Por la carretera…


Pasto y verdor camuflado de ese  dorado quemado, sonriéndome se encuentran los chamizos a lado y lado, ¿de dónde?, me preguntan aquellos que ya no se encuentran, ¿hacía dónde?, me pregunto, entre las señales que ya no dan tránsito a la existencia. Respiro, buscando algo que en la cornisa de la vida me abrigue bajo el calor de un manto. Y es que en el paisaje tan sólo la hierba se dibuja, bajo el sonido de la noche: aquel que sin reproche, adormece a los perdidos y desorienta a los prevenidos, como si no existiese más que el coche, y la carretera.

Son 80, ochenta pesares que oscurecen la vía, aquella que creímos construir en el transcurso de nuestras vidas, comprando, gastando, vendiendo, transmitiendo pesares y desdichas, placebos que no logran curar la palabra dicha, y que a la larga, se transforman en prisas ante los relojes que predican los finales, de la caricias, de las sonrisas.

“Compré una casa”, me decía, como si hubiese cumplido con todo: como si el cemento hubiese sepultado los anhelos, los sueños que se tuvieron pero que sucumbieron ante el coqueteo de la avaricia, de una sociedad facilista que pedía aceite, podrido, gastado, para el engranaje de una máquina que no retribuye, pero que engaña e ilusiona bajo los hilos de la vida simple, adormeciendo los brazos fuertes y destruyendo las convicciones que creen nadar contra-corriente.

80 kilómetros por hora, por minuto, por segundo. 80 tragos que supieron amargos, como cuando se toma whiskey caliente, como cuando el vodka se reposa bajo el sol, y carraspea la garganta, cuchillo para las entrañas. Y es que no se ve nada, la lluvia abruma y la carretera es oscura.  “La vida se me fue como el Mustang”, pienso, recordando cuando tenía el cabello para dejarme sorprender por el viento. 180 alegrías por minuto, por segundo, mientras el licor anudaba mi cabeza al volante y me recordaba agachar la cabeza, viendo morenas, rubias, sucumbiendo y rodeando mi sexo de caricias, de mordiscos, de furia. Era la juventud, aquel regalo que la existencia da para protegerte de la miseria, del futuro, de aquel momento con el que sueñas para luego querer despertar y romper con todo. Con el carro, con la casa, con tu esposa y con la perra de tu hija.

Y es que si, no sólo cambió el transcurrir de los días, también se fueron tu Mustang, el compañero de 180 vidas que no creíste cambiar pero que tu esposa, la que fue delgada pero ahora cree navegar entre faldas apretadas, mientras sus piernas escurren celulitis y el sexo ya no le agrada. Si, yace a un lado entre quejas y sollozos, esperando que los 20 de otro hombre la resuciten: que su cuerpo toquen y sus ojos desorbiten.

Y si, mi hija es una perra. Una golfa, de aquellas cuyo busto sirve para conquistar el mundo, que heredó aquellas miradas que su madre tenía cuando prometías más que un Mustang y un apartamento de soltero. Pero no vale la pena hablar de eso, cuando pequeñas luces oscurecen más la noche, como si el sólo centellear fuese suficiente para aplacar las ráfagas de miseria, de dolor, que crecen con cada kilómetro que se avanza: en el velocímetro, en la vida.

¡Maldita sea!, la vida avanza pero el tormento no descansa. 120 caminos destruidos, en los cuales crecieron los billetes que confundiste con destino. 120 historias, de aquellas ideadas bajo las noches en las que el sexo no era nada, y el cuerpo no yacía bajo la carroña de los placeres inconclusos, de los que tenían días para cumplirse y noches para afianzarse. 120 kilómetros, por hora, por minuto, por segundo, y no hay ya focos ni señales que indiquen camino distinto que el descanso, de aquel que muere, del que yace, del que ya nada espera más que el cierre de sus ojos, que el crujir de la carne bajo la llama, que muerde fuertemente al que vive acicalándose el aceite que le impide navegar, entre las dichas y caricias de las caídas, entre las grises praderas que en la noche la luna tiñe de azulado goce, descendiendo entre el negro de aquellos mares que el miedo no conoce. No se puede graznar cuando se tiene cuerpo de hombre, cuando la naturaleza no dotó con la elegancia de los gansos.

150, ciento cincuenta recuerdos, que recuerdan el vomitivo olor de la mancha que se esparce en la silla del copiloto.  “35 años de buen ciudadano para permitir que sea naranja y morado”, me digo, como si fuese aquel un rezago del alma, una exhalación de lo escrito y no dicho, de lo percibido y de lo que me creí prohibido. Es asco lo que se siente cuando se existe un día pero se respiran más de la cuenta.

Recto, entre la lluvia y el aullido de la tierra, entre el zumbido de las puertas que se desajustan como la existencia que se tuvo, y es que a la larga, los amigos terminan siendo réplicas entre el mar de sus defectos. Ya no hay Mustang, aquel deportivo que brillaba carmesí ante las avenidas dispuestas a sostenerte; con todo y la resaca, con todo y el desperdicio. Es una van de esas familiares, de aquellas que se compran cuando se aspira a vivir aburrido, entre la familia, bajo el peso del “trabajo duro”, y es que es duro por llenar de cobardía a los que de lleno a la vida sonreían. Nadie lo dice, pero cuando tienes vodka y vas a 150 en una van, la vida te lo cuenta, mordisqueándote el sexo toscamente, burlándose de las rubias de tu pasado.

– Conduzca despacio, curva a 300 metros-. Avisa la vida, a los que trabajaron “fuerte”, a los que no son escorias, a los que sin gallardía bajaron la cabeza y recibieron los golpes sin llanto. Sin fuerza, sin levantar los brazos. Y que entre la brisa y la lluvia, la última se lleve mis recuerdos y pesares, y que la recta que transcurre borre las desviaciones absurdas, las que se imponen sin reserva y por convención, bajo las cadenas de lo “socialmente permitido”. Que se joda, ¡que se joda la risa que no tuvo caricias que arrullasen su vigilia!.

170 despertares, 170 amaneceres, 170 sepulturas, para aquel que renunció a la risa y sacrificó las fantasías que desprendían a la vida de la carga de la monotonía, del mal del añorar prohibido: del refugio que bajo el pretexto de ser vigía, se encargó de destruir la esencia que su existencia protegía.

Que sea el último sorbo, de una vida que transcurrió bajo sumo reposo, siendo curvas las rectas que prometían riesgo, que prometían sueños y renunciaban al desprecio. Entre el negro y el más profundo silencio, hoy la curva fue recta, como los anhelos que esperaron atrás del trabajo duro, del sueldo agobiante, del matrimonio inconcluso, del morbo de lo cotidiano. Hoy salgo del sobre, vida, para existir como la brisa: ajena al tacto, rebelde al que no la acaricia…

Anders Marriuce, 1990-2012, rezaba el epitafio del futuro abogado…

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