El café.

Te levantaste,
Pensando que era de mañana,
Y encontraste,
Que la risa no había tocado tu ventana.

Las lagañas,
Te rasgan las entrañas,
Y de tus ojos,
Sólo emanan lágrimas,
Pesadas,
Algunas cansadas.

Tus pies avanzan lentos,
Tropezando,
Alejándose poco a poco de la cama,
Inseguros,
Añorando los días en que tenías calma.

¿ En qué momento la viviste?,
¿ Cuándo te perdiste en su mirada?,
Son esas preguntas,
Las que hoy callas,
En un café instantáneo,
Barato.

Como tu,
Lo que ha sido,
Yace Marchito,
Desahuciado,
Interrogado.

Eres la duda nunca resuelta,
Que te surgió una noche,
Que no dormiste,
Que hubo un sólo reproche,
¿Cuándo te fuiste?,
¿Para dónde y con quién?,
Son las hebras que hilvano,
En un barato café.

Transerecto…

Fabián siente su cuerpo aturdido. Sus ojos se diluyen en un viaje a 90 km/h por una autopista que no parece tener fin. Las sillas azules se camuflan con las rojas, y el puntilleo propio de su mirar pareciese ser un cuadro impresionista. La realidad se ha disuelto en pequeños puntos coloridos que forman un gran Monet que no termina de ser comprendido.

Eres el crítico de arte. Un pobre hijo de puta.
La sociedad bañada en vodka.
Pequeños trazos diluidos en el cemento.
Ni un Pollock al descubierto.

El ardor de su garganta le recordaba los sucesos del día: trabajo, almuerzo, trabajo, trago. Todo normal, al menos nada abismal. Sin embargo, un instante quedó grabado en su cabeza, repitiéndose incesantemente ante sus ojos .

-Eh, Fabián, necesito esos informes para mañana-decía Javier, su jefe, un gordo de bigote que se regodeaba por mover el culo al golpear una pelota de golf en el Country Club. Un traje más rodeado de colonia, nada especial.

– Claro señor, ya los tengo todos preparados. Los de Johnie Walker se sorprenderán, esta publicidad revolucionará el mercado- contestó Fabián, intentando sonreír mientras una pila de papeles se desparramaban sobre el suelo. Una taza de café caía golpeada por un codo salvaje, un movimiento digno de ser “Foul” en un ring de boxeo.

– Claro, claro Fabián. Eso espero, pero no te emociones mucho. Ya sabes que el trabajo hay que valorarlo, no escupirle encima- mencionaba mientras sus ojos reposaban burlónamente sobre la pila mojada. – Ya sabes, ¡tigre!-.

– ¡ Como ordene, señor Javier. El orden como movimiento constante!- dijo Fabián, sonriendo de tal manera que sus encías parecían querer estallar como los viejos comerciales de Fanta.

Eras un lema más.
Otro consolador recién usado,
¡Orden como movimiento constante!,
Una pija yace inserta en tu boca.

Y ahora andaba borracho, recordando aquel instante como si hubiese sido el principio del final de una película serie b nunca antes vista. “Te comerá la vagina dentada, mariquita”, pensó mientras sus ojos parpadeaban al compás de un retorcijón estomacal que terminaría en una evacuación súbita: por el culo o por la boca. Aquel dilema lo sumergía en una discusión estética intensa, ¿ acaso prevalecería lo corpóreo sobre lo metafísico?, ¿ acaso un vómito transgredía la sonoridad de un pedo estruendoso?, ¿ serían los quejidos del ano más profundos y sublimes que los del tórax?.

Su cerebro hilvanaba estas cuestiones con la profundidad de una imagen hd, indiferente ante la transposición de pixeles rebeldes que intentarían fornicar unos con otros. Todo era selva, y no había trinchera que lo cubriera de las balas.

Otro viaje en Transmilenio,
Un día más para lamentarse.

De repente, se fijó en una mujer que lo veía con gesto desdeñoso. Quería asesinarlo, o siquiera al menos tocar su pene. Lo odiaba, como Batman odia a Robin. Quería tocarlo, sentirlo, probar el poder de un oficinista joven, desbordante…eyaculante.

