Vidriosos ojos…

Vidriosos ojos son aquellos que despiertan sin risa, sin caricias, vidriosos ojos aquellos donde descienden mansas aguas saladas, desprendiéndose como si fuesen rezagos de retina. Y así fue como los verdes, púrpuras y negros se mezclaban en la paleta de la miseria, espejo de la inconsciencia.

Vidriosos ojos aquellos que veían sobre el suelo  los colores desprenderse, destruirse entre los roces de la noche, entre la suave caída de las hojas sobre las farolas de esas calles que creían conocernos. Y se entumece la garganta cuando la realidad ya no es la misma, cuando de los suspiros tan sólo queda el tufo del recuerdo, como si la brisa fuese cemento que cubriese nuestras bocas y nos impidiese hablar con facilidad.

Descendemos, entre la marisma y los gladiolos, que bajo las angostas calles crecen como si se escondiesen de la luz, sirviendo de camino a aquello que ya la vida no alumbra, no retumba. Vidriosos ojos que desfiguran las imágenes con el movimiento de la brisa, revolviendo en remolinos de tristeza aquellos azules y rojos que vestían a la ciudad en la noche, disfrazando de damas a las prostitutas, haciendo del tufo que emanaba de los bares fuese jazmines y delirios, descendiendo por el muelle.

Vidriosos amaneceres que retumban en las cabezas confundidas bajo el vodka, perforando las pupilas de aquellos bajo la gracia de Morfeo, que respiran en las lagunas de los sueños como si fuese el mar de sus más prósperas realidades. Frágil vida que se retuerce en el umbral de los sórdidos espejos, viendo morir amaneceres y despertares crepusculares.

Y entre los bolsillos ya no quedan cigarrillos, ni líquido que descienda por la garganta y la libre de su entumecimiento. Vidriosos ojos que ya no les queda nada, vidriosos ojos que la vida logró partir entre la miseria, sin mirar, sin sentir. Mirando al espejo y destruyendo las imágenes, desfigurando desde aquel vidrioso existir: vida que ya no respira, cristal que se fractura entre los recuerdos, entre las sonrisas, en medio de la vida que no quiere ser vivida…

Que la brisa…

Que la brisa se lleve los días, para que el rayo de la mañana no destruya la armonía de mi cama. Que la brisa se lleve los días, para que con ella mueran los gallos y demás anunciantes de un nuevo amanecer. Que la brisa se lleve los días, para que con ello los lamentos desaparezcan, y las tinieblas sean la cortina que eclipse el despertar.

Que la brisa se lleve los días, para así dejar de pensar en ellos, en la rutina, en la caída, en la comida. Que con la bruma desaparezca todo ello, incluso las caricias y las sonrisas fingidas, esas que ya no tienen cabida en la tumba de los miserables. Que la brisa le sirva de arrullo, para que el sol abandone la fuerza de sus latidos y se deje arriar bajo las mansas aguas del crepúsculo, dejando descansar a los que ya la vida desdeña.

Que la brisa se lleve los días, para que con ella los cobardes no tengan que llorarle a la madrugada, ni afrontar una despertada. Que despeje los rostros y abra paso a la risa, cuando ya la vida la ha hecho trizas. Que la brisa se lleve los días, para que los infelices no maltraten sus recuerdos con el venir de los amaneceres, para que los navegantes no se vean sumergidos en la marea, y con ello más lejos de su familia, de la arena, de la tierra que aún los posee.

Que la brisa devuelva las caricias, de aquellos que al despertar ya sólo tienen desdichas para recordar, y que borre la malicia de aquel que besando al alba sólo tiene para conmemorar su miseria: aquella que en todos los cuadros se ve igual, enmarcada entre rojos azulados, naranjas grisáceos y llantos entrecortados.

Que la brisa aleje los amaneceres, atardeceres y anocheceres, de aquellos que al vivir ya no encuentran delicia,  aquellos cuya vida dejó de ser primicia y ahora sólo quiere ser un pie de página en la esquina del cementerio. Que devuelva los gatillos: aquellos que no mentían, que devolvían a la existencia la dignidad misma antes de decretar despedida, antes de llorar entre las risas, entre la miseria de la vida misma…

Entre la niebla y la morena…

Entre la niebla los sueños se dispersan, se confunden con la ambivalencia del ambiente, como si quisiesen desaparecer y hacerse realidad en algún lugar en medio de aquella infinidad. Se camuflan, y se disuelven mientras los vidrios se tornan oscuros y las paredes sangran. Caminan como si no hubiese mañana, amañándose entre las disyuntivas del cabello, de la risa, de la sombra, de la desdicha, buscando un consuelo, buscando sustento.

Y vaga, dialogando con el sueño en medio del desespero, piensa, como si ella no hubiese  querido antes, ya no es lo mismo. Y es que antes las sonrisas eran pasajeras, como aquellas que buscan perdurar en el baúl de los recuerdos furtivos e insulsos, entre aquellos grises que destiñen la fuerza de los blancos y los negros, del mismo rojo y negro que han teñido la existencia. Y es que no es lo mismo crecer entre la niebla, amarrado a las cornisas de la vida, a las islas donde todo es blanco y la marea es negra, donde el cambio se ve como insurrección: donde el vivir transcurre en letargo, en tempo constante, sin pausas, contrapuntos o armonías, en medio de la monotonía, de las risas que ya no respiran.

Sonríe, pensando en que aquella sombra se aparecería, entre sus curvas y directrices, entre sus celos y raíces, mostrándome aquel rostro que hoy ya no se comprende, que se creía entendido pero que la vida misma lo ha hecho indescifrable. Y es que en esta niebla se confunde, aquel que creía verla como como todos, como amiga, como tan sólo una querida. Asesinando al verso, se confunden los sentimientos, alternándose los verbos y buscando predicados, sin embargo, hay algo que está claro, y que quisiese predicar a diario: que entre los resquicios de su boca sus sueños vuelan, y que en medio de la niebla, su sonrisa es aquello que más anhela…

Morena..

Morena es aquella a la que el cielo le grita, aquella a la que la noche le susurra, aquella que la marea abraza con la salida de la luna, reflejo de la luz de la madrugada, azul como el océano, ébano como la tierra, es ella, aquella que siempre he querido darle un beso, entre la niebla, entre la bruma.