Nadando entre la pulpa…

Hay un bicho que se me sube por el cuerpo y navega por todo el. Se zambulle, y siento su recorrido hasta mi cien. Me roza las caderas, y camina en círculos por mis tetillas, indagando con paso meticuloso hasta llegar a mis pantorrillas. Juguetea un rato con mi pecho, nadando en el punto negro de mi ombligo, hasta estremecerse en el intermedio de mis nudillos.

Camina rápido, y aveces lento, atraviesa la manigua del cabello en las mañanas, para descender al fauno de mi sexo y tocarlo por un rato. Se detiene en su punta, lo saborea lentamente con premura, divagando entre si quedarse allí o bajar hacía la llanura de los muslos. Se contorsiona, hasta provocar el cierre de mis ojos y la caída de la vida sobre mi pecho hambriento. Sin querer, con ánimo sediento.

Ese bicho nada dice, pero de vez en cuando abre la boca y chilla: algo le incomoda. Lo dice entre bramidos furibundos, y risas descontroladas. Lástima que no lo entiendo, de seguro podríamos ser amigos.

Un día intenté hablar con el, pero nunca me respondió. Simulé su grito aturdido, pero a pesar de sonar igual, nada ocurría. Creo que eramos parecidos. Cuando yo hablaba, el respondía de la misma manera, a pesar de no lograr entendernos del todo. Lo hacía a modo personal, en su tono coloquial. Intenté tocar las partes por las que el transitaba, pero sentía que mis sentidos se agudizaban y que los roces eran el camuflaje para maximizar las experiencias. No nos rozábamos, pero ambos estábamos allí.

No nos conocíamos, pero teníamos algo que decir.
No nos mirábamos, pero ambos sabíamos que estábamos allí.
Eramos algo que no acabábamos de concebir.

Una vez intenté acariciarlo, hacerle saber que yo siempre había estado allí. Que ambos vivíamos unidos por una cinta que no veíamos, y que no teníamos porque entender. No logré sentirlo, a pesar de que tocaba justo donde estaba el. No sé si se escondía, o si tal vez nunca estuvo para mí, pero ambos pudimos conocernos en el fondo de mi piel, rodeándonos la tez para tomar café con algo de fe, esperando algún encuentro infiel. Desgarrándonos entre ambos, a pesar no saber que eramos.

A pesar de nadar en el mismo fango.
A pesar de intentar acercarnos, cuando nada había entre ambos.
Tratar de hablar cuando bramámos de vos a bos.
De wey a buey.

Teníamos que conocernos, y para ello, no pensé en más que desgarrar el puente que nos conectaba. Para ello, rocé mi cuerpo con algo que la sociedad me prohibía. Brillaba como la luna al reflejo del sol, desviando la luz hacía los lugares donde el no encajaba. El bichito no se movía, no intentaba responder, creo que ambos lo sentíamos.  Nos conectábamos con cada pedazo que descendía de ambos, bañado en rojo. Por desgracia, empezaba a sentirme peor que el. Lo notaba por mi movimiento compulsivo y arbitrario, sin querer rozarme con el.

Que ya no chillaba.
Que al parecer ya no me amaba.
Que no me entendía, porque yo estaba peor que el.
Y aún no lo conocía…

Descubrimos que eramos pintores: habíamos hecho un collage de blanco, bañado en carmesí. Fileteando el alma, nos habíamos conocido sin habernos tocado, a pesar de agonizar en los brazos de ambos: en los míos, en los del bichito que nunca estuvo allí.

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Recuerdos…

Lágrimas que se van entre la grima, entre la lágrima que nunca soltaste.Das pena, y lo sabes. Te bañas en lo que nunca fuiste,entre el mar.Te amo, y lo sabes, y nunca más me volverás a amar. Por que ya no existes, porque ya no estás. Y te sigo amando, deseando que el buzón se llene, que se llene de tus cartas, de tus ganas de querer estar conmigo.

Cosa que nunca llegará, cosa que nunca soñaste, cosa que yo pensé, algo que nunca llegó. Te quiero y te extraño. Así esto nunca te llegue, así nunca lo escuches.

Despertar…

Es un cuarto pequeño, con tan sólo un colchón de franjas rojas y moho en las esquinas. Su centro parece amarillo, deben ser las heces de otros que allí han dormido. Hay una ventana a la derecha, cubierta de gruesos y negros barrotes. Es de noche, y no recuerdo nada.