Fabián lo notaba. Aquella aura sexual parecía extenderse hasta desabrochar su pantalón. Una lengua imaginaria se colocaba entre el cuello de su camisa y su garganta. La saliva le bajaba espesa y su pija no parecía inquietarse. Se preguntó si sus gustos habían cambiado, si acaso tanto andar con Mario en la oficina era tan sólo un reflejo de sus más oscuros placeres. Veía su pantalón con angustia,  “los tiempos han cambiado, colega”, pensaba al ver su pene fláccido tras el drill.

– Señor, disculpe, está ocupando dos sillas, y bueno…quisiera sentarme- dijo aquella mujer. Su ira parecía incrementarse con cada palabra, como un inodoro a punto de rebosarse. Fabián podía sentirlo, y aquello hizo que siguiera esas indicaciones. Se sentía peor que nunca, y ya su cuerpo era una sinfonía de pedos y eructos guturales.

– Claro, claro…siga tranquila- exclamó.

– De nada, es que ya con tanto intolerante no se sabe… pide uno la silla y lo cogen a insultos.-

– Si…todos son unos putos intolerantes- dijo Fabián, mientras su cabeza se ladeaba de lado a lado, golpeándose contra la silla de enfrente.

– Pero tranquilo… ¿ si está bien?, lo noto mareado. ¡Ajj! ¡ ya ni siquiera respetan el transporte público!- gritó furiosa aquella mujer, buscando dentro de su léxico las palabras exactas para denotar el más profundo desagrado sin sonar como una arrabalera. – Huele a popó por todo lado. También a licor, ¡desvergonzados!-.

– Si… andan cagados, y borrachos… y deudores, y drogados, desahuciados. Desconsolados, y a usted no le importa… ni a mí, ni a nadie. Todos estamos en una caneca… y usted se queja, JAJAJAJA. Pero me simpatiza, si, si. Me simpatiza.- dijo Fabián, intentando enfocar a su acompañante.

– Si…bueno, no todo está tan mal, míreme a mi, mírese usted… no todo está tan mal- Dijo aquella Jenna Jameson sifilítica. Su labial estaba corrido y se había mezclado con el polvo de sus mejillas. Al parecer había llorado, o al menos sudado bastante. Al ver la pestañina caída, Fabián se inclinó por la segunda.

– Si… ¿ qué hará?- dijo el oficinista, recobrándose poco a poco de la borrachera.

– ¿ Hacer?, ¿cuándo o qué?-.

– Ahora, si quiere podemos hablar algo, no sé… tal vez comer, si desea-.

– Claro, ¡conozco un restaurante cercano!- exclamó casi gritando, como si eso fuese lo que estuviese esperando.

– Perfecto…si, está bien.-

Con cada paso, Fabián detallaba a su acompañante y no parecía comprenderlo. “Es horrible”, pensaba, ratificándose con cada paso. Sin embargo, la inercia de la noche parecía haberlo consumido. Sus pies eran las llantas de un Corvette 63 que parecía no poder desprenderse del asfalto. De repente, sintió como el calor recorría su cuerpo nuevamente, sobresaltándose al ver su pene en funcionamiento, concentrando toda la sangre del cuerpo en aquellas gruesas venas. No pudo resistirse, tenía que decirlo:

– ¿Quieres follar?- dijo.

– ¿ Cómo?- contestó de manera mecánica.

– Si, follar…tirar, tener sexo.-

– ¡Ehh, pero si eres como cualquier otro hijo de puta!- gritó de nuevo Jenna Jameson, esta vez en su faceta como cantante de Brutal metal.

– Si, ¿ Qué esperas de Transmilenio*?, ahí todos andamos erectos, ¡pendeja!- dijo Fabián, escarbando con su mano los bolsillos de su pantalón en busca del celular. Sabía que ya no fornicaría esa noche, pero al menos lo había intentado.

“¿ Con que seguimos siendo los mismos hijos de puta, eh?”, dijo para sí ,sintiendo como una sonrisa se dibujaba en su rostro. “Ya luego hablaremos con más calma… no te preocupes. Sólo nos tenemos tu y yo, pequeño. Tu y yo..”, pensó mientras la rubia se desvanecía en la distancia.

Del final al comienzo de un relato sin pretexto.

Voy a ser sincero, y voy a hablar de mi mismo. Hoy no hay nombres que enfrasquen el sentimiento, tampoco alter egos que lo enmarquen. Soy un hijo de puta, y he conocido la miseria humana. En los juzgados, en el derecho. En la calle misma, en la justicia injusta que se aplica a diario.

