El retrato…

Cruzas la puerta y bajas la cabeza. Respiras. Todo te sabe a mierda. Miras por la ventana eso que ya no te llama, murmuras, frases que no te importan, y que no te bastan. Marchas, mirando por la rendija, es sólo una bala, gritas, esperando romper con el silencio, puteando la noche. Manchas, pintadas en ese lienzo al que llamaron pared, rojo, en ese cuadro expresionista, que ni Grosz conocía; negro, como todo lo que se ve,  entre tanta luz blanca. Rifa, sus sueños y su vida, la última caricia, quema, el ardor de la garganta, del vómito apretujado.

¿ Acaso no lloras en las noches?, vomitas. Ríes, cuando tenías que lamentar, comes, aquello que tu boca no debía probar. Sueñas, con volver a despertar, lloras, por tener que lamentar, el cuadro que tu vida no supo crear.

Respiras, accionas, el estallido trona, y la bala tu cráneo perfora. Vomitas, ríes, lloras. Pintaste el retrato que nunca quisiste inmortalizar.

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Piel canela.

Serena vida lleva,
Aquella que su piel morena reposa en la arena,
Y su boca el sol no quema,
Porque en ella se baña, el que no teme a la marea,
Fuertes y tersos labios,
Para ella, la que a la brisa desborda,
Entre suspiros, entre aquel hachís que le sale y que provoca,
Respira el momento,
Mirando para afuera y riendo para sus adentros,
Y es que ella lo sabe,
Lo que todos hablan y es miel me sabe,
Que su risa se aleja entre el paisaje,
Siendo este aprendiz de poeta su fiel salvaje,
Encontrando en el ébano de su cabellera,
Refugio para sus noches en vela.

Se resguarda entre sonrisas,
Desdeñando la avaricia y frías caricias,
De aquellos que no la merecen,
Esos que su cuerpo su tacto no estremece,
Nada con prisa, se pierde en el mar,
Morena que mi vida supo conquistar.

El inmortal…

Llevo 200 años vivo, así mi cuerpo los haya olvidado. El largo y grisáceo cabello que cargo a mis espaldas lo testifica, así mi tersa piel intente hacerme creer lo contrario. Tengo 200 años, así todo el mundo crea que estoy loco. Lo sé porque ella me lo dijo.

-¡ Eres tan malo!, ¡pero tan putamente perverso, que creo que no encontraré un tipo como tu en unos 200 años- Eso me dijo, ella, aquella cuyos senos se bañaban bajo el más fuerte y oloroso sudor que he conocido.

– Pero Ervisa, ¡si estos 5 minutos fueron los más largos de mi vida!, no te pongas así, de seguro nunca los olvidarás. Siento el temblor en todo el cuerpo, especialmente en mis piernas, que parecen que se debilitan ante la caída del Titanic- exclamé, intentando salvar algo de mi dignidad. Buscando que hubiese una segunda oportunidad.

– ¡ Cállate carajo!, ¡ nunca los olvidaré porque me supieron a mierda, me dejaste la vagina hecha agua, hijo de puta!- me dijo, mientras se revisaba aquellos senos caídos y peludos- ¡ vete a la mierda y no me vuelvas a buscar!-.

Esas fueron sus últimas palabras, me lo dijo mientras se intentaba acomodar el jean entre aquellas capas y capas que tenía por barriga, intentando controlar el leviatán que tenía en el estómago, y que se movía de lado a lado, metiéndose en el pantalón, impidiendo el cierre de la cremallera: de seguro toda esa masa no quería irse, quería vivir conmigo por el resto de los días.

Y si, tengo 200 años, lo sé porque ella me lo dijo. No me acuerdo de mi nombre, ni de mi ciudad natal, porque he vivido tanto que ya el pene no dura más de 2 minutos erecto. Ni con mujeres con menos pelo corporal, y sin unos crespos tan grasoso como aquellos. Como extrañaba aquel matorral en su entrepierna, que me hacía delirar entre sus ladillas, ¡ compartiendo celoso aquel refugio de carne y viscosidad heredada de la Anura!, ¡ carajo, como te extraño, así te cagues en medio del puto sexo y mi falo luche por seguir de pie, en aquella batalla pantanal!.Nunca olvidaré lo que me dijiste antes de partir.

Y si, no lo olvidaré. No puedo hacerlo, porque ello marcó un renacer en mi existencia.  “¡ Haber si coges experiencia, y nos vemos en otros dos milenios, cabrón!, ¡ fóllate 100 mujeres antes de volver a mi, y de pronto te dejo sacar lo más profundo de mi ser desde los poros de mis axilas!, ¡ ESE DÍA TE DEJARÉ MORIR, EN PAZ, CON LAS MANOS TAPÁNDOTE LOS OJOS, MALDITO INFELIZ!”, gritó, en medio del espeso humo del cigarrillo, que confluía con aquellos vapores corporales que subían e impregnaban las paredes del pequeño cuarto, llenando la atmósfera de una densidad nunca antes vista: todo parecía querer explotar.

Explotar como la pólvora en la recámara de un revolver.
Explosionar como un perro ante un frasco de colonia.
Reventar ante aquel viscoso y pegajoso aroma.
Así mi falo fuese parte de la combustión.
Así ella se quemara más rápido, entre la manigua del pecho y de su sexo.

Y pensar que todo salía de su cuerpo. Tal vez ya estuviera muerto, pobre Anura. No era inmortal como yo, y nunca lo sería. Nunca lo entendería. Fue así como ella abrió mis ojos ante la inmensidad de la infinitud, otorgándome una labor incansable para cualquiera de los mortales. ¡ Era el más grande, el Picasso del sexo, el Grosz de la bebida!, y todo gracias a aquella mujer de labios grasosos y cabello enmarañado.

