Van Largas…

El tiempo pasó, ya la vida no sería la misma. De los párpados ya no brota esa sangre de dulce sabor, ya no se cruza con el amor que algún día fue. Y las noches pasaron tristes, y los días pasaron largos, no sé si aún te odio, no sé si aún te quiero, pero en definitva, aún te extraño. Y es que el transitar ha sido difícil. Más de una vez he querido despertar, desvanecerme en medio de los sollozos del saber que ya ni en los sueños encontrarte volveré. Las cosas  se perpetraban, las personas se iban. El mundo parecía crecer en forma de alcancía, las miserias crecían, los lamentos iluminaban las avenidas, ya no era lo mismo, escuchar mis lamentos ya no era lo mismo. Pretender estar así, sin más, con la noche de vigía era como pensar que ya la vida seguiría así. Te tomé, te dejé y así mi vida tendría que transcurirr. Adios a todo, Adios a mi mismo, desvanecerme en ti hoy aspiro, devolverte la alegría que hoy siento.

Me fui, decían, aquellos que aspiraban verme volar, verme transpirar bajo lo inocente de la brisa, llorar en medio de los acantilados que aún hoy no conozco, pero que aspiro a ver. Tus ojos fueron las luces, hoy lo que ilumina es la electricidad, en el azul de tus caricias, mi vida, hoy quiero volver a navegar, en tus olas y sábanas poderme levantar…

La Urna..

Estabamos allí, en medio de los relojes, de las arenas del tiempo. Descendiendo entre nuestras caderas, besándonos los pezones y rodeándolos con súbita lujuria. Era la nada, era el desierto de aquellas cenizas que no quedaron luego de haber estado juntos, era el haber estado lejos, el haber visto nuestra miseria desde la perspectiva del imparcial, ya la lujuria no era la misma. Descendía, y mi mano rosaba suavemente aquellas curvas que algún día deseó, pero que nunca siquiera llegó a creer que podría tener. Todo se desvanecía, la magia ya no era lo mismo, eyaculábamos sin sed, fantaseábamos sin tener que ver los fluidos rodar tras las piedras que nos sostenían.

Y es que haberte visto, así fuese aquí, ya me hacía pensar que quizas ya no era lo mismo tener sexo sin respirar, ya no era lo mismo besarte sin cariño, ya no era lo mismo desearte en la oscuridad. Aún me asombro, aún respiro sin poder concentrarme. Los caballos gritaban, y las vacas mascaban aquel pasto vicioso que rodeaba nuestras piernas. La lejanía no era la misma, ya no era el tenerte lejos, ya era el tenerte cerca, el poderte besar sin más, el poder verme nuevamente deseando tu afecto.

Las noches se hacían largas, y en medio de ese castillo de arena nuestros pasos se transformaban en miradas y las serpientes que nos rodeaban se susurraban unas a otras, “¿de donde vendría aquel destino que no conocíamos?”, que no queríamos conocer. Lamía tu sexo, desgarraba tus manos, veía aquel placer que nunca más podría volver a ver, no era lujuria, eran las caricias hechas magia, eran los datos de un investigador sin revolver, sin coacción.

El día llegaba, y la noche seguía alumbrando, disparando rayos de tristeza, enseñándome que todo era una mentira, que ya no volvería a ocurrir, me desvanecía en ti, esperando un mudo orgasmo, no quería el placer, deseaba el recuerdo, deseaba atesorarlo en el baúl de mis futuras desgracias, para que luego me pudise servir de consuelo…

La caverna…

“Ehh Diego, dejá la maricada y duerme de una vez, ya tienes las pupilas culo arriba”, me decía Miguel, el tendero, uno de aquellos sujetos que sólo escupe verdades a medias, que habla cuando nadie se lo pide, y que se cree con cierta autoridad sobre la gente: un tipo realmente despreciable. Me dicen Diego, o a veces marica, algunas veces hijo de puta, otras veces el lagañudo; ello depende del estado de ánimo de la gente. Cuando andan bien, puedo volver a mi verdadera identidad: Diego Cortés, estudiante de filosofía, un pequeño número más en el gran código de barras de la vida. Otras veces, simplemente soy una escoria más, otro número, pero este si engrosando las filas de la gran cantidad de estadísticas sobre el desempleo, y es que de verdad me pregunto quien será el enfermo que disfruta al ver números que no trabajan, dígitos que no comen, centésimas que no viven, a fin de cuentas, ese es el transcurrir en el tercer mundo, el “devenir constante”: se pasa de 1000 pesos a 0 en un minuto, ni que Heráclito hubiese sido banquero.

Y si, yo prometí ser alguien de bien. Saqué las mejores calificaciones para entrar a la universidad que siempre quise, sin embargo, algo no fue bien, algo no terminó de encajar. Me lo pregunté muchas veces, pero en mi cabeza sólo encontraba aquel grito que aullaba desde mi oreja y dejaba ese vaho de miseria rondándome las cejas: ” Hijo de puta, ¿estudiaste tanto para ser un simple marihuano? te hubieses podido quedar barriendo la casa, yo te pagaba con un porro diario de ser el caso, pagar tanto para ver un degenerado no era la idea ¡carajo!”. Y si, realmente ello es lo único que logro evocar cada vez que pienso en mi pasado, y en el presente.

