Esperando el deceso..


El descenso de aquello que espero no se produce, y me pregunto si realmente la memoria no es una caja de Pandora que conjura sentimientos y los revuelve con imágenes sin contenido semántico más allá de los deseos de un infeliz. Y es que los días pasan largos, y los minutos se hacen horas, y las horas minutos, y la vida deviene en devenir, un transitar que condena a cada paso, donde cada palpitar refleja angustioso aquello que no es, pero que se espera que sea.

Triste es saber que no se conoce lo pretendido, y sin arrogancia cabizbajo siento el caer de la lluvia: aquella puntada incolora, uniforme, desesperada, que golpea con furia y sin consuelo a alguien que fue, pero que hoy en día busca ser algo que nunca ha sido, perpetua eternidad que soslaya con los laberintos de la inconsciencia, aquellos reductos de luz que en las noches oscurecen la realidad, agudizan la respiración y marchitan las esperanzas al llegar al amanecer.

Y me levanto, camino sin rumbo ni trascendencia, admirando la profundidad de la retina que se sumerge en el café y vislumbra el marrón de la desgracia y el grisaceo de la monotonía, deseando encontrar aquel índigo que subyace a la salida de una habitación sin puerta alguna, miro a los lados y me encuentro solo: en el infinito océano de mentiras que subyace más allá del intelecto, producto de aquella anciana llamada Consuelo, que te susurra al oído y te adorna de adjetivos preciosos cuando la vida te escupe en el rostro. Y la miro y en su rostro lloro, y las lágrimas rompen con la armonía furiosa de la lluvia, y trompetean los ruiseñores y zarpan los barcos, dejándome con ella, pidiéndole respuestas, a ella: a la única que con sabias falacias acalla los aullidos que surgen a borbotones de un corazón sin respuestas, sin fuerzas.

Y la cuestiono, la interrogo, viendo que en su gesto no se dibuja sentimiento alguno más allá de un cariño infernal, lastimero, como el de aquel que consciente a su mascota y la besa en la cabeza. ¡Deseo predicados, no sigas con adjetivos ingratos!, le grito y le intento escupir, pero la saliva no brota en los lugares donde la desolación desheredó al orgullo.

Anciana de negras ropas y cabellos blancos, permite que mi vida no se marchite como tu rostro, haz que el orgullo redunde más allá de los lamentos, de la diatriba insoportable de aquel que creyó perderlo todo. Y deseo que te vayas, que me dejes alzar la mirada una vez más y maldecir al sol, a aquel que lo ve todo y se complace del sufrimiento ajeno, que alumbra con mayor fuerza en los momentos de mayor angustia, al pobre inepto que desde los cielos se complace del sufrimiento ajeno y pide reverencia, alabanza, como si la luna no le importase, como si el hombre no le tocase, como si todos le envidiasen.

Y dice ser Dios, y pide que le alimenten el ego: como el payaso que suplica aplausos sin cesar por lo precario de su obra, como el humorista que alimenta su ánimo con las bromas viejas de sus antecesores, arquitecto de desgracia que pide lágrimas sobre su obra nefasta, derruida, distanciado de la razón y demás artes oscuras a su entendimiento.

Tropiezo, pero lo hago solo, divago, pero mis ideas no buscan la trascendencia del mundo platónico y mentiroso, metafísica barata que convence a incautos y pequeños sin temperamento. Y es que no deseo nada, tan sólo veo el transcurrir de los días convertidos en horas, en las horas convertidas en segundos, los minutos convertidos en días, y las noches convertidas en desgracia. No quedan sueños, bebo un café, disparo a la ventana, al espejo: a la realidad misma.

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