Diario de un ladrón


Deseando lo ajeno como mío crecí, mientras las lágrimas de los desposeídos causaban profundos interrogantes en mis actuaciones: a la larga era difícil comprender en aquellos primeros años porqué mi felicidad causaba tanto infortunio en las personas que compartían mi mismo espacio; a la larga, si transitábamos caminos afines, ¿Por qué todo no podía ser mío?, ¿ Por qué no podía apoderarme de mi destino y de los objetos necesarios para emprenderlo?. Aquellas interrogantes me persiguieron por algunos años, hasta que comprendí que mi destino era el del otro, el del vecino, el del taxista, el de la mujer del aseo, en fin, el de cualquiera distinto a mí.

A la larga era bastante repulsivo si no podía desarrollarme a mí mismo, ¿Por qué no robar la “suerte”, las “esperanzas” de los demás?, nada más aquellas dos palabras me causaban una lástima y nausea insoportable. Desde allí emprendí mi tarea, y usurpé todo aquello que necesitaba para ser alguien más, desde la esposa hasta la vida misma de la víctima eran simples ejemplares de exhibición de una irrealidad que se abría  con su negra cortina al único sujeto capaz de comprenderla: el reducto de mi mismo (¿ o tal vez el residuo de la personalidad de la anterior víctima?), la verdad no importa, a fin de cuentas, lo realmente perceptible es el excremento grisaceo de algo que nunca fue, que nunca terminó de ser.

Así pasaron los días y las noches, los meses y los años, tal vez los milenios, la verdad no sé cuanto tiempo viví, si es que a eso se le puede llamar de esa manera. Con ello, poco a poco fui perdiendo la memoria, o más bien, la corrupción de la misma llegó a tal punto que no conocía si era Miguel Lemier ( el primer infortunado) o Francisco Casas, o Roberto Trujillo, o Diego Medina, o cualquiera de tantos que lo perdieron todo. La locura me fue invadiendo con cada noche, con cada saludo en la calle, ¡me era imposible concretar nuevos “destinos”!, ni siquiera sabía qué decir o proyectar, ni donde podía dormir o aquello que podía comer, a fin de cuentas, si Miguel podía comer piña, Alfredo podía sufrir una intoxicación severa con ella, y así con todos los posibles alimentos. Por ello, decidí encontrar los “puntos en común” en la alimentación de cada una de mis víctimas, por desgracia, aquel era el agua. Desde allí, decidí tomar alrededor de 10 litros diarios, así fuera para engañar el estómago, sin embargo, el dolor profundo y los desmayos constantes me hicieron recapacitar mi decisión.

Por otro lado, llegué al punto de confundir los idiomas, ya que si para Andrew McAllister el inglés era la lengua madre, para Otto Kreuze sería el alemán, o para Francisco Sánchez el español, o para Vladimir Vertic el ruso; de tal manera que empecé a hablar un dialecto absurdo, combinando palabras de todos los idiomas, balbuceando herejías de tal calibre que cada monja que me veía se santificaba. Y así fue mi confusión con todas las cosas, era como un collage adornado de lamentos indescifrables. Así mismo, no sabía si admirar la ciudad como Ananías, el vendedor de periódicos, o como Kreuze, el inmigrante descubridor. Aquella situación me llevó a un caos total, no sabía que era extraño y que era familiar, desde los saludos hasta los antiguos cafés donde pasaba una que otra tarde me causaban una explosión de recuerdos que provocaban el big-bang de mi conciencia, el agujero negro de mis lamentos. Recuerdos de todo tipo, desde aquellas gratas tazas de café mientras concretaba nuevos “recipientes o destinos” siendo Francisco, hasta las veces en que Adso se fue borracho y no recordó más que su nombre, o las veces en que Guillermo se veía con sus amantes en aquellos lugares. El terror me abordaba, y no lograba sentirme a gusto en ningún lugar, las paredes se acercaban y se alargaban en cuanto mi mente trataba de discernir cual entre cualquiera de los “destinos” emplear en aquella situación. Los olores cambiaban con tal rapidez que pronto me sentía preso en el peor viaje opiáceo posible, las imágenes se sucedían y se intercambiaban, que pronto sentía un sofoco profundo y arrogante, que me miraba desde arriba y no me abandonaría hasta que huyera de allí.

