El fondo…

– Miguel, dime…-
-¿si? que…-
– No, nada. Tan sólo…-
– Ehh, umm… si, creo que…-

Eran las 12 de la noche, y en la nevera no había nada. Miguel se preguntaba si aún le quedarían así fueran esperanzas, como para dejar atónita a la realidad. María sospechaba que ya no era la misma, y se escarbaba las uñas mientras un gato paseaba por el tejado de la cocina, haciendo retumbar el techo y con ello los cimientos de la misma casa. Antonio, su hijo, depositaba su mierda en el baño adyacente a la cocina, y el olor humedecía el pan que estaba sobre la mesa.

-No, pero creo que deb…-
-Ya miguel, siempre es…-
-Pero yo te…-
– ¿ Te qué? no lo digas…-
– Nada, pero tu sabes que es-.

María empezaba a ver la sangre fluir por los bordes de sus uñas. Miguel se preguntaba si el olor a mierda adobaría su pan: no había mantequilla. Antonio buscaba un porro para callar toda la casa y quedarse en la música de sus días, en las manecillas de la lejanía. El gato ya no estaba, era la media noche y la comida no abundaba. Las cosas habían cambiado desde hace un buen tiempo, y María seguía teniendo los senos y las curvas de siempre. Aquel vestido morado resaltaba su cadera electrizante como contenida por una correa de cuero que la hacía querer romperlo todo, su rostro no se arrugaba a pesar de estar llegando a los 40 y el negro de su cabello se realzaba con el fracaso de los días.

Miguel era el mismo, el siempre gordo y seboso, calvo por naturaleza, cerdo por cercanía biológica. La uña del dedo gordo aún estaba encarnada, y en su culo aún se mantenían aquellos volcanes de pus y materia blanca que en el sexo lo percudían todo. Ya las sábanas grises eran amarillas y sus esquinas estaban fracturadas por el sexo percudido.

-Antonio, hijo, ven y…-
– No metas al niño en esto, Miguel-.
– Pero María, el debe de..-
– Nada, ¿ si hay algo de comer?-.
– Eso miro, tranquila, yo trabajo por…-
– Por una mierda, y por eso ya no te quiero-.
-¡Pero amor, si todo…-
– Todo fue tu culpa, fracasado. Tu culpa y de nadie más-.

Eran las 12:30, y el reloj se había caído ya de la pared. Antonio creía que aquel trinar era una señal de algo nefasto. ” Volverán a quitarme la hierba”, se decía, mientras su madre lloraba sin clamor alguno en la mesa de la cocina; su padre parecía estar encerrado en la gaveta de las ollas, pero allí no cabía. No podría, algo pasaba, pero más allá de la tranquilidad lejana, del reposo somnoliento y de la sed apremiante, su vida no se movía, así su mundo se cayese.

Así ya no existieran las paredes que lo retenían.
Así su madre se fuese.
Así su padre muriese.
La vida no era la misma, y el tampoco. El no estaba allí,
Lejos, bien lejos. Y ya nada importaba.
El porro le quemaba sus dedos, pero eso era relajante.
Sorbió sus mocos, después de inhalar la linea.
La linea rápida y blanca, como la luna, como el gato en la ventana.
Lo opuesto a aquella casa. Blanca.

-Miguel, ¿ si hay algo?-
– No, creo que …-
– ¡ NO TENEMOS NADA, Y TU NO TRAES NADA, HIJO DE PUTA!-
– Pero amor, María, déjame, déjame que…-
– ¡ QUE NADA, ME LARGO, QUE TU Y ANTONIO MUERAN PRONTO, FRACASADOS!
– Amor, no digas eso, espera, amor, deja que…-

Pum, paj, chicun. El ruido de una puerta al cerrar. sh sh sh. Unos pasos que se alejan, la lluvia los camufla, pero su impacto permanece en la noche. Miguel está sólo, y Antonio anda en el sofá de la sala, lejos. Cerca no hay nada, se aferra al pan. Lo come con súbito dolor, está húmedo y sabe a heces saladas, las lágrimas parecen haberlo sacudido. Se levanta, tropieza con una pata de la mesa, y vuelve a caer. Llora, sin gemir, sin gritar. Está solo, solo por primera vez. Y Antonio está lejos, en el sofá. En su mano yace el cuchillo, el del pan, el que sostenía María antes de salir. Sus venas le aprietan y la sangre no le circula.

