Block-Fucker.


Entré pensando que nada conseguiría. Los callos de los pies me ardían, y a la larga la gente parecía ofuscada por algo que nadie entendía. Se paraban, absortos frente a la realidad misma, y no sabían que escoger. Era todo un frenesí: el piso del local parecía agrietarse con cada pisada rabiosa que se daba. La gente no acababa de entender el por qué de su propio enfado, y las miradas se cruzaban desde la cornisa de sus ojos, en ese reojo que parecía querer fulminarlo todo.

Yo no entendía que hacía allí. Ni tampoco quería asimilarlo. Quería salir y ya, largarme donde no tuviese que sentir la presión de ese dulzón aroma que venía de una mujer vieja, cuyas raíces negras relucían ante el precario rubio que intentaba descifrar su propia falsedad. No quería ser ella, o al menos no tener el cabello negro, y para ello tenía que usar ese perfume que sentía que quemaba mi nariz. Maldita puta, y aparte usa un traje negro, como si viviese con pesar de sí misma. Ojalá volviera pronto a su féretro, de donde nunca debió haber salido.

La gente se amontonaba, y yo ya empezaba a sentir el mareo. Alguien fumaba un cigarrillo sin filtro, se notaba porque se camuflaba con el ya pre-existente olor a marihuana. Por otro lado, un niño lloraba, al parecer, se había cagado en sus pantalones. Lo sé porque se había tensado una carpa café en su culo, y el olor se desparramaba en medio del ya dulzón aroma del perfume de la vieja, y de repente me quebraba la nariz el puto cigarrillo ese que parecía querer desintegrarse en el culo del pequeño.

Yo seguía allí, y me preguntaba si yo no olería a algo. Eso me irritaba, y me daba cierto temor. Criticaba, como si mi cuerpo no viviera en constante descomposición, como si en las mañanas a todos no nos oliera la boca a pescado bañado en mierda de perro, adobado con agua de sifón de residencia estudiantil. Y no te asustes si de la boca te sale un pajazo, maldito cabrón.

Me sentía en una marcha al averno, sazonada bajo el aroma a pollo frito que venía de algún lugar de aquel local. Destilaba grasa, y me preguntaba si el que se lo tragaba no habría ya muerto atragantado en un mar de aceite refrito. Hubiese sido lo mejor, porque ya sentía que caería desvanecido en medio del perfume barato, y de la mierda del pequeño. El pollo parecía marcar la decadencia de nuestra especie.

Todos gritaban, nadie parecía querer moverse, y ya la gente parecía caer en aquel delirio existencial que implica el ver desvanecer el tiempo en una fila de un local comercial. Yo me preguntaba si aquello podría durar más, al menos lo suficiente como para no tener que llegar a la casa y ver a mi mujer despierta, peleando como siempre:

– ¡Pero que son estas horas de llegar!, ¿ no le da pena ni con sus propios hijos?-.
– No amor, la fila estaba infinita, vieras que…-.
-¡ Me importa un carajo la fila del puto sitio ese!, ¡ me cansé de tener que mandarme la puta mano todas las noches allá abajo, me mamé de tener que  ver el desfile de mis dedos en aquel monte virgen, HIJO DE PUTA, SOY VIRGEN POR DESUSO!-.
– Pero tranquila, amor, hoy si, hoy-.
– ¡ Hoy ni mierda, a la sala pedazo de malparido, a dormir con el perro, para ver si a ese si follas!-.

Y era así siempre, y yo ya me había cansado. Ese desfile de preocupación y angustia que representaba para mi aquella fila, me hacía pensar en que de seguro preferiría limpiarle el culo al niño que se fermentaba en sus propias heces, antes que tocar nuevamente a mi esposa. Y no, no es que fuera marica, ni que con los años ya no se me parara. Cada mañana veía realzar mi mastil, luchar contra las inclemencias del tiempo, y tener que templar el jean cada mañana. No era fácil, le dolía, pero luchaba con valentía hasta que tenía que montarme en el carro. Allí la presión atmosférica lo hacía caer por su propio peso, y no por el desgaste que él esperaba. Pobre.

– Pero esperen señores, ya vamos a atenderlos. Si, ya escuché, si sé que tienen más cosas que hacer. No, tranquilo, el baño está en la esquina, pero no use el lavamanos para limpiar el popis de su hijo. No, si, espere…- decía la cajera, intentando dar orden a todo aquel caos, cual director de sinfonía manco y sordo.

La gente se impacientaba, y ya empezaba a escuchar lo de siempre  “vieja hijueputa, mueva ese culo, que para algo le pago”, “¿ es que mi plata no vale o qué?”, ” pero señorita, atienda que ya llevamos no se cuanto tiempo”, y así con todo. Variando los insultos como la cultura del que lo profería, aunque bueno, en aquel pedazo desterrado del tercer mundo y cercano al infierno la cultura yacía como concepto sepultada en una llanura de obras públicas inconclusas, rebosantes de cemento fracturado.

Llegó mi turno, e intenté parecer decente, un Voltaire en medio de aquellos Susos*, un Dumas entre aquellos Mendozas. Hablé con cordialidad, y con un tono austero:

– Señorita, disculpe, quisiera llevar esto- Y al abrir la boca sentí como la saliva se había estancado en las comisuras de mi boca, y salía aquel fermento de pepino añejo que olía peor  que mi esposa en las mañanas.

– Buena noche, ¿ tiene tarjeta de cliente frecuente?- preguntó, intentando alejar su cara del vaho producido por mi boca, intentando huir a aquella fragancia a pedo refrito. La muy puta, si supiera que el mentol del chicle que permanecía enredado en sus dientes, apretujado contra sus braquets, estallaba en suspiros de carne molida antigua y salsa carbonara espesa de varios días. La muy perra, aunque no podía dejar de ver sus tetas. Perra.

– Si claro, aquí tiene- le dije, mientras me hacía el que me agachaba para coger la tarjeta y los cinco mil pesos que costaba aquello, descifrando el enigma de su busto entre los pesares de mi ariete y el cosquilleo ligero de una caricia que emanaba de mi cola.

– Muy bien, lleva…-

– Gracias señorita, yo sé que llevo, muchas gracias- le dije, intentando huir a aquella expresión de asco y repulsión que emanaba de esa boca ensangrentada por el roce de los alambres.

Avancé, caminando sin ver la calle, refugiándome en el paquete que tenía entre mis manos. Hoy sería nuevamente humano, hoy volvería a ser uno con mi ser. Al abrir la puerta, vi a mi esposa gemir en el sofa, inyectándose placer entre una jeringa y unos dedos huesudos de uñas largas que intentaban no rasgarle el sexo. La esquivé, mientras maldecía mi existir ” hijo de puta, cómeme, cómeme, aquí estoy, ¡hijo de puta, ven para acá que hoy me rompes el culo!, ¡ QUE OTRA ZORRA TE DICE ESO!”.

Cerré la puerta del cuarto de un portazo, y me concentré en lo que había comprado. Los gemidos emanaban del televisor con fuerza impecable, y como siempre Jenna Jameson hacía que mi ariete y yo nos concentrásemos en no romper la pantalla bajo la espesa ráfaga blanca que salía disparada, desesperada, huyendo a aquel cuerpo. Queriendo vivir y destruirse a sí misma lejos de mi ser. Renegando de su obra, siempre creí que al ver a los niños lloraba, ” era un mal lienzo… eso te pasa por pintar borracho”, se decía, la muy puta…

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