Aguardiente…


Es como la vida, hay sorbos amargos, sorbos agrios, suspiros largos, de aquellos que se extinguen bajo recuerdos y bajo tristezas. Es el momento, aquel que nadie comprende, que la gente cree que entiende. Sorbos tristes, que se creen eternos y que marcan, pero que  a la larga no significan nada, pasan por miseria, cuando la realidad cree que es grandeza. Y es que la existencia se desvanece bajo mentiras, de aquellas que se creen largas cuando la tristeza es larga. Ya nada perdura, cuando la existencia dura más allá de lo comprensible, de lo realmente amigable.

Te creo, cuando nadie cree que es previsible. Y es que el licor me ha devuelto aquello que nadie ve, que nadie percibe: la realidad hecha miseria, la tristeza hecha infinito. Me devuelvo, frente a los umbrales que aún creen que serán perceptibles, frente a los rincones que creyeron en grandeza cuando sólo había miseria, cuando ya las palabras rebotaban frente al espejo, frente a aquel que ve con grandes ojos, sin misterio, sin miedo. Es el aguardiente, cuando no vemos más allá de la ebriedad, aquel que devuelve a la miseria a su estado natural: el de la inconsciencia, el de la intranquilidad, aquel que ya no aspira vivir más…

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