-¿ Alguien por ahí?, ¿tendrá de casualidad un cigarrillo?- pregunto, casi con miedo. Por algún extraño motivo este lugar no me cuaja. Enfrente mío tengo una reja, con unos barrotes aún más gruesos que los de la ventana. La luz de la luna me golpea en la espalda, y siento que me quema la espalda.

Como si te prendieran un cigarrillo en la espalda.
Como si te echaran sal sobre las heridas.

– De verdad, me arde la garganta. Creo que me comí algo que no debía-  exclamaba, percatándome de que sentía unos pelos erizados en la boca. Había algo que se agitaba, como si tuviese miedo a seguir vivo. Escupí, y vi caer una rata, ¡oh sorpresa, de seguro era la madre de la que me comí ayer!, ¡pobre hija de puta!. – O que sea un trago, así sea de mierda, ¡carajo!.

Nadie contestaba, y ya que recuerdo, creo que así había sido el resto de los días. Al comienzo, todas las noches bajaba Leonard, un viejo regordete que hacía las veces de guardia, o eso decía. En realidad, se masturbaba todas las noches en un butaco frente a mi celda, al verme sentado en la tasa hacía unos ruidos extraños, y varias veces tuve que sacarlo de la celda a patadas. Pobre marica.

– Ehhh, Leonard, ¡ me dejaré coger lo que quieras, pero por favor háblame y tráeme un cigarrillo!- grité, intentando romper con el silencio. Sentí un chillido, creo que había una rata que se llamaba Leonard. O Leonard siempre había sido una rata, en fin, da lo mismo. Estoy solo, y ya nada importa.

Pensar en Leonard me había hecho recordar la letrina, andaba en la izquierda del cuarto, y tenía una mancha café por todo el bizcocho. Ojalá haya sido yo. Accioné la palanca, y nada se movía, al parecer ya no bajaba ni la mierda de ese sitio.

Leonard se había ido, pero la mierda quedaba.
Las ratas chillaban, y no sabía donde estaba.

El colchón andaba algo agujereado, y la espuma se le salía cada vez que me recostaba. Ya hasta eso se tragaban las putas ratas. La luna se había caído. Ya no había luz.

– ¡Pppor Fav-vor!, ¡que alguien me abra, que alguien me mate, o que si quiera me hable!, ¡ MIERDA, MIERDA!- chillaba entre sollozos, sintiendo como la garganta se me quebraba. Si pudiera verla por dentro, de seguro era un Kandinsky. Si, de seguro.

Había vuelto a salir la luna, ahora me arañaba la cara, sentía como si cayese vinagre en mis ojos. Creo que había sido un escritor, o de pronto un pintor. Algo así, “si, de seguro”, pensé. Sabía de arte, y recuerdo varios trazos. Había un cuento, si, un cuento. Gané algo por el, pero no recuerdo.

Estoy solo, y ya nada importa.
De seguro el cuento era bueno, o eso creo.
Seguiré creyéndolo.

Decían que era triste, y que leerlo era una puñalada directa a la frente, un sorbo de tequila con cianuro, pura dinamita. Empezaba con una frase fuerte, y recuerdo que mi editor se quejaba entre escupitajos, apretándose el nudo de la corbata: “Te he dicho, eso de “El arte de matar” te joderá la carrera. Luego vendrán los enfermos, y se matarán al leer eso. Tu sabes que este mundo es de suicidas, y de abogados. Sobre todo de abogados: todo el mundo querrá un pedazo de tu plata, y con ello, te irás hundiendo. Poco a poco, hazme caso”.

Ya no valía recordar, o bueno, soñar, ya no sé. Me senté en la letrina. Tenía que cagar, pero me dolía. Sentía que me desgarraba, y que algo más que la mierda caía. Mejor ni les cuento que vi, yo sería el único en verlo bonito.

– Pero…¿ Qué mierda guardé tanto tiempo?-, me dije, viendo que en medio de aquel cilindro de cartón donde alguna vez hubo papel, había un pedazo de periódico. Lo miré, intentando recordar algo, o bueno, buscando siquiera distraerme.

Encuentran a Diego Cáceres luego de 35 horas de búsqueda.

Decía el titular de la noticia. ¿ Para qué lo había guardado?. No importaba, debía ser interesante.

No sabía quien era Diego Cáceres.
No había escuchado hablar de el. Me rasca la nariz. Sabe a sangre.
Yo me llamaba Leonard Fuchs, y no sabía quien era Diego Cáceres.
 


Según el mayor del cuerpo de rescates, Edwin Mann, Cáceres había huido de su casa, luego de haber apuñalado en repetidas ocasiones a su hija y a su esposa. 