Así fue como viví: de bar en bar, de mujer en mujer, conociendo diferentes peinados a lo largo de mi larga y profunda travesía vaginal, disfrutando de las mieles de los más oscuros y ácidos laberintos vulváceos que tanto me habían agotado en todos estos años. Así no me acuerdo cuantos han transcurrido, entre la infinidad del sexo y grito herido del orgasmo.

Todos los días anotaba las féminas que sucumbían ante mis encantos, llevar la cuenta era casi tan difícil como saber mi edad. Hasta que llegó el día en que mi libreta tan sólo le quedaba una hoja: un infeliz pedazo de árbol procesado, profiriendo níveos abrazos ante el sol. Eso era lo que más me preocupaba: el puto sol. Me aterraba el hecho de pensar en recurrir a ella en una tarde de verano, donde los vapores fluían en el aire amargo como si fuesen parte de una misma alcancía, donde se depositasen todas los rancios aromas de la calle.  Su axila estaría en llamas, y su vagina impregnada de sudorosos y viscosos gases, entre aquel monte que separaba su animalidad de su precaria y licenciosa humanidad, sumergido entre aquel mar de ladillas celosas y territoriales, que morderían mi lengua sin temor ante un ataque frontal a su propiedad.

Como si me incrustase entre la marea con un barco.
Como si bebiera del cáliz de su vida.
Como si no fuese suficiente castigo nadar ante el fermento veraneante de su gordura.

Andaba cansado, debo decirlo. No había sido fácil vivir tantos años hasta el olvido. Era difícil verme a un espejo y buscar entre mi entrepierna algo que ya hace mucho había fallecido, a pesar de las pequeñas ruinas que seguían erigidas. Ya vivir no tenía su consuelo: quería el descanso prometido, ese que ella me había augurado ante el calvario de su cuerpo.

La llamé, esperando afrontarla con todo el poderío de aquellas 99 mujeres insatisfechas aunque gimientes: todas chillaban ante mi incapacidad de concederles un orgasmo. Sin embargo, ese no era mi problema, era de ellas por no acoplarse a mi eficaz ritmo, a la regulación de las energías y el desprendimiento de la lujuria ante una cama desnuda. Algo interrumpió mis pensamientos: algo lo supremamente irritante como para querer entregar mi falo ante una orgía de pirañas. Era ella, y por lo que noté, su voz andaba más gruesa, señal de que su mórbida vida aumentaba en condición:

– Ya cumplí con tu mandato, ¡oh tu, dama de las Anuras y los pantales!, ¡ reina de los lípidos  y las frituras!- mencioné con total jovialidad, intentando que se sintiese amada nuevamente- soy todo tuyo-.

– ¿ Quién mierda me habla en medio de mis reflexiones sisternales?- decía, algo irritada por la dilatación que le producía la salida de un gas mortífero.

– Yo, el inmortal.

-Ahh… ¿David?, coño, debiste decir que eras tu. Ando en mi casa, no me defraudes. Sé que dije que nunca estaría contigo, pero ante la escasez de hombres con buen gusto, requiero tus servicios.- me dijo, apretando sus dientes para no dejar escapar algo que entorpeciera la conversación, un susurro inadecuado. Un trompeteo inclemente.

Fue así como me rocié un poco de colonia, y partí hacía allí. Ella vivía en un barrio lejano, rodeado por pandillas y ladrones, en una casa de madera, pequeña. Tenía una habitación, una cocina, y un inodoro que se camuflaban en medio de las prendas sucias y olorosas que embargaban todo el lugar en compañía de una vajilla mohosa que nadaban en las verdosas aguas del lavaplatos.

Al llegar, me percaté de que nada había cambiado: el olor de su morada era algo que me guiaba con calles de anterioridad. Timbré, con el corazón parado, deseando alejarme de allí: algo en esos crespos deshilachados y sedientos de sexo no me daban buena espina.

-Pasa, y quítate la puta ropa, infeliz- me dijo, con un brillo lujurioso en sus ojos que me asfixiaba. Había engordado un poco, lo supe porque ya no usaba jeans y tenía que suplir su desnudez con sudaderas que la forraban de tal forma que le hacían perder el equilibrio al caminar, resaltando su piel grumosa.

– Claro- exclamé, intentando obviar el aroma a heces que perforaba mis fosas con estremecimiento.

Fue así como, en un lapso de dos horas, nuestros cuerpos batallaron ante aquel pantano de espesos versos y caricias, bañados bajo los furiosos poros de nuestros cuerpos arremolinándose, permeándonos ambos de tu aroma: de la mierda que circulaba por el ambiente. No logré llegar, el orgasmo era un oasis en aquel mórbido desierto en el que había terminado la unión de nuestros sexos. Fue así como ella rompió el silencio:

– ¿ Qué mierda te pasa, si antes no aguantabas más de 5 minutos?-.

– Nada, tan sólo creo que por fin comprendí mi mortalidad.

– ¿ No que eras inmortal, imbécil?-.

– No, no lo era. No lo era, y tus palabras fueron falsas-.

– Metáfora cretino, fueron metáfora-.

– Fueron falsas, porque nunca tuve 200 años, tengo 32, o eso creo. Ya lo recuerdo. ¡Viví la eternidad paseando mis manos por las montañas de tu ancho estómago y lamiendo aquel pulposo y mórbido sexo que tenías!- le grité, mientras lanzaba el preservativo directo a su rostro: La eternidad me había demostrado que una noche con ella era como navegar entre la diarrea, tarde que temprano el olor te marea…