Una mañana cualquiera…


Una mañana cualquiera me desperté viendo que el sol se había caído, y que ahora todo sucumbía en medio de aquel silencio producto de la oscuridad perpetua, aquel murmullo invisible, incorpóreo, que supuse, tendría a toda la gente recluida en sus casas, custodiando sus pertenencias, cada uno en una ventana, con aquellos revólveres viejos y oxidados que en toda casa se encuentran, reductos de una vida triste, del infortunio de muchos ancestros, que lucharon en medio de Violentia, éste pedazo de tierra que ya no vale nada, que tal vez algún día tuvo valor, pero los ríos de sangre se encargaron de marchitar y erosionar todo lo bello que en el habitaba, incluyendo las personas: reductos de tristeza y miedo, fosas vivientes.

Fue así como el sol se cayó, y en mi cabeza dos dudas martillaban con tal fuerza, que empecé a sentir un mareo horrible que armonizaba con el gris de mis aspiraciones, y el negro de la tristeza. Desperté, sin darme cuenta en que momento caí abatido por aquel profundo dolor, pensaba que todo acabaría, “ya esta gente no tiene voluntad”, repetía con cada paso que daba hasta la cocina, aquel recinto que iluminaba el laberinto de mi vida, en el que hallaba la única razón para vivir: ese trago amargo, incoloro y fuerte que me hacía reír sin motivo, que me ayudaba a olvidarlo todo desde su partida, aquel triste despertar con tonada de requiem, que me sumergió en lo que hoy soy: un  infeliz que no distingue entre la derecha y la izquierda, el negro o el blanco, lo bueno y lo malo: ente amorfo, caricatura de esperanza. Y es así como mi existencia transcurre encerrado en 4 paredes pintadas con dolor, furia y toda la resignación que un hombre puede cargar, por que a fin de cuentas, lo perdí todo, absolutamente todo, ella lo era todo.

Volví a perderme en contemplaciones sin sentido, en la estupidez de mis lamentos, y en el rojo de mis lágrimas, aquel carmesí que impregnó las baldosas blancas que alguna vez adornaron este lugar, que decoré para que algún día visitaras. Camino como un autómata, como un león herido, como el lobo que algún día fuí, pero que no tiene dientes: no tiene valentía, y menos una manada que proteger. Me desplazo con el llanto, con aquel líquido que emana de mí y me tortura, que no deja que mis pies queden petrificados en este recinto, que suaviza el cemento que carcome mi caminar, y que de paso, me condena a seguir llorando, a seguir lamentándome y escupiendo muestras de debilidad.

“Llegué hasta el Vodka”, me decía a mi mismo, una y otra vez. Me mandé un trago, como esos que acostumbraba a tomar, largos, hasta que sentía el desgarro de las vísceras internas: hasta que sentía aquel mareo que me sumergía en medio de mis recuerdos, de aquellos años en los que me despertaba con la posibilidad de visitarte, de invitarte a tomar algo, de besarte, de sumergirme en tu aroma y abrazar con fuerza esa delgada cinturita, de poderte decir aquellas dos palabras que hoy rondan por mi cabeza y me atormentan con tanta fuerza, que la única forma de diezmar su poder es con vodka: Te amoro.

Dos palabras que suspiran en mi mente y supuraron mis heridas por mucho tiempo, por el fugaz intervalo en el que ambos deliramos con los mismos versos y las mismas canciones, acariciados bajo el sol que alumbraba la dicha reciente, la que vendría, y aquella que sigo esperando, porque las noches se hicieron largas desde tu partida, recordando aquel sol que  alumbró con tal dulce caricia  y el aire que no congestionaba mis corroídos pulmones, eran los tiempos  del cariño infinto,  del rojo de tu boca y el el brillo de mi sonrisa.

“Dos palabras mal pronunciadas”, dirán los incautos, los que no se han enamorado. Sin embargo, debo responderles que es imposible describir todo lo que ella suscitó y suscita en mí, no encontré en ninguno de los 10 idiomas que conozco una palabra más fuerte que un te amo, pero ella con una sonrisa se la inventó, y me la explicó en medio de suspiros y un palpitar desenfrenado. Si supiera que la custodio con recelo, y no la volví a pronunciar luego de su partida, reservada para ella, con exclusividad total, como este sentimiento que hoy carcome mis entrañas y me tortura con paciencia, degenerándome día a día, sin pausa ni aceleración, con total calma.