Pobre imbécil, de seguro andaría muerto.
De seguro era de los Cáceres de las afueras.
Creo que lo conocía, y muy bien.
Fuchs, Fuchs, era el apellido.

En la escena del crimen, se encontraron varias de sus creaciones derramadas en medio de la sangre, a excepción de una que reposaba sobre su escritorio: El arte de matar, su mayor éxito. Las autoridades seguirán con la investigación. 

Metí la mano en mi bolsillo, intentando encontrar un cigarrillo. Siempre era lo mismo: no había nada, y yo maldecía. “¡Puta!”, tronaba en medio de las ratas. Del silencio, de las ratas. Del olor a sangre con mierda.

Yo era Diego Cáceres. Lo era, y lo sabía.
Yo era Leonard Fuchs, y había algo que no entendía.
Puta vida.

Esperé una señal, viendo que la luna se posaba sobre mi cuerpo. Ya no me quemaba, sabía que hacer. -Que la sorban hasta el fondo, hijas de puta, ¡Jajaja!-gritó Leonard Cáceres. O Diego Fuchs, ya no importaba. En la soledad, ya nada importaba.

Lo saqué, y con las uñas lo corté por todas partes. En el colchón sólo había sangre, y orina que se había escapado entre los cortes. -¡Chúpenlo malditas, chúpenlo y muérdanlo hasta que caiga!- grité, viendo que ya se acercaban. Me arde, y así mismo siento que me desintegro. Igual, no se puede follar a una rata. Y ya no tenía ganas de orinar.

“El arte de matar es buscar la forma menos placentera de morir, es intentar que aquel caiga de bruces al mundo, abrazando su destino, resignándose a ser parte de la tierra”.

Repetí, y repetí, hasta que sentí que la luna me abrazaba, en medio de su luz: entre los verdes campos camuflándose en platino, al lado de Claudia y María, que habían muerto entre mis versos, los que tanto dediqué. Para ustedes, la última estrofa que les recité; para mi, la última que cantaré: entre las ratas, entre Fuchs y Cáceres.

Stormfuck Navy…

Eran las 6 pm, y el capitán Miguel Bravo seguía pensando en que pronto tendría que dormir. Mañana sería su gran día, o bueno, eso le decían sus compañeros navegantes, ayudándole a mitigar el dolor del retiro. Habían sido 40 años de largos viajes, con todo lo que ello implicaba: mujeres y vodka, en el barco o en cualquiera de los puertos, eso no importaba.

-Ehh… Cervántes, ¡ tráete a Mariana a este viaje, que no quiero tener que fornicar con quinceañeras delicadas!- decía, mascando un poco de hoja de coca, para tranquilizarse, o bueno, para no tener que masturbarse. A la larga era lo mismo, sentía el calor del viaje, el fastidio de tener que hablar todo el día con la tripulación, aquella manada de borrachos hambrientos, que al menor descuido se te regaban en la cara. Y si, riego blanco y espeso, como el que reciben las mujeres en la garganta. A fin de cuentas, el único que aún disfrutaba de una buena mujer era el capitan, de resto, eran una manada de maricas, y de los que reciben por detrás, la mayoría.

-Señor, usted sabe como es ella… ¿ por qué no mejor disfruta su última noche con Teresa?, mire que es la que más grita, parece que le gusta- decía, con tono morboso, con ese timbre de voz que sólo tiene un marica hablando de cosas de hombres: desinteresado pero coqueto, así mismo displicente. 30 años bajo el precario mando de Miguel Bravo no pasaban en vano.

Al inicio era alguien responsable, esmerado por entender hasta el último detalle de su primero amor, aquel barco turístico que surcaba las costas de Francia y España, llevando a turistas de “bajo presupuesto”, como el prefería llamarles, intentando olvidar que tan sólo llevaba putas, contrabando, y una que otra pareja buscando fornicar hasta que el óxido de la barcaza carcomiera sus sexos. Y si, aunque no lo crea, el óxido marino jode hasta el pene. O sino mire a la tripulación: ya las venéreas no dan abasto.

– ¡Carajo Cervantes, me vale mierda que grite, maulle o se cague encima mío, haga lo que le dije!- decía, mientras se mandaba un cigarrillo a la boca y se miraba la cara al espejo. El tiempo había pasado, pero conservaba el mismo gesto de querer una paja, sonrisa ancha e inclinada a la derecha. Todo un pervertido con experiencia. -Lárguese, que necesito meditar, a las 3 am nos veremos todos, y encárguese de conseguir lo que le pedí- exclamaba intentando ocultar el leve brote en su entrepierna.

