Deseando lo ajeno


Transcurren los días, y sigo añorando aquello que nunca fue mío: la grandeza de la existencia y el poder mirar desde arriba la sórdida realidad que subyace tras el manto del infortunio y una existencia precaria. Y si, realmente sigo añorando aquello que nunca tuve, la sonrisa del amor pasado, el amor de la madre en los primeros años, y si, también deseo aquellos sorbos amargos de ese vodka que nunca pude comprar, tanto vino barato me ha cambiado: ni la voz, ni la alegría es la misma.

Y el rezago persiste, y el camino se desvanece en medio de la espesa niebla de los recuerdos, deseando lo ajeno, añorando la hermosura de la boca que siempre quise, que algún día toqué, pero que lentamente vi escapar. Así fue como el tiempo transcurrió, transcurre y se disuelve en lágrimas de tormentos infinitos, de desiertos de inmensa tristeza y rabia, mientras la desolación carcome este pequeño cadáver.

Tocó con mis uñas el destino, y el roce genera tanta angustia que las alejo intempestivamente. Reducido a una bestia deambulo por las calles que me conocieron alguna vez, y no encuentro las direcciones que me llevaban a la felicidad, aquel camino de piedras pequeñas, que nunca me vio caer, y a pesar de algunos deslices, me veía reponerme como el púgil que siempre creí ser.

Es así como sigo deseando lo ajeno, aquellas calles que perdí en medio del ruego insospechado, de los golpes pequeños que pasaban desapercibidos y no golpeaban aquella escultura de grandeza que fui. Es así como deseo lo ajeno,  y confundo los recuerdos de aquello que tuve, y lo que añoré y añoro, rebozando en medio de cuervos que despedazan mis articulaciones y me dejan absorto ante los lamentos que en aquel mar de lágrimas, desprendieron de mi carne los sueños y tiñeron todo de aquel carmesí que pocas veces vi, pero que nunca dejó de sorprenderme.

Y ruedo como los ciegos, me muevo como los perros cojos y muerdo como las ratas, miro como los cuervos y río como las hienas, ¡ caricatura de tristeza!, ¿cómo es que te alegras con los suspiros intermitentes del acongojado?, y ¿cómo es que nunca cambiaste?, ¿como siempre me vi y no me levanté?, ¿acaso nadie podía contarme la historia del ave Fénix?…preguntas sin respuesta, afirmaciones disueltas por los sollozos de aquel que fue grande, simples prejuicios de aquel que miraba el río y fue engullido por la furia de sus aguas, de aquel que desea lo ajeno: las respuestas que su incompetencia nunca percibió…

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