Reduciendo a lo absurdo

 

Reduzco al absurdo lo inevitable, lo difícilmente reductible, aquello que carcome mis entrañas y juega con mis emociones. Reduzco al absurdo sus besos y sus caricias, su llanto y toda su delicia, su esencia de mujer, de niña inquieta, de flor ingrata.

Absurdo es y serán estos sentimientos mientras persistan, absurdo es pensar que me manejo a mi mismo bajo el influjo de mi cabeza; hace ya bastante tiempo que ella se fue de vacaciones. Absurdo es creer que podré volverte a ver, cuando tu ser yace años luz en espacios incognoscibles para los mortales, envolviéndose en destellos de inclemente metafísica, en aquel mundo de las ideas que nunca podré pisar.

Reduciéndote me encuentro a mis recuerdos, a aquel pedazo de ti que conocí y que añoro, a las sonrisas de aquellos años, hasta que súbitamente desciendo a las despedidas y al llanto, a aquella sinfonía carmesí y de notas graves. Te bajo de tu pedestal, ¡Oh señorita!, y te visto de lacaya, de esclava de mis sonrisas, en medio de sueños inconclusos, inconexos, que nos tienen a ti y a mi, recordando como en antaño nuestras almas se encontraban.

Entre camelias y lirios negros marchitos se confunden mis recuerdos, frente al río  de mis lamentos, frente al umbral de mi desdicha. Mi memoria me traiciona, te reduce cada vez más, similar a cuando las aves de rapiña rodean de cerca el cuerpo del moribundo, es el vil reflejo de mi impotencia y tu constante lejanía.

Te recuerdo como si la brisa no aguardase mi despedida, como si no fueras aquel reducto creado por mi conciencia para salvaguardar mi bienestar, la poca vida que conservo. Sin embargo, algo nunca ha cambiado, nunca se redujo: El amor que por ti siento.

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Carta a una amiga…

Pido perdón por estar vivo, por desear tus besos y tu amor infinito, por tener que atormentarte con mi palabrería y jerga ingrata, por ser una piedra en tus zapatos.

Perdón por lo triste de mi existencia, por lo precario, amagando sabiduría y conocimientos inconclusos, indiferentes, irreverentes, y a la larga, totalmente estúpidos. Por que no bastó con eso, nunca fui lo suficientemente bueno; cuando desperté, tu recuerdo era lo más cercano que tenía, aquella almohada a la que me aferraba en las noches de lluvia y desasosiego, el comodín de mi ser, que me embargó con melancólica esperanza por más años de los que creía.

Discúlpame lo vacío e insulso, la carencia de razón al momento de discernir entre cuando no podía abrazarte y cuando podía sumergirme en el aroma de tu pecho, en el anís de tu sonrisa, en el rojo de tu boca; me declaro incompetente, autómata de tu alegría y admirador de tu afecto, lacayo de tus besos.

Lejos de ser el mejor, entiendo que como un pájaro debías volar, lejos de mi y de las demás cadenas que impedían tu próspero despegar, de la monotonía y del gris oscuro de mi compañía, del marrón de mi cariño, del brillo de mi sonrisa.

Desde mi ínfima posición, con la arrogancia del pequeño que no entiende su lugar en la vida de los adultos, con la ignorancia propia del alumno que interroga a su maestro, te pido que seas feliz, y que si como Ícaro has de caer, como nido mi regazo podrás utilizar.

Frankie Metralla

En las penumbras, mientras el cielo lloraba y compartía mi furia, el desprecio hacía el precario ente que se reflejaba demacrado por las lágrimas, disuelto en sus mismos lamentos, me hacía preguntarme si mis decisiones habían sido las correctas, si tanta lucha podría llegar a cambiar en algo el negro de mi vida, el rechinar de mi conciencia.

El gris de los barrotes, lo trasparente de la noche, reflejaban sobre su ser el claro-oscuro de su triste vida, la ambivalencia de su existencia. Abarrotado de pensamientos, las imágenes se sucedían unas a otras, sobre un fondo carmesí que no cambiaba, que retrataba su inclemente paso por la tierra, el caminar de Frankie Metralla, un número más en las celdas de la Paternal.

A los lejos, un ruido uniforme buscaba encontrar el compás de la caída de su sudor, del destilamiento de sus pecados, de la grisácea purificación que lo atormentaba. Sus labios sangraban, y de su nariz un líquido verde-rojizo se deslizaba: claro estaba que su final se acercaba.

Con la proximidad del sonido, comprendió el vacío de su actuar, reflejado en el verde opaco de sus ojos, tan oscuros como su conciencia, donde lo grotesco del amarillo, el rojo encendido y el verde, conjugaban la monstruosa paleta de sus asesinatos, del pan de cada uno de sus días.

Su sudor lo llevó al vómito, y al ver que su cuerpo desprendía un líquido con el mismo tono de cada una de sus muertes, su angustia se incrementó a límites inexplicables, mientras el hedor de sus desechos se encargaba de recordarle el aroma de su conciencia, el prófugo e inclemente terminar de su amarga sinfonía.

De repente, sintió como su cuerpo era alzado por un conjunto de manos robustas, que le arrancaban cada uno de sus órganos en aquella vacía llanura, deleitándose con la agonía misma de sus gritos y exclamaciones, con los mordiscos que despellejaban al que una vez coleccionó los llantos de sus víctimas en la cloaca de sus recuerdos.