Pero voy a hablar de mi mismo, y eso es lo que vale. No del derecho, así me parta los cojones. Seré abogado, así me pese. “Muchos lo son”, me digo. ” No te preocupes, cabrón”, me repito. A la larga sólo me queda la palabra cretino para definirme a mí mismo. Seré un miserable, un infante abogado.

“Los juzgados me corromperán” me digo, ya no diré cadáver sino occiso. Ya no moto sino velocípedo. Y así mis aspiraciones irán cambiando. Ya no seré el de la camiseta de Iron Maiden. Ya no seré Motley. Ni nada,  no seré nadie, seré otro. Uno más, otro abogado más. Y así todo el mundo estará contento, menos yo. Pero eso no importa, ese tipo de aspiraciones poco importan.

Eres lo que la sociedad te dice,
Otra caja de condones en el supermercado,
No eres el de banano,
Pides ser el de fresa,
Pero sirves para lo mismo: para ser follado.

Y digo que poco importan. Así hoy me duela. De seguro mañana no. Tal vez ya no. Pero hoy eso me atormenta. Lo digo mientras veo un libro de Paul Auster en la mesa, frente  a la pantalla: “pudo, Auster pudo”. Fue marino y comió la mierda que no quería, pero pudo. Yo hoy me esfuerzo por ser abogado, por concebirme como uno. Ser lo que todos quieren que yo sea.

El condón de banano.
Ese que todos chupan de buena gana.

Soy un anexo de toda la mierda que me pasa. Una vez no fue así. Tuve sueños, y una banda. Nunca tocamos mucho,  tan sólo en bares pequeños. Yo cantaba, y eso a mi me importaba. No como el derecho, que es de todos pero no mío. Judas Priest tatuado en el alma y AC/DC devolviendo la calma: todo tenía su puta lógica. Hoy no, ya no. Y todo parece valer mierda.

Soy el retrete en el que todos cagan.
Y hoy la mierda baja callando el alma.
Ya hoy no la trago, hoy me reboto.
Así todo quede oliendo a despojo.
Sí, Sí,  hoy todo lo boto.

Y me pregunto si tendré para comer mañana, si seré Fante o Bukowski, o si acaso Paul Auster que se la tragó entera hasta que tocó la grandeza. Me pregunto si siquiera llegaré a ser tan malo como Caicedo, o como Efraim Medina. Si siquiera dejaré la huella que hoy pretendo dejar.

Eso ya no importa, porque debo lucir una corbata. Ojalá vestir Armani. Andar un Ferrari. Fornicar con rubias hasta que mi pija se canse. Y luego al otro día volver a estar de Armani, y hablar del negocio jurídico y el “profundo” debate entre las diferencias de la ineficacia y la inexistencia. Citaré abogados prestigiosos, maestros de la profesión con prosa peor que la de Caicedo. Y me preguntaré si yo llegué un poco más lejos, si, si, indagaré en eso. Por la tarde, en el día, mientras varias putas roban mi apartamento cuando una se atraganta con mi tranca.

Y ya nada importa, porque Motley ya no existirá.

Eso me digo. Y para muchos será bobada. Delirios y rebeldía barata. Para mi es mi vida, y es mi miedo. Ya con eso les soy sincero.

Hoy hablé con una pelirroja. Es mi jefe, en el consultorio, si, en ese sitio. Me aprecia, se ríe en cuanto me ve. Creo que se burla, pero debo burlarme de mi mismo. Soy ese chiste que todos ven, porque visto con camisa azul y rayas blancas. No soy ese yo que está parado. “Ese es un hijo de puta”, me digo. ” El que todos quieren ver”, me repito.

– Motley- me dice, sonriendo, y yo pensando en como su sonrisa me carcome el alma.

– Hola, ¿ cómo estás?- repito, intentando sonreír mientras la mirada se escapa por su minifalda.

– Bien… ¿ y tu?- me dice, aún sonriendo.

– Pues bien… quisiera preguntarte si podría suspender el informe- Si, el de consultorio, si, de esa mierda que me jode.- Tengo que presentar una exposición que me suple el requisito de grado.

– Si, claro. El jueves ven.-

– Ok, muchas gracias-.

