Stormfuck Navy…


Eran las 6 pm, y el capitán Miguel Bravo seguía pensando en que pronto tendría que dormir. Mañana sería su gran día, o bueno, eso le decían sus compañeros navegantes, ayudándole a mitigar el dolor del retiro. Habían sido 40 años de largos viajes, con todo lo que ello implicaba: mujeres y vodka, en el barco o en cualquiera de los puertos, eso no importaba.

-Ehh… Cervántes, ¡ tráete a Mariana a este viaje, que no quiero tener que fornicar con quinceañeras delicadas!- decía, mascando un poco de hoja de coca, para tranquilizarse, o bueno, para no tener que masturbarse. A la larga era lo mismo, sentía el calor del viaje, el fastidio de tener que hablar todo el día con la tripulación, aquella manada de borrachos hambrientos, que al menor descuido se te regaban en la cara. Y si, riego blanco y espeso, como el que reciben las mujeres en la garganta. A fin de cuentas, el único que aún disfrutaba de una buena mujer era el capitan, de resto, eran una manada de maricas, y de los que reciben por detrás, la mayoría.

-Señor, usted sabe como es ella… ¿ por qué no mejor disfruta su última noche con Teresa?, mire que es la que más grita, parece que le gusta- decía, con tono morboso, con ese timbre de voz que sólo tiene un marica hablando de cosas de hombres: desinteresado pero coqueto, así mismo displicente. 30 años bajo el precario mando de Miguel Bravo no pasaban en vano.

Al inicio era alguien responsable, esmerado por entender hasta el último detalle de su primero amor, aquel barco turístico que surcaba las costas de Francia y España, llevando a turistas de “bajo presupuesto”, como el prefería llamarles, intentando olvidar que tan sólo llevaba putas, contrabando, y una que otra pareja buscando fornicar hasta que el óxido de la barcaza carcomiera sus sexos. Y si, aunque no lo crea, el óxido marino jode hasta el pene. O sino mire a la tripulación: ya las venéreas no dan abasto.

– ¡Carajo Cervantes, me vale mierda que grite, maulle o se cague encima mío, haga lo que le dije!- decía, mientras se mandaba un cigarrillo a la boca y se miraba la cara al espejo. El tiempo había pasado, pero conservaba el mismo gesto de querer una paja, sonrisa ancha e inclinada a la derecha. Todo un pervertido con experiencia. -Lárguese, que necesito meditar, a las 3 am nos veremos todos, y encárguese de conseguir lo que le pedí- exclamaba intentando ocultar el leve brote en su entrepierna.

Era su momento, ya la vida marina era imposible a sus 53 años. Vivía entre enfermedades, y sorbos amargos. Ya ni el vodka lo aliviaba, antes bien, sentía que un día le iba a perforar la piel e iba a desintegrar sus vísceras. Si que entraba fuerte, pero lo realmente duro era la caída. Borracho, yacía en el suelo de su pequeño cuarto, eso si, era el más grande y lujoso. Se respiraba metal podrido allí dentro, y la madera olía a moho que parecía que algún día fuese a salir corriendo por su cuenta. Lo único decente era el trago, comprado antes de cada viaje en los más finos estancos del puerto de turno. Entre sus borracheras, le gritaba a Cervantes que le llamara alguna de las cocineras: mujeres experimentadas y juiciosamente seleccionadas.

A la larga, no cualquiera se acostaba con el capitán.
No cualquiera le podía dar un beso a aquella negra mandíbula.
No cualquiera podía encontrarle el pene entre el matorral blanco de su entrepierna.
10 Centímetros a los 53 es un gran logro, o eso quería creer el.

Eso si, sólo Mariana podía chuparle su sexo de la manera que a el le gustaba: rápido y duro, entre el dolor y la excitación. Esa si que sabía, ni las gitanas tenían la facultad de exprimirle todo el cáliz. Era como ver una naranja descompuesta goteando, si lo pruebas haces mil caras en un segundo.