Frente a el, un trono de huesos se erigía imponente, y en la cumbre de éste, un hombre delgado, de nariz aguileña y toscas facciones, le recordaba cada uno de sus pecados, cada una de sus torpezas, mientras dos gemelas  recorrían con obscena perversión todo su ser, llevándole al aullido sordo del orgasmo, al desperdicio de la vida.

Súbitamente, unos gritos  encontraron la manera de romper con aquella ficción que parecía ponerse por encima de su realidad, de la realidad de Frankie, de Frank-47, como le decían los rangos inferiores de su organización, en honor a su unica amiga, su metralleta. Desvanecido, volvió al rincón de sus pesadillas, cuando un inclemente rayo de luz violó el cerrojo de sus sueños, y el umbral de su conciencia se activó, de la misma manera que su cigarrillo Marlboro se prendía, intempestivamente, aspirando fuertemente y perdiéndose ante sus ojos.

Pensó como aquel cigarrillo se parecía tanto a su vida, corta, rápida, de inhalaciones largas y exhalaciones desesperadas, pintada con la paleta de la muerte, negros y rojos llenaban los cuartos de su memoria, mientras los pasillos de la misma eran recorridos por los retratos de aquellos que habían divisado el infierno mismo, el averno purpúreo de su desesperanza, el rojo-azulado de su fin.

-¿ Frankie, tiene algo para decir? ¿ una última voluntad?- decía el desgraciado de Ortigoza, el alcalde de Pacifico celéste, la ciudad de mis desgracias.- Ahh, verdad que un perro como usted no tiene voluntad, sólo es un autómata de la sangre, ¡me cago en tu puta vida Metralla!- y su risa estalló como la campana de un ring de boxeo, fuerte y estrepitosa, su única diferencia con aquella era lo degradante y vomitiva que resultaban sus carcajadas, gemía como un cerdo en combate, como lo que era: un vil ladrón de cuello blanco, otro de esos ilusionistas de masas que prometen y prometen, pero que lo único que crece es el número de ceros en su cuenta bancaria al final de su gestión.

Tragué hondo, me encontraba sin aliento, abatido en la fría silla en la que me encontraba amarrado, recordé mi madre y sus amorosos consejos  “hijo, sé un hombre de bien, somos pobres pero honrados”, me decía conforme avanzaba hacía mi destrucción, hacía éste recinto de lamentos, de infelices, de escoria, de perros sin ningún valor ni amor, sólo odio balbuceaba mi boca, el odio que siempre estuvo en mí, latente, producto de mi época y de la lotería natural que me ubicó desde un inicio en el infeliz Barrio Bonito de Pacífico Celeste, un cuchitril peor que de la más sucia de las covachas , lleno de prostitutas,mendigos y expendedores de droga, gente sin porvenir, destinados a ser la desgracia de la “gente de bien”, ¡bajjj, me cago en esos hijos de puta!, todos tenían un prontuario más grande que todos los presos de la Paternal juntos .

La luz se agudizó, y golpeó mi rostro con la fuerza de mil cachetadas de mi madre, de Martina, la única persona que alguna vez me miró con cariño- Metralla, ¿seguro que no quiere decir nada?- decía inseguro nuevamente Ortigoza, titubeando, con miedo de que el lobo viejo y traicionero sobre la silla eléctrica se levantara y rasgara su carne como en sus buenas épocas- Diga algo, será noticia de primera plana mañana en todos los diarios- exclamaba nervioso, enfurecido, inclemente.

“Deseo morir, que la muerte guíe mis pasos y que esta ciudad comprenda que como yo hay miles entre sus limpias calles, entre sus lindos niños…soy un enlatado, un juguete fabricado en masa por los mismos que predican valores en las escuelas, pero que llegan a sus casas a golpear a su mujer y violar a sus hijas, por aquellos que se arrodillan todo el día en las iglesias y ante el mínimo descuido del sacerdote, roban y asesinan al incauto de la esquina, por todas las “damas de sociedad” que hacen actos de caridad y hablan del amor y el respeto, y luego andan revolcándose con el mejor amigo de su esposo. Por esos y muchos otros hipócritas, soy una mierda, un perro callejero, simple escoria mejor que ellos; déjenme morir en paz, debí haberlo hecho hace mucho tiempo”.

– ¡Imbécil!- gritó Ortigoza- ¡activen la electricidad de la puta silla!, ¡tuesten al malnacido!,  ¡que esto no lo sepa nadie mañana!, ¿oyeron?.

Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó Frankie, mientras su cuerpo se agitaba debido a las fuertes descargas que le propinaban, cerró los ojos y maldijo hacía sus adentros, era el fin del ser más despreciable de la ciudad, del “matón de los barrios bajos”, como también se le decía, de un vil perro callejero, como se había apodado a sí mismo.

Al otro día todos celebraron, el día fue feriado y la gente pudo maldecir a Frankie al son de las papayeras y tambores de la banda de la ciudad, había muerto el desprecio hecho hombre,  “se acabó la inseguridad y las muertes” gritaban los transeúntes y los vecinos, los tenderos y los asesinos, todos, en la más cínica hipocresía, presos del más profundo miedo reflejado en las palabras de aquel matón, de la cruel verdad de su epitafio.