Y sigo sonriendo. Y me rompe las bolas porque ya Motley es abogado. Ya no es el que tenía sueños. No, ya Vince Neil no quiere hablar de eso. Motley es abogado, así le duela. Sus jefes le dicen así. A pesar de intentar ser Díaz. Sí, Díaz viene bien. Es el nombre social, el que todos me dieron. El que me indica de donde y por donde voy. E iré, y terminaré. Es mi modus vivendi. Y no más. Ya hablo en Latín, “puta, soy un abogado”. Ese es el pensar, y eso es lo que aterra.

Y por eso divago entre tanto nexo insulso, por eso hoy no puedo poner nombres. Porque Motley ya parece ficción. O al menos contrario a su verdadero yo. Por eso hoy quise hablar de mi: debía serles sincero…

La clínica.

Sergio P viste una camisa violeta y una chaqueta café, su jean se encuentra algo descolorido de tanto uso y sus zapatos están teñidos de un café grisáceo que sólo se logra caminando por el polvo citadino. Con todo y eso, trabaja en una gran empresa de ventas por televisión. Uno de los tantos abogados que nutren con su sangre los placeres de un gordo de traje Armani, que se hace llamar jefe.

“La has hecho Sergio, eres el puto amo” se dice a sí mismo. A sus 22 años se siente el rey del mundo, tiene un trabajo con un salario decente que le permite saciar sus más detestables placeres. “Eres un crack, una bestia indomable, un pene de 30 centímetros en cuerpo de hombre”, se repite, mientras dos rubias entregadas al Dios Botox se zambullen en su entrepierna y succionan con potencia el ya desvanecido falo.

-¡ Ah… maldita!, ¡te dije que cuidado con los dientes, carajo!- grita, intentando calmar la furia. Sus ojos languidecen entre el orgasmo profundo y el corte en su glande.

– Despierten a ese marica, que hoy ya los gringos llamaron y quieren el riñón para el hijo- dice un hombre de traje negro y sombrero. Todos le llaman Cash, por su atuendo antes de dar un “concierto”. – Y rápido, que esa gente no se anda con pendejadas-.

-Si señor, ya lo operamos- decía Breyton, acomodándose el pene debajo de su sudadera. Tocar los cuerpos sedados  era una de sus máximas pasiones, y el de Sergio P parecía ponerlo más erecto que de costumbre. Tenía ese vigor del oficinista joven, esa fuerza de aquel que quiere tragarse el mundo trabajando. Para nada, para todo, para su jefe. El gordo del traje Armani.

Deslizaba sus manos con cautela, y la pequeña habitación parecía encogerse aún más. Ya no sentía el cemento sobre sus pies, ni el olor a moho que se desprendía de las paredes. Eran sólo Breyton y Sergio P, era sólo un alma disponiendo de un cuerpo. Sus manos temblaban al compás de la respiración y el sudor caía desperdigado con cada latido  del cuerpo.

– Somos uno, amor- susurraba con delicadeza al oído de Sergio P, que no parecía inmutarse.

– Lo sentirás, y yo también. Te gustará, como a todos. Ninguno nunca me ha discutido, se quedan calladitos. En silencio, con los ojos cerrados. Así, como tu, amor mío- mencionaba Breyton, mientras su lengua se deslizaba por su oreja y su mano deambulaba por la bragueta de los jeans desgastados.

– Eh , ¡carajo Breyton!, deja quieto el cuerpo y sácale lo que te dije. Necesitamos esa plata, últimamente todo va mal en el negocio- Gritaba Cash desde otra esquina de la habitación, mientras su mano izquierda jalaba con rabia un pene erecto que parecía distraído. Una cuchara caliente reposaba sobre una mesa que se encontraba a su lado.

– Tranquilo, ya va Cash. Mientras fóllate esa puta heroína que tienes ahí al lado. Nunca me dejas quieto.-

– Que va, mueve el culo gordo de mierda. Sino no te pago, que ya me tienes de los huevos mariquita-.

Breyton decidió cerrar los ojos y congelar el momento en su memoria. Sergio P había sido tremendo macho, un moreno con una docilidad envidiable. Ya todo sería lo de siempre, cortar y sacar. Empezaría la carnicería, y su amado ya no sería el mismo, Sergio P ya no existiría más allá de su memoria.

– Adios. No me odies, que yo te amo.- Exclamó antes de undir su boca contra la del cuerpo. Ya no quedaba tiempo,  todo debía ser rápido.

