Nadando entre la pulpa…


Hay un bicho que se me sube por el cuerpo y navega por todo el. Se zambulle, y siento su recorrido hasta mi cien. Me roza las caderas, y camina en círculos por mis tetillas, indagando con paso meticuloso hasta llegar a mis pantorrillas. Juguetea un rato con mi pecho, nadando en el punto negro de mi ombligo, hasta estremecerse en el intermedio de mis nudillos.

Camina rápido, y aveces lento, atraviesa la manigua del cabello en las mañanas, para descender al fauno de mi sexo y tocarlo por un rato. Se detiene en su punta, lo saborea lentamente con premura, divagando entre si quedarse allí o bajar hacía la llanura de los muslos. Se contorsiona, hasta provocar el cierre de mis ojos y la caída de la vida sobre mi pecho hambriento. Sin querer, con ánimo sediento.

Ese bicho nada dice, pero de vez en cuando abre la boca y chilla: algo le incomoda. Lo dice entre bramidos furibundos, y risas descontroladas. Lástima que no lo entiendo, de seguro podríamos ser amigos.

Un día intenté hablar con el, pero nunca me respondió. Simulé su grito aturdido, pero a pesar de sonar igual, nada ocurría. Creo que eramos parecidos. Cuando yo hablaba, el respondía de la misma manera, a pesar de no lograr entendernos del todo. Lo hacía a modo personal, en su tono coloquial. Intenté tocar las partes por las que el transitaba, pero sentía que mis sentidos se agudizaban y que los roces eran el camuflaje para maximizar las experiencias. No nos rozábamos, pero ambos estábamos allí.

No nos conocíamos, pero teníamos algo que decir.
No nos mirábamos, pero ambos sabíamos que estábamos allí.
Eramos algo que no acabábamos de concebir.

Una vez intenté acariciarlo, hacerle saber que yo siempre había estado allí. Que ambos vivíamos unidos por una cinta que no veíamos, y que no teníamos porque entender. No logré sentirlo, a pesar de que tocaba justo donde estaba el. No sé si se escondía, o si tal vez nunca estuvo para mí, pero ambos pudimos conocernos en el fondo de mi piel, rodeándonos la tez para tomar café con algo de fe, esperando algún encuentro infiel. Desgarrándonos entre ambos, a pesar no saber que eramos.

A pesar de nadar en el mismo fango.
A pesar de intentar acercarnos, cuando nada había entre ambos.
Tratar de hablar cuando bramámos de vos a bos.
De wey a buey.

Teníamos que conocernos, y para ello, no pensé en más que desgarrar el puente que nos conectaba. Para ello, rocé mi cuerpo con algo que la sociedad me prohibía. Brillaba como la luna al reflejo del sol, desviando la luz hacía los lugares donde el no encajaba. El bichito no se movía, no intentaba responder, creo que ambos lo sentíamos.  Nos conectábamos con cada pedazo que descendía de ambos, bañado en rojo. Por desgracia, empezaba a sentirme peor que el. Lo notaba por mi movimiento compulsivo y arbitrario, sin querer rozarme con el.

Que ya no chillaba.
Que al parecer ya no me amaba.
Que no me entendía, porque yo estaba peor que el.
Y aún no lo conocía…

Descubrimos que eramos pintores: habíamos hecho un collage de blanco, bañado en carmesí. Fileteando el alma, nos habíamos conocido sin habernos tocado, a pesar de agonizar en los brazos de ambos: en los míos, en los del bichito que nunca estuvo allí.

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