Descansa en paz…Margarita.


“Y si, como le venía diciendo, este cáncer ya me consumió, no me quedan fuerzas siquiera para lagrimear doctor”, decía aquella mujer de cabello corto y platinado, que embargaba de tristeza todo el resto de la precaria habitación. ” Le pido por mis hijos, cuídelos, la niña ya casi va a la universidad, el niño ya anda allí pero lo noto algo desubicado”, exclamaba en medio de intermitentes sollozos, que fraguaban aquellos últimos instantes de su existencia, de aquella ráfaga de alegría y amor que se confundió entre los jazmines y tulipanes entre los que nos sentimos abrazados por ella, por la “Tatcher”, llamada así por su recio carácter y fuerte temperamento, rememorando a la dama de hierro.

” Llame a mi papá y a mi mamá” gemía mientras intentaba quitarse la máscara de oxígeno, ” A su mamá, ¿ a cuál?” repetía, intentando alcanzar el teléfono en medio de la angustia ” a la de siempre, no sea tarado, madre tengo dos, mamá sólo una”, exclamaba tosiendo, inhalando y exhalando con tremenda dificultad, ” no queda tiempo, por favor, no tarde”.

Tomaron su mano, besaron su frente y caían las lágrimas en medio de aquel mar de lamentos, donde todos los presentes intentaban manifestarle su afecto y cariño, la tranquilidad que le traería la muerte, ya que a fin de cuentas, el dolor es sólo para los vivos, para los que no han sucumbido a la tierra, para los que aún tienen deudas pendientes, y deben seguir transitando los mausoleos de la realidad, donde las húmedas y grisáceas paredes tienden a deformar con súbita facilidad la tranquilidad construida, edificando aquella torre carmesí a la que le denominan dolor.

Su mamá se le acercó, le besaba el oído y le recordaba que más allá de la vida no existía el dolor, no existía la tristeza, no había cáncer ni enfermedad alguna que la lastimase como hasta hoy venía padeciendo.  Sería abono, aunque le costase reconocerlo. A pesar de todo, le hablaba de la trascendencia y del paraíso, del Dios misericordioso que siempre estuvo y que hoy la saludaba.  Y le hablaban de ese tal Jesucristo y de todos sus amigos, de aquella cofradía de ingratos arrogantes que sólo desean alabanzas para mover una pestaña, seres cuya crueldad no alcanzaría a comprender, nada más por eso creo que ni existen.

Cayó la mano que sujetaba la de su madre, también la máscara de oxígeno que reposaba sobre su izquierda. ” No tiene pulso” decía el tío, el médico que toda familia posee y adora por sus eternas calidades humanas , “Falleció?”, preguntó aquel que compartía la mitad de su sangre pero que suplía aquella deficiencia con amor fraternal. ” Si, ya no está aquí, está allí donde no se existe pero no se sufre. “, profería el médico, el tío, el amigo.

 

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