Cosa extraña fue el abandonar la ropa, aquella concha de miserable tela en la que se esconden los peores defectos y las diferencias más repugnantes de los humanos, aquello que enaltece o desdeña al ser, que lo reduce a una ínfima condición de fealdad o lo enaltece con la belleza de los ángeles, ¡Bahh!, ¡pero que mierdas hablo!, si a la larga el Dios de este mundo es el bisturí, invento del hombre para ocultar sus miedos y afanes, igual que Jesucristo o cualquier otro artículo derogado del código de la moralidad ( ¿o inmoralidad?) universal. ¿ Por qué la abandoné?, simple, por lo mismo de antes, si a Benedicto le gustaba el algodón, Juan Pablo le causaba irritación, de tal manera que sólo verla me causaba repulsión.

El siguiente paso fue ir a un nutricionista( no sé como fui tan estúpido como para no pensar en ello antes), sabría que aquel podría ayudarme a seleccionar aquello que mi organismo podría tolerar. Sin embargo, al entrar en la clínica y ver a la recepcionista, el hambre y la confusión me engañaron de tal manera que a la sencilla pregunta de ” Cuál es su nombre?”, saqué mil identificaciones distintas. Cuando caí en cuenta de mi error era demasiado tarde, las cédulas de ciudadanía se encontraban esparcidas por todo el suelo de aquel pequeño recinto, y ante mis torpes y ansiosos movimientos, varios porteros de la clínica corrieron en dirección mía a fin de prevenir un posible daño. Al verlos, me desvanecí de la angustia, sentí la furia del averno y mi cuerpo cayó rendido ante los brazos de la impotencia.

Cuando desperté, el fulgor de una ráfaga de luz me mareó de tal manera que no supe distinguir el lugar en el que estaba, hasta que un sujeto de manos grandes, cabeza pequeña y voz chillona, me dijo ” Estás detenido por ser el presunto asesino de …” y mi cabeza estalló en furia antes de que el tipo terminara de decir todos los nombres. Decidí callar, era lo mejor, a fin de cuentas, no sabía si me condenaban por ser Augusto el ladrón de autos, Fabio Fernández el político corrupto, Carmenza Carrara la “madam” de los lupanares más reconocidos de la ciudad, o Manson el asesino, o cualquier otro de esos tantos que fui y no dejé de ser. ¿Merezco ser condenado?, ¿ existo realmente?, las preguntas colisionaban al son del dispar sonido de la caída del sudor que recorría mi frente, no encontraba respuesta alguna, hasta que la chillona voz atrajo mi atención con su asqueroso timbre – ¡Bastardo!, ¿cuál es su verdadero nombre?, ¿ quién es realmente usted?- decía el maldito con un tono tan imponente que parecía un remedo de aquel figurín de voz inmunda- La verdad no importa, a fin de cuentas, con mucho cariño en la policía te llamamos Joker, ¡poco importa tu nombre en los senderos del infierno!-.

-¿Joker?, ¡Joker!, ¡Joker!, exclamaba mientras una espesa baba recorría mi cuerpo y el amargo sabor del vómito se asomaba a través de mi faringe como el feto que ansía ver  la luz del sol y que pide a gritos una oportunidad de salir ileso a la muerte. Mientras tanto, el sordo ruido de las estrepitosas risas se incrementaba con cada movimiento de mi cuerpo convulsionado, con cada nuevo grito- ¡Bravo Hijo de puta, te bautizamos y te añadimos un tiquete directo al infierno!- decía un gordo que escupía como cerdo- ¡Vamos Joker, esa es la mejor manera de recordarle a tu madre la repugnante manera en que te trajo al mundo!- gritaba otro de aquellos tantos a mi alrededor, mientras las luces se disminuían y daban paso al otoño purpúreo y marrón de mis lamentos, al sedante de mi inconsciencia.

Desnudo seguía allí, en aquella celda maldita, confinado a ser el “bufón” de todos los policías que  anidaban como protectores de la “justicia”, prófuga amante de los inocentes e incautos, madre de los mediocres y suegra de los asesinos, esposa de los soldados y abuela de los necesitados. De repente sentí el correr de un tambor, sabía que las miras del destino me apuntaban, el verdadero destino. Desnudo ante la inmensidad me contemplo a mi mismo, asesino de asesinos, Joker entre los bufones, rata entre las cucarachas, tan sólo una aspiración queda en el camino quebrado de géminis, del camaleón desprovisto de su colorida armadura, del niño que soñó ser alguien: Morir por redención, Morir con los ojos fijos ante el único ser en el que se conjuga el odio y la admiración: el hombre.

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2 responses

  1. Muy buen relato, un estilo difícil de lograr, digno de maestros como Borges, que exploran realidades alternas a partir de historias que son interesantes. De forma imparcial, seria, logra despertar la atención del lector. ¡Sinceras felicitaciones!

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