Era su momento, ya la vida marina era imposible a sus 53 años. Vivía entre enfermedades, y sorbos amargos. Ya ni el vodka lo aliviaba, antes bien, sentía que un día le iba a perforar la piel e iba a desintegrar sus vísceras. Si que entraba fuerte, pero lo realmente duro era la caída. Borracho, yacía en el suelo de su pequeño cuarto, eso si, era el más grande y lujoso. Se respiraba metal podrido allí dentro, y la madera olía a moho que parecía que algún día fuese a salir corriendo por su cuenta. Lo único decente era el trago, comprado antes de cada viaje en los más finos estancos del puerto de turno. Entre sus borracheras, le gritaba a Cervantes que le llamara alguna de las cocineras: mujeres experimentadas y juiciosamente seleccionadas.

A la larga, no cualquiera se acostaba con el capitán.
No cualquiera le podía dar un beso a aquella negra mandíbula.
No cualquiera podía encontrarle el pene entre el matorral blanco de su entrepierna.
10 Centímetros a los 53 es un gran logro, o eso quería creer el.

Eso si, sólo Mariana podía chuparle su sexo de la manera que a el le gustaba: rápido y duro, entre el dolor y la excitación. Esa si que sabía, ni las gitanas tenían la facultad de exprimirle todo el cáliz. Era como ver una naranja descompuesta goteando, si lo pruebas haces mil caras en un segundo.

Eran las 3 am, y el vodka le retumbaba en la cabeza.
Deambulaba su pene entre sus manos, y no recordaba cuando había ocurrido.
La sangre y el blanco pálido adornaban su colchón.
Quedaba un flácido y diminuto recuerdo, ¡que coincidencia!.

– ¡Cervantes!, ¿qué dijo Mariana? ¿ viene o se queda?- decía, intentando parecer sobrio. Ocultando la mancha rojiza y pegajosa que se asomaba por su ropa. – ¿ le dijiste que le daba  comida y plata como para no tener que chuparle la pija a todos los borrachos del puerto, al menos por  una semana?-.

-Lo siento capitán, pero dijo que estaba cansada de ver que desde los 20 a usted ya eso no le funcionaba- decía con burla, rascándose levemente la nariz y los huevos, en un acto de rebeldía profunda, o eso creía- le deseo un feliz viaje, y que ojalá naufragara en una de esas islas de tribus caníbales, para que le arrancaran el pene de un mordisco, y con ello pudiera dejar de destruirse su autoestima- hablaba bajamente, intentando ocultar la fuerte risa que se venía.- Le dejó esta nota, ¿ quiere leerla?-.

-¡ Y ni que no le gustara, si antes la muy puta se la tragaba entera!- enfurecido, el vodka le salía en tonalidad dorada desde su entrepierna, otorgándole el antiguo color a sus ya descoloridas prendas- ¡ 10 Centímetros a los 53 es como tener a Excalibur en forma de falo, ¡EN CARNE PROPIA CARAJO!, ¡PUEDO DESTRUIR LO QUE SEA!- gritaba, viendo como su tripulación susurraba como había decaído en los últimos años. A fin de cuentas, nunca lo habían visto cagarse ante sus ojos. Ya el hedor circulaba por toda la proa.

Tenía que leer la carta.
Era de Mariana, era la única que se lo chupaba.
Lo había recibido en la boca por 20 años.
Ya tal vez no lo haría más.

La abrió, viendo como el trago se extinguía con el quiebre del sobre. Sus manos le temblaban, y a la larga, ya sentía el olor de su cuerpo: ni así se acariciaría el mismo. La sujetó con la mano derecha, mientras con la izquierda intentaba prender la lámpara de gas que tenía sobre su litera. Sonrío al sentir el calor de sus heces bajo sus calzoncillos, y leyó en voz alta, para alegrar a la horda de maricas que escuchaban tras su puerta.

Querido Miguel,

Caballero de mil batallas, mozo de los bares y las canecas, amante incondicional de la botella, es a ti a quien escribo con tanto desprecio. Me tragué tu mierda por años, y vi con dicha como tu pene se encogía con cada verano, entre aquella maraña de pelos blancos y salados. No te imaginas como sabe de bien la mierda a comparación de tu falo. Y si, esperé con ansias para ver cuando llegaría el día en que ni la punta mi boca rozaría, sin embargo, no lo logré.

