La casa del silencio…

Era una mañana como cualquiera, las luces se dispersaban con la salida del sol, como si ya hubiese llegado el momento de resguardarse y dejar salir a aquellos que iniciaban sus días. Se puso sus zapatos, como todos los días, y bajó las escaleras hacía el comedor. “Otro día más que trabajar”, refunfuñaba, como si cada una de esas palabras le hubiese perforado una de sus vísceras. “Hola querida, ¿ por qué tan madrugadora?”, preguntó, como por intentar romper las distancias que los separaban cada día, buscando un signo de alivio, de aprobación, desentrañando una salida a aquella situación en la que estaba subsumido. “Ya pasaron dos semanas, y aún no me habla”, se decía a sí mismo, algo desilusionado, esperando aún una respuesta, siquiera un insulto.

Sabía que ya se había llegado a una de esas cavernas donde sólo es posible salir uno solo, donde toca comerse al otro para reponer las fuerzas y enderezar el camino. Su infidelidad era algo que ella nunca se esperó, a fin de cuentas, él siempre había sido el hombre de sus sueños: llevaba flores a diario, cocinaba para ella los fines de semana, era atractivo, y por supuesto, una máquina de trabajo, sólo el podía darle la vida que ella se merecía. Haberlo visto suspirar en medio del sexo, tocando con súbito placer los pechos de su madre había sido una imagen que no había podido borrar, menos después de su respuesta. “Lo siento amor, pero siempre quise ver que era tenerte 30 años después, lo hago por la longevidad del matrimonio”, exclamó, intentando ocultar su falo en medio de las sábanas corroídas por los fluidos. “Hijo de puta”, murmuraba a diario mientras el la tocaba en las noches, cuando la noche iniciaba y con ella el arrepentimiento de aquel imbécil que creía que para complacerla había que hacerle el amor, como si después de verlo gemir junto a su madre aquel acto no fuese lo suficientemente despreciable.

“Amor, ¿no piensas saludarme hoy tampoco?”, preguntaba nuevamente, intentando romper aquel silencio grisáceo, inseguro, que se camuflaba entre los negros de las esquinas inhabitadas de aquella cocina y las sombras que se proyectaban a través de las siluetas de las lámparas y demás objetos que pretendían decorar aquel marchito recuerdo de lo que se había sido; junto al blanco que hipócritamente revestía las paredes, aparentando luz, seguridad, despreciando la realidad. ” Excuse me?, I don’t understand Mr.”, exclamó ella, la de ojos zafiro y cabello de fuego, con voz quebrada.

– ¿Qué dijiste?- replicó, esperanzado por haber escuchado algo venir de su boca.

–  Who are you?, what am I doing here?- gemía mientras veía como las paredes se derrumbaban junto a su vida, como aquellas pinturas que buscaban adornar ahora eran retratos de algo que no alcanzaba a dilucidar, que la estremecían, que le decían que había algo allí que era de ella, pero que ella ya no pertenecía a allí.

– habla claro, no te entiendo- decía preocupado, aquel que tumbado sobre la silla miraba los recuerdos que se escondían en aquellas paredes, en cada fotografía, en cada esquina, en medio del desespero creciente, buscando respuestas. – por favor, repite aquello que dijiste… no te imaginas lo que me alegra escucharte nuevamente- murmuraba suavemente, entre los sollozos del amargo arrepentimiento.

– Why are you crying?, what the hell I am doing here?- exclamaba, en medio de los gritos, del llanto carmesí, esparciéndose en aquel recinto las últimas muestras de afecto, de consideración, del recuerdo. Ya no era ella, ya no era nadie, era tan solo alguien, la soledad hecha humano.

– por favor…por favor…¡ háblame carajo!, ¡dime algo, escúpeme así sea!, por favor, deja de murmurar cosas ininteligibles- gritaba, rompiendo la porcelana que ella había comprado con su primer salario, que se asomaba en la mesa que hacía las veces de comedor en la cocina, destrozando los cuadros que retrataban su viaje de recién casados, las fotos de su boda.

-Adesso niente rimane, dal ricordo, la tua miseria ha fatto cenere, dal tuo affetto è stata creata la miseria… – gemía, lanzando aullidos de furia, de desconcierto, desafiando aquello que no entendía: era simple automatismo, las palabras fluían de su boca como si a través de ella se pronunciase un arcángel, como si fuese un simple receptáculo de Mefisto, viendo fluir con cada frase la desgracia de estar vivo, de sentirse sano, de no poder romper y acabar con todo, de seguir siendo un ente que respira, que no disfruta, que no coordina, que ya sencillamente su vida no le pertenece.

– ¿ Qué dices?, ¿ was ist das?- repetía, extrañándose de que ya no sabía de que hablaba, de que las paredes se achicaban y con ello su existencia también, de que ya la bruma se disipaba e iniciaba una mañana que ya no comprendía, que ya no tenía propósito de ser vivida.

