Feliz (al tenerme cerca)

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“Quiero ser feliz. Brutalmente feliz.
Como un ser humano” Roberto Arlt.

Feliz,
Brutalmente feliz,
Como si de cualquier ser humano
Se tratase,
Como si las luces serpentearan el cielo
Y mi sombra fuese fuego,
En busca de mí.

Feliz,
Bestialmente feliz,
Como los perros en la noche
Acurrucados en sus sábanas,
Ladrando a la vida como si de
Seres humanos se tratase.

Feliz,
Como el recuerdo de medianoche,
A la espero del niño que deambula
Por la calle soleada,
Huyéndole al tiempo,
Posponiendo el deber.

Y toda esa vida, todo ese tiempo,
Toda la calma de la hierba amarilla
Incinerando los prados,
De cara al viento,
De frente al dolor,
Me recuerda la alegría
Que no tengo,
Que no habito,
Que otros conocen y
Comparten,
Como si de seres humanos se tratase.

Por eso vivo con los dientes puestos
Sobre mi propia carne,
Con el azadón incrustado
En mi propia tierra,
Sembrando sangre en el cielo
Para que lluevan estrellas,

Esperando a vivir,
Siendo feliz,
Brutalmente,
Inocentemente,
Como el perro que gime
Y bate la cola,
Al tener miedo,
Al sentirse vivo,
Al tenerme cerca.

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Elogio del amor (de cualquier cosa)

Elogio del amor

Elogio del amor
De la inconsecuencia,
De cualquier cosa,
De la vida y sus casualidades,
Del azar de las calles
Y el dolor de las esquinas,
De los pasos que se ajustan
Al compás del mismo tempo;
Y las avenidas que se surcan
Para volver a encontrarnos.

Elogio del amor,
De la tristeza,
De las palabras intranquilas
De apartamentos desocupados
De luces amarillas,
De farolas que se prenden camino
Camino a casa,
Incendiando los pesares.

Elogio del amor,
De la paciencia,
De cualquier cosa,
De los abrazos marchitos
Que se dan para impedir
Que el otro parta,
De la soledad del tinto
De la tarde,
De un sol golpeando la ventana
Reclamando su lugar
En nuestra vida.

Elogio, elogio de
Sábado por la mañana,
De un beso en la cornisa de la boca,
De las manos que se juntan, y huyen de sí,
Y vuelven a amar;
Para siempre perder.

Elogio del amor,
De los amigos que presentan
A otra gente,
Y los bares que permiten que
Aún nos conozcamos,
De la risa, del temor, del olvido,
Del recuerdo que duele y ríe,
De los poemas que hemos hecho
Y no serán olvidados,
Elogio del amor, de su tristeza,
De un grifo azulado que vierte su llanto
Sobre la cerámica blanca de cualquier baño,
Del llanto alegre que se recupera
Del dolor de la partida.

Elogio, elogio de cualquier cosa,
De cualquier cosa,
De los pájaros que bordean las ventanas,
Que lamen con sus alas
El sol y el viento,
De las aceras que nos cobijan
Con su manto grisáceo,
Y las paredes que no son blancas,
Que nos mantienen abrazados,
A todos, a todos,
A la marea humana
que roe la ciudad.

De cualquier cosa,
Por lo que sea,
Por la vida que no he tenido,
Que no tendré,
Por el presente que habita
En el aullido del reloj,
Por la cercanía de la gente
Que veo en la parada del bus,
Por su risa, a veces cómplice, a veces fortuita,
Por las manos que cruzan vidas y destinos
Que hieren la tristeza.

Por todo,
Por los dados repicando
De frente a la mesa,
Por la apuesta de la Muerte
Que no aprende de su tristeza,
Por el dolor de las partidas,
Por el temor al nacimiento.

Elogio del amor.
Elogio,
De eso que somos,
De todo lo extraviado
Y marchito.
De la hierba que crece,
De estrellas en el cielo;

De cualquier cosa,
Por cualquier cosa,
Por amor,
Por azar,
Por la vida,
Por vivir.

 

Ellos, que ya se han ido

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Dijeron que lograría hacerlo,
Que la vida premiaría cada instante,
Que el sol alumbraría cada uno
De los últimos días,
Que la noche traería consuelo,
Que la brisa no se teñiría de rojo-llanto,
Que las luces de la ciudad apuntarían
Mi destino,
En la penumbra y la soledad.