Con cada sorbo de tu esperma, una parte de mi boca se caía, y la garganta se encogía, como si con cada trago mi alma se perdiese. Te desprecio, y creo que no lo sabes. Te contaré algo de mi. 

Sé que sólo conoces putas, y bares, porque a la larga tu papá fue un putero igual que tu. Le gustaban las gordas, tetas caídas y viscosas, esas que parecían ranas entre la litera: croaban mientras tu papá se las follaba, lamiendo sus sexos como si no hubiera mañana. No tienes amigos, y a la larga tu papá tampoco los tuvo: más allá de las putas, nadie le daba cariño. ¡oh, el muy hijo de puta!.

Y bueno, te dejaré un pequeño secreto el día de tu despedida, para ver si a los 53 renuncias a las putas, tu, que bien te crees bien repuntas entre tanta sucia.

Con amor,

Mariana, tu querida madre, hijo de puta.

PD: nunca pudiste siquiera igualar a tu papá, ni en la cama ni en el mar, me das pena. Ojalá naufragues antes de tierra nuevamente tocar.

La dobló. Ya nada más quedaba, ni en eso había podido superarlo. Era el momento de una buena paja.

 

¿ Y qué quieres de mi?…

¿ Y qué quieres de mi?, cuando la luna me sonríe y en ella no encuentro consuelo, desabrocho el cerrojo, pero más allá de la noche no te veo. ¿Y qué quieres de mi?, si en la vida pocos lamentos tengo, hasta que tu sonrisa se asoma: señalando un nuevo día, descansando entre la torpeza de las calles, reposando bajo la luz que sólo  a nosotros ve.

Nado entre impares, contra-corriente, buscando la manera de volverte a encontrar, como si en el mar hubiese destino, como si en la bruma la vida fuese mucha, nadando, nadando. Buscando un lugar donde verte, aquel sitio en el que seamos amantes, con el súbito calor de cada beso, con el leve tiemble de los cuerpos.

¿Y qué quieres de mi?, si en ti descansa mi realidad. Si tan sólo quisiera deslizarme en tus sábanas y acariciar tu oscuro cabello, aquel que manso descansa en mi pecho, pero que rebelde golpea las tristezas, desprendiéndose como un látigo. ¿ Y qué quieres de mi?, si en tus ojos negros descansan recuerdos, de las pocas noches en que te he pensado, porque del tiempo no me confío: corre rápido en la belleza, pero lento entre la miseria. Como un niño tras su madre, va rápido en el juego, pero se aleja en el tormento.

¿ Y qué quieres de mi?, si en este momento tu piel morena anhelo, entre el gris oscuro de estas paredes, que ya no huelen, pero te sienten. ¿Y qué quiero yo de ti?, si las lágrimas me has secado, y entre las estrellas del desierto, mi corazón has rozado…

Matrimonio…Experimento, homenaje a C. Bukowski.

– Ehh, gorda, ¡bájate que ya me sabe a mierda!, es lo de siempre, ¡carajo!, mete-saca-mete-saca, ¡muévete un poquito que me voy a quedar dormido!- decía Mario, con la gran barriga adolorida: hacía mucho que no hacía ejercicio.

-Pero Mario, ¿ acaso el sexo no significaba para ti la unión de nuestras vidas, el abrazo eterno?, eso decías cuando tenía 20, cuando todos en el barrio me veían y tu me recogías en la Chevrolet naranja de tu papá-, decía, mientras se escapaban pequeñas lágrimas de sus ojos. Siempre era lo mismo, 30  años de matrimonio que se reducían a esa tarde, al instante en que llegaba Mario borracho, con ganas de follar, oliendo a Vodka y sudor, aroma que reflejaba la profundidad de su vida.

Como cualquiera que se casa con una mujer bonita, Mario algún día tuvo futuro. “ahí va Marito, ese muchacho será el que haga honor al barrio”, decían las mujeres, madres, tenderas y toda aquella que estuviera en Las Brisas. Nadie sabe que ocurrió, pero de aquel estudiante de Derecho no quedó mucho. Algunos dicen que fue porque consiguió trabajo rápido, antes de graduarse ya ganaba más que sus padres juntos, derrochando en todos los bares las neuronas que creía eternas pero que no le durarían mucho. Otros dicen que perdió su primer proceso, y desde allí perdió la confianza, dedicándose con licencia al sexo y al vodka. Eso ya nadie lo sabe, ya Mario a nadie le importa excepto a Claudia.

