La canción que nunca acabó…


Me desperté como si nada, como cualquier otro día, sin mayor ánimo y con una resaca asquerosa; sentía que con cada segundo que pasaba mi cabeza perdía miles y miles de neuronas: la estupidez estaba próxima a llegar. Sabía que esto era normal, a fin de cuentas, la mejor muerte para los mediocres es morir totalmente alcoholizados, la sensación de libertad y encanto con el mundo en ese estado, genera una apariencia de engaño que se difumina con la llegada de los primeros brotes de realidad que se vislumbran en el entorno.

Me puse un pantalón y una camisa, y salí a la calle como si fuera la primera vez, todo se veía tan ameno que entendí que aún seguía bajo aquel ilusionismo traicionero que me sumergía en mis delirios y explotaba lo negro de mi ser, el café de mis lamentos y el carmesí de mi tristeza. Debía aprovechar éste momento, una situación así no volvería a ocurrir. Entender el mundo bajo los ojos de Dios era aburrido y atormentador, sentirse observado por un incompetente omnipotente reduce a cualquiera  al estatus de miseria in extremis, de perfecto-imperfecto, de político diligente, de abogado inteligente; como ven, puros absurdos y utopías sin fundamento.

Como venía diciendo, la cosmovisión y las leyes universales fueron totalmente destruidas por el big-bang de mi consciencia, ¡miraba desde arriba!, entendía la arrogancia suprema, el carisma divino y la sapiencia infinita, era Dios, con la diferencia de que no era un recipiente inútil  cargado de saberes y super-poderes, yo sí tenía consciencia y raciocinio ( y creo que todo se lo debo a una botella de aguardiente). Por ello, con ingenuidad absoluta, creyendo que sabiéndolo todo y estando en capacidad de realizarlo podría cambiar lo precario de lo humano, decidí atacar el problema de raíz: la mediocridad y la falta de educación.

Para lograrlo, confié en el único resplandor, en aquella voz que a gritos me imploraba delicadeza y  serenidad, en los besos de la única amante que calmó bajo su tibio regazo mi furia y desprecio hacía la vomitiva sociedad que tenía ante mis ojos, ante la coprolalia misma de sus máximos esbirros (desde políticos hasta pseudo- músicos), pasando por lo purulento de su estructura y organización misma. Todo era mierda, y no habían suficientes recogedores.

Así fue como creé la pieza infinita, la “Tonada de la felicidad”, aquel ungüento del alma que sanaría la imperfección misma producto de la herencia del perfecto-imperfecto, reduciendo su estupidez a cenizas, pensando en que tal vez aquello lo honraría en su nefasto entendimiento, como al rey caído que infla su pecho ante el desprecio mismo de sus súbditos, al evidenciar que su máxima creación  perecería igual que lo hizo el carnero de su hijo en la cruz, despedazado como algo peor que un cerdo, sin siquiera posibilidad de exclamar un gemido perdido en la infinidad del olvido.

Al principio todos escuchaban extrañados, incluso varios cayeron desmayados producto del mismo relajamiento y felicidad: nada había tocado las puertas de su consciencia de una forma tan cálida y delicada. Otros bailaban y gritaban llenos de júbilo, como si con ello sacaran toda la furia y peso de sus vidas, su infelicidad saltaba a leguas. Por otro lado, no faltaban aquellos que, en medio de la confusión propia del momento, aprovecharon para cometer uno que otro ilícito, sin embargo, pronto la misma melodía los hizo desistir del intento.

Así fue como la sociedad tomó el rumbo esperado, de repente las bibliotecas se veían atestadas de gente solicitando las grandes obras de los antiguos griegos, hasta Sartre y Nietzsche, sin negar a Foucault y Karl Poper, en fin, estábamos frente al culto de la razón y el ingenio del hombre. Por otro lado, la tasa de criminalidad se había reducido a cero, los teatros, salas de ensayo y universidades mostraban un flujo nunca antes visto, los niños volvían a sus colegios sin importar la hora, necesitaban, imploraban conocimiento.

Todo transcurría con una eficiencia impresionante, la economía crecía como si de desfalco al erario público se tratara en otra época, la inversión pública y la industria privada generaron empleo como si el mundo estuviese por acabarse al día siguiente, y quisieran retribuir todos los años de miseria que se dibujaba en los rostros de los anteriormente “desechos” sociales, término despectivo para designar la incompetencia y carencia de razón, que jugó todas sus cartas como un pequeño principiante, generando el medio adecuado para la formación de tan tremenda desigualdad, efecto propio del virus deshumanizante.

Transcurrieron dos semanas, y todo seguía bien, sin contar un remoto e insignificante lugar de la vasta Tierra, aquel rincón irrelevante de américa látina, que siempre se encargó de volver lo imposible posible, aquella distopía existente, antítesis de cualquier tesis, sitio sin síntesis. Ello era Colombia, tierra de infortunio constante, bañada por la sangre de miles y miles rostros sin nombre, irrelevancia absoluta y felicidad a la inversa, pero a la larga felicidad.

Fue así como la “Tonada de la Felicidad”, conllevó a un aumento en los delitos, más que todo los sexuales, que recibían aquella sinfonía como el suspiro anterior al orgasmo desenfrenado, a la perversión misma de su alma. Los sátrapas aumentaron su audacia y llevaron su nefasta influencia hacía los rincones donde la honestidad parecía brillar eternamente, por otro lado, el Presidente declaró el estado de emergencia económica y social, y como medida más oportuna para solucionar aquella catástrofe, decidió enviar a sus más cercanos esbirros para “eliminar” el problema de raíz, sin embargo, la orden llegó demasiado tarde, cuando ya las fuerzas armadas secuestraban y extorsionaban como viles bandoleros. Así mismo, los estudiantes se volcaron contra los centros educativos a los que pertenecían, y quemaron cuanto libro existiese dentro o fuera ( ello incluye cualquier lugar) de éstos sitios. Los profesores decidieron apoyarlo, y se generó la ” religión de la Caverna”, como la luz que guiaría tan magna revolución. Y mejor ni hablemos de la economía, a fin de cuentas, ¿Para qué sirve negociar con bestias?, para conseguir la muerte, de seguro.

Aquel entusiasta dictamen, en medio de las alegorías al culto de lo “ya conocido”, del mantenimiento de ” el orden de las cosas” y la “explotación de las virtudes de la nación”, derivó en el incremento de toda las desgracias pre-existentes, y a raíz de ello, en la total exclusión y aislamiento.

Como última medida, se concretó en el seno de la ONU, el éxodo de todo el resto de ciudadanos del continente hacía cualquier otro lugar civilizado del planeta; estableciendo el cierre y reforzamiento militar de la frontera con Panamá, en caso de que se intentaran incursiones por la región del Darien. Por otra parte, se decidió ubicar minas marítimas para los barcos que intentasen salir de aquel nauseabundo territorio, como misiles desde distintas bases ubicadas estratégicamente para controlar el posible flujo aéreo.

Y aún hoy se pregunta el Colombiano: ¿ Qué he hecho?, ¿no era éste el destino de las cosas?, ¿ cuál fue mi error?, ¿acaso la razón no es mi enemiga?.

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