Dijeron que lo lograría:
Que en las mañanas habrían abrazos
Y un beso en cada despedida,
Que los versos brotarían de cara a la máquina
y cobijarían las persianas de esta casa,
Que escribiría un poema que haría retumbar
Los cimientos de otras vidas,

Y yo sería feliz y ladraría de cara a la luna
Una canción de alegría,
Un llamado a la serenidad.

Nunca fui eso,
Y ellos, que nunca lo lograron,
Me miran de lleno a la cara:
Sus ojos surcan mis pestañas en
Busca de una llama,
Y mis labios tiemblan contra la
Almohada: murmuran
Eso que no conozco,
El brillo de la luna aleteando
Tras cada una de las noches oscuras,
Y no nos encontramos.

Dejé de buscarlos, de perseguirlos
Mis pasos huyeron por un sendero ruinoso,
Templado de cicatrices que marcaban
Las aristas de mi tiempo.
La carne he remendado, he surcado,
Y sus surcos son las piedras que he arrastrado
Con cada paso.

Ellos, que tanto dijeron,
Se fueron un día.
Me dejaron sonriendo
En un ataúd de paredes blancas,
De cuadros coloridos,
Y muebles acolchados.

Nunca más
Volví a verlos,
A pesar de acariciar sus rostros
En la certeza del recuerdo.

Hoy, de frente a la pantalla,
Agacho la mirada,
Deambulo por los pasillos
De esta casa,
Y cuento las dunas
Con las que he tropezado.

Y ellos, que tanto me quisieron,
Que hurgaron y hurgaron en la
Pesadez de mis palabras, en la
Incomodidad de mis silencios,
Dejaron mariposas negras sobre
La cómoda,
Mordiendo mis lamentos
Soltando arcadas
Que recuerdan mi piel.

Araño estas palabras
De cara a la noche,
Y la sangre, negra y espesa,
Teje su lienzo sobre mi mirada.

Cierro los ojos.
“Ya se han ido”, repito,
“Ya no los necesito”,
Me digo,
Y siento la ventana
Abrirse al cielo:

Arrastraré las nubes
Y sembraré mis brazos
A su cintura.

Temo parpadear.

 

 

Mr. Robot

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Tal vez queda algo
Por hacer,
Algo por decir.

Mientras tanto, la lluvia se apodera
De todo…

No puedo ver.

Su agua es más salada que
Toda la sal del mar.
Esto empieza a quemar.
Tiende a doler.

He querido morir.
He querido morir desde
Tiempo atrás.

Contemplo la noche
Con ternura.
Algo empieza a doler.

Algo que baña los caminos
Que siembro,
Las esperanzas que murieron
Siendo deseos.

La habitación se quiebra,
Existe una grieta,
Un grieta en estos muros.
La llamo silencio.

¿Qué será de todo
Una vez esté lejos?
¿Una vez la risa
No se quiebre al volver?

No nací para esto.
Pero no habrá muerte
Que hurte mi tiempo.

Todo será otra cosa.

Tal vez, todo puede
Ser distinto.

Tal vez, tal vez…
Sólo queda algo por hacer.

Quiebro mis luces,
No puedo…
Incinerar la luz.

Hay algo que
Tiende a permanecer.

Noche

Kirchner (15)

Empieza a resultarme extraña
Esta calle, sus esquinas,
La transito rápido e indistinto
Cada paso es un reclamo contra el tiempo,
Cada suspiro es un insulto contra mí mismo.

Desespero, arranco con la boca la hiel
De mis orillas,
La piel, cercenada y rojiza,
Estalla entre mis dientes:
No sabe a nada,
A nada más que risa.

Camino de frente al cielo
Piso estrellas y girasoles,
Son baldosas que no conocen mi fiesta,
Mi baile particular,
Y mis pies se deslizan sobre el viejo
Tapete negro,
Que no alcanzaban mis ojos.

Soy otra luz en el firmamento,
El dolor de una madrugada,
El aullido de un perro que ya
Se ha ido, que no
encuentra su casa.

Ladro de cara a las estrellas,
Mi rostro se baña en rocío,
Espero a que amanezca,
Mis palabras son fuego que
Escribe crepitando,
Riendo y llorando mientras
Siento la madera.

Y sé que, en algún momento,
Hasta la noche teme,
Su suspiro es el abrazo del
Sonámbulo,
Que se estrella con la almohada.