“¡Puta vida, esto no era Vodka! ¡qué mierda he tomado todos estos años!”, grité con furia, mientras me daba cuenta que fui timado por el tendero de enfrente, por el que consideré mi único amigo todos estos años. Sabía a agua, sabía a nada. Y ahora las preguntas me embargaban una tras otra, preguntándome como había estado borracho si no había probado licor alguno, ¿qué era lo que vomitaba? ¿ de dónde provenían esas nauseas?, preguntas inconclusas, que decidí otorgarles ese rótulo sin mayor cuestionamiento, a fin de cuentas, ya nada importaba.

Decidí salir, luego de 3 años y medio,  con el único fin de encontrar a ese tendero y clavarle un puño en esa cara, escupir mi rabia y frustración: el problema no era el Vodka, era que ya no me quedaba nada en casa. Tenía que salir, algo debía hacer, no es momento de morir, o al menos eso creo. Al salir, noté como mis profecías eran ciertas: “en Violentia nadie sale, todos se esconden, usen su revolver si notan algo extraño, recuerden que sólo le pueden abrir al carro del gobierno, que traerá municiones para su protección, Repito…” exclamaba una patrulla que pasaba enfrente y que alumbraba las oscuras calles con su rojo y azul, con aquel ruido insoportable.

Pasé las calles, y noté el frío, es decir, tiritaba y temblaba a tal velocidad, que pronto tuve que devolverme corriendo al “hogar”, si es que ese recinto de porquería todavía se le puede atribuir ese nombre. “No llegué a la tienda, no tengo Vodka”, repetía sin parar, mintiéndome a mi mismo, como si ese fuese el problema, si es que acaso existía un problema.” Tenía que volver a intentarlo” pensaba sin duda alguna.

Decidí prepararme de la mejor forma, y por ello me puse las 4 prendas que aún me quedaban en el armario, de ese modo, salí y enfrente mi destino una vez más, cantando en voz alta una canción de mi juventud, de mis años felices, aquella que decía ” Die with your boots on”, de una banda cuyo nombre recordaré hasta el final de mis días: Iron Maiden.

Caminé 2 calles, dándome cuenta de lo cambiado que estaba todo, el tiempo transcurrió sin clemencia: los edificios eran más grandes y la gente daba más asco. La tensión se sentía en toda la calle, todos me apuntaban, y en sus ojos el terror se dibujaba, la rabia y la frustración los hacía titubear frente al frío de aquel gatillo, frente al frío de la noche.

Volteé a la derecha, y no vi la puta tienda, pero que importa, más adelante podré entrar a una. Caminé, y caminé, entre la tensión del ambiente y el gélido aroma de la noche, hasta que la vi, a ella, sentada en un andén con la mirada perdida. La saludé, como los estúpidos saludan- Hola, tanto tiempo-, tartamudeando con la misma precisión de cuando la vi por primera vez, llenándome de aquel fuego que me embriagaba cada vez que la veía, cuando me di cuenta que me miraba con sorpresa, como si mirase algo conocido, pero que ha sido deformado- ¿eres tu?, dime que eres tu-, y no encontré respuestas posibles, ¿qué tal que preguntase por alguien distinto?, ¿ será que me había reconocido?, ¿ la necesidad evidenciada en la construcción de la oración, aquel “dime”, no reflejaba un deseo de encontrarme?.

– Soy aquel que un día te dijo aquellas dos palabras que inventaste, que las repitió con suma sacralidad, y que las guardó para el día en que te viera otra vez- exclamé revisando signos de emoción alguna en aquellas esferas de cuarzo que me recordaban el mar de felicidad que experimenté a su lado, cuando su rostro cambió, y la alegría el se dibujo- te amoro, te amo y te adoro todavía, fue un error dejarte ir- así fue como me abalancé hacía ella.

Y no recuerdo nada más, porque lo siguiente que vi fue una botella de Vodka vacía al lado de mi cama, y el sol saliendo y penetrando con sus ingratos rayos mi ventana, pegándome en la cara, como las cachetadas que debí darme después por pensar estupideces, por soñar, por pecar de esa forma.

Una mañana cualquiera, volví a soñar con ella, pero todo quedó allí, en la confusión entre realidad y la magía de Morfeo, en aquel escupitajo, en aquella resaca.Fue así como me dirigí hacía la cocina, nuevamente a empezar mi rutina: volver a la ruina, al fracaso, al alivio del Vodka.

Advertisements

2 responses

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s