La sangre aprieta, y sus venas no le circulan.
El trabajo sigue, pero la vida no se ejecuta.
Es el evento  extenso,
El rezo cinestésico,
El sexo sin pretérito,
Existir sin mérito.

Llora, intentando no despertar a Antonio que está lejos. Tiene 5 años, 5 luego de haber sido hombre. Cinco en la memoria, diez en el recuerdo, y no importa la realidad. No importa porque ya la carne se fractura como el Nilo ante Moisés,  todo empieza a abrirse. El suelo se ensucia, y Miguel se lamenta de haberlo ensuciado. El pan ya no sabe tan salado, el nuevo tinte lo ha deteriorado aún más.

– Adios, y es que siempre los…ajj, mierda. Siempre los …-

Las palabras siempre quedaron cortas, y nunca una oración fue tan fuerte. María está lejos, en una cabina oliendo la humedad de su ser, el sudor condensado que se escapa ante el agua que desborda sus poros. Le habla a su madre, vuelve a su casa, condensa los errores del pasado. ” Ya no tenía dinero mamá, no teníamos que comer. Ya hasta el Ferrari habíamos vendido, la casa se hundía en su misma miseria. No, Antonio no importa. Si, es mi hijo y no importa. Que si, ya voy, págame el taxi. Te amo mamá, así hace 35 años no nos viéramos. Si, lo sé, fue culpa de Miguel, el matrimonio, tu sabes”.

Antonio estaba lejos, y su ritmo cardiaco no parecía querer devolverlo a la tierra. Sus párpados se movían con rapidez y ansiedad, y de su boca emanaba una baba blanca, amarga, que se condensaba con cada gemido de su ser. Una jeringa mal ubicada hacía que su piel sangrase, la vena se sobresaltaba y bombeaba cada vez más fuerte. Su cabeza estaba reclinada en el sofá, y su cuerpo estaba atónito ante la falta de señal de la televisión.

La casa había quedado sola, y no tenía las palabras para contarlo. La vida se había quedado sola, y al otro día había trabajo. Ya no habían plegarias para el cielo, ya no había temor sin lamento, y el piso de la cocina se teñía de rojo.

– A la mierda todo, teniente. Esta casa vale mierda-.
– Si, lo sé  recluta. Huele asqueroso, saque todo y que los forenses examinen esto-.
– Igual esta gente no vale nada, debían ser mendigos-.
– Si, su vida no vale nada. Ni sus bienes, mira que ni el reloj del tipo de la cocina me gustó-.
– Y la televisión estaba dañada, valiente putada teniente-.
– Mejor que no hubieran nacido-.
– Si, mejor que no hubiesen vivido…- decía, mientras sacaba un cigarrillo. -Nada vales si nada tienes, nada vives si nada consigues-.

La patrulla se alejaba, acordonando el lugar en aquella mañana. Ya llegarían los forenses y lo aclararían todo. De seguro sería una gran noticia para los próximos días, de seguro…algo valía aquel cuadro.

Ceniza…

Amanece contigo o sin,
Más allá del cenicero vacío,
Inexistencia que sobrevive en ti,
Más allá de tu mismo fin.

La colilla está a medio quemar,
Y con ella vives a medio gemir,
No te salen gritos, ni aullidos,
De tu boca salen suspiros,
Tabaco rancio, que se te clava en los resquicios de las muelas.

Y sabes mal, porque no aprendiste a ser “de bien”,
Fuiste ceniza, que cae en la medianía,
En el límite entre lo permitido y lo aborrecido,
No eres nada, jeringa semi-abierta, un poco cerrada, totalmente atascada.

Yaces al aire como humo al cuarto,
Mueres en las imanaciones, naces en las exhalaciones,
eres el suspiro que salió del culo, fuiste la descomposición de un todo,
Que no te entiende, pero que te exige.

Te domina tu mismo no sé qué,
El sacrificio fue tu fe,
Así como la negación tu revés,
No sabes, ni pretendes, vives allí, en la cercanía de tu fin.

Renacer que no amanece,
Huele a anís, cerilla que quema el serrín,
Formol que no te duerme,
Tranquilidad que te estremece,
Vives para ya, eso que no deja pensar,
Sumido en tu pesar, Colilla que caes fuera,

Fuera de lo que es, del deber ser,
Del cenicero, incinerando piel,
Eres la antítesis del bien,
Finita y sin querer.