La noche sabrá vencerme,
Sus besos serán fríos.
Cuando ya no hayan estrellas,
Buscaré cobijo en las esquinas
Del corazón,
Ladrando y mordiendo basura
Seré querido.

Esperaré el fin de mi baile,
Las estrellas me conocen
Solo,
Mis ojos serpentean su brillo
Ninguno sabe de alegría.

No soy más que otro

El vampiro munch

P.

¿Qué es la calle para nosotros?
¿Qué es lo que se hace en la calle con mayor frecuencia?
Soñar”.
L.F. Céline.

Empiezo a sentir de lleno
La agonía del que ríe,
Su aliento azucarado hiede,
Habla de cosas que no entiendo.

Sus paisajes no son los míos,
Y su risa, siempre alerta,
espera mi respuesta:
Es una hormiga trepando sobre mi brazo,
Una ortiga que descansa en el prado,
Es el dolor de la madrugada
Que reconoce mi rostro.

Empiezo a saber cada palabra
De memoria,
Escribo los recuerdos de eso que supo
Ser mío, mientras aguardo a la estela
De la última de las estrellas.

La noche empieza a ser más fría,
Y el calor lo llevo atado al pecho,
Como si de una cruz se tratase,
Como si mil carcajadas reclamasen
Mi espacio,
Y empiezo a ser uno con la risa,
Y río y río y el rio de mi vida
Es el llanto que guardo,
La certeza de tu viento
Llevo sujeto a mi cabello:

Es la resina que guarda mis ojos
De la tristeza del sol.

En esta noche,
El que ríe y llora es el mismo,
Temblor de sábanas blancas
Que se mece en las ventanas.

Empieza a amanecer.
Y los huesos se hielan para
Nunca quebrarse.
Mi vida es fuego de medianoche,
Fatuo e incestuoso,
Azul y blanquecino,
Que reclama tus pasos
Que carga ambos lastres:
Cuerpo y alma,
Realidad y suspiro,
Y sólo soy otro
Andrés Mauricio,
Uno de tantos
Que caminan en
dirección al cielo.

Seguiré viendo el firmamento,
De la mano de tu estrella:
Ya sabrás irte
O guiarás otro paso
a tu destino.

No lo sé,
Voy alado a una certeza:
Sólo existe una noche,
Y en cada una de tus calles
Sueño,
En el azar de tus palabras
Con la caricia de tu viento.

 

Tras la vuelta de la noria

The-Pear-Tree

P.

Siempre ha estado allí:
Sobre la cómoda, junto a las llaves,
En la esquina oscura del corredor
Se vuelve agua deslizándose
Sobre un grifo oxidado
Maullido que ya no es
Sosiego.

Se detiene, sus ojos trastabillan
Contra la luz cobriza
Que empieza a ser negra,
Y sus manos se deslizan
Sobre la piel tersa
Que tiembla como pasos gastados
Sobre el gris de las aceras.

En algún punto
Nos habremos encontrado,
Su saludo fue vano y mis palabras
Esquivas, fortuitas
La vida en su hallazgo,
El telón que se cierra cuando
Empiezo a ser algo.

Su voz será rumor
Esquirlas de luz sobre la mesa de noche
Un metrónomo agotado,
Que ya no marca un compás
Que ha olvidado el tiempo.

Y sabré que no,
Que ella nunca ha estado,
Que empieza a estar,
Que su silencio agrieta
La impaciencia de mis cimientos,
Y la miel de sus ojos es whiskey
Que arropa mis labios,
Abrasa mis entrañas
Arrastrando en niebla el negro
Tras mis párpados.

Seré fuego si la noche
Nos invita al frío.
Seré viento si tus pasos
Solicitan esfuerzo,
Seré llanto azulado una
Mañana de domingo,
Cuando estés en casa
Y necesites la lluvia
besando la ventana.
Seré risa en la soledad
De farolas blanquecinas.

Seré eso que he sido
Ojos serpenteando brasas,
La piel bordeando cada risco
Dispuesta a caer.

No tengo más que esto.
Pero no importa:
Carezco de las impertinencias
Del que ha sido recompensado,
Y mi risa ha sabido ser llanto,
Lágrimas de sal
He convertido en vino.

Y mis temores y certezas
Son en ti,
Ceñidos a ti,
En la comisura de tus labios,
En el filo de tus manos
Que no cortan,
Que no duelen
Que arropan
Que sostengo y tiemblo
Subido en una noria
Sonriendo a la ciudad.