Breyton quedó enmudecido, algo había cambiado y el cuerpo lentamente parecía incorporarse nuevamente. “Algo cambió, ya no es el de antes”, se dijo a sí mismo, viendo como poco a poco los ojos del moreno se abrían con temor, como si todo hubiese sido un mal sueño.

-¿ Quién es usted? ¿ Qué hago aquí?- preguntó el cuerpo, que al parecer ya tenía alma.

– Tranquilo cariño, todo saldrá bien y descansarás por siempre…-

– ¿ Cuál cariño?, ¿quién putas es usted y qué hago aquí?- preguntaba entre gritos, viendo como su mirada se perdía en aquel cuarto oscuro, en medio de todo. De la tina, de las tijeras, y de lo que parecía ser todo un arsenal propio de Hannibal Lecter.- ¿ Qué me van a hacer?- preguntaba, mientras Breyton lloraba y sentía como la pureza de aquel cuerpo poco a poco se perdía.

-Ya no eres el mismo, ya no… no lo eres-. Decía Breyton, mientras raspaba sus uñas contra el piso de cemento. El dolor le reconfortaba, la sangre lo calmaba. Todo en su cuerpo estaba en ansias, y enfrente tenía aquel hermoso cuerpo descomponiéndose en gritos y aullidos. “Ya no era sereno”, pensaba. “Ya no es el mismo…ya no me ama”.

– ¡Carajo!, ¡me largo!- gritaba el cuerpo, intentando alargar su alma y volver a ser el abogado exitoso. Sergio P, abogado corporativista. Chupa pijas en potencia. “No hay gordo de traje Armani que me salve”, se repetía a sí mismo, mientras corría hacía una puerta que había al otro extremo del cuarto. Cada paso era más largo, y sentía su cuerpo pesado. Todo parecía lejano, y lo único que oía eran los sollozos de aquel gordo. Se veía caer, se sentía jodido.

– No te irás, ¡ carajo que NO TE VAS, HIJO DE PUTA!- gemía Breyton, corriendo mientras sus pies se resquebrajaban bajo el cemento. – Acabaste con el cuerpo, con el y su pureza, demonio, CABRÓN!-.

Cash no sabía que hacer. Sentía como sus venas bombeaban cansancio y como su cuerpo era otro preso más de la adormidera. No escuchaba nada, tampoco lo veía. Estaba allí, absorto en su mente, en su propio conflicto. Ya de nada valía Breyton, “puto gordo”, pensaba. Era el momento de descansar, de ver como el cuerpo se derrumbaba. La pared se hacía lejana, y su mente descansaba en un vaso que por el cuarto caminaba.

Paj, clijj. PUM, PUM. El sonido de los cuerpos al caer. Una baranda rota, una escalera bañada en rojo.

– Tranquilo, ya te digo que…¡aj!, deja ver, que ya casi que…-

– No, no me toques…que ya mañana tengo una junta, y ¡pluj!, el jefe tiene que verme sano-.

Breyton deslizaba su mano con furia, mientras Sergio P cerraba sus ojos. “Todo estará bien mañana, de seguro esto es un mal sueño”, se repetía a sí mismo. “Mañana será otro día, y estaré de nuevo con ese par de rubias, si, lejos. Contento, si… lejos, de todo esto”.

Breyton también cerró sus ojos. La energía del falo de aquel cuerpo puro lo alegraba. “Ya eres el mismo, ya no hablas… ni gritas, estás bien. Si, estás bien. Me quieres, me amas nuevamente. Yo también te amo. No te vayas, quedémonos. No vivamos más allá de este sueño, no te devuelvas y me lleves contigo a la calle, no, que todo está podrido…

Podrido yo estoy. Puro tu estás.
Y así creo que ambos podremos descansar.

Nadie allí respiraba, Cash se veía a sí mismo eyacular rojo sobre el cemento, y su cuerpo parecía saltar buscando el agua. “Soy un pez, y por eso salto”, pensaba.  “Por eso ya me siento más calmado”, se repetía a sí mismo, preso de su misma inercia.

Afuera estaba la calle, dentro habían 3 cuerpos. Ya no sólo uno, sino 3. Había calma, todos parecían estar lejos. Más allá de la calle, del derecho y de los cuerpos: Enfrascados en sus sueños…