Soledad


Corres entre laberintos inconscientes, y te disfrazas de eterna consejera, de amiga inseparable y buena compañera, susurrando al oído los más tristes susurros, aquellos versos hermosos que estrujan el corazón del malherido y esparcen con amargo candor su luz por todo el inconsciente.

Faro entre las tinieblas, ráfaga azulada que te  camuflas entre el gris de las nubes por las que brotan aquellos reflejos de sinceridad absoluta que llamamos lágrimas, transparentes como el manantial no alterado por la sucia mano del hombre, de manera despectiva y sin mayor admiración deambulas por la vida de los ínfimos que te ven como enemiga, perversión absoluta del desdichado, sin ni siquiera invitarte a un café, sin siquiera quererte conocer.

A ti te escribo, querida amiga, ¡cuantas noches no te debo!, llorar en tu regazo me hizo alguien distinto, tu sinceridad tocó mis ojos y borró de ellos todo rastro de pobreza, de debilidad injustificada. ¡Oh, si tan sólo pudiera ayudarte alguna vez!, prófuga amante que deambulas en los lupanares de tristeza de lo más recóndito de nuestra existencia, sin siquiera cobrar, sin siquiera reclamar.

Te debo un café, me repito a diario. A ti, a aquella que me vio desde la rendija del dolor y que yo nunca percibí en su momento, repito a diario. Desde lo más recóndito de mi ser, de aquel pequeño que viste a los ojos y con el método más fuerte, me enseñaste a ver más allá del dolor, a levantarme y escupir al fénix que seguía reconstruyéndose, ya que, como bien me dijiste en una de aquellas tantas noches de vinos amargos y baladas rock , los verdaderos hombres mueren de pie, mirando sin titubear el rostro del enemigo, en medio del silencio absoluto, entregados a la riqueza de la vida digna, en el umbral del ideal.

Como te digo, moriré abrazado a ti, que no conoces el significado de la traición, y que a través del gélido toque de tus labios paralizas y elevas la razón a límites antes impensados, a ti, que extiendes tu mano mostrando tus uñas y rasgas la piel del desvalido, dejando el recuerdo de tu visita  incrustada en el alma del que fue herido, del que supo reponerse y mirar con desprecio a aquello que en algún momento le produjo temor, a aquel que enfrentó los abismos del dolor y descifró el enigma de Dédalo, a ti, simplemente gracias…

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