Me fui a la mierda, o al menos eso dice la gente. Dicen que estoy loco, que la filosofía me dañó la psiquis. Sin embargo, nadie sabe que encontré un verdadero tesoro. Encontré aquel Aleph que tanto buscó Borges, aquella caverna a la que alguna vez accedió Platón, encontré la Ciudad de Dios de Agustín. Les contaré, pero por favor no le digan a nadie, no quiero que me internen, ya varias veces me han amenazado con ello y de verdad no quiero dejar el sentimiento que ello me produce, así me llamen degenerado.

Y si, es una caverna, una especie de refugio cilíndrico. Si, cilíndrico, la forma maestra, el elixir de la vida. De entrada estrecha y oscura, internarse allí era imposible. Tan sólo la vi, sin embargo, una serpiente la recorrió por mi, rozando con aquella lengua quebrada los lugares que yo nunca podría palpar, me dijo su nombre, o al menos eso creo, podría ser María, podría ser Eva, podría ser Magdalena, en fin, una dama de las profundidades, un espectro más allá de la luz. Viendo desde fuera, vi que al inquietar con el cosquilleo de su presencia, ella hizo que la misma se recogiera y se expandiera, como si fuese víctima de un temblor, como si Cupido lo hubiese flechado, como si Baco le hubiese dado un trago amargo.

Y en medio de esa fricción, del abismo, del choque entre sus muros, vi de ella emerger aquel líquido blanquecino que se perpetuó en mi memoria, ¡Ahh, carajo…y es que al cerrar los ojos veo la guerra y la paz frente a mi, veo aquellos recuerdos que nunca ocurrieron, siento el calor en las orejas, siento emerger el fuego en mi piel. Siento como la Caverna se destruye, siento como se desenrolla, siento como se disminuye. Y me dicen loco porque con ella quiero desvanecerme, porque en ella quiero vivir, porque ya no me quedan anhelos más que ver lo que de ella puede surgir…

Mirada

La mirada cae como si no fuese hoy, se desvía como si no hubiera mañana, se pregunta como si ya no le quedase más que ver, la mirada sonríe sin pestañear, se desliza sin mirar, como si no hubiese nada más que orgullo en el altar, la mirada cae, se retuerce, refunfuña, muerde, la mirada es todo aquello que desvía la atención del indivudo, se retuerce, se estira, desnuda, como el alma al pasar el abismo, como Dios sin consuelo.

Se desvía de la gente, enfoca otros ángulos, se desvanece en la bruma, piensa como los niños y llora como las ánimas, mira más allá, se desliza, muere. La mirada seduce, la mirada acompaña, y entre las tinieblas ella no engaña, se sacrifica, se traduce, se conmemora, como ella hay unas pocas.

Tranquilidad…

Tranquilidad le llaman a aquella mujer de negros ojos y sonrisa de marfil, que titubea cada vez que alguien la mira a los ojos. Es esquiva, tiende a desaparecer cuando intentas abrazarla: no le gusta sentirse atrapada, y aunque no lo creas, sufre cuando le susurras halagos al oído.

Algunos la llaman caprichosa, otros simplemente entienden que no le gusta estar todo el tiempo, en ese estado de desdén en el que se somete a la vida, mirándose a sí mima con profundo desprecio. Prefiere correr, mirar fugazmente y besar con un leve roce, como si sintiera fricción en tus labios y temiera quemarse.

Viste con falda larga y sombrero de visera ancha, para cubrirse de la tristeza y el malestar, a pesar de que a veces la golpean de tal forma que cae desvanecida, como si esperase en las alas de Morfeo un nuevo amanecer, en medio de aquella oscuridad que la hace pensar que Soledad ha tomado su lugar, desdeñándola y sometiendo a su amado a aquella prisión de espejos, donde la única opción es mirarse a sí mismo y suspirar, afrontar de frente lo patético del estar vivo, lo pequeño del hombre.

Sin embargo, la angustia nunca ha estado en su léxico, como si la longitud de la misma se contrapusiera a lo cándido de su memoria, a aquel castaño que recorre su cabellera y desciende entre rojos y amarillos, dependiendo de como el sol la roce, dependiendo de como la vida la conozca. Errante, como un Ronin sin feudo, deambula por las calles sin que su suciedad la atemorice, esperando a aquel que en medio de la miseria, sujete su mano y le pida un minuto de su tiempo.

Sonríe con picardía, y una vez es correspondida, se aleja suavemente, dejando su aroma camuflado en la brisa, dando paso a nuevas señoritas. No por nada le llaman Meretriz, no por nada es la puta que murmura después del orgasmo.