Y si, ¿ qué se puede decir de ella?, la típica muchacha querida por todo el mundo, de tetas firmes y culo parado, nada raro. En la cabeza sólo tenía palabras bonitas y agradecimientos: crecer entre aduladores le seca la cabeza a cualquiera. Allí ya no había nada, porque Mario nunca tuvo la plata para pararle el culo y mantenerle las tetas. ” Las mujeres son como las carros, si no tienes plata, a los 5 años las tienes llena de abolladuras”, me decía, y viendo a Claudia, no me extraña que piense eso.

– ¡ No me jodas con ese cuento, que a los 20 te bajaba el cielo y ahora sólo quiero tener tu cuerpo fuera del mío!, ¡ mírate, ya de ti no queda ni el recuerdo!- exclamaba entre gritos, sacudiendo la pequeña habitación con la saliva que ya no tenía, que le salía de no sé de donde, pero que sabía a vodka, y si, arto. Lo digo porque varias veces la sentí en la boca. Creo que escupía tanto para darle pintura al cuarto, para forrar de transparente aquel cemento viejo y mohoso que rodeaba la cama y las mesas de noche, lo único que tenían. Lo único que Mario aún protegia.

– Pero Mario, amor, ¡busquemos trabajo!, estoy segura que saldremos de aquí y podremos ser felices de nuevo- decía ella, mirando al piso, sosteniéndose la falta del suelo, aquella tierra siempre le había dado asco, con su boca apretujada, intentando liberar sin sollozos las palabras- mira que los vecinos pudieron.

– ¡Carajo!, ¡ que no me importan los vecinos!, ¡ yo sólo quiero vodka y una quinceañera de piel tersa, que tenga el culo grande y parado!, nada más, no le pido que tenga las tetas que tuviste o tu cara, nada más, nada más- decía, hablándose a sí mismo, cansado de compararse con el mundo. Cansado del mundo mismo, de tener que oler las heces en la calle, de callar ante gente imbécil, de tener que caminar por la misma ruta que todo el mundo. Si, que ese mundo de mierda, el de los bares, el de las prostitutas, el de las mamadas. Ese mundo que sólo tenía vodka, y ni siquiera de los buenos.

– ¡ Me largo y no vuelvo!, quédate con la cama y las mesas, también con la nevera y lo poco que nos queda. Ya nada importa, tu no me importas. Ojalá consigas alguien que aguante tu peso y no se asquee con  el olor de tus axilas mientras tienen sexo, ¡me largo Claudia, me largo carajo!- chillaba, gritaba ya sin saliva. Parecía que era en serio, ya hasta su cuerpo lo había captado: no era necesario intentar pintar las paredes y erradicar el moho, eso era problema de otro.

– Si has bajado 50 kilos antes de las 12, puedes verme en el bar de Cassandra, si no lo consigues ni me busques- fueron sus últimas palabras, ya a nadie le importaba: no se es de importancia si no se encuentra valor en cada día, en cada pestañeo y respiro. Se lucha porque se vive, nadie dijo que vivir era bueno, eso lo dicen para no sentirse masoquistas. Puro consuelo de pobres, y no es de extrañar, porque en estas calles la mierda vale cara. Y creo que así es en todo lado, o al menos, aquellos que conozco.

Un papel había caído al piso, una lágrima había mojado levemente su esquina.

“Tranquila mamá, todo estará bien, ya por fin se fue Mario, podremos empezar de nuevo”, le dije, sin esperar mucho, al menos una sonrisa, o bueno, tampoco tanto, al menos un “bueno hijo, vamos, nosotros podremos”.

Eso esperaba. O al menos, eso quería creer que esperaba. De reojo, Claudia ( mi madre, lo único que tenía y quería), perforó en la habitación: algo había cambiado, algo aparte de Mario y todo lo que ya no había. -Ahh, hijo…al menos Mario nos dejó un billete- me decía mirando a lo lejos, divisando los días vividos en los que aún se respiraba un porvenir.- Con esto podemos pagar el siguiente mes de arriendo-.

Lo sujetó, aquel billete que significaba su seguro: la posibilidad de seguir viviendo en donde conocía, así los gatos se orinasen en su cama todas las mañanas. Era lo de menos, luego de un tiempo en aquel sitio, ese olor era el que tenía la comida, el aliento de la gente, el sexo de Mario, los platos de la casa. Lo era todo, era el perfume, junto al Vodka y el sudor de Mario aquello que valía, era el aroma de la vida.