 

Probablemente

Munch

No puedes
Hacer sangrar
La madrugada.

La noche sigue
Larga
Y el dolor
Gime en las
Esquinas.

Algo ha muerto
Cuando nadie ha
Visto;
Capaz sea mi nombre,
O ya será el olvido.

Ahora,
Deambulo entre las esquirlas
Del negro y amarillo
Los reflejos de la casa,
Y no hay nada.

Algo se ha muerto.
He escrito tartamudeando,
Y la vida me duele.

Probablemente sea la boca
Rasgada contra la almohada.

Es demasiada esquiva
La penumbra de la mañana,
Y quisiera decir algo,
Pero todo me es distinto
Y sé que es pronto.

Probable…
Probablemente…
Capaz…
Tal vez…

No fue así,
Y puede ser de día.

 

El vuelo del pájaro azulado

Campo-de-trigo-con-cuervos

Ya viene de vuelta la noche
Como aquel pájaro azulado
Cuyo manto y vida recorren
La perduración del graznido.

Su vuelo arrecia y sus plumas
Son los pesares de la mañana:
Eso que se olvida nada más
Abrir los ojos.
En sus alas,
Se arropan las nubes y muere
El sol.

Su graznido baña de fuego
Las estrellas
Y su sangre es la estela
Que recorre el cielo.
El pájaro que veo en las noches
Ya no teme,
Ni reconoce su quebranto:

De él sólo queda el peso
De su viento
La quietud y su abrazo
Su naufragio en el
Firmamento.

Por eso, a ratos lo llamo,
Lo espero de noche y admiro
Sus plumas,
negras y azuladas
Mientras crepitan como el fuego.

Hubo un día en que el graznido
El temblor de sus alas
Recorrió la espesura del reloj
El yermo en que escribí
Las horas para saberme vivo.

Ahora,
En la quietud de una noche estrellada
Presiento su abrazo y
Tiemblo:

Su cielo no es el mío.
Ya sabré hallar consuelo.

Retomo el silencio
De una posible madrugada
Y dibujo el rojo mancillando el negro
Dispuesto a retratar
Qué queda de su recuerdo:

Vuelo y alma
no son más que una misma cosa:
La cadencia del náufrago
Bajo el cielo infinito.

Y sé que no soy otra cosa
Que ese pájaro,
Trastabillante ante las luces
Que rastrillan el cielo
Surcando avenidas azules
Sobre el gris del pavimento.

Nunca se trató de esto

Kirschner

No,
No se trataba de esto:
No,
Nunca se ha tratado
De esto.

La mañana apesadumbrada
Siembra el blanco azulado
Que se funde en el cielo,
Y el carbón encendido
De negros y amarillos
Ya muere en el recuerdo.

Ojos rojos incineran una pared blanca:
Reclaman su abrazo,
El olvido y la vida,
Mientras la luz de las farolas
Se difumina entre carcajadas.

Vivir no era esto.
No, nunca se trató de esto.
La mirada perdida,
Divaga entre escenas pasadas:
La juventud es un azulejo
De grises dolores,
Y la madurez es el llanto
De los amantes tras el beso cobrizo,
Que duele e incinera y abrasa
La piel,
Retrato de grises aceras
Oscuras cavidades
Bailan algún tango,
Su certeza es sólo la
Indiferencia de sus suspiros.

Hubo un momento
En el que la vida no fue esto:
Y las noches nos fueron promesas
Y barrimos de fuego
Un suelo que nos era esquivo,
Mientras el niño cantaba un villancico,
Sin conocer que el viento
No ha sido nuestro,
Y que los días ya ríen o lloran
Sin que lo sepamos.

Azulejos y saxofones dorados
Crepitan tras el ruido de los autos.
Y no,
Nunca se trató de esto.

Nunca quise que mis ojos
Fuesen esquirlas de
Un momento inacabado.
Y la pared blanca ya me habla
A pesar de sentirme cansado:
Su murmullo es una línea amarilla
Que serpentea la carretera,
Y siento que todos nos perdemos
En lo que queda de ella.
Las alas del reloj se
Estrellan contra una pantalla.
¡Qué corto ha sido el vuelo!
Cuando el tiempo es también esclavo
De sus propias señales,
De su pesado tránsito.

Y ya es de madrugada.
Hay algo que ríe y se incinera
Cuando el cielo
Rompe en llanto.

Y sólo queda nuestro reflejo
Y la frialdad de la pared,
Tras el negro de los párpados.