Despertar…


Es un cuarto pequeño, con tan sólo un colchón de franjas rojas y moho en las esquinas. Su centro parece amarillo, deben ser las heces de otros que allí han dormido. Hay una ventana a la derecha, cubierta de gruesos y negros barrotes. Es de noche, y no recuerdo nada.

-¿ Alguien por ahí?, ¿tendrá de casualidad un cigarrillo?- pregunto, casi con miedo. Por algún extraño motivo este lugar no me cuaja. Enfrente mío tengo una reja, con unos barrotes aún más gruesos que los de la ventana. La luz de la luna me golpea en la espalda, y siento que me quema la espalda.

Como si te prendieran un cigarrillo en la espalda.
Como si te echaran sal sobre las heridas.

– De verdad, me arde la garganta. Creo que me comí algo que no debía-  exclamaba, percatándome de que sentía unos pelos erizados en la boca. Había algo que se agitaba, como si tuviese miedo a seguir vivo. Escupí, y vi caer una rata, ¡oh sorpresa, de seguro era la madre de la que me comí ayer!, ¡pobre hija de puta!. – O que sea un trago, así sea de mierda, ¡carajo!.

Nadie contestaba, y ya que recuerdo, creo que así había sido el resto de los días. Al comienzo, todas las noches bajaba Leonard, un viejo regordete que hacía las veces de guardia, o eso decía. En realidad, se masturbaba todas las noches en un butaco frente a mi celda, al verme sentado en la tasa hacía unos ruidos extraños, y varias veces tuve que sacarlo de la celda a patadas. Pobre marica.

– Ehhh, Leonard, ¡ me dejaré coger lo que quieras, pero por favor háblame y tráeme un cigarrillo!- grité, intentando romper con el silencio. Sentí un chillido, creo que había una rata que se llamaba Leonard. O Leonard siempre había sido una rata, en fin, da lo mismo. Estoy solo, y ya nada importa.

Pensar en Leonard me había hecho recordar la letrina, andaba en la izquierda del cuarto, y tenía una mancha café por todo el bizcocho. Ojalá haya sido yo. Accioné la palanca, y nada se movía, al parecer ya no bajaba ni la mierda de ese sitio.

Leonard se había ido, pero la mierda quedaba.
Las ratas chillaban, y no sabía donde estaba.

El colchón andaba algo agujereado, y la espuma se le salía cada vez que me recostaba. Ya hasta eso se tragaban las putas ratas. La luna se había caído. Ya no había luz.

– ¡Pppor Fav-vor!, ¡que alguien me abra, que alguien me mate, o que si quiera me hable!, ¡ MIERDA, MIERDA!- chillaba entre sollozos, sintiendo como la garganta se me quebraba. Si pudiera verla por dentro, de seguro era un Kandinsky. Si, de seguro.

Había vuelto a salir la luna, ahora me arañaba la cara, sentía como si cayese vinagre en mis ojos. Creo que había sido un escritor, o de pronto un pintor. Algo así, “si, de seguro”, pensé. Sabía de arte, y recuerdo varios trazos. Había un cuento, si, un cuento. Gané algo por el, pero no recuerdo.

Estoy solo, y ya nada importa.
De seguro el cuento era bueno, o eso creo.
Seguiré creyéndolo.

Decían que era triste, y que leerlo era una puñalada directa a la frente, un sorbo de tequila con cianuro, pura dinamita. Empezaba con una frase fuerte, y recuerdo que mi editor se quejaba entre escupitajos, apretándose el nudo de la corbata: “Te he dicho, eso de “El arte de matar” te joderá la carrera. Luego vendrán los enfermos, y se matarán al leer eso. Tu sabes que este mundo es de suicidas, y de abogados. Sobre todo de abogados: todo el mundo querrá un pedazo de tu plata, y con ello, te irás hundiendo. Poco a poco, hazme caso”.

Ya no valía recordar, o bueno, soñar, ya no sé. Me senté en la letrina. Tenía que cagar, pero me dolía. Sentía que me desgarraba, y que algo más que la mierda caía. Mejor ni les cuento que vi, yo sería el único en verlo bonito.

– Pero…¿ Qué mierda guardé tanto tiempo?-, me dije, viendo que en medio de aquel cilindro de cartón donde alguna vez hubo papel, había un pedazo de periódico. Lo miré, intentando recordar algo, o bueno, buscando siquiera distraerme.

Encuentran a Diego Cáceres luego de 35 horas de búsqueda.

Decía el titular de la noticia. ¿ Para qué lo había guardado?. No importaba, debía ser interesante.

No sabía quien era Diego Cáceres.
No había escuchado hablar de el. Me rasca la nariz. Sabe a sangre.
Yo me llamaba Leonard Fuchs, y no sabía quien era Diego Cáceres.
 


Según el mayor del cuerpo de rescates, Edwin Mann, Cáceres había huido de su casa, luego de haber apuñalado en repetidas ocasiones a su hija y a su esposa. 

Pobre imbécil, de seguro andaría muerto.
De seguro era de los Cáceres de las afueras.
Creo que lo conocía, y muy bien.
Fuchs, Fuchs, era el apellido.

En la escena del crimen, se encontraron varias de sus creaciones derramadas en medio de la sangre, a excepción de una que reposaba sobre su escritorio: El arte de matar, su mayor éxito. Las autoridades seguirán con la investigación. 

Metí la mano en mi bolsillo, intentando encontrar un cigarrillo. Siempre era lo mismo: no había nada, y yo maldecía. “¡Puta!”, tronaba en medio de las ratas. Del silencio, de las ratas. Del olor a sangre con mierda.

Yo era Diego Cáceres. Lo era, y lo sabía.
Yo era Leonard Fuchs, y había algo que no entendía.
Puta vida.

Esperé una señal, viendo que la luna se posaba sobre mi cuerpo. Ya no me quemaba, sabía que hacer. -Que la sorban hasta el fondo, hijas de puta, ¡Jajaja!-gritó Leonard Cáceres. O Diego Fuchs, ya no importaba. En la soledad, ya nada importaba.

Lo saqué, y con las uñas lo corté por todas partes. En el colchón sólo había sangre, y orina que se había escapado entre los cortes. -¡Chúpenlo malditas, chúpenlo y muérdanlo hasta que caiga!- grité, viendo que ya se acercaban. Me arde, y así mismo siento que me desintegro. Igual, no se puede follar a una rata. Y ya no tenía ganas de orinar.

“El arte de matar es buscar la forma menos placentera de morir, es intentar que aquel caiga de bruces al mundo, abrazando su destino, resignándose a ser parte de la tierra”.

Repetí, y repetí, hasta que sentí que la luna me abrazaba, en medio de su luz: entre los verdes campos camuflándose en platino, al lado de Claudia y María, que habían muerto entre mis versos, los que tanto dediqué. Para ustedes, la última estrofa que les recité; para mi, la última que cantaré: entre las ratas, entre Fuchs y Cáceres.

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