Brisa de verano


Creí verte llegar como la brisa de verano, cálida y amable ante los suspiros de este náufrago, besándome las orejas y susurrándome al oído los versos que nunca creí escuchar, que nunca vi llegar.

Transcurriendo el tiempo mi sonrisa se alejaba, como si el verde rosáceo de las praderas no fuera llegar nunca más, añorándote como nunca, a ti, a aquella alma consumida en un ébano profundo, en el grisaceo de la duda y en carmesí  de la furía, ¡Oh tu!, ¡engañaste al pasar y tu reflejo perduró en mi consciencia!, aquel reflejo ingrato y risueño, burlón como sólo tu podías ser.

Aveces me pregunto, ¿ qué ocurrió?, ¿cuándo fue que todo acabó?, y recuerdo tu silueta y aquel océano infinito en el que sucumbía al admirar el brillo azulado de tus ojos, de aquella sonrisa que me enseñó el amor y aquellos palabras que me enseñaste a pronunciar a pulso, al compás del reloj menos pesimista que he conocido: el de la alegría y la esperanza, grandísimo cariño que ahuyentaba las diatribas enfrascadas en lo recóndito de mi pensar, de aquel enemigo invisible, cobarde, que no daba la cara pero que clavaba su puñal cada vez que me daba la espalda.

Hoy tan sólo queda el recuerdo, luego de la brisa vino la furia del huracán, y la vida nunca volvió a ser igual, sin embargo, algo siempre perduró y ni el hedor del tártaro con su nefasto tufo pudo modificar: aquel elíseo deseo de tenerte a mi lado.

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