– Ahh, hijo, tu papá dejó un papel…- hablando suavemente, su voz perforaba el espacio, no sé porque, pero quise llorar: nunca me sentí tan miserable. – “Cassandra, show nocturno, brindo satisfacción por ambos flancos, tengo ariete y buen culo, difícil que una mujer te de eso“- eso decía, lo leía rápidamente, estrujándolo entre sus manos, el papel se pulverizaba, pero el mensaje se repetía, quería llorar, ahora sí que lo quería, me quería matar.

Cassandra, show nocturno, brindo satisfacción por ambos flancos, tengo ariete y buen culo, difícil que una mujer te de eso. Eso era lo único que sonaba, la sinfonía de nuestras vidas, no se conocían alegrías pero siempre se podía hablar a los ojos con la miseria, no era ingrata, antes bien, era la mejor amiga de nuestro barrio: siempre nos acompañaba, y nunca nos dejaba, la muy puta, y considerada, bueno.

Por la carretera…

Pasto y verdor camuflado de ese  dorado quemado, sonriéndome se encuentran los chamizos a lado y lado, ¿de dónde?, me preguntan aquellos que ya no se encuentran, ¿hacía dónde?, me pregunto, entre las señales que ya no dan tránsito a la existencia. Respiro, buscando algo que en la cornisa de la vida me abrigue bajo el calor de un manto. Y es que en el paisaje tan sólo la hierba se dibuja, bajo el sonido de la noche: aquel que sin reproche, adormece a los perdidos y desorienta a los prevenidos, como si no existiese más que el coche, y la carretera.

Son 80, ochenta pesares que oscurecen la vía, aquella que creímos construir en el transcurso de nuestras vidas, comprando, gastando, vendiendo, transmitiendo pesares y desdichas, placebos que no logran curar la palabra dicha, y que a la larga, se transforman en prisas ante los relojes que predican los finales, de la caricias, de las sonrisas.

“Compré una casa”, me decía, como si hubiese cumplido con todo: como si el cemento hubiese sepultado los anhelos, los sueños que se tuvieron pero que sucumbieron ante el coqueteo de la avaricia, de una sociedad facilista que pedía aceite, podrido, gastado, para el engranaje de una máquina que no retribuye, pero que engaña e ilusiona bajo los hilos de la vida simple, adormeciendo los brazos fuertes y destruyendo las convicciones que creen nadar contra-corriente.

80 kilómetros por hora, por minuto, por segundo. 80 tragos que supieron amargos, como cuando se toma whiskey caliente, como cuando el vodka se reposa bajo el sol, y carraspea la garganta, cuchillo para las entrañas. Y es que no se ve nada, la lluvia abruma y la carretera es oscura.  “La vida se me fue como el Mustang”, pienso, recordando cuando tenía el cabello para dejarme sorprender por el viento. 180 alegrías por minuto, por segundo, mientras el licor anudaba mi cabeza al volante y me recordaba agachar la cabeza, viendo morenas, rubias, sucumbiendo y rodeando mi sexo de caricias, de mordiscos, de furia. Era la juventud, aquel regalo que la existencia da para protegerte de la miseria, del futuro, de aquel momento con el que sueñas para luego querer despertar y romper con todo. Con el carro, con la casa, con tu esposa y con la perra de tu hija.

Y es que si, no sólo cambió el transcurrir de los días, también se fueron tu Mustang, el compañero de 180 vidas que no creíste cambiar pero que tu esposa, la que fue delgada pero ahora cree navegar entre faldas apretadas, mientras sus piernas escurren celulitis y el sexo ya no le agrada. Si, yace a un lado entre quejas y sollozos, esperando que los 20 de otro hombre la resuciten: que su cuerpo toquen y sus ojos desorbiten.

Y si, mi hija es una perra. Una golfa, de aquellas cuyo busto sirve para conquistar el mundo, que heredó aquellas miradas que su madre tenía cuando prometías más que un Mustang y un apartamento de soltero. Pero no vale la pena hablar de eso, cuando pequeñas luces oscurecen más la noche, como si el sólo centellear fuese suficiente para aplacar las ráfagas de miseria, de dolor, que crecen con cada kilómetro que se avanza: en el velocímetro, en la vida.

