Bebiendo…


Bebiendo entiendo el sinónimo de la existencia: corto transcurrir, letargo insaciable, corta habladuría, andanzas perpetuas, sueños inconclusos. Bebiendo entiendo como llegué a ser lo que soy: reducto de esperanza y lamentos, cancerbero sin cadenas: animal desviado, pordiosero sin compañía.

Y transcurren los días lentos, noches largas, sorbos amargos y vinos dulces, cándidos como tu pecho al amanecer, transcurriendo en el amargo rezago de un corto respirar, intermitente y pausado, triste y esperanzado, como aquellos que descienden de su pedestal y tocan su tumba, sin trascendencia, ni esperanza, bebiendo como si no existiese más allá.

Preguntándose si realmente vale la pena acoger aquel código de valores inconclusos, indeterminados, que me ordenan como comportarme, porqué no matar en razón de mi libre albedrío, donde nunca entendí por que no debía morir en sobredosis de alcohol: letargo infinito, sorbo dulce que ahoga lo amargo de mi existencia.

Y retumbo en palmares de sueños, en medio de recortes de revista que se asemejan a una realidad que no existió más allá de una memoria que no llegó a formarse, a un torbellino de suspiros que se almidonaron entorno a una misma imagen: bebo entre amigos, supuestos enemigos, me sumerjo entre caníbales, razas indeterminadas y tragos sin sabor.

Perdura el alcohol, y nada más importa, tan sólo la memoria de aquellos días en los que no bebía para ser feliz, donde la botella era un medio para susurrarte al oído aquellas palabras que mi cabeza nunca alcanzó a procesar de manera acorde a la semántica del asunto: a los besos furtivos y a las palabras inmigrantes, que varían su significado conforme a la moral del verso, al estado de ánimo del adjetivo y a la fuerza del predicado.

Así se mueve el reloj, mientras la cabeza transita entre ciclos amorfos, sin sentido absoluto: existencia misma que perduras entre suspiros dulces y sorbos amargos, entre la cálida lluvia y el rojo de la noche, vigilante nocturna, luna de mis anhelos.

Y sumergido en el transparente de la botella me encuentro para no olvidarte, para recordar que no todo desembocó en rasgaduras de piel, en lamentos inhertes y pretextos inherentes a una condición que desearía desembocase en habitual, borracho de tus besos y tus caricias, no dependiente del consuelo ingrato de un líquido transparente que me admira con desdén.

Bebiendo transcurren las noches y los deseos, mientras los remolinos de tormentos transcurren al compás ruin de la inconsciencia y el amor prófugo: aquel que no espera, que escapa ante la realidad de un ciclo concluso, de un transcurrir sin finalidad coherente, que se visualiza ante aquel negro que camina divagando, grisaceo como sus dudas, carmesí como su memoria.

Sumergidas mis dudas cabalgan sin lugar ni podio de llegada, sin jinete que lo guíe, sin chamán que lo ayude en su camino, desbocado, sin silla ni rienda que oriente la razón y el amor infinito, aquel que por borbotones fluye a través de estos simples versos. Y bebo para no tomar, sigiloso desciende el fino elixir de la vida y la alegría, generando llagas que no llegas a besar, que crecen conforme a la tristeza, al deseo de admirarte y tocar con sigilo aquella boca que suspiró frases de afecto a aquel infeliz que perduran en un vaso de vino, en una copa de vodka, en una lata de cerveza. Metálica, desechable como las caricias y recuerdos que en ti generé.

Amándote como pretérito, deseándote como subjuntivo, como singular: entre tijeras que recogen lo mejor de mí, y lo redactan conforme al transcurrir de los sorbos inconsistentes y nauseabundos de un recordar que aspira a retratarte a su imagen y semejanza…

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