Block-Fucker.

Entré pensando que nada conseguiría. Los callos de los pies me ardían, y a la larga la gente parecía ofuscada por algo que nadie entendía. Se paraban, absortos frente a la realidad misma, y no sabían que escoger. Era todo un frenesí: el piso del local parecía agrietarse con cada pisada rabiosa que se daba. La gente no acababa de entender el por qué de su propio enfado, y las miradas se cruzaban desde la cornisa de sus ojos, en ese reojo que parecía querer fulminarlo todo.

Yo no entendía que hacía allí. Ni tampoco quería asimilarlo. Quería salir y ya, largarme donde no tuviese que sentir la presión de ese dulzón aroma que venía de una mujer vieja, cuyas raíces negras relucían ante el precario rubio que intentaba descifrar su propia falsedad. No quería ser ella, o al menos no tener el cabello negro, y para ello tenía que usar ese perfume que sentía que quemaba mi nariz. Maldita puta, y aparte usa un traje negro, como si viviese con pesar de sí misma. Ojalá volviera pronto a su féretro, de donde nunca debió haber salido.

La gente se amontonaba, y yo ya empezaba a sentir el mareo. Alguien fumaba un cigarrillo sin filtro, se notaba porque se camuflaba con el ya pre-existente olor a marihuana. Por otro lado, un niño lloraba, al parecer, se había cagado en sus pantalones. Lo sé porque se había tensado una carpa café en su culo, y el olor se desparramaba en medio del ya dulzón aroma del perfume de la vieja, y de repente me quebraba la nariz el puto cigarrillo ese que parecía querer desintegrarse en el culo del pequeño.

Yo seguía allí, y me preguntaba si yo no olería a algo. Eso me irritaba, y me daba cierto temor. Criticaba, como si mi cuerpo no viviera en constante descomposición, como si en las mañanas a todos no nos oliera la boca a pescado bañado en mierda de perro, adobado con agua de sifón de residencia estudiantil. Y no te asustes si de la boca te sale un pajazo, maldito cabrón.

Me sentía en una marcha al averno, sazonada bajo el aroma a pollo frito que venía de algún lugar de aquel local. Destilaba grasa, y me preguntaba si el que se lo tragaba no habría ya muerto atragantado en un mar de aceite refrito. Hubiese sido lo mejor, porque ya sentía que caería desvanecido en medio del perfume barato, y de la mierda del pequeño. El pollo parecía marcar la decadencia de nuestra especie.

Todos gritaban, nadie parecía querer moverse, y ya la gente parecía caer en aquel delirio existencial que implica el ver desvanecer el tiempo en una fila de un local comercial. Yo me preguntaba si aquello podría durar más, al menos lo suficiente como para no tener que llegar a la casa y ver a mi mujer despierta, peleando como siempre:

– ¡Pero que son estas horas de llegar!, ¿ no le da pena ni con sus propios hijos?-.
– No amor, la fila estaba infinita, vieras que…-.
-¡ Me importa un carajo la fila del puto sitio ese!, ¡ me cansé de tener que mandarme la puta mano todas las noches allá abajo, me mamé de tener que  ver el desfile de mis dedos en aquel monte virgen, HIJO DE PUTA, SOY VIRGEN POR DESUSO!-.
– Pero tranquila, amor, hoy si, hoy-.
– ¡ Hoy ni mierda, a la sala pedazo de malparido, a dormir con el perro, para ver si a ese si follas!-.

Y era así siempre, y yo ya me había cansado. Ese desfile de preocupación y angustia que representaba para mi aquella fila, me hacía pensar en que de seguro preferiría limpiarle el culo al niño que se fermentaba en sus propias heces, antes que tocar nuevamente a mi esposa. Y no, no es que fuera marica, ni que con los años ya no se me parara. Cada mañana veía realzar mi mastil, luchar contra las inclemencias del tiempo, y tener que templar el jean cada mañana. No era fácil, le dolía, pero luchaba con valentía hasta que tenía que montarme en el carro. Allí la presión atmosférica lo hacía caer por su propio peso, y no por el desgaste que él esperaba. Pobre.

– Pero esperen señores, ya vamos a atenderlos. Si, ya escuché, si sé que tienen más cosas que hacer. No, tranquilo, el baño está en la esquina, pero no use el lavamanos para limpiar el popis de su hijo. No, si, espere…- decía la cajera, intentando dar orden a todo aquel caos, cual director de sinfonía manco y sordo.

