si… lejos, de todo esto”.

Breyton también cerró sus ojos. La energía del falo de aquel cuerpo puro lo alegraba. “Ya eres el mismo, ya no hablas… ni gritas, estás bien. Si, estás bien. Me quieres, me amas nuevamente. Yo también te amo. No te vayas, quedémonos. No vivamos más allá de este sueño, no te devuelvas y me lleves contigo a la calle, no, que todo está podrido…

Podrido yo estoy. Puro tu estás.
Y así creo que ambos podremos descansar.

Nadie allí respiraba, Cash se veía a sí mismo eyacular rojo sobre el cemento, y su cuerpo parecía saltar buscando el agua. “Soy un pez, y por eso salto”, pensaba.  “Por eso ya me siento más calmado”, se repetía a sí mismo, preso de su misma inercia.

Afuera estaba la calle, dentro habían 3 cuerpos. Ya no sólo uno, sino 3. Había calma, todos parecían estar lejos. Más allá de la calle, del derecho y de los cuerpos: Enfrascados en sus sueños…

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4 responses

  1. Ufff….Me gusta mucho…El estilo, la historia, todo… Sólo darte una sugerencia… Revisar la ortografía, creo que se te han ido unas comillas de apertura donde eran de cierre y otras tonterías típicas del afán de plasmar en papel lo que sentimos. Y una pregunta, ¿El conocido es Sergio P.? Siendo así, yo conozco a varios =P

    • Muchas gracias por leer, Emma. Si, lo de las comillas es curioso ( uno las pone, y como en la plantilla de wordpress no ves bien, a veces quedan de cierre cuando deben ser de apertura), sin embargo, lo revisaré bien. Eso es el afán, como bien dices. Jajaja, y si, bueno… El conocido es Sergio P, menos mal no se ofendió.

      Gracias por leer, y mucho más por el comentario.

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