Eran las 3 am, y el vodka le retumbaba en la cabeza.
Deambulaba su pene entre sus manos, y no recordaba cuando había ocurrido.
La sangre y el blanco pálido adornaban su colchón.
Quedaba un flácido y diminuto recuerdo, ¡que coincidencia!.

– ¡Cervantes!, ¿qué dijo Mariana? ¿ viene o se queda?- decía, intentando parecer sobrio. Ocultando la mancha rojiza y pegajosa que se asomaba por su ropa. – ¿ le dijiste que le daba  comida y plata como para no tener que chuparle la pija a todos los borrachos del puerto, al menos por  una semana?-.

-Lo siento capitán, pero dijo que estaba cansada de ver que desde los 20 a usted ya eso no le funcionaba- decía con burla, rascándose levemente la nariz y los huevos, en un acto de rebeldía profunda, o eso creía- le deseo un feliz viaje, y que ojalá naufragara en una de esas islas de tribus caníbales, para que le arrancaran el pene de un mordisco, y con ello pudiera dejar de destruirse su autoestima- hablaba bajamente, intentando ocultar la fuerte risa que se venía.- Le dejó esta nota, ¿ quiere leerla?-.

-¡ Y ni que no le gustara, si antes la muy puta se la tragaba entera!- enfurecido, el vodka le salía en tonalidad dorada desde su entrepierna, otorgándole el antiguo color a sus ya descoloridas prendas- ¡ 10 Centímetros a los 53 es como tener a Excalibur en forma de falo, ¡EN CARNE PROPIA CARAJO!, ¡PUEDO DESTRUIR LO QUE SEA!- gritaba, viendo como su tripulación susurraba como había decaído en los últimos años. A fin de cuentas, nunca lo habían visto cagarse ante sus ojos. Ya el hedor circulaba por toda la proa.

Tenía que leer la carta.
Era de Mariana, era la única que se lo chupaba.
Lo había recibido en la boca por 20 años.
Ya tal vez no lo haría más.

La abrió, viendo como el trago se extinguía con el quiebre del sobre. Sus manos le temblaban, y a la larga, ya sentía el olor de su cuerpo: ni así se acariciaría el mismo. La sujetó con la mano derecha, mientras con la izquierda intentaba prender la lámpara de gas que tenía sobre su litera. Sonrío al sentir el calor de sus heces bajo sus calzoncillos, y leyó en voz alta, para alegrar a la horda de maricas que escuchaban tras su puerta.

Querido Miguel,

Caballero de mil batallas, mozo de los bares y las canecas, amante incondicional de la botella, es a ti a quien escribo con tanto desprecio. Me tragué tu mierda por años, y vi con dicha como tu pene se encogía con cada verano, entre aquella maraña de pelos blancos y salados. No te imaginas como sabe de bien la mierda a comparación de tu falo. Y si, esperé con ansias para ver cuando llegaría el día en que ni la punta mi boca rozaría, sin embargo, no lo logré.

Con cada sorbo de tu esperma, una parte de mi boca se caía, y la garganta se encogía, como si con cada trago mi alma se perdiese. Te desprecio, y creo que no lo sabes. Te contaré algo de mi. 

Sé que sólo conoces putas, y bares, porque a la larga tu papá fue un putero igual que tu. Le gustaban las gordas, tetas caídas y viscosas, esas que parecían ranas entre la litera: croaban mientras tu papá se las follaba, lamiendo sus sexos como si no hubiera mañana. No tienes amigos, y a la larga tu papá tampoco los tuvo: más allá de las putas, nadie le daba cariño. ¡oh, el muy hijo de puta!.

Y bueno, te dejaré un pequeño secreto el día de tu despedida, para ver si a los 53 renuncias a las putas, tu, que bien te crees bien repuntas entre tanta sucia.

Con amor,

Mariana, tu querida madre, hijo de puta.

PD: nunca pudiste siquiera igualar a tu papá, ni en la cama ni en el mar, me das pena. Ojalá naufragues antes de tierra nuevamente tocar.

La dobló. Ya nada más quedaba, ni en eso había podido superarlo. Era el momento de una buena paja.

 

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