La caverna…


“Ehh Diego, dejá la maricada y duerme de una vez, ya tienes las pupilas culo arriba”, me decía Miguel, el tendero, uno de aquellos sujetos que sólo escupe verdades a medias, que habla cuando nadie se lo pide, y que se cree con cierta autoridad sobre la gente: un tipo realmente despreciable. Me dicen Diego, o a veces marica, algunas veces hijo de puta, otras veces el lagañudo; ello depende del estado de ánimo de la gente. Cuando andan bien, puedo volver a mi verdadera identidad: Diego Cortés, estudiante de filosofía, un pequeño número más en el gran código de barras de la vida. Otras veces, simplemente soy una escoria más, otro número, pero este si engrosando las filas de la gran cantidad de estadísticas sobre el desempleo, y es que de verdad me pregunto quien será el enfermo que disfruta al ver números que no trabajan, dígitos que no comen, centésimas que no viven, a fin de cuentas, ese es el transcurrir en el tercer mundo, el “devenir constante”: se pasa de 1000 pesos a 0 en un minuto, ni que Heráclito hubiese sido banquero.

Y si, yo prometí ser alguien de bien. Saqué las mejores calificaciones para entrar a la universidad que siempre quise, sin embargo, algo no fue bien, algo no terminó de encajar. Me lo pregunté muchas veces, pero en mi cabeza sólo encontraba aquel grito que aullaba desde mi oreja y dejaba ese vaho de miseria rondándome las cejas: ” Hijo de puta, ¿estudiaste tanto para ser un simple marihuano? te hubieses podido quedar barriendo la casa, yo te pagaba con un porro diario de ser el caso, pagar tanto para ver un degenerado no era la idea ¡carajo!”. Y si, realmente ello es lo único que logro evocar cada vez que pienso en mi pasado, y en el presente.

Me fui a la mierda, o al menos eso dice la gente. Dicen que estoy loco, que la filosofía me dañó la psiquis. Sin embargo, nadie sabe que encontré un verdadero tesoro. Encontré aquel Aleph que tanto buscó Borges, aquella caverna a la que alguna vez accedió Platón, encontré la Ciudad de Dios de Agustín. Les contaré, pero por favor no le digan a nadie, no quiero que me internen, ya varias veces me han amenazado con ello y de verdad no quiero dejar el sentimiento que ello me produce, así me llamen degenerado.

Y si, es una caverna, una especie de refugio cilíndrico. Si, cilíndrico, la forma maestra, el elixir de la vida. De entrada estrecha y oscura, internarse allí era imposible. Tan sólo la vi, sin embargo, una serpiente la recorrió por mi, rozando con aquella lengua quebrada los lugares que yo nunca podría palpar, me dijo su nombre, o al menos eso creo, podría ser María, podría ser Eva, podría ser Magdalena, en fin, una dama de las profundidades, un espectro más allá de la luz. Viendo desde fuera, vi que al inquietar con el cosquilleo de su presencia, ella hizo que la misma se recogiera y se expandiera, como si fuese víctima de un temblor, como si Cupido lo hubiese flechado, como si Baco le hubiese dado un trago amargo.

Y en medio de esa fricción, del abismo, del choque entre sus muros, vi de ella emerger aquel líquido blanquecino que se perpetuó en mi memoria, ¡Ahh, carajo…y es que al cerrar los ojos veo la guerra y la paz frente a mi, veo aquellos recuerdos que nunca ocurrieron, siento el calor en las orejas, siento emerger el fuego en mi piel. Siento como la Caverna se destruye, siento como se desenrolla, siento como se disminuye. Y me dicen loco porque con ella quiero desvanecerme, porque en ella quiero vivir, porque ya no me quedan anhelos más que ver lo que de ella puede surgir…

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