La gente se impacientaba, y ya empezaba a escuchar lo de siempre  “vieja hijueputa, mueva ese culo, que para algo le pago”, “¿ es que mi plata no vale o qué?”, ” pero señorita, atienda que ya llevamos no se cuanto tiempo”, y así con todo. Variando los insultos como la cultura del que lo profería, aunque bueno, en aquel pedazo desterrado del tercer mundo y cercano al infierno la cultura yacía como concepto sepultada en una llanura de obras públicas inconclusas, rebosantes de cemento fracturado.

Llegó mi turno, e intenté parecer decente, un Voltaire en medio de aquellos Susos*, un Dumas entre aquellos Mendozas. Hablé con cordialidad, y con un tono austero:

– Señorita, disculpe, quisiera llevar esto- Y al abrir la boca sentí como la saliva se había estancado en las comisuras de mi boca, y salía aquel fermento de pepino añejo que olía peor  que mi esposa en las mañanas.

– Buena noche, ¿ tiene tarjeta de cliente frecuente?- preguntó, intentando alejar su cara del vaho producido por mi boca, intentando huir a aquella fragancia a pedo refrito. La muy puta, si supiera que el mentol del chicle que permanecía enredado en sus dientes, apretujado contra sus braquets, estallaba en suspiros de carne molida antigua y salsa carbonara espesa de varios días. La muy perra, aunque no podía dejar de ver sus tetas. Perra.

– Si claro, aquí tiene- le dije, mientras me hacía el que me agachaba para coger la tarjeta y los cinco mil pesos que costaba aquello, descifrando el enigma de su busto entre los pesares de mi ariete y el cosquilleo ligero de una caricia que emanaba de mi cola.

– Muy bien, lleva…-

– Gracias señorita, yo sé que llevo, muchas gracias- le dije, intentando huir a aquella expresión de asco y repulsión que emanaba de esa boca ensangrentada por el roce de los alambres.

Avancé, caminando sin ver la calle, refugiándome en el paquete que tenía entre mis manos. Hoy sería nuevamente humano, hoy volvería a ser uno con mi ser. Al abrir la puerta, vi a mi esposa gemir en el sofa, inyectándose placer entre una jeringa y unos dedos huesudos de uñas largas que intentaban no rasgarle el sexo. La esquivé, mientras maldecía mi existir ” hijo de puta, cómeme, cómeme, aquí estoy, ¡hijo de puta, ven para acá que hoy me rompes el culo!, ¡ QUE OTRA ZORRA TE DICE ESO!”.

Cerré la puerta del cuarto de un portazo, y me concentré en lo que había comprado. Los gemidos emanaban del televisor con fuerza impecable, y como siempre Jenna Jameson hacía que mi ariete y yo nos concentrásemos en no romper la pantalla bajo la espesa ráfaga blanca que salía disparada, desesperada, huyendo a aquel cuerpo. Queriendo vivir y destruirse a sí misma lejos de mi ser. Renegando de su obra, siempre creí que al ver a los niños lloraba, ” era un mal lienzo… eso te pasa por pintar borracho”, se decía, la muy puta…

El niño inglés…

Se ríe,
Mirando por la ventana,
En la calle está el niño,
Que se cree grande porque no ha sufrido,
Habla con el judío, de nariz larga y cuerpo frío,
Juega,
en la soledad de su lamento,
Crea,
Amigos incondicionales, esos que la vida no le ha traído,
Dibuja,
Su casa, esa que no existe, la que no comparte con más niños,
De pupila fija y escamas, chilla y calla,
En ese mundo triste de manos cruzadas.

Y mira, a través de la ventana,
La vida que no tuvo, el orfanato en la distancia,
Pregunta: ¿ por qué a mi?,
¿Por qué si corazón tengo para ser feliz?
¿ Acaso mi sonrisa no basta ante la calle gris?
Pero, si es que yo lloro…lloro para no morir.

Y así divagaba, el que fue protegido por Brownlow,
Y esclavizado por Fagin,
Aquel que en los Maylie, labró su porvenir.

Con el frío de la daga,
Acariciando su corazón,
Yace en profundo llanto,
El pequeño sin Dios,
Ese que en sus prendas rojas acarició la salvación,
Llora para no reír, goza para no dañar,
Su existencia misma ve tambalear.

No llores Oliver, que Twist ya es universal.