-Já nada fica da lembrança tua desgraça fez cinzas, do afecto tua vida criou o infortúnio- murmuraba, rápidamente, entre dientes, denotando la extrañeza, buscando respuestas en aquel recinto que ya nada podía ofrecerles.

– Wie heisen sie?, Ich bin eine mann, und du?- decía ya sin fuerza, entre quejidos, viendo su cabello camuflado entre las lágrimas y la sangre que corroía el suelo y que ahora subía por las paredes.

-Ya nada queda, del recuerdo tu desgracia hizo cenizas, del afecto tu vida creó la desdicha- repetía ella, viendo como ambos caían simultáneamente, sintiendo ambos ruidos al tiempo, percibiendo que el arma era la misma, percatándose que ya la vida no era la misma: lo único que seguía igual era la manera de romper el silencio, de camuflarse con la tierra…

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El arte de matar…

El arte de matar consiste en presionar fuertemente, en querer asesinar en varios golpes, con sevicia. Consiste en querer asestar la mayor cantidad de dagazos posibles, en ver entre los suspiros la miseria del que cae. Respirar su sangre, besarla, como si se besase los labios de la amada. Tocar la boca del herido, escupírsela mientras intenta respirar, ahogando sus esperanzas.

El arte de matar es buscar la forma menos placentera de morir, es intentar que aquel caiga de bruces al mundo, abrazando su destino, resignándose a ser parte de la tierra. Ver sus ojos saltados, su mirada inexpresiva, perdida en el vaho de sus recuerdos, en aquel carmesí que invadía sus pesadillas, rememorando el negro de su consciencia. Es ver sus ojos tornarse color zafiro, desteñirse en lapislázuli, respirar el violeta de la escena, el negro de la atmósfera.

Es ver que ya no queda nada en su rostro, ver que sus manos ya no se aferran a lo que “ese” que muere creyó importante, es ver que la miseria se hizo dueña de la tarima. El espectáculo inicia, la degradación y posterior fin del ser es la tortura que ocurre tras bambalinas y se exterioriza frente a todos, sin tapujos, sin consuelo.

No necesito de antifaces, ni de disfraces, para matar sólo me necesito a mi. “¿A mi?”, preguntan los incrédulos, “¿ y el muerto, el que cae, imbécil?”, ese ya está, ese es el que carga la daga, el que quiere verse de bruces a la tierra, el que ya no espera consuelo en mitos y deidades, el que ya renunció  a vivir. Ahora, se preguntarán, ” ¿eso no es suicidio, idiota, cretino, enviado de Mefisto?”, NO, contestaré, ¡NO!, suicidarse es caer de rodillas ante otro, ver llorar a las flores del cerezo, exfoliándose a sí en aquellas esquirlas rosas, que simbolizan la sangre tibia. El arte de matar es morir frente al espejo, sin suplicios, sin lamentos, es caer como las aves frente al río, atragantándose con su presa en un suspiro…

El espejo..

El me mira, pero yo no me veo. Entre tanto vaho, creo que ya no sabemos quiénes somos. La niebla se dispersa, y a la larga, ya no se sabe quién es quién. Si el que se para allí, entre aquellos remolinos cristalinos y el que descansa en medio de la marea. Ya no es lo mismo, el tiempo ha transcurrido, y ya no me logro ver en el espejo. Le hablo, pero él no me determina, susurra palabras ininteligibles: creo que ya hablamos lenguajes diferentes. Y así me doy cuenta que lo que fue, ya hoy no es, y que en medio de tanta miseria, algo nuevo ha germinado allí, donde yo creí que ya nada crecía: en el pecho, en mi cuerpo.

La costa se aleja, y con ella, las personalidades que creen ir en cubierta. Se lamenta, se acompleja de no poder ser quien era, ya al parecer las cosas a las que aspira no son las mismas. Eso se dice, y se regocija frente a aquella figura que se dispersa en medio del agua que crece de las paredes, y que retoca aquella figura dispersa que se camufla en el espejo. Al parecer tiene miedo, ya no ha vuelto a salir, o si sale, se comunica en un dialecto indescifrable.

Intento acercarme, pero veo que ya andamos muy lejos, que ese vidrio que nos separa es más grueso que la miseria que no conocía cuando por última vez me vi allí. Intento traspasar la materia, volver a tenerte cerca, rozar tus dedos, sin embargo, veo que ya la bruma ha crecido nuevamente, y que tu imagen se desdibuja mientras el espejo se empaña.

He navegado no sé cuanto tiempo, he visto los mares crecer y la noche desvanecerse desde todos los rincones del mundo, he visto las aves naufragar en medio de las aguas producto del cansancio, he visto los grillos caer en la cubierta, y aún así, nunca te volví a ver más allá del espejo, no te pude volver a ver más allá del desfigurado rostro que te invocaba a gritos mientras deseaba tocar tierra, viajar lejos de ese barco, del espejo, de mi, del que ya no se puede ver, del que ya ni su sombra desea conocer…