¡Maldita sea!, la vida avanza pero el tormento no descansa. 120 caminos destruidos, en los cuales crecieron los billetes que confundiste con destino. 120 historias, de aquellas ideadas bajo las noches en las que el sexo no era nada, y el cuerpo no yacía bajo la carroña de los placeres inconclusos, de los que tenían días para cumplirse y noches para afianzarse. 120 kilómetros, por hora, por minuto, por segundo, y no hay ya focos ni señales que indiquen camino distinto que el descanso, de aquel que muere, del que yace, del que ya nada espera más que el cierre de sus ojos, que el crujir de la carne bajo la llama, que muerde fuertemente al que vive acicalándose el aceite que le impide navegar, entre las dichas y caricias de las caídas, entre las grises praderas que en la noche la luna tiñe de azulado goce, descendiendo entre el negro de aquellos mares que el miedo no conoce. No se puede graznar cuando se tiene cuerpo de hombre, cuando la naturaleza no dotó con la elegancia de los gansos.

150, ciento cincuenta recuerdos, que recuerdan el vomitivo olor de la mancha que se esparce en la silla del copiloto.  “35 años de buen ciudadano para permitir que sea naranja y morado”, me digo, como si fuese aquel un rezago del alma, una exhalación de lo escrito y no dicho, de lo percibido y de lo que me creí prohibido. Es asco lo que se siente cuando se existe un día pero se respiran más de la cuenta.

Recto, entre la lluvia y el aullido de la tierra, entre el zumbido de las puertas que se desajustan como la existencia que se tuvo, y es que a la larga, los amigos terminan siendo réplicas entre el mar de sus defectos. Ya no hay Mustang, aquel deportivo que brillaba carmesí ante las avenidas dispuestas a sostenerte; con todo y la resaca, con todo y el desperdicio. Es una van de esas familiares, de aquellas que se compran cuando se aspira a vivir aburrido, entre la familia, bajo el peso del “trabajo duro”, y es que es duro por llenar de cobardía a los que de lleno a la vida sonreían. Nadie lo dice, pero cuando tienes vodka y vas a 150 en una van, la vida te lo cuenta, mordisqueándote el sexo toscamente, burlándose de las rubias de tu pasado.

– Conduzca despacio, curva a 300 metros-. Avisa la vida, a los que trabajaron “fuerte”, a los que no son escorias, a los que sin gallardía bajaron la cabeza y recibieron los golpes sin llanto. Sin fuerza, sin levantar los brazos. Y que entre la brisa y la lluvia, la última se lleve mis recuerdos y pesares, y que la recta que transcurre borre las desviaciones absurdas, las que se imponen sin reserva y por convención, bajo las cadenas de lo “socialmente permitido”. Que se joda, ¡que se joda la risa que no tuvo caricias que arrullasen su vigilia!.

170 despertares, 170 amaneceres, 170 sepulturas, para aquel que renunció a la risa y sacrificó las fantasías que desprendían a la vida de la carga de la monotonía, del mal del añorar prohibido: del refugio que bajo el pretexto de ser vigía, se encargó de destruir la esencia que su existencia protegía.

Que sea el último sorbo, de una vida que transcurrió bajo sumo reposo, siendo curvas las rectas que prometían riesgo, que prometían sueños y renunciaban al desprecio. Entre el negro y el más profundo silencio, hoy la curva fue recta, como los anhelos que esperaron atrás del trabajo duro, del sueldo agobiante, del matrimonio inconcluso, del morbo de lo cotidiano. Hoy salgo del sobre, vida, para existir como la brisa: ajena al tacto, rebelde al que no la acaricia…

Anders Marriuce, 1990-2012, rezaba el epitafio del futuro abogado…

Aguardiente…

Es como la vida, hay sorbos amargos, sorbos agrios, suspiros largos, de aquellos que se extinguen bajo recuerdos y bajo tristezas. Es el momento, aquel que nadie comprende, que la gente cree que entiende. Sorbos tristes, que se creen eternos y que marcan, pero que  a la larga no significan nada, pasan por miseria, cuando la realidad cree que es grandeza. Y es que la existencia se desvanece bajo mentiras, de aquellas que se creen largas cuando la tristeza es larga. Ya nada perdura, cuando la existencia dura más allá de lo comprensible, de lo realmente amigable.

Te creo, cuando nadie cree que es previsible. Y es que el licor me ha devuelto aquello que nadie ve, que nadie percibe: la realidad hecha miseria, la tristeza hecha infinito. Me devuelvo, frente a los umbrales que aún creen que serán perceptibles, frente a los rincones que creyeron en grandeza cuando sólo había miseria, cuando ya las palabras rebotaban frente al espejo, frente a aquel que ve con grandes ojos, sin misterio, sin miedo. Es el aguardiente, cuando no vemos más allá de la ebriedad, aquel que devuelve a la miseria a su estado natural: el de la inconsciencia, el de la intranquilidad, aquel que ya no aspira vivir más…